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¿Son éticas las relaciones entre profesores y alumnas?

Las relaciones entre profesores y alumnas mayores de edad, en un contexto como el universitario, son legales, legítimas, no son un delito ni deberían serlo, sin embargo, la pregunta es otra ¿Son éticas? ¿Son justas? En esa relación desequilibrada de poder ¿son consentidas? ¿Hay una responsabilidad del cuidado?

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Comstock/Thinkstock

1.

El reglamento de la universidad es claro: no se permiten relaciones sexo/sentimentales entre alumnas y alumnos y profesores o profesoras mientras las primeras (el uso del femenino no es casual) cursen activamente las materias dictadas por los segundos. Es lo que lógicamente puede regularse desde la norma y la prohibición, que finalmente no tiene ninguna relevancia a la hora de tejer relaciones humanas o resolver problemáticas sociales. Las relaciones entre profesores y alumnas mayores de edad, en un contexto como el universitario, son legales, legítimas, no son un delito ni deberían serlo, sin embargo, la pregunta es otra: ¿son éticas? ¿son justas? En esa relación desequilibrada de poder ¿son consentidas? ¿Hay una responsabilidad del cuidado?

2.

Tengo 18 años recién cumplidos. Me siento de muchos más, aunque parezco de 20. La diferencia es irrelevante, porque desde que tengo cédula la adultez da toda igual. Estudio en una universidad privada, privadísima, exclusivamente diseñada para que se eduquen ahí las élites de un ya muy elitista país. En mi universidad hay un profesor: es lindo, rebelde, cool, canchero, fotógrafo y sensible. Además, posa de crítico de la ridícula opulencia y ostentación de la Universidad en la que él trabaja y yo estudio: no es una crítica contundente, que lo exponga, ni lo arriesgue, siquiera una crítica constructiva políticamente, pero sí que le sirve para construirse de un personaje interesante e inteligente: un hombre diferente. Muchas chicas de la universidad gustan de él y su estilo desparpajado. Tiene 38 años y una barba pareja, con algunas canas. Usa tenis y jeans sin preocuparse demasiado por nada. Las chicas le coquetean un montón, él siempre coquetea de vuelta. Se rumorea que tiene una novia, o una ex novia, o varias ex novias, quienes también desfilan como alumnas por la universidad. Se rumorean muchas cosas.

3.

La post-adolesencia y primera adultez de las mujeres (y de las personas) se caracteriza por una enorme fragilidad y necesidad de aprobación y atención. Por supuesto, que en la vida de las mujeres ese sentimiento de afirmación e importancia está dictado por la atención de los hombres. A las mujeres se nos enseña desde muy chiquitas que, mal que bien, nuestro destino debe ser gustarle a los tipos y que nos quieran y nos cuiden. En mi generación el discurso era más que los hombres nos consideraran inteligentes y valiosas, pero que toda nuestra existencia fuera validada por ser elegibles para algún varón. Fuimos socializadas para priorizar y necesitar la atención de los hombres y para competir con otras mujeres con ese fin. Yo estuve profundamente convencida de que yo era más inteligente que las demás porque él se había fijado en mí

4.

El profesor me coquetea igual que le coquetea a todas, pero dice que soy muy inteligente, que soy especial. Me siento especial. Apenas termina el semestre, casi como si lo tuviera cronometrado y sin ninguna improvisación sobre la legalidad de sus deseos, me invita a salir. A mí, no a las demás. Siento como si hubiera ganado una especie de carrera y también tengo la certeza de que hay en ese “triunfo” un mérito personal. Tomamos café, charlamos, me manda mensajes tratándome de usted: porque eso hacían los hombres cool en Bogotá y al cabo de unos encuentros nos damos besos. Al cabo de otro par de encuentros empezamos a coger. Él tiene una novia (otra alumna de la universidad, apenas un par de años mayor que yo) pero accedo al trato de oficiar como una especie de amante/amiga/pareja ocasional -claramente desfavorecedor-, porque no conozco de muchas más relaciones, ni modelos de relación, ni tengo tiempo para fundar mi propio paradigma, o entender que un trato unilateral es más una imposición que una negociación y porque no quiero parecer una niña remilgada. Quiero que el profesor me quiera y me desee y siga convencido de que parezco una persona mayor, libre de los prejuicios de la conservadora sociedad Bogotana, de ser tan “diferente” a todas las demás, como me dice siempre, así él y yo sepamos que no lo soy.

