El incendio y el encierro para dos niñas, antes y mucho tiempo después

– Encendí un pedacito de candela porque no teníamos luz. La puse en un espacio donde había cartón y madera. Me agarró sueño y al rato me venció. Me quedé dormida. No sé cómo, pero sentía como calor. Abrí los ojos y estaba agarrando fuego todo. Victoria, capítulo 1.

Somos todas Niñas del hogar seguro Nos duelen 56 P258

Dos mujeres se abrazan afuera del Hogar Seguro el 8 de marzo de 2017.

Foto: Carlos Sebastián

Cuando se fueron a dormir, nadie imaginó que fueran a despertar en llamas. La niña más grande estaba exhausta después de pasar todo el día haciendo limpieza en un colegio privado. En las noches su mamá tenía que lavar ropa ajena en un pila a tres casas y le tocaba a Victoria cuidar a sus cuatro hermanos. El más pequeño tenía solo un par de meses, y los otros, 3, 4 y 6 años. Victoria solo 7. Una niña a la que todavía le daba miedo la oscuridad.

Victoria todavía recuerda de la voz de su mamá gritando por sus hijos, mientras la pequeña casa de tablas se desvanecía entre las llamas. Los gritos y el llanto de su mamá eran tan fuertes que la señora no escuchó cuando Victoria le gritaba que los cinco niños estaban a salvo en un rincón del patio. Fue una noche de 1992 en un asentamiento en Villa Nueva, en las afueras de la Ciudad de Guatemala. Hace 25 años.

 

Marta, capítulo 1.

Marta, en cambio, recuerda la desesperación de otro encierro. El pánico sin escape. Fue alrededor del mediodía cuando un temblor empezó a mover el piso bajo sus pies. Quiso correr pero no pudo. El pequeño garage donde su tío la encerraba tenía candado. Fue hace más de tres décadas. Ella tenía 10 años. Había estado bajo el cuidado de su tío y sus abuelos desde que tenía 4 años y su mamá decidió ir a los Estados Unidos a empezar desde cero. El papá de Marta las abandonó.

– Era una familia muy católica. Lamentablemente siempre hay una oveja negra en la familia. No me gustaba el estudio, era muy rebelde. Me gustaba mucho la música. Mi tío estaba estudiando para sacerdote. Le parecía que las cosas que a mi me gustaban eran de varón, entonces él decía que yo iba a ser lesbiana y que eso me lo iba a quitar de una u otra manera.

La familia tenía más recursos que el resto del pueblo en el Oriente guatemalteco, una región más mestiza, de vaqueros y pistolas, que la tranquila región maya del Occidente. Corregir a la niña rebelde era un asunto de prestigio social. Así sus abuelos justificaban el maltrato a manos de su tío.

– Él nunca abusó de mí, pero a saber qué odio tenía contra mí. No me dejaba hacer nada. Pero nada. A veces ni acercarme a la puerta; por eso me encadenaba en la cama en el garage. Una cama donde otro tío de la familia había muerto. Yo era rebelde, pero tampoco para que me tratara así. Me llegó a decir incluso que yo no era familia de ellos. Mis hermanos vivían en la casa, pero yo ni comía en la mesa con ellos. No tuve amor pero de ningún lado.

Durante años Marta hizo su vida en este garage. Allí comía y dormía. Allí esperaba que el tiempo pasara lo más lento posible antes de que regresara su tío a pegarle. Los golpes se hicieron más y más constantes hasta que un día Marta ya no aguantó y escapó. Pero su familia la encontró y fue internada en un hogar gubernamental en donde pasó casi un año. Pero no aguantaba el encierro. Se salía y la volvieron a meter tantas veces que el hogar ya no la quiso aceptar. La devolvieron a su tío. El castigo fue fatal. Una descarga de golpes sin precedentes.

Victoria, capítulo 2.

– Me recuerdo que cuando era chiquita, nunca nos hizo falta nada. Tuve papás excelentes. Mi mamá no sabía qué era pegarme. Mi papá tampoco. Él era mil usos. Se animaba a hacer de todo para trabajar. Y a mi mamá nunca le gustó esperar nada de nadie. Siempre buscó cómo trabajar y apoyaba económicamente a mi papá para que no nos hiciera falta nada. Hasta que tenía 6 años. Mi papá se fue un día de la casa a trabajar como siempre y ya no regresó.

