Gracias a Bourdain y a la comida por salvarme la vida

Son las seis de la mañana y mientras contesto algunos mensajes de la oficina, veo que tengo un mensaje de una amiga con una nota que me desarma: Anthony Bourdain falleció, se quitó la vida en Francia. De inmediato pensé en su hija. Pero también en él y en el sufrimiento, en el que padecen los suicidas.

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Bourdain.

Foto: NPR

Cuando a principios de la década pasada el Travel Channel me presentó a Bourdain, me llegó así como era, crudo, salvaje, un punk de los fogones y de inmediato supe que me estaba hablando a mí. Con mi hermana pasábamos las tardes esperando su programa para disfrutar de su humor ácido y de los episodios donde hacía verdaderos poemas a las hamburguesas, como el que hizo Fabián Casas para la Muzza con espuma.

Yo crecí teniendo la comida como un vínculo de afecto y espiritualidad. Mi abuela me consentía con su cocina, siempre el mensaje de cariño llegaba servido en un plato caliente de hilachas o de ichintal envuelto y se quedaba en mí como si aquél fuera un mensaje de la Providencia. Y no era una idea suelta ni exagerada, fui criado en la fe católica y el centro de esa religión es comer y beber del Cuerpo y la Sangre de Cristo. El acto de comulgar.

Comer para mí tiene mucho de sagrado y de amor. Además de mi abuela, recuerdo a sus hermanas y amigas, especialmente a aquella señora que vivía en el Zubinal, una aldea de El Progreso, o de la madrina de mi madre, que nos servían las mejores comidas salidas del fuego de la leña sobre el barro cocinando lento los frijoles sembrados ahí mismo con el mismo amor con el que se acaricia un hijo.

No olvido aquellas tardes en el oriente, a la sombra de los limonares, comiendo una gallina asada en el fogón para celebrar que estábamos juntos. Comer para mí es decir que nos queremos. Pocas veces en mi vida he peleado con alguien frente a un plato de comida porque es verdaderamente difícil que cuando coma no sienta que estoy lleno de alegría y amor.

Y Bourdain me hacía sentir que para él también eso era cierto.

Su memorable viaje a Ceilán, sus bestiales hamburguesas y pintas de cerveza servidas en los bares más cinematográficos de su New York, sus comidas en Vietnam, su reverencia por la comida callejera por la que guardaba un inmenso respeto, me produjeron esa gana de abrirme al mundo en un tiempo pre internet, donde la comunicación era más bien de una vía a través de la televisión. Aunque con él siempre sentí que yo tenía algo qué decir. Y ahora que lo imagino en la inmensa tristeza no deja de partírseme el corazón. Pero también comprenderlo, porque de oscuridad yo también sé mucho.

Cuando Bourdain escribió su Don’t eat before reading this, un artículo que descubrí gracias a su programa No Reservations, ya algo dejaba ver del lado oscuro de la cocina: “La gastronomía es la ciencia del dolor” decía mientras describía las rutinas en las cocinas como si fueran tripulaciones de submarinos, sometidos al peligro y la vejación constante, como quien vive una guerra. Y esa guerra también halló territorio en él y en mí.

Una de las peores caras de la depresión, algo que también sufro, es no sentir el gusto por comer. Y peor aún, no sentir el amor. Es como si de pronto perdiera la señal que me conecta con el mundo. Y cuando he vuelto de ese camino, el sabor siempre está ahí para mandarme un mensaje. A veces, incluso es el sabor el que me rescata. Aprendí a cocinar mejor cuando vivía solo como un método de sobrevivencia. Para recordar que alguien me ama. Y ese alguien al final era yo mismo, la única mano que puede tenderse y aceptarse cuando uno está hundiéndose en lo más denso del pantano.

Una sopa de pollo sobre mi mesa, con el sabor de las verduras frescas, las hierbas, me recordará siempre la mesa de mi abuela y las tardes de mi adolescencia viendo Bourdain con mi hermana, cuando solo me preocupaba del amor y los libros, y dedicaba el día a llenarme de sensaciones bellas. Por eso cuando estoy triste cocino.

Y aún así estoy consciente de que todo acaba. Incluso la belleza más intensa, que lo es porque está muriendo y si parpadeas se te escapa. Pienso en Bordain y en esta semana maldita con la tragedia del volcán aún abierta como una herida que tardará en sanar siglos.

Hace unos días me enteré de que pobladores de Retalhuleu se organizaron para llevar una ayuda a los damnificados y los rescatistas. No era poca cosa. Era gente muy sencilla que decidió donar tamalitos de chipilín. Y los llevaron en camiones hacia la zona del desastre, con sus manos amorosas. ¿Acaso hay una forma más genuina de decir que la vida te quiere aquí todavía, que regalando algo que tus manos sembraron y transformaron en eso que te dará el placer de sentirte en brazos de tu abuela o de tu madre? Lo debe ser para aquellos que las perdieron en el fuego.