5.

No hay ningún delito en el hecho de que una mujer mayor de edad voluntariamente acceda a tener relaciones sexuales y afectivas con un hombre 20 años mayor, tampoco debería haberlo, no es una cuestión para el derecho penal. Sin embargo, el momento presente merece que hagamos otras preguntas. La disparidad de poder entre un profesor, que es una figura de autoridad académica, simbólica y social, y una alumna, es sospechosa, como mediadora de deseo del primero ¿A partir de qué se constituye el deseo sexual con una persona de un rango social y simbólico tan inferior? Dicho de otro modo ¿Qué calienta tanto a tantos hombres docentes de salir con sus alumnas? Además, ¿por qué lo hacen en su mayoría sólo los hombres? La segunda pregunta es el contexto: las diferencias de edad pueden amortiguarse con los años, al alcanzar algún equilibrio profesional, adquisitivo, simbólico y de experiencias entre dos personas que se llevan 20 años de diferencia. No es lo mismo una mujer de 45 con un hombre de 65 a una post-adolescente de 18 y un adulto de 38. No es un delito, ni es ilegal, pero ¿es ético? ¿Cuál es la gracia si no hay igualdad de condiciones? ¿Cuál es el gusto de los hombres por la vulnerabilidad de las mujeres jóvenes?

6.

Empezamos una especie de relación en la que siento que siempre estoy perdiendo. Es como jugar a las cartas con una mano de otro juego: nunca tengo ni siquiera posibilidades de ganar. Deja a su novia, no queda claro si es para estar conmigo y tampoco queda claro si la deja o no. Ejerce una especie de tortura emocional constante a partir de compararme con todas las demás mujeres. Todo el tiempo. Yo nunca soy suficientemente linda, ni suficientemente flaca, ni suficientemente especial como las demás, pero me cuesta entender que es un ejercicio de crueldad: nunca grita, nunca levanta la voz, nunca deja de hablarme con suavidad y condescendencia. Aparece y desaparece, cogemos cuando quiere, como quiere, porque quiere. No me niego porque no quiero dejar de ser especial y porque el “NO” es una construcción aprendida para la mayoría de las mujeres, no una posibilidad. Es un vínculo tan cruel que siempre parece estar a punto de romperse, como un hilito frágil, sujeto únicamente por mi buen comportamiento y que yo haga lo que hay que hacer: lo que él diga. Tampoco me niego, porque negarse es de las chicas rogadas y yo soy chévere, parezco más grande, soy “distinta” a las demás, como dice él y eso me hace especial.

7.

Hay una diferencia clara entre una relación en la que las cosas salen mal, porque simplemente no se dan, entre personas que están en igualdad de condiciones y la responsabilidad y el cuidado que conlleva sostener un vínculo sexoafectivo con alguien cuando la persona encargada de poner todas las condiciones está en una posición tanto más privilegiada de poder: económico, social, simbólico, estructural, histórico e institucional. No escribo esto con el ánimo de condenar los vínculos con disparidad de edad, pero sí con la intención de indagar sobre el deseo que genera la vulnerabilidad de las mujeres menores y sobre la naturalización que se hace de las relaciones de mujeres muy jóvenes con hombres mayores. También merece cuestionarse ¿Cómo se genera el consentimiento en esos vínculos? ¿Cuáles son las pautas para negarse a experiencias que una persona desconoce y la otra no? ¿Cómo construye la persona más joven su propio criterio de placer y deseo si está totalmente supeditada a las condiciones impuestas por quien sabe, puede y conoce más? ¿Cómo se formula un “NO” frente al chantaje emocional de saberse inferior? ¿Cómo se consolidan los límites, si una de las dos personas no tiene experiencias ante las cuales referenciar sus vivencias?

