La vida de Julia González en La Reyna, la última aldea que Conred declaró inhabitable en las faldas del volcán

A 23 días de la tragedia, Conred declaró inhabitables tres comunidades vecinas a El Rodeo, en Escuintla, en las faldas del volcán de Fuego. La semana pasada, Nómada siguió a la familia González hasta su casa en una de estas aldeas, La Reyna. Esto es lo que están viviendo.

Guatemala rural P147 reportaje texto

Doña Julia y su nieta Lydia.

Fotos: Sandra Sebastián

1. La vida en el albergue

 El albergue de la iglesia católica Nuestra Señora de Guadalupe en Escuintla tiene un piso dividido en pequeños ‘lotes’, cuadraditos separados por colchones y muros de costales con ropa y juguetes. Ofrecen la ilusión de la privacidad. En las paredes, entre los nichos donde vigilan los santos, se colgaron papeles con apellidos que indican a qué familia pertenece cada lotecito. En un rincón está Julia González, que, con dos de sus hijas, dobla la ropa donada. Cada una trae un gafete con una virgen y un número. Julia es la albergada #20 de los 397 en total.

– ¿Usted es Julia? Su yerno comentó que usted tiene el contacto de Virgilio, el que se quedó en la colonia para cuidar.
– Sí soy yo, seño. ¿Quiere hablar con Virgilio?

– Es que queríamos ir a La Reyna a entrevistarlo.

Originalmente, no la buscamos a ella. Queríamos hablar con su yerno para conocer a la gente que ahora vigila por las noches para evitar robos. Pero la cara de la señora cambia completamente: de una intriga a una mirada ilusionada. Desde la erupción, diez días antes, no ha regresado a su casa. Ni a la de su hija, María Godínez González. El descubrimiento es que podemos ser un jalón que para ella puede convertirse en una despedida de su casa.

 

Julia González se dispone a la última visita a su casa. Se lleva a su nieta Lydia, de tres años.

Con su nieta Lydia en sus brazos, la abuela Julia hace cola en el escritorio en la puerta de la iglesia para que la hermana encargada registre su salida. El área está congestionada. La cabecita de Lydia está acostada en el hombro de su abuela. Sus ojos están opacos, distantes, como si la bulla y el caos a su alrededor ni existiera.

– [La niña] no está enferma, es que desde el domingo no deja de llorar.

La platicadora abuela nos comparte que tiene miedo. Le entró justo mientras entramos al pueblo El Rodeo, antes de llegar a casa de su hija María. Sentada en el asiento del copiloto, observa la cantidad de gente que hay en la calle principal y dice que le da miedo estar ahí. Por el volcán y por la familia del yerno. Antes de bajar del carro, cuenta sin ahondar que le quieren quitar a su nieta Lydia, pero, decidida, se anima a entrar en la casa de su hija María.

Sólo se lleva los documentos y un cuaderno, donde su hija María dejó apuntados sus pagos y sus deudas. El día está caluroso, grisáceo, está segura de que va a llover y eso le pone nerviosa.

 

– Tenemos que huir antes que caiga el agua, repite agitada.

Teme a los lahares, esas avalanchas de sedimentos volcánicos que se producen con la lluvia, puedan destruir lo que queda de su vida. Por esos lahares es que Conred declaró inhabitable su comunidad esta semana.

2. La despedida de sus casas, en El Rodeo y en La Reyna

Unas piñas putrefactas pueden provocar un llanto.

Julia González abre la puertecilla de madera de la casa de su hija en El Rodeo. Quiere ver cómo está la casa, porque es la última vez que va a entrar.

La mujer de 54 años es platicadora y dueña de una sonrisa sin dientes superiores y una larga melena gris. Recorre, si mucho, diez pasos del piso de tierra. Vestida con una blusa azul y un jeans que le queda grande, va directa a una carreta y levanta un costal de plástico del que sale una coreografía de moscas. Agarra una piña y se pone a llorar. Mientras, las moscas rodean su cuerpo y el de su nieta.

 

La fruta podrida evoca una ausencia irreversible.

Muchos vecinos de las aldeas circundantes al Volcán de Fuego ya no quieren regresar a sus casas. Entre ellos, Julia González. Como tantos, prefiere vivir en el albergue en el que lleva desde la erupción. Y, luego, volver a empezar en otra parte. El miedo que antes no tenían, es el miedo que les lleva a no volver nunca más.

El jueves 31 de mayo, tres días antes de la erupción del volcán de Fuego, su hija María Godínez González fue con su esposo y su nieto de ocho meses a comprar piñas. El viernes vendió. El sábado descansó. El domingo, mientras vendía de puerta en puerta, murió. La erupción del volcán de Fuego desapareció su cuerpo, el de su yerno y el de su nieto de ocho meses. En Escuintla, zona de volcanes, de fértiles tierras, mucha gente cultiva y vende fruta. María Godínez González vendía piñas con pepita. Así le enseñó Julia González a sus hijos por una razón, que explica sin soltar la piña podrida:

– Para que un día no fueran a poner una pistola en la cara de otro pobre a quien la vida también le ha costado.

