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Coger sin querer y sin decir que no (una historia sobre consentimiento)

“Me siento vulnerable y extraña, pero en ningún momento dije que no. Sé que no lo dije y sé que él también sabe que no lo dije. Sin embargo me pregunto cómo no registró mi incomodidad, cómo no se dio cuenta de su insistencia y de su tamaño y de la puerta cerrada de su casa y cómo no se dio cuenta de que yo me escabullía como un gato por todo su sillón.” Reflexiones en primera persona de una noche -que a la vez son muchas noches- en mi vida como mujer heterosexual antes de tener las herramientas y las preguntas sobre el consentimiento y el placer que construimos con el feminismo.

Volcánica v3 volcanica

La barra del bar atestada de gente y la conversación divertida con las amigas. Me acomodo las tetas en el escote de la camiseta que llevo. No quiero que se vean mucho, pero tampoco que no se vean. El pelo, los labios, la conversación. Todo lo que era salir de levante en un bar porteño un viernes cualquiera. Me gustaba salir de levante porque, por desgracia, me gustan los hombres.

Veo un chico que me interesa. Está con todos sus amigos. Le sonrío, bato el pelo para todos lados: miradita fija-cabeza ladeada-sonrisa-mirada fija. No falla. Se me acerca. Charlamos un rato largo. Me gusta. En la euforia de la noche -que suele exagerar y abrillantar emociones- me gusta muchísimo. No sé todavía para qué, o qué quiero, pero ¿Tengo que saberlo? Al entablar una conversación con alguien en un bar o coquetear por alguna red social ¿estoy obligada a definir mis intenciones y suponer las suyas a priori?

Vamos a otro bar. Coqueteamos toda la noche. Creo que en un momento se me acercó a darme un beso antes de que yo tuviera ganas de dárselo, pero eso me funciona porque me puedo “hacer la misteriosa”. No le doy importancia a esa falta de sincronización porque me gusta un montón y porque, eventualmente, yo también le voy a dar un beso.

Me tomo varios tragos y empezamos a darnos besos apasionados al lado de la puerta del bar. No estoy borracha, pero tampoco estoy sobria. Los besos podrían mejorar, pero ¿qué no podría mejorar? Igual es un lindo chico, tenemos las mismas posturas políticas, es interesante, alto, la barba tupida y una cabeza llena de pelo castaño. Lindísimos dientes.

Me dice que vayamos a su casa a tomarnos una cerveza porque el bar está por cerrar. Lo pienso un segundo, pero le digo que sí. Quiero seguir dándome besos con él y quiero, por supuesto que quiero, otra cerveza. No estoy borracha, pero tampoco estoy sobria.

Llegamos a su apartamento. Me sirve la cerveza y se sienta en el sofá. Noto cómo ya la charla le interesa mucho menos que los besos exagerados y cómo la insistencia se vuelve más intensa. El chico lindo de dientes parejos ya no tiene tantas ganas de que discutamos lo que creo de la política de su país y sus besos se vuelven más insistentes. Me escabullo, pero no quiero que piense que no me gusta, porque me gusta. Probablemente mañana no piense lo mismo, cuando esté más sobria que borracha, pero mañana qué más da. Yo también le doy besos, pero mis besos tienen ganas de quedarse en besos y los suyos ya tienen mil manos que, en menos de lo que puedo advertir, me desabrochan el corpiño (brasiér).

Me escabullo de vuelta en la esquina del sillón con mucha agilidad, como si mi cuerpo fuera de un material escurridizo, muy amablemente, para que no se ofenda. No me quiero ir todavía. Sonrío, tomo más cerveza, le procuro más charla, pero él vuelve a los besos. Miro la puerta. Recuerdo que hace unos meses fui al departamento de un chico con el que salía y que le dije que me quería ir y me dijo, entre chiste-pero-en-serio, que no me iba a abrir. Entre-chiste-pero-en-serio le tuve que pedir que me abriera y las risas y los besos nos duraron hasta que le rogué que me dejara salir o iba a empezar a gritar y le iba a armar un escándalo con los vecinos. Todo, aún esa amenaza, se la dije con amabilidad, con risita, incluso con coquetería, entre besos complacientes mientras miraba la puerta por el rabillo del ojo. La verdad es que ese chico medía el doble que yo y entrenaba un arte marcial. Si realmente le daba por encerrarme, si realmente quería enojarse porque me iba sin coger, la violencia que me esperaba del otro lado del chiste me habría superado. Sin embargo no pasó. Nunca voy a saber qué habría pasado de enojarme, ni nunca voy a saber por qué me amenazó con no abrirme la puerta durante tanto tiempo, a pesar de haberle dicho que me quería ir. Todo quedó más en serio que en chiste, pero igual no pasó. Lo vi un par de veces más porque igual me gustaba y finalmente esa vez me abrió la puerta.