La cultura occidental nos ha enseñado a naturalizar las relaciones entre mujeres menores y varones mayores desde la colonia, con los años se han adaptado los márgenes de la legalidad, pero el esquema de hombre mayor se sostiene ¿No es eso terriblemente patriarcal? Las grandes obras de la literatura se han dedicado a romantizar esos vínculos y con ellos resaltar la vulnerabilidad y fragilidad de las mujeres (dada necesariamente por menor experiencia y edad) como una virtud de la que gustan los varones. No por nada los medios llevan años repitiendo que los hombres se sienten amenazados por las mujeres “profesionales y seguras”.

Hombres que cuidan a mujeres menores que no conocen el mundo ni pueden mediar solas sus deseos y sus decisiones y bueno, Lolita. Ni hablar de los cánones de belleza hegemónica que representa la juventud.  Ante ese desequilibrio de poder, de experiencia, de vivencia, de recursos económicos y sociales y de conocimiento ¿Es posible construir relaciones que no sean violentas? ¿No hay en ese inherente ejercicio de sometimiento un necesario ejercicio de violencia?

8.

Lo llevo a mi casa, a donde mi familia y amigos. Nadie dice nada de ese señor canoso conmigo, porque yo siempre fuí la excéntrica de la familia y porque es un tipo bien: goza de toda la legitimidad social que le da ser un hombre, blanco, escolarizado y heterosexual de la clase más privilegiada. Entre las personas de clases acomodadas bogotanas hay una enorme cantidad de barbaridades permitidas a quienes son del mismo clan. La gente lo quiere, sus amigos lo quieren y los míos también. Todo el mundo quiere escucharlo hablar. Trato de ser memorable para todas las personas de su círculo y trato de resultar interesante, inteligente, independiente y graciosa entre gente que me lleva 20 años. No quiero parecer un accesorio para mostrar, pero el lugar me resulta inevitable: no entiendo los chistes, ni las referencias y casi ni hablo el lenguaje que hablan esas personas tanto más mayores que yo que, además, son amigos suyos, no míos. Es bastante la presión, pero acepto el reto: él dice que soy especial y yo le voy a creer. No quiero que nadie se de cuenta de que soy una niñita que apenas está pisando el mundo, así que finjo todo lo que debería saber. No sé si algún amigo o amiga suya le habrá dicho algún día que yo parecía demasiado jovencita, me imagino que no, porque todo el mundo me mira con una especie de ternura, como se mira al perrito nuevo de algún conocido con el que no se intenta hablar, pero al que se le toca la cabeza al pasar.

Pasa un tiempo y empiezo a sentir que el trato es demasiado injusto. Le gané una carrera a las demás mujeres que concursaban, pero el premio se me asemeja más a una trampa. Siento pena, hoy, por esa infame competencia por el amor de los hombres -el suyo específicamente- y por ese revisar y sospechar de todas las demás: odiar a las mujeres es parte del machismo que nos moldeó el sentido común.

Al poco tiempo, mi vida con él se convierte en pura ansiedad y angustia, pero tardo demasiado en darme cuenta de que ya no sé cómo irme. No tengo las herramientas para salir de esa relación. A veces, cuando estamos juntos en el carro y para en un semáforo, me imagino abriendo la puerta y yéndome lejos. Puedo sentir la libertad de abandonarlo, el aire fresco de dejar de soportarlo y de quererlo, puedo imaginar cómo va a ser mi vida sin ese peso insoportable sobre los hombros. Sin embargo no lo hago: nunca me bajo del carro. Nunca me voy, porque ya no sé cómo moverme de ese lugar y estoy llena de miedos, manías e inseguridades que no sentía antes de estar con él.

9.

Me pregunto si estará bien hablar en primera persona sobre algunos temas. Nunca lo resuelvo del todo, pero sí tengo la certeza de que el feminismo nos atraviesa la vida con la misma contundencia con la que lo hizo la violencia machista y que el diálogo y la teoría feminista nos obliga a revisarnos, re-vernos y narrarnos. Lo personal es político y también es colectivo y nuestras preguntas íntimas suelen compartirse por otras mujeres. Reivindico el valor de contar nuestras vidas y mirarlas desde ésta perspectiva, porque creo que las formas de violencia que naturalizamos y soportamos tienen que ser visibles para no repetirse, porque creo que en el ejercicio de escribirnos y leernos en otras hay una especie de reparación.