Escuintla, al Sur de la Ciudad de Guatemala, es el segundo departamento que más aporta al Producto Interno Bruto, es uno de los más desiguales y es el más violento, con 47 asesinatos por cada 100 mil habitantes, sólo equiparable al metropolitano departamento de Guatemala.

La abuela Julia tuvo doce hijos, pero sólo ocho sobrevivieron.

– Tres se me vinieron sin tiempo. Uno se me ahogó en el vientre. Y a ocho, gloria a Dios, los oí llorar, dice esta mujer de poesía involuntaria.

3. La búsqueda del DPI de su hija

Las moscas también están en el gallinero. Hambrientas, las gallinas sacan sus cabezas entre el alambre oxidado y estiran sus cuellos desplumados pidiendo comida. Desesperadamente, le siguen los pasos mientras las lágrimas de la abuela Julia recorren el hogar de su hija, pero no tiene grano para darles de comer. Ahí están sus piñas, su ropa colgada entre el cuarto de la cocina –donde hay más piñas–, y el dormitorio. Rápido, en apariencia, Julia González se recompone.

Su nieta Lydia, hija de María, es una niña de tres años con el pelo arreglado en dos chonguitos que va dormida camino a El Rodeo. Había estado llorando, ahora duerme por puro agotamiento. La luz natural apenas ilumina el montón de ropa tirada sobre las dos camas del cuartito de lámina. Y el foco tampoco sirve de mucho. La ropa debería de estar dentro del alto armario de dos puertas que separa las camas, pero Julia intuye que los hermanos del marido de su hija pasaron por la casa.

Lentamente, los enormes ojos de la nieta Lydia, que perdieron a toda su familia, despiertan. Observan silenciosos mientras la abuela revisa el dormitorio. La niña, pequeña y de ojos gigantes, al darse cuenta de dónde está, espabila y mira a su alrededor. Estira su dedo hacia un estuche de Spiderman lleno de documentos. Es de su papá. La abuela busca y rebusca el DPI de su hija María, ajena a los platos con comida podrida que hay dentro de la refri, ajena a lo que pasa afuera. Es la calle principal de El Rodeo, un camino de tierra en el que decenas esperan turno para recibir comida gratis de una iglesia evangélica.

La abuela Julia quiere tener la documentación de su hija. Como no sabe leer, le ayudamos a buscar. En bolsas con documentos aparece el acta de matrimonio, el del nacimiento del bebé, el de Lydia, el de su yerno. Se lleva los papeles. No encuentra el DPI. Ya se quiere ir, quiere ir a su casa, en La Reyna.

Afuera, en el patio de la casa, el efecto de días de fuertes lluvias evidencian la decrepitud. Un muñeco de bebé flota en un cubo lleno de agua estancada. La abuela Julia González tiene miedo de que llueva por los lahares. Murmulla entre sollozos cuando se acerca otra vez a la carreta llena de piñas. Amarillas intensas y podridas. Le duele que se hayan echado a perder.

– Era chispuda mi hija. Pero tuvo más chispa la lava para llevársela.

4. 17 años en La Reyna y El Rodeo

Como ocurrió con muchas de las comunidades en las faldas del volcán de Fuego, La Reyna también fue una propiedad comprada por el Estado. A finales de los años noventa se sumaron dos historias. Por un lado, la quiebra de muchas fincas de café por la incursión de Vietnam en el mercado mundial; así, muchos dueños necesitaban vender sus propiedades. Por el otro lado, con la firma de la paz en 1996, muchas familias que huyeron por la guerra querían regresar al país y el Estado estaba en búsqueda de tierras para comprar y otorgárselas para que pudieran rehacer sus vidas. Así, muchas fincas fueron se convirtieron en aldeas.

La Reyna queda a 14 kilómetros al norte de Escuintla cabecera y colinda con la aldea El Rodeo. Es, como muchas de las comunidades de la zona, una antigua finca que los propietarios vendieron al Estado. En 2001, un grupo de pobladores de distintas zonas se unieron para crear un lugar en el que hoy habitan unas 825 personas, según una estimación del Ministerio de Salud. Fue el gobierno de Alfonso Portillo el que les autorizó la venta de la parcela a través del Fondo de Tierras; uno de los muchos terrenos en zona de riesgo porque quedan a las faldas de un volcán que nunca ha dejado de estar activo.

Las casas de block y lámina, entre palmeras y cafetales, se extienden por un territorio de tierra fértil con vegetación exuberante y una colina que revela su cercanía con el volcán. Piña, maracuyá, papaya, café, limón, chico y zapote crecen en abundancia en los terrenos que rodean la comunidad.

Un portón metálico pintado de color celeste marca dónde termina El Rodeo y empieza La Reyna. Los lahares de las útimas semanas abrieron surcos profundos con rocas y piedras en la calle de tierra. No disuade a la abuela que en sandalias y con Lydia en la espalda está determinada a llegar a despedirse de su casa antes de que llueva.

