La generación opacada por una locura, un autogol y el dinero de Pablo Escobar

Colombia en los años ochenta. Gabriel García Márquez ganó el Nobel de Literatura. El ejército y la guerrilla estaban envueltos en una guerra que duraría treinta años más. Pablo Escobar era diputado y con el dinero del narcotráfico extendió su control en todo ámbito social. Incluido el fútbol.

11 Pasos

Diseño: Diego Orellana

Las camisolas de los carteles

Le gustaba la pelota. Esas biografías y series que sobran glorificando la figura de Pablo Escobar, el primer narcotraficante con estatus de superestrella, no pueden pasar por alto su pasión por el futbol. Cuentan que huía de la policía con el radio encendido para no perderse el partido de la liga y que siempre era la salvación financiera para los futbolistas y los equipos que estaban en problemas.

Para el narcotráfico el fútbol es una buena opción para limpiar el dinero con salarios altos para jugadores y entrenadores, y para ganar simpatías a través de la construcción de canchas en los barrios pobres. El fútbol también fue el otro campo de batalla de los carteles.

El de Cali financió al América. Con este último fueron cinco veces campeones nacionales y tres veces llegaron a la final de la Copa Libertadores -pero he aquí la mala suerte colombiana- las tres las perdieron. Años más tarde ese club terminó en la Lista Clinton por lavado de dinero.

El cartel de Medellín quiso contrarrestarlos e hizo lo suyo con el Independiente y el Atlético Nacional. La rivalidad llegó a los puntos más altos cuando en 1988, bajo orden de Pablo Escobar, asesinaron al árbitro Armando Pérez por favorecer a los equipos del cartel rival.

 

La generación de oro con mala suerte

En Atlético Nacional el dinero de Pablo Escobar coincidió con una camada espectacular de jugadores. Un equipo con la locura de René Higuita en la portería y la caballerosidad de Andrés Escobar en la defensa.

Aquel equipo, “el verde paisa”, logró en 1988 lo que sus rivales financiados por el cartel de Cali no habían logrado. Clasificaron a la Copa Libertadores y le ganaron la final al Olimpia de Paraguay. De aquella gesta queda una de las fotografías más emblemáticas de Pablo Escobar posando con el trofeo continental en las manos.

Aquella generación fue más que un club financiado por la droga. Conforme pasaron los años se nutrieron con jugadores de mayor calidad y el plantel dirigido por Francisco Maturana, se convirtió en la base de la selección que clasificó al Mundial de Italia 1990.

En un Mundial frío, de partidos tácticos y defensivos, los colombianos deslumbraron con un Higuita que hacía malabares fuera de su área frente a delanteros alemanes y con los quiebres de cintura de Carlos Valderrama.

Ese fútbol alegre pintaba para mucho más pero René Higuita pecó de locura. Salió mal y en el minuto 109, el mítico camerunés Roger Milla le arrancó el balón y mandó a los colombianos de regreso a casa. La mala suerte, decíamos.

 

 

A Higuita le quedaba carrera por delante pero una tarde los periodistas lo encontraron en la puerta de La Catedral, la prisión en que Pablo Escobar se encerró por cuenta propia y donde también construyó una cancha digna de club europeo a la que mandaba a llamar a los jugadores más grandes de la época. Los periodistas le preguntaron al arquero si era amigo del “Patrón” y el respondió: sí.

Nunca más volvió a ser convocado a la selección nacional. Higuita aseguró que su única culpa fue aceptar una amistad que otros jugadores, políticos y empresarios, negaban. Años más tarde terminó preso por mediar en el rescate de la hija de otro capo.

Pese a la salida de su arquero Colombia llegó de nuevo a un Mundial, el de Estados Unidos 1994, colándose en la nómina de favoritos luego de golear a Argentina 5 a 0 en el último partido de la eliminatoria. Ya en la Copa del Mundo todo se complicó. Perdieron el primer partido 3 a 1 frente a Rumanía y luego vino la tragedia.

Andrés Escobar, el caballero de la cancha, el defensa clave para ganar la liga nacional y la Libertadores, el que le hizo un gol a Inglaterra en el mismo partido en que Higuita paró un gol con acrobacia incluida, ese mismo Andrés Escobar intentó cortar un pase filtrado al área y termino con un gol en propia puerta. Mala suerte, ya de nada sirvió que los cafetaleros vencieran a Suiza en el siguiente partido.

Andrés Escobar se regresó a Colombia y en una salida discutió con dos narcotraficantes que lo asesinaron a balazos. Los medios locales reportaron que tras cada PUM de la pistola, los asesinos gritaban Gol. Escobar estaba a seis meses de casarse y a una firma de convertirse en defensa del AC Milán.

 

 

La muerte de Andrés Escobar marcó el final de una generación a la que el dinero del narco, injustamente le restó mérito. Esa generación todavía alcanzó a ganar una Copa América de manera invicta.

Pasaron 20 años para que volvieran a un Mundial con un equipo de primer nivel. En Brasil 2014 los colombianos pusieron el ballenato ante la falta de zamba de los locales. Colombia eliminó a Uruguay y luego estuvieron a punto de eliminar a los brasileños. A punto.

Un tiro libre de James Rodríguez pegó en el poste. El árbitro anuló erróneamente un gol de Mario Yepes y luego prolongó el partido una eternidad hasta que a Brasil le dio tiempo de hacer el segundo tanto. Mala suerte Colombia.

 

Gabriel Woltke
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Guatemala / Xibalbá 1988. Ingresó al seminario queriendo ser sacerdote, salió a estudiar literatura y luego hizo carrera como periodista. Avanza sobre el río. Desea ser escritor, corrector, carpintero, programador, diseñador, monje, mago, árbol, pájaro, ballena.


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    EL DIOS DEL FIFA 18 /

    07/06/2018 2:07 PM

    EXCELENTE ARTICULO..

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Alaide González /

    05/06/2018 11:55 PM

    El artículo es interesante y ameno.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    juan /

    30/05/2018 9:51 AM

    Colombia también estuvo en Francia 98.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Catalina Martínez /

    29/05/2018 10:32 PM

    Buen resumen sólo que vallenato es con V el ballenato con B es el hijo de la Ballena y en el 2014 la selección puso de moda la salsa shoke con la que celebraban sus goles.

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!



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