En esa época, a principios de los años 90, el asentamiento donde vivía la familia ya era peligroso e inmediatamente la mamá y abuela paterna de Victoria pensaron que algo grave había pasado a su papá. Resultó que él había decidido abandonar a su familia para vivir con otra señora de la colonia.

Fue la primera vez que Victoria sintió desprecio de parte de su papá, a quien adoraba. Llorando le pidió que se quedara o que la llevara consigo. Él se enojó y la mandó a su casa.

Durante casi diez años el papá de Victoria oscilaba entre las dos casas. La de la mamá de Victoria, con quien tuvo tres hijos más. Y la de la otra señora con quien también tuvo otros tres hijos. A veces se quedaba solo unos días en la casa. A veces semanas o hasta meses, casi años. Cada vez que regresaba, disque arrepentido, traía problemas. Tomaba cada vez más. Peleaba con la mamá de Victoria hasta llegar a los golpes. De vez en cuando la otra señora también llegaba a la casa a alegarle a la mamá Victoria. Incluso a amenazarla.

Allí, en medio estaba Victoria. Una niña que observó, durante una década, cómo ninguna de las dos mujeres pudieron cerrarle la puerta a un hombre violento y manipulador.

Marta, capítulo 2.

Marta, de 13 años, se escapó de su casa de nuevo. Buscó refugio en la calle. Estaba sola en la vida. Siendo una niña, fue violada varias veces. Comenzó a consumir drogas mientras pensaba en cómo vengarse en su familia.

Se prostituyó.

Aparte de la satisfacción de humillar socialmente a su familia, ser trabajadora sexual le proveía dónde y de qué vivir. Pero a costa de mucha violencia. De compañeras en el bar y de clientes. Después del maltrato de su tío ya no se dejaba de nadie y mucho menos que latimaran a los demás. Recuerda que en una pelea cortó a una mujer con una navaja de afeitar y recibió de vuelta un golpe que le abrió la frente. Al final, la persecución de su tío la hizo huir del pueblo con una señora que le ofreció trabajo en un prostíbulo en la Ciudad de Guatemala.

Entre violaciones y la prostitución, tuvo a su primera hija. Calcula que a los 15 años. Ella y el papá de la niña se drogaban y la niña nació con una malformación. Demasiada joven y sin condiciones para cuidar a un bebé, regresó desesperada a la casa de su familia. Su mamá había vuelto de los Estados Unidos y aceptó criar a la bebé, que murió meses después. Un año después, Marta decidió quedarse con su segundo hijo. Pero le dio hidrocefalia y falleció a los pocos meses. Guatemala es uno de los países con mayor tasa de mortalidad infantil del continente.

Con dos hijos fallecidos, Marta regresó a la zona 18 de la Ciudad de Guatemala y al prostíbulo.

Victoria, capítulo 3.

De adolescente, a Victoria le tocó apoyar económicamente a su mamá, que estaba desesperada por proveer a sus hijos. Victoria dejó la escuela y empezó a trabajar con una vecina entregando comida en la terminal de autobuses extraurbanos, que colinda con el mercado más grande de la capital. Salía de su casa a las 5 de la mañana y no regresaba hasta las 7 de la noche. Así podía apoyar a su mamá con los 25Q (US$3) que ganaba por semana.

Con el tiempo la situación le cambió el carácter a su mamá. Era una señora estricta, producto de una vida dura. Empezó a pegarle a Victoria, por errores o por desobedecer. Solo a ella. Tal vez por ser la más grande. Tal vez por ser niña. Tal vez porque Victoria adoraba a su papá y siempre lo iba a buscar en la casa de la otra señora.

