La vida un mes después del deslave en Alta Verapaz

En la oscuridad de la noche del miércoles 27 de septiembre la lluvia intensa hizo que los ríos Polochic y Saqlajiljá en Alta Verapaz se desbordaran. Desde arriba y abajo el suelo se saturaba de agua hasta que una montaña en el caserío Pantic, Municipio de Tamahú, sucumbió. El deslave se llevó la casa de la familia de Cristóbal Can Sam y 14 familias más. Un mes después el municipio todavía no ha resuelto la situación de estas 15 familias que desde entonces duermen en las aulas de una escuela en Tamahú. Eran propietarios de la tierra, pero era una tierra en un área demasiado riesgosa, como las otras propiedades que tienen, como tantos campesinos en el país.

Guatemala rural P147

Familias afectadas por el deslave siguen viviendo en el albergue. En dos meses empiezan clases en la escuela.

Fotos: Carlos Sebastián

“Esto era el corte de mi mamá.” David Can, de 34 años, solo se lo queda viendo. No logró sacar el pedazo de tela de entre las piedras. Era azul y negro. El lodo lo dejó casi gris. Más adelante, cerca del río, encuentra un pantalón de lona. Tampoco lo recoge. “El pantalón era de mi hermana, sólo así usaba ella. Ahora para qué llevarlo. Es demasiado triste.”

Su papá, Cristóbal Can Sam, lo acompaña. También su hermana mayor Margarita, y Avelino que con sus 15 años es el más pequeño de los hermanos. Con duelo en sus ojos, se balancean en una plataforma de rocas que llega casi hasta la mitad de un árbol alto a la orilla del río. “Aquí es donde estaban nuestras casas. Estamos parados encima de ellas”.

 

Margarita y su hermana caminan sobre las piedras que sepultaron sus casas.

Aparte de las prendas de ropa y unas varas metálicas, totalmente dobladas, nada revela que hace dos semanas, bajo nuestros pies, habían cinco casas, una cocina, incluso un pequeño espacio donde la familia tenía sus animales. Hoy lo que fue su hogar durante más de 30 años, es un desastre.

El 27 fue sepultado el caserío Pantic en el municipio de Tamahú, al sur del departamento Alta Verapaz y a 198 kilómetros de la Ciudad de Guatemala, la misma distancia que separa la capital de Quetzaltenango. Unas 610 personas vivían en el caserío.

 

El río

Una avalancha de lodo, rocas, agua, cayó hacia el caserío. Se llevó las casas de 15 familias que perdieron todas sus pertenencias, sus animales, sus cosechas. Su sustento. Más de 25 casas quedaron dañadas. De las ocho personas que fallecieron, sólo encontraron cinco. Tres de ellas en la represa a 30 minutos a pie de la casa.

Por unos días una casa privada en Tamahú se convirtió en morgue, y las aulas de una escuela, en albergue para las 250 personas evacuadas. Hasta la fecha Cristóbal Can Sam y otras 50 personas siguen en el albergue.

El problema de la tierra

El terreno donde vivía la familia Can Sam pertenecía a Rosario, la esposa de Cristóbal. Cristóbal tiene otro terreno en la falda de la montaña, un lugar demasiado empinado para vivir, en donde tiene cultivos. Ambos terrenos eran parte de una cooperativa establecida a principios de los años 70, explica. Al pasar los 30 años se repartió la tierra a los asociados. La condición era que los asociados mantuvieran activos los cultivos de café y que lo vendieran colectivamente.

La desdicha de los terrenos de Rosario y de Cristóbal era la ubicación. La de Rosario quedaba en un cuadrito entre el río Saqlajiljá y un nacimiento de agua que dirigió el deslave directamente al hogar de la familia. La iglesia evangélica a la par quedó casi intacta. A la par del terreno pasa una calle de tierra. Carretera lo llaman oficialmente, aunque la única parte que se mira asfaltada es el puentecito donde pasa el nacimiento de agua. Es la Ruta Nacional 7E, o Ruta del Polochic, que conecta Pantic con las aldeas y caseríos aledaños entre el municipio de Tucurú y Tamahú, y Alta Verapaz con Izabal.

 

La ‘carretera’.

A dos semanas del desastre, los camiones grandes y busitos que transportan a los pobladores de cinco municipios pasan aún más despacio que normalmente. El derrumbe y las lluvias también destruyeron la calle. El lodo todavía no se secó, los cráteres aún están llenos de agua gris.