En el momento no recuerdo la situación de la puerta, ni tampoco recuerdo que estoy sola con un desconocido que me dobla en tamaño, en un barrio que casi no conozco, ni tampoco pienso en todos los casos de los que sé de situaciones que se tornaron violentísimas porque la chica dijo que no, ni tampoco pienso en que si se lo digo, probablemente y en el mejor de los casos me diga algo como histérica puta, o solo puta, o simplemente me eche de su casa en este barrio que no conozco, a las 5 de la mañana, sin esperarme a que pida un taxi y sin pensar en si voy a estar bien, o que si le digo que no tengo ganas, nunca más voy a saber de él y nuestra conversación era tan chévere. No pienso en esas cosas en este momento de manera consciente, pero todas me pasaron a mí o a mis amigas y todas están ahí, justo antes de expresar que no quiero coger, justo antes del NO, bloqueándole toda alternativa. Mi NO ni siquiera es una posibilidad para mí. Tampoco eso es culpa de ese chico de los dientes. Él no lo sabe. En ese momento tampoco yo lo sé.

Pienso que la experiencia de la violencia me atraviesa el cuerpo y es algo aún previo a mis propios raciocinios. Entiendo que cuando no es efectiva es potencial y entiendo que mi forma de dejar escapar amable y fragilmente mis deseos es un mecanismo de autocuidado y autopreservación. Finalmente me criaron y me socializaron para el sí y para satisfacer los deseos de los hombres o para la resignación, no para la autonomía, los límites, ni escuchar o priorizar mi placer. El NO, para mí, también es una construcción feminista.

Vuelve a besuquearme y miro la puerta con el rabillo del ojo. Es lindísima su casa, está llena de plantas y de libros. No estoy para nada caliente y la situación no me excita para nada, pero qué más da. ¿Qué más da? La certeza de fingir o el riesgo de una respuesta violenta es una probabilidad difícil de calcular.

Me saca la ropa con muchísima ansiedad y me toca con brusquedad y torpeza. ¿No se dará cuenta de que no siento nada? No. Evidentemente no. Se pasa la mano por la boca para reemplazar con saliva lo que no pudo lograr con calentura y hace una cantidad de cosas estúpidas que quién sabe dónde aprendió. Se la chupo un poco y sin mediar mucho más, sin preguntarme, sin decirme, sin calentarme, sólo alcanzo a decirle que se ponga un forro y chan: ya está, me está cogiendo. Es tan rápido y tan brusco que siento que no habría sido posible evitarlo. Ahora, además de no sentir ningún placer, siento un poco de incomodidad. No puedo entender cómo, además, no se da cuenta de que no estoy sintiendo absolutamente nada, de que no me está gustando nada de lo que hace ¿Qué clase de placer hay ahí para él? ¿Cómo puede sentir gusto sin tener ningún registro de lo que me pasa a mí? ¿No es más fácil una paja? Me da vuelta con un poco de brusquedad y un erotismo inexistente. Ya en esta instancia todo me va a dar masomenos la misma. Finjo que acabo para que él acabe lo más rápido posible. Finjo porque no tengo ni un poco de confianza como para expresarle que lo que está haciendo, además de molestarme, me duele y porque tengo miedo de la reacción violenta: el insulto, la desaprobación o que siga intentando torpezas con mi cuerpo y sus dedos. Acaba, se levanta y va por agua.

De repente es otra persona. Como si al eyacular se le hubiera escapado el alma y la humanidad. Pasan 10 minutos de destratos y me queda claro que voy a tener que irme a mi casa, porque no me voy a quedar donde claramente no estoy invitada. Tampoco me quería quedar. Quería un par de cervezas más y darme más besos y ver qué onda, que la situación fluyera como en el bar y no que el lugar definiera el desenlace. En esos 10 minutos una sensación de frustración y angustia me invade el cuerpo: accedí a algo para lo que no tenía ningún deseo real, debido a que no sé porqué, pero decir que no, después de haber accedido a ir a su casa, a pesar de no haber firmado ningún contrato o decirle que íbamos a coger, pero haber ido igual, no me pareció una opción y porque pensé que se iba a compensar con una especie de capital emocional con el chico lindo de la barba pareja, pero no. Ni placer ni remuneración alguna.

