Por qué la tragedia de los pueblos del volcán viene desde antes de la erupción

La erupción del volcán de Fuego mostró la histórica ausencia de atención sanitaria en las nueve comunidades afectadas. La desgracia coyuntural trajo los doctores que no habían llegado antes a miles de enfermos.

Guatemala rural P147 reportaje texto

Rafaela Rox Mateo decansa a la sombra de un árbol en un jardín del albergue instalado en la Escuela José Martí. Foto: Carlos Sebastián.

Con cuatro meses de embarazo, hace 8 semanas que no asiste a un control prenatal. Esta mujer, que tiene unos veinte años y es originaria de la comunidad La Trinidad (Escuintla), prefiere no dar su nombre. Es delgada, morena y tímida. Al tiempo que habla de sí misma, revisa su celular con impaciencia mientras espera en la fila de la clínica móvil del albergue instalado en la Escuela José Martí de Escuintla, para que los doctores revisen si el desarrollo de su embarazo está bien.

En el centro de salud de La Trinidad le cuesta mucho conseguir un turno, dice la joven. Ahora está contenta porque en la clínica improvisada va a tener atención.

El médico que hoy atiende a esta embarazada se llama René Rivas, es voluntario de la organización internacional evangélica Ministerios Nazarenos de Compasión. Es un hombre amable y sonriente, que escucha atento lo que le dicen los pacientes. En el albergue de Escuintla el doctor atiende a una veintena de pacientes por día. Junto a un grupo de médicos mexicanos, de la misma organización, llegaron al lugar con una clínica móvil en donde siempre hay pacientes esperando turno para hacerse un chequeo.

Una buena parte de las consultas que nos hacen son por enfermedades crónicas o por problemas que vienen de tiempo atrás, dice Rivas.

La erupción del Volcán de Fuego sacó a miles de personas de sus comunidades. Y también  la precariedad del sistema de salud comunitario en Escuintla. La tragedia dio atención médica a centenares de enfermos de nueve comunidades abandonadas por el Estado. El problema de salud pública para las comunidades asentadas en las faldas del volcán de Fuego radica en la falta de infraestructura sanitaria, escaso personal y equipo y desabastecimiento de insumos.

La Reina, La Trinidad, Guadalupe, Ceylan, Rochela, San Andrés Osuna, Ciudad de las Palmas y Guardianía sufrieron daños, como pérdidas de cultivos de subsistencia y quedaron parcialmente incomunicadas por la actividad volcánica y las lluvias del invierno. En realidad, la desgracia coyuntural trajo los doctores que no habían llegado antes a las comunidades.

La silla de ruedas de Rafaela

 

 

Rafaela sonríe. Tuvo que abandonar su casa por la tragedia y dejó atrás casi todas sus pertenencias, ahora vive en un albergue donde comparte cuarto con unas 80 personas y se pasa el día sentada en una silla de ruedas sin poder caminar. A pesar de esto, Rafaela Rox Mateo sonríe detrás de una mascarilla y es optimista. Y es porque por primera vez en mucho tiempo hay médicos atendiendola.

En La Trinidad, donde está su casa, Rafaela se las arreglaba como podía para vivir con altibajos de presión arterial:

Con limón me bajo la presión. Y a veces, si se puede, con una aspirinita, cuenta.

La erupción del volcán de Fuego la dejó sin vivienda. La Trinidad está en las faldas del volcán de Fuego. Es una comunidad de familias que huyeron del conflicto armado interno, se refugiaron en el sur de México y regresaron a Guatemala en 1998, dos años después de la firma de los Acuerdos de Paz. En estos 20 años la comunidad ha estado abandonada por los gobiernos.

En su comunidad no hay un puesto de salud. La única opción para Rafaela Rox, de 83 años, era caminar 4 kilómetros y atravesar dos ríos. Todo esto para buscar atención en El Rodeo, el poblado más cercano con un centro de salud.

En su casa, Rafaela pasaba los días agotada, con mareos y dolor de cabeza. Casi no podía caminar y la mayor parte del tiempo estaba encerrada en su cuarto. Perdió la movilidad y empezó  a usar una silla de ruedas. Le atormentaba que un día no despertara, y no se hubiera despedido de sus cuatro hijos y sus nietos.