10.

Cuando finalmente lo dejo, me dice que nunca estuvo enamorado de mí y nunca estaría enamorado de mí y que quizás nunca nadie me ame, porque a fin de cuentas soy muy complicada. El tono de su voz es tan dulce, que me tomó muchísimo tiempo entender las dimensiones innecesarias de ese insulto, pero lo siento como una especie de maldición que tiene una potencia metafísica y fundacional en mi vida, lanzada por el que yo considero y recuerdo como mi gran primer amor y que me representaba una autoridad, a pesar de tener la certeza de que no es una percepción recíproca y que seguramente él me recuerda como una más entre la galería de las ex alumnas con las que salió. Me cuesta muchos, muchísimos años, desmitificarlo del todo. No comprendo el daño, ni las violencias ejercidas en esa dinámica dispar de poder hasta mucho tiempo después. Estuve convencida de que era normal que las relaciones implicaran ese nivel de ansiedad e inseguridad, poca capacidad de negociación y diálogo y que la culpa siempre era toda mía. También la responsabilidad.

Sin embargo, apenas entiendo y reconozco que en el desbalance de nuestras biografías había implícito un gran ejercicio de violencia y, como mínimo, una falta de cuidado, se lo escribo. Se lo cuento de manera amable, con algo parecido a un cariño y una búsqueda de reivindicación en el reconocimiento de un daño que necesito que ratifique que yo no me imaginé. O quizás porque pasó mucho tiempo y tengo -en el momento de escribirle- un ánimo constructivo y una fe renovada en que él puede cambiar y no va a salir con más post-adolescentes como lo era yo.

Me responde que no lo ve así, que finalmente todo el mundo me veía como una persona mayor, él también, y que recuerde que yo era muy especial, “distinta a todas las demás”, repite. Como si esa comparación odiosa tuviera hoy algún valor para mí, como si compararme con las demás mujeres tuviera algún valor.

Por un minuto vuelvo a sentirme de 18 años: visible y deseada por una figura que me generaba admiración. Frágil y valorada por el criterio ajeno, valiosa únicamente por ser registrada por él y todo lo que representaba para la sociedad a la que pertenecí. Pero después recuerdo todo lo demás y constato, a pesar de que me duela, que no había nada especial en mí, más que la ingenuidad de no reconocer la violencia y no haber aprendido -como nos enseñan los años- a poner límites, irnos a tiempo y formar relaciones en paridad.

Él debe saber bien que sus mediocres formas de manipulación no tendrían lugar con alguien más de su edad, al menos más de mi edad actual, o que la mayoría de sus encantos se desvanecerían fuera de la universidad, pero es claro que eso no le interesaba entonces.

A fin de cuentas yo tenía 18 años, él 38 y era mi profesor, no estábamos en igualdad de condiciones, ambos sabíamos esa verdad.

11.

En este mundo patriarcal, lo legal y lo que es legitimado, no necesariamente es lo ético o lo correcto.

 

María del Mar Ramón
/

Feminista, nací hace un cuarto de siglo en Bogotá pero decidí vivir en Buenos Aires. Soy cofundadora de la Red de Mujeres y de Las Viejas Verdes. Escribo sobre el placer. En donde no nos dejen bailar, que ni nos inviten.


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COMENTARIOS

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    paula /

    12/12/2018 5:42 AM

    me reconocí totalmente. lo expresás perfecto. viví hace muchos años algo muy parecido en una de mis relaciones pero en las que no hubo diferencia de edad. ambos de la misma (28 años). el dominio que ejercen sobre una y como nos volvemos dependientes de ese hombre al que investimos de poder (sea porque es intelectual, músico, medico o colectivero: tiene algo que admiramos y necesitamos ser admiradas y "aceptadas" por el) y como el se aprovecha de esa sujeción, obvio que a mayor juventud puede ser más posible la manipulación pero no siempre depende de la edad.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Antonio /

