La historia de todos mis kilos (que está siendo viral)

Si yo hubiera sido flaca esa señora no habría opinado sobre mi decisión de comer o no. Entiendo, no entonces pero sí después, que caer en esa categoría social del “sobrepeso” parece habilitar un diálogo en el que está bien que cualquier persona, hasta la señora de la tienda, cuestione un ejercicio tan íntimo y personal como comerse un arequipito. Se siente como si perdiera poder y autonomía total sobre el cuerpo, como si el cuerpo propio fuera un bien público sobre el que todos pueden opinar.

Volcánica bulimia desórdenes alimenticios feminismo P369 v3 volcanica

Foto: Foto por rawpixel en Unsplash.

Alerta: Este texto puede tener detonantes para personas con problemas alimenticios.

Tengo 10 o 12 años, no recuerdo exactamente. La señora que atiende en el súper más cercano a mi casa me dice, sin ningún cuidado, sin ningún filtro y sin haber pedido su opinión: usted está muy gorda para comer arequipe, niña, no debería comer.

La odio. La odio y me odio. Odio el arequipe que quise comprar y odio la miserable ingravidez con la que mi autoestima acaba de romperse en mil millones de pedacitos. Odio, en ese momento, y ahora a mis veintiséis, la fragilidad de un amor propio sujeta, desde entonces y para siempre, a la mirada de los otros.

Llego a mi casa. Me pongo una chaqueta grande y me sirvo un termo con coca-cola. Corro alrededor de la casa, mientras lloro. Ahora, cuando cuento la historia, me río por lo absurdo de correr tomando coca-cola, pero también siento un poco de pena por mí en ese momento, por lo que momentos como ese gestaron en mí ahora.

Si yo hubiera sido flaca esa señora no habría opinado sobre mi decisión de comer o no. Entiendo, no entonces pero sí después, que caer en esa categoría social del “sobrepeso” parece habilitar un diálogo en el que está bien que cualquier persona, hasta la señora de la tienda, cuestione un ejercicio tan íntimo y personal como comerse un arequipito. Se siente como perder poder y autonomía total sobre el cuerpo, como si el cuerpo propio fuera un bien público sobre el que todos pueden opinar.

Mi tía abuela me fiscaliza el peso cada vez que voy a su ciudad a visitarla. A los 13 me dice todas las vacaciones que estoy gorda, que no debo comer. Tengo 13 años. Lo dice delante de toda mi familia,  mi núcleo más primitivo y básico de contención: nadie la detiene. Ejerce ese acto explícito de cruel vigilancia bajo la complicidad del silencio de todos los demás. Nadie le dice que debería ocuparse de sus propios asuntos y de su propio peso. Nadie me defiende. Todos la miran con un gesto de aprobación y me miran con vergüenza. Un primo de la familia dice que las gorditas no las quiere sino la mamá, los demás se ríen y asienten con la cabeza. Aprendo que no debo comer arepas delante de ella, después aprendo a dejar de comer cada vez que voy a verla a ella y a mi abuela.  Espero las felicitaciones de la tía, la aprobación, los comentarios positivos de toda la familia ante los pantalones flojos y los huesitos bajo el cuello. Nunca los escuché decir que alguien estaba demasiado flaco y tenía que comer, siempre los escuché opinar del caso contrario. Igual la quiero. Es familia: la familia espera y quiere lo mejor para ti, mi tía quería que alguien me quisiera. Mi tía abuela Marina también aprendió, quién sabe desde cuándo, la relación inversamente proporcional entre el peso y el amor romántico.

Aprendo que la delgadez tiene un poder de impunidad, nadie te cuestiona si estás flaca. Nadie siente pena por lo que pudiste haber sido pero no eres, por tu belleza potencial, por esa cara tan linda y lo hermosa que serías con varios kilos menos, por la soledad a la que estás condenada de no adelgazar, por tu salud futura. El poder de la flacura implica libertad. Esa libertad tiene el costo de todos los panes, azúcares y harinas blancas de la tierra, pero no parece un precio caro a pagar.