– En ese tiempo no entendía nada yo. Ella cambió bastante con nosotros. Se iba a trabajar, más duro y nos dejaba solos a nosotros. No nos hacía comida porque le agarraba la tarde, entonces me tocaba a mi ver qué hacer. Más cuando yo tenía 8 años, por cualquier cosa me empezaba a pegar. Decía que no hacía caso. Ahora que yo estoy grande entiendo por qué ella era así. Ella quería mucho a mi papá, y por todo el daño que le hacía a ella, como que le daba cólera. Se frustraba, se enojaba y no hallaba qué hacer, y terminaba desquitándose conmigo. Tal vez no porque ella quería, sino por todo lo que había vivido antes también.

Carlota, la mamá de Marta, fue casada a la fuerza con un señor mayor a los 11 años. Su familia vivía de cortar café en las fincas de Baja Verapaz. Él era terrateniente y de dinero. Con él, Carlota tuvo tres hijos antes de terminar la adolescencia. El día que el señor falleció ebrio en un accidente de carro, los cuñados de Carlota la echaron de la casa. Querían asegurarse de que ella no se quedara con la casa ni el terreno ni sus hijos. Amenazada, huyó con el más pequeño entre sus brazos, el único que logró llevarse. Nunca más volvió a ver a sus otros dos hijos. Cuando decidió irse a la capital a buscar trabajo, sola, dejó al niño con su hermana.

Marta, capítulo 3.

En su segunda época en los prostíbulos, Marta encontró a un hombre.

– Él me sacó de los bares. Estuve casi 7 años con él. Pero fueron 7 años de sufrimiento.

Día a día me golpeaba. Fue un error estar con él, pero yo no quería regresar a estos bares ni a la calle. Ya no quería regresar a la vida que tenía, y eso fue mi enganche con él. Incluso una vez me quiso degollar. Aquí tengo unas cicatrices. Medio me pasó el cuchillo porque yo me agarré con él.

Su dedo tiembla en el aire cuando señala las cicatrices en su cuello. El señor fue asesinado hace 22 años cuando Marta acababa de dar luz al tercer hijo de la pareja y tenía la misma edad que su expareja. No sabía qué hacer. Se encontraba sola con tres niños menores de 3 años.

Sin otro recurso regresó a trabajar y vivir en un prostíbulo con sus hijos y buscó darlos en adopción. Fue una decisión demasiado difícil para Marta, pero en su mente se decía que así tendrían mejores oportunidades de salir adelante. De tener una mejor vida que la que ella tuvo.

Victoria, capítulo 4.

Victoria también fue víctima de abuso sexual de parte de un hombre mucho mayor que ella. Su abuelo paterno. La primera vez tenía 4 años.

– Siempre me le acercaba. Mis abuelos vivían cerca de nuestra casa. Pero me recuerdo que esa vez que me acerqué, empezó a manosearme entre las piernas. Después siguió. No fue constante, pero si fueron varias veces durante varios años.

Las palabras casi asfixian su voz. Nunca dijo nada a sus papás. Lo ha cargado sola y en silencio toda la vida. Lo hizo porque entonces creyó que era la mejor manera de proteger a sus hijos y sólo una vez antes lo había dicho en voz alta.

– Siempre les hago muchas preguntas a mis hijos. No confío en nadie. Entonces no mucho me gusta que mis hijos se apeguen a nadie, me pongo como… tal vez no celosa, pero trato la manera de alejarlos. Ya sea hombre o mujer. Siento que les van a hacer lo que me hicieron a mí. A mi hija sí se lo comenté una vez. Le dije que se lo contaba porque si algún día a ella le pasara algo o le intentaran hacer algo, que me lo dijera. Que no se fuera a quedar callada, como yo.

Marta, capítulo 4.

Con su última hija, de un esposo alcohólico, Marta quiso darlo todo. Oírla describir a su hija es como oírla describirse a sí misma. Era una niña rebelde. No hacía caso. No le gustaba estar encerrada. Enloquecía. Quería escaparse de su casa. Como ella cuando estaba encerrada en el garage de Oriente. Su hija tenía 14 años.

Durante meses Marta, entonces de 36 años, había perseguido a su hija hasta los rincones más escondidos de la colonia donde vivían con tal de alejarla de unas amistades peligrosas. A veces simplemente no regresaba a la casa en la noche.