Cuando se cayó la montaña

Eran alrededor de las 8.30 de la noche cuando el conductor de uno de estos camiones golpeó la puerta de Cristóbal. Casi no se oía por la lluvia y los truenos. Se había quedado trabado por el lodo en una curva de la calle a unos 100 metros del terreno de la familia y pedía ayuda para sacarlo. Avelino y su papá fueron a la casa a la par a despertar a David. Con palo y piocha en mano salieron a sacar el camión.

– Fuimos con mis tres hijos a apoyar al chofer. Estaba lloviendo mucho y habían muchos relámpagos. De norte a sur, oriente a occidente. Muchos. Se quedó mi esposa, mis hijos, en las casas. No sabíamos qué iba a pasar más tarde.

El señor de 62 años está en el aula escolar que desde el desastre ha sido su hogar. Es de estatura pequeña y manos grandes. Fuertes. Igual David que está a su lado. Los dos en sus botas de hule negras que llegan hasta el asiento de las sillas desgastadas de la escuela. Cuentan en español, pero Cristóbal pidió que un vecino le apoyara a traducir algunas palabras, ya que esa periodista no habla q’eqchí. Los habitantes de Tamahú hablan q’eqchí, poqomchí y español.

– Pasaron unos 20 minutos y se desbordó el río. Vino el deslave de la montaña, se cayó desde arriba encima de las casas. El río también se pasó arrastrando el camión que estábamos sacando, explica Cristóbal.

David recuerda el sonido impactante de las rocas que se pegaban entre sí cuando caían de la montaña.

– Parecía un trailer. Como un camión grande en la calle. La calle se hizo río. Se llevó mi casa, pero no sabíamos todavía qué había pasado con nuestra familia.

Los cuatro corrieron hacia arriba y lograron salvarse. La calle quedó totalmente bloqueada. Mojados, asustados y preocupados, Cristóbal, David y Avelino buscaron un extravío para llegar a sus casas. Ya no quedaba nada.

 

Una de las casas declaradas inhabitables por Conred.

– Solo piedras. Y mucho agua y algunas mazorcas, porque teníamos mazorca en la casa. Yo fui a buscar a mi mamá, pero no la encontré. Nosotros somos los que quedamos.

Después volvió a llover. Cientos de vecinos se unieron esa noche para ayudar a las víctimas pero era imposible. Ya no podían hacer nada más que buscar alguien con saldo en su celular para avisar a los hermanos y hermanas de David que viven en la capital y en otros municipios, para contarles lo que había pasado. Y esperar el amanecer para empezar a buscar las víctimas.

Esa noche falleció Rosario Sam Can, la esposa de Cristóbal durante más de 42 años. David y Avelino perdieron su hermana María, de 40 años, y dos cuñadas, Gladys Lorena Cal Lem, de 18 años, Darlin Mariela Sacba Tut, de 18 años, y dos sobrinos, Marcos, de 10 años, y Franklin, de 17 meses.

Por el nivel del río, los bomberos, la policía y los representantes de la Conred no lograron entrar área sino hasta la madrugada el siguiente día.

Trabajar del trabajo más riesgoso en la capital

Es difícil encontrar trabajo en el caserío y las cosechas de las tierras donde muchas familias cultivan para su propio sustento. Por eso Everaldo, uno de los hijos de Cristóbal, decidió buscar trabajo como agente de seguridad en una empresa en la Ciudad de Guatemala, como también lo hicieron cuatro de sus hermanos. La ausencia física es el sacrificio que les permite la presencia económica necesaria para mantener a su familia. Cada 15 días los hermanos visitaban a sus papás, hermanos, esposas e hijos en Pantic. El resto del tiempo solo las mujeres estaban en las casas, como el 27 de septiembre.

A las 11.30 de la noche, a pocas horas del desastre, Ana Alicia recibió una llamada de Everaldo desde la capital. Le contó que Darlin y el bebé se habían quedado bajo tierra. No lo creía. No lo pudo creer. Unos minutos después Everaldo la volvió a llamar. Estaba llorando.

–Me puse a llorar. Y me desmayé. Era mi primera hija.

Encontraron el cuerpo de Darlin el viernes. La enterraron en Raxruhá, de donde viene Ana Alicia.