Nunca puedo adelgazar “del todo”. A veces estoy “gorda” y a veces no, pero nunca puedo ser “flaca flaca”. Tengo 14 o 15 años y el peso me avergüenza, me tortura más que cualquier otro defecto que pudiera tener. Siento que nunca voy a ser bella. Bella en esos términos absolutos y objetivos que exigen los demás, a pesar de tener rasgos hegemónicos – blanca, rubia, ojos claros-, pero no  flaca. Eso me condiciona a pensarme en inferioridad con la gente que sí lo es. Tengo diálogos con otras chicas delgadas y me percibo pesada y torpe, siento que eso es lo que podría ver quien observa el cuadro. Busco frenéticamente en las novelas, las propagandas, las series, las revistas y las cantantes algún cuerpo que se parezca un poquito al mío y que haya triunfado. Me percibo como un círculo sin filos ni esquinas.

Unos chicos, por ahí a mis 16, hacen un grupo de Facebook que se llama “La gorda”. Es para mí, tiene mis fotos. No soy la más gorda, pero saben que duele y sí que me duele. Me odiaban, ya no sé por qué, ya no importa por qué. Creo que a alguno le dije que no en algún momento, no recuerdo. Juro dos cosas: que me voy a vengar y que lo voy a hacer a través del deseo: como en una película de Disney, voy a transformarme en un cisne y su lección va a ser nunca estar a mi altura. Además, voy a dejar de llamar la atención y de sobresalir, no puedo arriesgarme a que quien no me quiere por cualquier motivo me llame gorda. En un paso me enrollo con uno de ellos, creo que yo le gustaba de verdad. No tiene importancia.

Dejo de comer harinas y dulces, lo sostengo y cumplo el primer objetivo: adelgazo, me híper sexualizo. Me corto el pelo y empiezo a posar de persona mayor. Siento -tengo la certeza- de que alguien de más de 18 años nunca haría algo como ese grupo de Facebook. Dejo de relacionarme con ellos. Dejo de verlos. Creo que quizás una pulsión a enamorar hombres, a que me quieran y me deseen es parte de esa venganza, de esa promesa.

El segundo objetivo también: modero mi voz, siento pudor cuando me nombran en público, siento frustración cuando me exponen por cosas positivas ante mis compañeros de la universidad. Además, en cuanto puedo, me voy del país. Me invento de nuevo. Pretendo olvidar.

Siempre me incomoda cuando alguien habla del peso cerca de mí. Cuando alguien quiere medirse ropa, cuando alguien habla de comida o de mis hábitos alimenticios. Construyo un dispositivo sexual -móvil obligado de la vida de las mujeres- y compruebo que al sexo opuesto no le interesan los kilos de más a la hora de tener sexo. Lo compruebo pero qué más da, a mí me interesa. El peso no interviene en el momento de una relación sexual, ni del deseo, pero sí del amor, del estatus social de la delgadez, de “tu novia la linda”, “tu novia la que está buena”. A fin de cuentas, los hombres de ese momento son unos imbéciles sin más identidad  que lo frágil de su masculinidad. Me habría gustado saberlo antes.

Yo quiero ir desapareciendo frente a un espejo. Lo controlo para sobrevivir, pero siempre podría estar más flaca, siempre quiero estarlo. Quizás nunca dejamos de tener 13 años. Quizás siento que los ojos del mundo siguen siendo los de mi tía Marina, los de la señora del súper, los de los chicos del colegio.

Ya soy flaca. Me enamoro. Ya tengo todo ese “poder”. Me enamoro de alguien para quien nunca soy suficiente. Quiero ser suficiente, me propongo ser suficiente y más, me propongo los huesos, los rasgos filosos. En mi nueva vida sin comer harinas inventé una vez que era alérgica a los mariscos  para no tener que comer el arroz de la paella en el matrimonio de unos amigos.