A Marta le daba miedo pensar en qué podría meterse su hija. Dice que desde pequeña la niña tenía un carácter muy fuerte. Muy agresiva, muy impulsiva. Marta especula que lo que le afectó fue la turbulenta relación entre ella y su esposo.

–  Mi esposo fue alcohólico. Los primeros años él me quiso hacer lo mismo como mi ex-esposo. Hubo golpes durante un tiempo. Pero le dije: Vengo desde chiquita con que me den golpes, que me desprecien. Vos no. Ya no me dejé. Pasamos un tiempo pijazo él, pijazo yo, pijazo él, pijazo yo. Hoy ya tenemos añales que no peleamos así. Pero todo eso le afectó a mi hija. Decía que nunca miraba a su papá bueno.

Cuando Marta conoció a su esposo, dejó la prostitución y salía a vender trastes plásticos en la calle. Después trabajó un tiempo en maquilas, y un tiempo en cafeterías. La pareja llevan 16 años juntos. Con cansancio Marta reconoce que él también le hizo daño y que después de tantos golpes realmente ya no hay amor ni deseo entre ellos. Ahora la relación es sólo costumbre. ¿Por qué sigue con él? Porque no quiere regresar al prostíbulo.

Y porque tenía una hija adolescente que criar.

– Yo le dije hasta aquí nomás, mija. Te voy a meter en un internado como me metieron a mí una vez. Todas las noches las paso llorando pensando dónde estás. Y en esta área, ambulancias por aquí ambulancias por allá. Yo me iba a meter a dónde fuera para ver si era ella. Yo iba a hacer lo que fuera para protegerla.

Victoria, capítulo 5.

En el asentamiento en Villa Nueva la delincuencia se puso peor año por año. Ya era raro encontrar familias que no habían sido contagiadas por la epidemia de duelo y de muerte que persigue a los que caminan las calles laberínticas controladas por las pandillas. Victoria fue usuaria frecuente de los funerales. Primero, mataron a dos de sus hermanos pequeños también. Los que ella había cuidado sola en las noches. Los que salvó del incendio.

Victoria no permite que la gente vea sus lágrimas. Pero al hablar de sus hermanos le cuesta tragárselas. Le duele demasiado.

Por el pánico de perder a otro de sus hermanos, Victoria propuso a su mamá que pusieran al más pequeño de sus hermanos en un hogar seguro para sacarlo de la colonia. Victoria tenía 17 años y él niño de 10 no les hacía caso.

– Yo y mi mamá decidimos meterlo en un hogar. No hacía caso y solo en la calle se mantenía. Ya habíamos tenido un montón de experiencias con mis otros hermanos, no queríamos que fuera así con él. Le dije a mi mamá que no quería que mi hermano se perdiera. Sentíamos miedo. No queríamos que fuera pandillero.

Durante los cinco años que su hermano estuvo en el hogar gubernamental, logró sacar tercero básico y cambió su actitud. La decisión fue un éxito.

Tanto que 10 años después no dudarían en tomar la misma decisión con la hija de Victoria para protegerla. La niña de 13 años se había enamorado de un hombre siete años mayor que ella. Era pandillero.

Con ese pasado y ese presente, Victoria decidió meter a su hija a un internado del Estado. La trasladaron al Hogar Seguro Virgen de la Asunción en las afueras de la Ciudad de Guatemala, a 30 kilómetros al este de la sureña Villa Nueva.

Marta, capítulo 5.

Un día Marta encontró un papelito entre las cosas de su hija con un mensaje. Decía que se tenía que ir a la casa de una persona y quedarse allí.

– ¿Por qué te querés ir? ¿Y con esa persona? Si la que te parí fui yo, ¿por qué tenés que hacerle caso a otra gente?
– No mama, es que yo me tengo que ir.

– ¿Por qué? Decime en qué estás metida.
– No te puedo decir. Pero es solo por unos meses, mami.

– ¿Qué crees? Yo no te voy a dejar ir. ¿Te están mandando a extorsionar? ¿O estás llegando a dejar teléfonos? ¿Qué hacés vos para que esta gente ya tenga poder sobre vos?
– No te puedo decir. No quiero que te pase nada.