Everaldo tuvo que regresar a la capital para no perder su trabajo. Ana Alicia no sabía qué más hacer que regresar a Pantic y quedarse en el albergue con la familia de su yerno, a esperar que el cuerpo de su nieto fuera encontrado también. Pero nunca lo encontraron. Todo está demasiado reciente. Encontrar los juguetes de su bebé, su ropa.

Los “beneficiados”

Cristóbal nació y creció en Pantic. Ha vivido toda su vida en el caserío. Conocer y confiar en el clima es una condición básica. Pero cuenta que ya no se puede. El clima en la región se ha cambiado bastante durante los años. Antes no habían derrumbes y la lluvia era “normal” en el área con más lluvia de toda Guatemala. Caía con menos intensidad, el chipi-chipi como dicen en Alta Verapaz, y respetaba su época del año. El verano duraba de marzo a mayo, y empezaría a llover puntualmente en junio hasta diciembre. “Ahora llueve en cualquier momento. Ya no hay verano aquí en Alta Verapaz”, dice.

El cambio climático y el riesgo que representan en áreas como Pantic, no se reflejan en el presupuesto de la Municipalidad de Tamahú. Bernardino Sis Pop, alcalde de Tamahú por el partido UNE, explica que desastres como el que pasó el 27 de septiembre no son comunes, y la municipalidad no cuenta con fondos para reubicar a las familias y comunidades afectadas.

– Cada año se planifica y se hacen proyectitos. Uno no sabe qué va a pasar en el tiempo, uno puede decir ‘voy a dejar tanto por si hubiera un deslave’. Pero por lo regular casi no ha habido esa clase de desastres. Pero tal vez ahora con todo lo que pasó sí hay que ver cómo se puede dejar un presupuesto para eso.

Golpea el escritorio con sus dedos. Su celular suena a cada rato y afuera unas cinco personas hacen cola para entrar a hablarle. Desde el deslave, el alcalde Sis Pop ha estado tocando puertas en el departamento y en la capital para conseguir víveres y gestionar la compra de un terreno para reubicar a las familias.

Una semana después del desastre viajó a la capital a una reunión con el Fondo de Tierras para pedir apoyo para la compra de un terreno. Pero asegura que la gestión no es de la noche a la mañana.

– El problema acá es primero la topografía. Es muy quebrado. Hemos estado buscando, pero Conred no va a evaluar porque son terrenos muy empinados. Aparte de eso en Tamahú hay muchos finqueros y no quieren vender. Hemos estado en contacto con ellos y no quieren.

Solo un terrateniente, de la aldea Chiquim, accedió a vender un parcel del dos manzanas pero a cambio de Q200.000. Un precio demasiado elevado.

Es un tema delicado en el Valle del Polochic, uno de los que tiene más problemas de invasiones de fincas por campesinos sin tierra.

Durante siglos Alta Verapaz ha sido el centro de conflictos territoriales y agrarios por su tierra fértil, en los que el Estado ha brillado o por su ausencia para proteger o subsidiar a los que no tienen tierra ni prestaciones laborales.

Hace solo una semana una comunidad del Municipio de Tactic, a 21 kilómetros de Pantic, fue desalojada por la autoridades, sin que se les hubiera anticipado a alguna solución para los habitantes de antemano. Se atiende a un “problema”, generando otro. La única opción para esas familias que no tienen tierra es buscar otro terreno donde pueden cultivar, comer, dormir. Vivir. Aunque sea en áreas en las que pueda haber deslaves.

 

Pantic, en Tamahú. Esta postal es engañosa. Casi nadie vive en terrenos seguros.

Por el momento las 15 familias, entre ellas los Can Sam, son las únicas que serán reubicadas. Los beneficiados, les dicen, aunque perdieron seis familiares y tendrán que reconstruir su vida desde cero. Genera tensión en el albergue.

Vivir en la zona de riesgo

Es de noche y una docena de las mujeres que viven en el albergue están preparando la cena para todos los damnificados. El calor de la leña y el café azucarado espanta el frío que trae la lluvia. En segundos la cancha de la escuela se llena de agua. El bramido que genera en los techos de lámina paraliza a algunos de los niños. “Así también llovió aquella noche”, dice uno. Las señoras los tranquilizan. Ellas confían que aquí en el albergue están seguras. Una prepara la masa, otras la usan para tortear, mientras las otras preparan frijoles, huevo revuelto con tomate y cebolla. 24 cajas de huevos van a usar. Es mucho menos que hace unos días.