Pasa por las dos iglesias cristianas grandes de la comunidad y cruza en un caminito que sube hacia su casa. Reconoce a una gallina en el camino. Es suya. En la entrada de su casa, en un arco que sube del cerco de bambú, los vecinos colocaron una moña blanca, significa que hay un niño muerto. En realidad, hay un bebé, una mamá y un papá muertos.

 

No es un bebé muerto, es casi toda una familia.

En su casa en La Reyna hay un dibujo del volcán en erupción.

La abuela Julia hace un recorrido rápido para ver que todo está como lo dejó. Una fila de zapatos de niña están colgados; Babe, la cerda, sigue amarrada de un árbol bajo la sombra y sus tres lechones están en el chiquero a la par de la letrina.

 

Julia necesita entrar y baja a Lydia, quiere conseguir maíz para los cerdos. La niña parece catatónica. Donde la deja, se queda. Sin hablar. “Ella no es así”, susurra una vecina que acaba de acercarse. Trata de animar a la niña, pero ella no responde.

Dentro del oscuro cuartito de tablayeso que es la casa de doña Julia, hay dos camas, una cuna y más ropa amontonada. La señora que hoy lleva una blusa azul y unos jeans que le quedan grandes, se queda viendo un vestido amarillo. La fotoperiodista le dice que es muy bonito y entonces se anima a buscar otros porque lleva días con ropa donada, porque extraña su ropa. Se cambia y se pone un vestido azul celeste y un amplio delantal. Cuando sale por la puerta, su cara es otra. Se lava las manos con una bolsa de agua y nos corta dos piñas y da de comer a sus animales. Está por un momento contenta.

 

Doña Julia prepara unas últimas tortillas.

El cuarto de doña Julia tiene dibujado en la pared derecha un volcán en erupción. Se lo dibujaron los estadounidenses evangélicos que le construyeron su casa.

Lo único que doña Julia se lleva de su casa es una bolsa de plástico con un vestido amarillo, un delantal y un bote de leche en polvo para su nieta.

En el camino de regreso a su albergue, Julia González, de 54 años, dice que espera que el Gobierno le haga una covachita. Lydia, sobre su hombro, no dice nada. Ella espera que la ayuden porque muchos como ella huyeron porque el riesgo era real. Conred le dio la razón 23 días después de la tragedia.

– Yo decía que de La Reyna nadie me sacaba. He querido legalmente a La Reyna.
– ¿No va a regresar más?

– No regreso, yo no.
– ¿Por qué?

– Tengo que luchar por la vida de mi nieta.

 

Rehacer la vida desde el albergue.

Pia Flores
/

Buscadora de las historias invisibles y experiencias con sentido. Antropóloga irreverente y amante de la diversidad, la noche, las auroras coloridas y los cuentos que tardan.


Elsa Cabria
/

En Ciudad de Guatemala nadie lleva chaqueta por si hace frío. Tampoco en Ciudad de México. Pero yo nací en Santander, pequeña capital de provincia en el norte de España. Así que arrastro la manía allá donde me mudo. Tras trabajar en mi país, me fui en 2011 a México por pura curiosidad y me mudé a Guatemala el mes que se fundó Nómada en 2014. Ahora me dedico a proyectos largos de investigación y quiero explorar Centroamérica entre Nómada y El Intercambio.


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COMENTARIOS

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    Carla L. /

    11/07/2018 12:30 PM

    Buena historia. Transmite el sentir de la señora. El hecho de su vestido me llamó la atención porque la tragedia les ha cambiado hasta su cultura.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Blanca Juarez /

    29/06/2018 6:32 PM

    La tragedia del volcán de Fuego no ha terminado nuestros paisanos necesitan no solo asistencia económica sino urge una asistencia psicológica. Todas estas tragedias es producto de la corrupción es un vivo ejemplo cuales son las consecuencias reales de esta, se denota una gran desigualdad las condiciones de pobreza de estas comunidades mientras el gobierno se excusa que no tine fondos para estas emergencias. No les va alcanzar el septimo infierno para pagar por esto y mucho más. A seguir siendo solidarios con nuestros hermanos.

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!

    Astrid Castillo /

    28/06/2018 12:41 PM

    Esto me saco lágrimas, pero no cabe duda, que esas comunidades están abandonadas, muchos autoridades caen en la indiferencia y se materializan tanto que hasta se vuelven ciegos y esclavos, ante las necesidades de los demás.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Guisela Ramirez /

    27/06/2018 2:24 PM

    Triste, duro, decepcionante que en Guatemala hayan personas tan desprotegidas. Gracias por sacar a luz estas realidades que soñamos que algún dia cambien

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Pedro Pop Barillas /

    27/06/2018 1:20 PM

    Que historia más impactante. Llega a lo profundo del corazón. Gracias por recordarnos la necesidad que siguen pasando nuestros hermanos. Felicidades a la Chinita Sebastián por las fotos.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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