La claridad me cae como un balde de agua y me visto en silencio y con la bronca en la boca. Ahora me siento, además, muy ilusa y muy tonta por haber caído en esa emboscada predecible del interés y me siento más tonta todavía por no haber exigido al menos un poco de placer, ya que no iba a florecer ninguna relación conveniente con el chico bien de la barba completa y los dientes parejos.

El destrato que le sigue a la secuencia del taxi es radical, pero no es novedad. Me entristece que no me sorprenda. Me subo a un taxi confundida. La borrachera se me bajó mientras cogía, a pesar de no haber sentido nada y ahora amanece en la ciudad.

Me siento vulnerable y extraña, pero en ningún momento dije que no. Sé que no lo dije y sé que él también sabe que no lo dije. Sin embargo me pregunto cómo no registró mi incomodidad, cómo no se dio cuenta de su insistencia y de su tamaño y de la puerta cerrada de su casa y cómo no se dio cuenta de que yo me escabullía como un gato por todo su sillón. Me pregunto si, de haberse dado cuenta, si al haberme tocado y haber notado la absoluta sequedad, si de haber escuchado la cantidad de veces que le dije “con calma”, “despacio”, “vamos más despacio” -pero muy entre risa y coqueteo, es verdad- la cosa habría sido distinta. Si él me hubiera preguntado una sola vez: “¿tienes ganas de coger conmigo?” “¿tienes ganas de que te toque?” ”¿Así?” “¿Qué te gusta?”, yo le habría dicho que no, o quizás estaba esperando una contrapropuesta del tipo “podemos dormir un rato y ya” y no esa presión imbécil por no hacerle perder el tiempo a un tipo y dejar ahí toda posibilidad de pasarla bien, porque finalmente yo accedí a ir a su casa, pero en ningún momento la propuesta fue explícitamente a coger. El eufemismo enturbió toda honestidad de intención. O quizás habría dicho que sí igual, pero decididamente habría sentido que tenía más opciones que el desenlace que a él le pareció el único posible a partir de que yo accedí a ir a su casa cuando recién lo conocía. Sé que él piensa eso, pero yo me quería tomar una cerveza y quería seguir charlando, porque me estaba divirtiendo de verdad, aunque no lo dije, la realidad es que no lo expresé. Sé que él tampoco tiene la responsabilidad de contemplar esas variables. O sí. No sé. Me habría gustado sentir algo más que incomodidad durante toda la noche. Me había gustado que todo eso hubiera sido con-sentimiento en lugar de resignación.

Fue una noche de mierda, pienso. Una más. Tampoco es novedad y al menos no me pasó nada “grave”. Siento un poco de incomodidad y una desazón que no me es difícil distraer con otro pensamiento y olvidar. Pasó algo que yo no quería, pero no pude decir que no quería. No fue culpa de ese chico, pero decididamente la culpa tampoco fue mía.

 

María del Mar Ramón
/

Feminista, nací hace un cuarto de siglo en Bogotá pero decidí vivir en Buenos Aires. Soy cofundadora de la Red de Mujeres y de Las Viejas Verdes. Escribo sobre el placer. En donde no nos dejen bailar, que ni nos inviten.


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    Lucia /

    26/03/2019 10:02 PM

    Así como los hombres buscan su propio placer es nuestro deber como mujeres, como seres humanos, buscar y exigir el nuestro.. claramente hay que ser claros y utilizar el lenguaje que para eso existe, y preguntar antes de ir a algún lugar privado con otra persona que intenciones se tienen de ello, para no entender mal las cosas, claro que debió preguntar, pero si ves que la persona no lo hace, tu debiste decirle. Uno no puede esperar recibir placer cuando no es capaz de pedirlo, de decir que quiere uno y que le gusta, y si no tiene ganas, decir desde antes de ir a la casa de alguien, porque bueno, no somos una niña ingenua de 10 años, no, somos mujeres adultas mayores de edad que sabemos que existe la posibilidad tanto de ir a solo hablar a la casa de un tipo, como ir a otra actividad, como de ir a follar.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    mariana /