Cada día al amanecer algunas familias empacan la poca ropa, los colchones y cepillos de dientes que les donaron para regresar a sus casas aunque las lluvias no han parado. Las dos representantes de la oficina de planificación municipal a cargo de coordinar el albergue intentan convencer a las familias de quedarse por lo menos hasta que el riesgo baje más. Llueve menos que en octubre, y pero el suelo sigue inestable en este municipio en el que llueve hasta diciembre.

Para estas familias ya no tiene sentido estar en el albergue. Sus casas no fueron afectadas por el derrumbe y están ansiosos de retomar su rutina y atender a sus cultivos. Aparte ya les confirmaron que aunque viven en la zona de riesgo, ellos no serán reubicados. No serán beneficiados.

– No es justo. Nosotros estamos realmente preocupados de qué va a pasar con nosotros el año entrante cuando otra vez empiece la época de lluvia, dice Rubén Juc Juc. yerno de Cristóbal.

Su casa queda a un kilómetro y medio de la casa de su suegro, más arriba en la orilla de la calle en dirección hacia Tamahú. Desde la puerta principal donde maneja una abarrotería tiene vista directa a una bajada inclinada. Si cayera otra alud su casa estaría entre las primeras en ser afectadas. Este año tuvo suerte.

Desde la entrada a Pantic y alrededor de todo el área afectado, la municipalidad puso rótulos con el texto “zona roja”. Matías Figueroa, delegado departamental de la Conred, aclara que una de las recomendaciones fue que se señalizara el área, pero con rótulos que dicen “área de peligro” o “área de precaución”. Por el riesgo, Conred también recomendó que ya no se permita que los pobladores vivan en el área.

El problema es que las familias del caserío Pantic no tienen a dónde ir.

Rubén es uno de ellos. Si tuviera dinero, compraría otro terrenito en un lugar más seguro. Cultiva maíz para su familia, y desde hace meses está buscando trabajo como ayudante de electricista. Sin una carta de recomendación es casi imposible.

Su esposa y sus dos hijos se están quedando con Cristóbal y el resto de la familia en el albergue.

– Mi hija como que quedó traumada. Repite ‘no quiero morir’ y mi esposa también quedó bien asustada. Entonces mejor que estén allá por mientras, y yo me quedo solo aquí.

Rubén no sabe hasta cuando. Lo que escucharon es que la municipalidad solamente puede usar la escuela como albergue hasta enero, cuando los niños vuelvan a clases.

En el cementerio

Son casi las 5 de la tarde. Las nubes ya empiezan a esconder las faldas de las montañas alrededor de Tamahú. Dentro de un ratito va a llover. Desde una esquina del parque, sin nada con que taparse, Cristóbal, David, Margarita, Avelino y Ana Alicia empiezan la subida empinada hacia el cementerio municipal en la cumbre de un cerro con vista a Tamahú. El panteón de la familia está cerca de la entrada. Solo hay tres tumbas nuevas.

En el cementerio. No la pintarán hasta encontrar los cadáveres de los niños.

Darlin, la hija de Ana Alicia, fue enterrada en la aldea donde creció. Han pasado casi tres semanas desde los entierros, pero Cristóbal todavía no quiere pintar el panteón, así como están los otros en el cementerio. Sigue esperando que encuentran los cuerpos de los dos niños, sus nietos, que también se llevó el río.

 

Sigue lloviendo en Tamahú.

Ha pasado más de mes desde el desastre en Pantic. El alcalde Sis Pop asegura que está cerca de cerrar un acuerdo sobre la compra de un terreno, aunque no sabe cuando las familias podrán retomar su vida en casas seguras. Sólo les quedan dos meses antes de que la escuela reabra el período de clases. La municipalidad también pensará en soluciones para las por lo menos 20 familias que quedan en la zona de riesgo, dice el alcalde. Pero no garantiza que para mayo 2018, cuando empiecen las lluvias, familias como la de Rubén estarán reubicadas para evitar la pérdida de más vidas en la peor parte del invierno de 2018.

Pia Flores
/

Buscadora de las historias invisibles y experiencias con sentido. Antropóloga irreverente y amante de la diversidad, la noche, las auroras coloridas y los cuentos que tardan.


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