Ante esto, Marta metió a su hija al Hogar Seguro Virgen de la Asunción en las afueras de la Ciudad de Guatemala, a 20 kilómetros al este de la norteña zona 18.

Ese día de 2017: Marta, Victoria y sus hijas

El 8 de marzo de 2017, la policía encerró a 56 niñas y adolescentes en un aula de 48 metros cuadrados en castigo por una revuelta. Tras ocho horas, una de las niñas prendió una colchoneta para que les abrieran. La policía no les abrió.

A Marta le dijeron que su hija había sido trasladada al hospital. Pero ni en el Hospital Roosevelt ni el San Juan de Dios la tenían registrada. Decidió ir a la morgue. Fue de las primeras en llegar pero conforme pasaban las horas, más y más gente llegaba. Presentía que su hija estaba adentro, aunque mantenía las esperanzas. Hasta que apareció la mamá de una amiga de su hija. Eran amigas desde la infancia y también estaba en el hogar. En este momento el mundo se le cayó encima de Marta. Supo que si en la morgue estaba el cadáver de la amiga de su hija, su hija también estaría allí.

Ese mismo día, Victoria estaba terminando de almorzar con su esposo y sus hijos, cuando tocaron la puerta. Era su hermano y una de las tías de su hija. Se notaba en sus caras que algo estaba mal.

– ¿No viste las noticias?, dijo la tía.
– No, esa babosada no sirve, contestó Victoria.

A Victoria le gustaba mantenerse al día con las noticias, pero la señal del cable no funcionaba bien y la tele había estado apagada durante días.

Victoria terminó de tomar el fresco en su vaso. Su hermano estaba callado.

– Por qué pues, qué pasó?
– El hogar donde está tu hija, agarró fuego. Se quemó, respondió la tía.

Victoria no le creía. Desde que era pequeña soñaba las cosas antes que pasaran. Así presintió la muerte de su papá, su mamá y sus hermanos y por eso odia soñar.

Se sentía rara. En esta ocasión no había soñado nada. Estaba segura que su hija estaba bien hasta que la tía le contó que en las noticias mencionaron las víctimas que estaban en el Hospital San Juan de Dios. Una de ellas tenía el nombre de su hija.

– Salimos de la casa, pagamos un taxi y nos fuimos de una vez para el hospital. Había muchas mamás afuera, llorando, pero no nos dejaron entrar. Ya estaba ansiosa. Yo solo quería entrar. Quería saber quién era esa niña que estaba allí. Si era mi hija o no.

* Se ha ocultado la identidad de las dos protagonistas, Marta y Victoria, y de sus lugares de origen, para evitar repercusiones en el proceso judicial en el que buscan justicia.

Pia Flores
/

Buscadora de las historias invisibles y experiencias con sentido. Antropóloga irreverente y amante de la diversidad, la noche, las auroras coloridas y los cuentos que tardan.


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COMENTARIOS

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    Patty Valenzuela /

    13/03/2018 2:49 PM

    Muy buen reportaje, me gusta su estilo de escribir, sólo que me parece que está inconcluso, es así? Por otra parte, lamento que nuestras instituciones no cumplan las funciones para las que han sido diseñadas.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Elisa /

    13/03/2018 1:16 PM

    Primer lugar estas niñas no debieron estar allí, si uno tiene hijos es para estar con ellos y no dárselos a terceros a que los terminen de crear. Si no tienen comí mantenerlos no lis traigan cuídense cuando tengan sexo solo traen hijos a sufrir y sino vean las consecuencias de sus actos.

    ¡Ay no!

    2

    ¡Nítido!

    Nelly /

    09/03/2018 8:20 AM

    Que buen reportaje, de encubierto, no se de temas legales, pero ojala que se pueda ser justicia, que salga a la luz toda esta manipulación que hubo por parte del PNG, Aca hay mucha mano negra, y no dudo que el Presidente Jimy, este involucrado.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Patricia /

    07/03/2018 1:51 PM

    Gracias Pía por tus reportajes, sigue adelante.
    Sigo en contacto con Micaela gracias a ti.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Ana Cristina /

    07/03/2018 6:57 AM

    Gracias por escribirlo.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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