Me controlé, censuré, medí, pesé de una manera tan estricta e inquebrantable que es sorprendente que ni fuera necesario esconderla de nadie. A mi mundo, mi familia y amistades, no les pareció mal que yo pasara así más de dos años. Nadie creyó que en esa fiscalización y vigilancia extrema había un problema, un padecimiento, como mínimo un acceso restringido preocupante ante los placeres mundanos. Todo lo contrario. La gente me felicitó por bajar de peso, por mi “voluntad”; fui una persona confiable por mis capacidades de autocontrol y fui tan bella, tan aduladamente bella. Por primera vez cumplía con el mandato que me tocaba a cabalidad, y la sociedad me premió por ello. No hubo ningún pero al referirse a mí, ningún modo condicional para hablar de mi vida.

La angustia y la ansiedad de un vínculo violento crecieron en mi cabeza como una maleza irreversible. Quizás, sólo quizás, después de un ataque de ansiedad y de haber comido de más, podía vomitar. A fin de cuentas, esa comida a la que no estoy acostumbrada me va a caer mal y no vale la pena tirar “todo el esfuerzo” por la borda a partir de un ataque de ansiedad. Me lavo las manos, pongo una toalla en el borde del inodoro y me meto tres dedos al fondo de la garganta. Me metí los dedos primero en la boca, para vomitar, antes que en la concha para masturbarme y aprender a acabar. Se nos fomentó tanto el castigo y se nos censuró tanto el placer.

Duele, sí. Pero se siente como si hubiera algo de goce en ello. La comida, toda, se va. Pienso que acabo de hackear al sistema y acabo de comer todo eso sin ninguna consecuencia. Duele, sí, y me gustaría recordarlo como un hecho que requería más esfuerzo, más logística, más tabú: no se necesita nada de eso. Se siente, más bien, como si estuviera cumpliendo órdenes sociales, como estar haciendo lo que finalmente todos esperaban de mí.

Aprendo, además, a reconocer en los ojos aguados y las glándulas salivales inflamadas  una forma de belleza y una extraña sensación de sosiego. No importa que el pelo me deje de brillar, ni que las uñas se me partan, ni que la palidez se tome mis cachetes. Soy más flaca. Ocupo menos espacio.

Al principio solo uso este recurso cuando tengo ataques de ansiedad y como de más: no hay ningún placer ahí, me olvido de disfrutar y saborear. En los ataques de ansiedad, o “atracones” yo quiero consumir cascadas de chocolates y harinas en tiempo récord, antes de que el día se acabe y los límites vuelvan. Es un estado de excepción en el que no hay ningún disfrute. Duele la panza, se come con una voracidad que más parece obligación, la comida como castigo. La culpa insoportable.

Después de eso es difícil re-aprender a saber cuándo se come y por qué.

Los vómitos se hacen más frecuentes y la herramienta empieza a dar resultados. Adelgazo todavía más, me compro unos jeans negros talla 6 y me llueven los halagos. Ingreso casi a otra élite, otra casta social, tengo acceso a otras conversaciones, a otros círculos y, sobretodo, a otros hombres. Estoy en la liga de lo “objetivamente bello”, de lo heterenormado y hegemónico, me integro a ese selecto círculo de poder y privilegios. La atención me obnubila. Nunca la puedo acaparar o hacer nada con ella. Es un poder ficticio que existe para ser observada, maltratada y vulnerada por “mejores” hombres, unos que valen más.

Quería vengarme.

Yo no elegí eso. Yo no elegí este mundo horrible y no elegí que el peso fuera un factor tan definitivo en la felicidad, en el poder y en el amor. Yo no voy a sentirme mal por querer estirar los límites de lo aceptado para que esa sociedad me quisiera, para no morir sola, para no morir de desamor.

A pesar de todo me rompen el corazón, o me lo rompo. No sé. Decido irme del país. Sigo vomitando, pero no puedo tolerar más este contexto, el mundo me pesa. Ese mundo me pesa. Siento que el costo por pertenecer a esa hegemonía y jugar con sus reglas es demasiado caro y empiezo a adivinar que no voy a tener cómo pagarlo.