Realmente me conmovió. Y me sentí pequeño, yo que no siembro nada, yo que también recibí pocas palabras de afecto pero mucho amor en un plato de comida, donde las penas se expiaban como si ahí nos salváramos de todo.

Y quisiera salvarnos, pero no puedo. También la cocina es un arte relacionado con el dolor y el sacrificio. Pero al final, como dijo Anthony, cada vez que coma algo que me llena el alma, que me inunda del inmenso placer de estar vivo, gracias al trabajo de los cientos de personas que hicieron posible que yo pudiera tener un pargo asado sobre mi mesa, tendré un gesto religioso de agradecimiento dibujado en el rostro, como los santos en las pinturas medievales y sabré que estoy en casa.

Julio Prado
/

Escritor, abogado, tuitero del trópico, esposo abnegado, surfista de la web y padre del niño más genial de la comarca.


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COMENTARIOS

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    Nelly de Castañeda /

    11/09/2018 12:12 AM

    Es el artículo más sensible que he leído en mi vida. Pude palpar en esas letras el sentimiento nacido del alma. No cabe duda que Dios tenía tu corazón en Sus Manos.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Hector reyes /

    11/06/2018 11:34 AM

    Lindo comentario este sr. Un icono..un heroe para mi trataba de no perderme sus shows loa domingos por la noche..fue un abogado de los latinos que tenian sus puestos de.comida en las calles.siempre convivio con ellos..un gran solidario.solo me acuedo qe filmando en haiti ha empezar a comer hiba.cuamdo se dio cuenta qe tenia unos cuantos ciemtos de mucbachos alrededor..y pidio qe se tratara de servir a todos...gracias feliz tsrde

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Maríita /

    11/06/2018 7:13 AM

    Comer es decir que nos queremos !!!!! Si de niña me iba a sentar a comer enojada mi mamá decía que la comida me caería mal en mi panza, porque la comida era sagrada, debía recibirse con alegria y agradecimiento, así es en el oriente de Guate y estoy segura que en muchos rincones de este país. Lindo artículo

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    alejandro rivera /

    10/06/2018 9:32 PM

    Yo si difiero de Uds. los carnivoros, pues no se puede comer con amor cuando antes hay que matar a un animal que sufre el instante de la muerte como cualquiera de nosotros los animales de la especie humana. Creo que esto es cuestion de nivel de conciencia. Esto lo aprendi y lo llegue a comprender de Maestros de Sabiduria, principalmente del hinduismo y del budismo.

    ¡Ay no!

    6

    ¡Nítido!

    René Villatoro /

    09/06/2018 4:42 PM

    ¡BRUTAL!

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Vanessa /

    09/06/2018 3:39 PM

    Genial! Muy bien escrito y directo al corazòn. De Burdain admiraba su amor por lo autèntico sin olvidad lo autòctono, ya que soy tambièn amante de la comida callejera que compartes con la gente del lugar donde visites o de donde eres...♡

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    ramiromacdonald /

    09/06/2018 11:12 AM

    Julio: enormes gracias por este hermoso texto que combina tantos detalles humanos, que es un poema a la vida, pero también a la muerte. Bourdain es apenas tu pretexto. Tu sensibilidad aflora, como la esencia deliciosa que emerge de las verduras y frutas de colores, cuando se ponen en una cacerola y se arriman al fuego para cocinarlas con amor.
    Comparto el mismo dolor que tuviste cuando escuché sobre la muerte del gran chef, que era amigo de quienes valoramos las cocinas populares, donde no se hacen reservaciones (por teléfono) para ir a sentarse en una caja volteada de cervezas o de aguas gaseosas.

    Mis respetos por tus letras, por tus sentidos y tus recuerdos. Mi añoranza por los comedores de pueblo, a donde Bourdain nos llevaba por la tele. Algo muy peculiar del gran chen neoyorkino: tenía estilo, muy propio. Un estilo único que todos apreciábamos.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    LUIS /

    09/06/2018 9:24 AM

    Tenías que usar el titulo sensacionalista de "salvarme la vida" cuando Bourdain murió de suicidio?? DESAGRADABLE

    ¡Ay no!

    6

    ¡Nítido!

      Raquel /

      10/06/2018 3:44 PM

      A shoooombre

      ¡Ay no!

      1

      ¡Nítido!

    Gaby Hernández /

    09/06/2018 6:15 AM

    Excelente reportaje, sentí cada una de sus palabras, como dirían "somos lo que comemos" quizás por eso la comida es capaz de simbolizar tantos sentimientos, hasta el mismo amor.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Trudy Mercadal /

    08/06/2018 7:16 PM

    Hermoso homenaje. Bourdain dejó su marca en el mundo.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!







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