    26/03/2019 9:31 AM

    Me emociono tu relato tan conciso y preciso de como vivimos la sexualidad al menos la generación de mujeres entre 20-40. Soy ilustradora y me interesaría hacer un relato gráfico de esta historia, la forma de poder aportar para echar mas claridad sobre la idea de consentimiento que aun esta tan ausente en los varones. Avisame si te interes

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    juan carmona /

    12/01/2019 1:41 AM

    Qué confusión tan grande y cuánta estolidez creer que es el feminismo el que la aclara. Léete en modo neutral, invierte los papeles hombre y mujer, qué pensarías? Verías la confusión del niño caprichoso que no sabe qué quiere en la vida más allá de unos dientes lindos que le sonrían? Sentirías sororidad cuando dice "cómo no sintió lo que yo pensaba y no fui capaz de deci"? Menos mal tienes más herramientas hoy en día...

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    C /

    15/12/2018 10:52 PM

    Te explico!

    El tipo debia ser un looser, porque te dio bola a vos.

    Pero no tan looser porque al final te borro. Y si claro, uno persona tan densa es dificil de tolerar.

    Los hombres hacemos todo esto que tu comentas cuando no nos gustas.

    Si la mujer te gusta, si invertis todo.

    Y tu hiciste una interpretacion feminista, queriendo extrapolar afirmaciones generales...

    Que pena.

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!

      ANA VIRGINIA LOPEZ /

      20/01/2019 4:03 AM

      Lo ciero es que qué mierds de hombres los que existen ahora. Tu pendejo animal ves a una mujer como objeto sexual. Que si la chava te gusta invertis todo???? No creo que tengas mucho que dar al fingir interés genuino en alguien que acabas de conocer pero tu apetito animal se apodera de ti una vez solos. Como el machismo se vive al rojo vivo aun con una extraña que te cogerás pero para tí es solo una vagina que pobremente logeaste humedecer pero eso sí te aseguraste de embestirla duro profundo y e saciaste pobre animal. A la pobre LOOSER puedo decirle que NO va encontrar lo que busca saliendo a parrandear. Lo que ella busca es lo que la mayoria de nosotras queremos y que incluso casadas no obtenemos y es alguien que nos escuche, comprenda y nos ame porque el hombre simple y sencillamente piensa egoistamente en la necesidad de su PENE. Muy egoísta y Muy inocente o estúpido pensar que lo que se iba desarrollando en un bar, esa conexión falsa, se trasladaría a un lugar a solas donde tu aceptaste ir y te aconsejo NO permitas que los hombres te usen, acabarás sintiendo un vacío existencial. Cree en Dios y El te proveerá.

      ¡Ay no!

      1

      ¡Nítido!

    Fede /

    30/10/2018 10:47 AM

    Gran nota. Como varón yo creo que nos damos cuenta, no hace falta explicitar. Una noche de mierda que te dejó un enorme aprendizaje y que además se hace extensivo a muchas personas al compartirlo. Y acortaste el camino para darte cuenta que esa persona no valía la pena.

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!

    Rathor /

    30/10/2018 8:47 AM

    Definitivamente es inmadurez e inexperiencia total...la mujer debe aprender a enviar los mensajes correctos desde el principio...media vez domine este "arte" no volverá a tener problemas...

    ¡Ay no!

    3

    ¡Nítido!

    Javier /

    29/10/2018 11:57 AM

    Lo que tendríamos que hacer (como humanos) es esperar el "sí", los he tenido y son mucho más obvios que los "no", o al menos eso he hecho yo. Cuando una mujer dice "sí" todo se vuelve más placentero...por supuesto asumiendo que yo también digo "sí"

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Zullynda /

    29/10/2018 11:22 AM

    Me parece que...pues de todo hay. Si igual no ibas a decir NO mínimo lo hubieras disfrutado. Ir a la casa del tipo a seguir conversando? en serio?
    Ya habías ido, mejor disfrutarlo. Tenías dudas, entonces decir no desde el principio hubiera sido mejor. Disfrutar los besitos con la seguridad de estar rodeada de más personas tampoco es que fuera mala idea digo yo?
    Mi humilde opinión......

    ¡Ay no!

    2

    ¡Nítido!

      juan carmona /

      12/01/2019 1:46 AM

      Las narcisas se están escondiendo tras el feminismo para lograr que el mundo haga lo que ellas quieren. Como dices, una dosis mínima de sentido común es suficiente para desenmascararlas.