    11/12/2018 9:17 AM

    El artículo da pie a reflexionar en qué consiste una relación en igualdad. Y les dejo mi reflexión.
    Es claro que es difícil que en cualquier relación ambos sean iguales en todo, pues no hay dos seres iguales en este planeta. La.igualdad iría quizá de la mano de considerar a la otra persona en esencia igual en sus necesidades y experiencias humanas e intentar comprenderse mutuamente en las imperfecciones y características individuales sin pretender ser la solución de la felicidad o del sufrimiento del otro. La igualdad surge cuando ambos desean sinceramente la felicidad y el bienestar del otro y actúan en base a ello. Y considerando también qué una felicidad verdadera del otro, no se basa en el egoísmo si a su vez su interés y motivación es la felicidad y el bienestar del primero. Si una persona piensa que la felicidad se basa en tener poder sobre la otra y abusar de la otra, es egoísmo.

    Si el deseo mutuo de que el otro esté bien y sea feliz existe, lo demás (edad, posición social, etc.) son condiciones y circunstancias que atender sobre la base de la felicidad mutua. Y claro, cuando esto falla, lo demás ya no funciona y es donde se replantea o se deja.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Warrco /

    11/12/2018 8:23 AM

    Victimista y pusilánime, no merece la pena leerlo completo, al principio pareció interesante, pero eso de leer quejas de algo que vos supiste como era desde el principio, si que da hueva...

    ¡Ay no!

    9

    ¡Nítido!

    Ana /

    11/12/2018 12:32 AM

    Muchas gracias por decirlo. Evitamos decir cosas por vergüenza, por sentir que fuimos tontas y eso es lo que hace que ellos sigan haciendo lo que quieran con nosotras. Gracias

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    María /

    10/12/2018 10:41 PM

    Leyéndote sentí que también hablé. Muchas gracias, María.

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!

    Víctor López /

    10/12/2018 2:06 PM

    Tanto que habla de los hombres al final cayo con uno. Con razón TODAS LAS FEMINISTAS ESTÁN AMARGADAS... Hablan mal del hombre y después se lo echan encima ... Lo peor de todo es que rematan con un hombre que si les da su lugar . Después de que otro las agarro como juguete... Toman venganza y buscan quien las paga y no quien las debe. ASÍ SON LAS FEMINISTAS.

    ¡Ay no!

    5

    ¡Nítido!

    Guillelrmo Maldonado C. /

    10/12/2018 12:45 PM

    Hay otros "docentes" que en lugar de aquello piden laptops nuevas y otras granjerías a cambio de dar el curso. Los más gruesos hacen ponchadera para luego dar cursos de recuperación que les multiplican el salario del año.

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!

    Rodolfo Castillo /

    10/12/2018 11:43 AM

    El tema es más complicado de lo que plantea el artículo. Una relación en total igualdad de condiciones es prácticamente imposible. La historia plantea un ejemplo de adulto (38 años) con una personalidad manipuladora y egocentrista, lo cual no necesariamente es así. Definitivamente la diferencia de edad en este caso específico (38/18) marcará diferentes situaciones de madurez y momentos de vida que harán que sea muy difícil que dicha relación crezca. Desde luego para quien tenga 38 siempre será atractiva una persona de 18 por su juventud y belleza, así como para alguien de 18 una persona de 38 significará madurez, experiencia y protección; en algunos casos la atracción llevará a una relación y en otros no.... Desde mi punto de vista un adulto, independientemente del género, de 38 años que sostenga una relación con alguien de 18, lo hará simplemente por atracción física o cierta atracción por el encanto de la juventud y lo que a él haga sentir. Un adulto maduro sabrá que dicha relación no podrá crecer por lo que la evitará o desalentará si se le presenta. De igual manera un joven sabrá que una relación con un adulto no podrá ser nunca una relación que vaya a crecer. Podrá sentir atracción o admiración, pero no iniciará una relación con él. Tanto el uno como el otro (adulto y joven) si inician una relación de este tipo, evidencian problemas personales que tarde o temprano terminarán generando heridas emocionales en ambos.

    ¡Ay no!

    8

    ¡Nítido!

    Jorge /

    10/12/2018 11:01 AM

    Muchas gracias por redactar este artículo. Me parece importante como docente conocer tu historia y tu punto de vista. Gracias.

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!



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