En diez días, los médicos del albergue de la Escuela José Martí le recetaron a Rafaela cuatro veces un medicamento para evitar las subidas de la presión. Nunca antes había recibido tanta atención. Nunca antes se había percatado de la marginación de su comunidad. No hay un centro de salud para las 1,700 personas que viven en su poblado, según datos del Ministerio de Salud.

El virus de Dilmar

Dilmar Méndez tiene dolor de cabeza y cuerpo, fiebre y temblores. Afuera del albergue, en un consultorio improvisado, este hombre de Don Pancho, un pequeño caserío adyacente a La Trinidad, espera turno para ser atendido. Es la primera vez en 3 años que va a una consulta.

Hasta ahora sé que puede ser un virus que le afecta a los más débiles.

Los médicos no le dan un diagnóstico certero, solo le recetan medicamentos para aliviar los síntomas. Pero sí confirman que Dilmar está débil porque tiene las defensas bajas, y por eso pudo contagiarse del virus.

En 2015, visitó el puesto de salud de El Rodeo porque tenía problemas para respirar. El trabajo de campo, en las parcelas de maíz, frijol y café, lo dejaba agotado aunque solo lo hiciera un par de horas. Algo inusual para un jornalero.

En el puesto de salud no le hicieron un examen para determinar qué le pasaba. De la consulta solo salió con un blister de analgésicos que no le hicieron efecto. Prefirió tomar infusiones de hierbas, como quilete y chaya, que le preparó su esposa.

Dilmar se conforma con medicamentos para calmar los síntomas. dice que en el consultorio improvisado del albergue la atención médica es mejor a la que acostumbraban recibir en el pueblo. Pero entiende que a pesar de la buena disposición de los doctores voluntarios para ayudarlo, no es posible determinar qué tipo de virus tiene y cómo tratarlo.

En el puesto de salud de El Rodeo no solo atienden a los habitantes de esa comunidad, de unos 2,000 habitantes. También le presta servicios a  8,770 pobladores de otras 23 fincas, colonias y caseríos, según estimación del Ministerio de Salud.

El nebulizador de Candelaria  

En el albergue, Candelaria Jiménez, de 76 años, cuenta su historia sentada en una colchoneta que funciona como comedor, sofá y aparador en el día. Y en la noche se convierte en la cama donde duerme junto con dos nietos.

El 3 de junio salió a prisa de su casa y solo pudo sacar abrigo y comida. En la evacuación de emergencia se olvidó llevar consigo su nebulizador, el aparato que necesita para su tratamiento de asma. Así que estos días ha tenido que usar el equipo que le prestan los médicos voluntarios del albergue.

Mis hijos ahorraron un año y me compraron ese aparato porque en Trinidad no hay quien lo atienda a uno. Y ahora estoy triste porque no lo tengo, dice la mujer de 79 años.

En las últimas semanas le pedía a sus hijos que volvieran a la comunidad para recuperar su nebulizador. Pero la actividad volcánica no ha cesado y tienen miedo de volver. Cada día se convencen de que regresar a su pueblo no es una opción, aunque la Conred todavía no les aclara si la comunidad será declarada como un lugar de alto riesgo.

El ambiente en la escuela donde está albergada Candelaria es caliente y húmedo. Y en el salón donde duerme calcula que hay unas 50 familias. Eso hace que el clima sea agobiante. Para Francisca, respirar es toda una faena. Y también para las otras 45 mujeres mayores que también tienen asma.

A Francisca le preocupa que va a pasar cuando los médicos voluntarios se retiren. Y su tratamiento depende del sistema de salud público.

Ya lo perdimos todo y ahora la salud es lo único que nos queda, pero la podemos perder.

Javier Estrada Tobar
/

Periodista y comunicador. Se formó y trabajo durante casi diez años en Lahora.gt. Apasionado por las letras, el desarrollo humano, la política, las redes sociales, el cuidado del medio ambiente y la buena comida.


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