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!

    Luisa /

    28/10/2018 9:46 PM

    Coincido totalmente con "el NO, para mí, también es una construcción feminista", desde mi aproximación al feminismo y desde que he dejado que me atraviese, he podido disfrutarme y disfrutar a otros en muchos niveles. No es fácil, ni cosa de un día. Y las veces que he dicho "no" a tener sexo con algún hombre han sido en condiciones totalmente diferentes (en cuanto a seguridad). Porque negarse a tener sexo con un hombre hetero, lamentablemente, requiere de muchos factores a "nuestro favor" para no ponernos en riesgo.
    Ningunx en ese contexto tuvo la culpa, la autora por lo que mencioné anteriormente, y él, porque tiene internalizado una cosa: en el momento que ella accede ir a un lugar privado, tiene que cumplir con el "paso a seguir", como producto de la cultura de la violación.
    Por último, me caga (disculparán la expresión) que ellos no se den cuenta por sí mismos de la necesidad de deconstruir la masculinidad tóxica, y que - de cierto modo - seamos nosotras quienes los guíen a deconstruirse. Pero ¿el machismo mata? ¿El patriarcado oprime? ¡Exageradas!

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!

      juan carmona /

      12/01/2019 1:51 AM

      Acaso existe algo más agresivo que un pene entrando continuamente y con fuerza en una vagina? Si piensas así, de pronto el problema no son los hombres...

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!

        Amber /

        20/01/2019 4:14 AM

        La mujer no es una máquina sexual. Uds hombres deberian saber que si la vagina no lubrica es porque sencillamente la mujer no está excitada y por lo tanto no disfrutará el acto sexual y es más le dolerá. Quizás leer un poco para al menos aprender a ser mejores en la cama y si tanto quieren un orgasmo.... al menos trabajen para ganárselo y eso significa invertir en un poco más de plática, coqueteo, disfrutar un trago, pero la pobreza drl hombre en la cama radica en pensar solo en la necesidad de su miembro. Los buenos amantes aun en un encuentro casual saben cómo hacer sentir a una mujer.

        ¡Ay no!

        ¡Nítido!

    Coraline /

    28/10/2018 8:01 AM

    No se trata como lo dice Cesar A. de que nos comportamos como suripantas y por eso los hombres son desconsiderados con nosotras, a mí me pasaba frecuentemente con mi novio, llevamos más de 3 años juntos, lo conocí en la universidad, no lo conocí en un bar, no estábamos borrachos, ni nada similar.
    Parecía que su mentalidad de 'macho en celo' le nublaba los sentidos, parecía que sólo necesitaba una vagina para masturbarse y un cuerpo para manosear, no me miraba a los ojos, ni se inmutaba sobre mi incomodidad. Si le decía que no, si estaba cansada, si estaba enferma, él me decía "shh, quédate quietica, yo hago todo" y yo accedía porque pensaba que si se lo negaba, él se buscaría otra chica con más lívido, con más ganas, con más energía.
    Esto no es un problema de tragos, ni de escenarios, es un problema de cómo percibimos la sexualidad y cómo la adoptamos en nuestra vida. El entorno educó a la mayoría de hombres para satisfacer sus necesidades sexuales a como dé lugar, claro: hasta donde sus límites morales se lo permitan (esto varía en cada individuo), pero su moralidad y su deseo habitualmente no contemplan el estado de la otra persona, no contemplan algo tan simple como comprender una expresión de desagrado o un intento de escabullirse de la situación; por otra parte, a una gran parte de las mujeres nos educaron para complacer, de tal forma que terminamos normalizando estos encuentros sexuales sin placer, y nos avergüenza, o en historias como la de María del Pilar, nos asusta decir que no.
    Además, muchas veces un "no" no es suficiente para ellos, el dicho popular "cuando una mujer quiere decir que no, en realidad quiere decir que sí" nos ha dañado demasiado, ellos no nos toman en serio. A mí me costó mucho aprender a decir que no de forma asertiva, pero cuando enfrenté a mi pareja, discutimos con argumentos el tema, entendimos y adoptamos en nuestra relación el concepto del consentimiento sexual, y todo cambió para bien.

    Es un tema muy complejo y diverso, me encanta la sinceridad con que lo has narrado, te comprendo perfectamente.

    ¡Ay no!

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    ¡Nítido!







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