Vomito un tiempo más. Vomito hasta que se vuelve obsoleto. No tiene más sentido si ya no está la tía Marina, el fantasma de la señora de la tienda – entre las miles de señoras que comentaron sobre mi peso sin haberles pedido su opinión –  y el recuerdo y posibilidad de los chicos imbéciles y malvados de los que me quiero vengar. Ya no tiene sentido porque ya no tengo que cumplir con ningún ridículo mandato de clase social. Soy una mujer migrante y va a dar la misma ser flaca que tener documento. La disputa es otra, es en otro lugar. Percibo y siento, por primera vez en un millón de años, una escueta sensación de paz.

Dejo de vomitar porque no conozco a nadie, porque no estoy menos sola a pesar de estar así de flaca y porque cumplir con la norma sólo tiene sentido si hay testigos, si responde a la expectativa de los demás, pero acá nadie me conoce: nadie me vigila. Tengo mucha suerte, porque no me es difícil dejarlo. Me hago de amigas, me lleno de feminismo y mi vida deja de girar tan radicalmente en torno a la atención de los hombres. Habitar un presente feminista es tan liberador que se siente como respirar aire por primera vez después de una apnea eterna bajo el agua.

Presencio cómo los tiempos cambian y con ellos las narrativas sobre el cuerpo. Puedo ser testigo de las nuevas generaciones para las que no hay “cuerpos correctos” o “cómo disimular los rollitos”. Veo cómo hordas de adolescentes con panzas se calzan ombligueras  y se reconocen la belleza en la diversidad y cómo ninguna revista en el presente se atrevería a hablarles y a enseñarles a odiarse como hicieron con nosotras. Me hace feliz verlas. Siento pena por haber pertenecido a mi generación y no a la de ellas.

Durante mucho tiempo creo que no hay ninguna consecuencia en mi mente el haber pasado dos años de bulimia (me tomó muchísimo tiempo nombrarlo así). Lo creo, pero hay señales como la incapacidad para saber las dimensiones de mi cuerpo, medir con las manos la distancia de mis caderas y la ansiedad incontrolable que me genera la sola idea de subirme a una báscula que me demuestran lo contrario.

Engordo un montón, pero también me enamoro. Después me desenamoro, me “rompen” el corazón, rompo algunos yo también, divago, siento, vuelvo a sentir. No termino cosas que tengo que terminar, pero termino muchas otras. Pago impuestos, alquilo un departamento, trabajo, estudio y aprendo del feminismo a construir en colectivo, en comunidad.

Hablo mucho en público. Cada vez que me mandan las fotos de los lugares a los que voy a hablar, me palpita el corazón por imaginar si me voy a “ver gorda”, pero logro controlar la tristeza y trato de doblegar con el conocimiento teórico y práctico la desazón y la angustia de verme retratada por ojos ajenos a los míos.

Siento una doble culpa porque soy feminista. No debería sentirme así. Debería amarme incondicionalmente, a pesar de todos.

Empiezo a  aparecer en la tele. No comparto en mis redes sociales mi intervención más lúcida sobre derechos sexuales y reproductivos de las mujeres porque me veo cachetona. Me siento ridícula, pero aprendo a perdonarme. No hice yo las reglas de este mundo horrendo, no voy a caer en la trampa del empoderamiento personal y la ficción y la imposición de quererme a pesar de todo si el mundo no me quiere, esgrimida siempre por cuerpos moldeados por la norma. El problema no soy yo, el problema son ustedes.

Empiezo a hacer ejercicio y el mandato de la delgadez muta en una nueva lógica del bienestar. Me gusta porque dejo de fumar en mi día a día, pero cuando tomo, a veces me excedo y vuelvo a fumar. Me pregunto por qué sentiré esa pulsión por el descontrol. Me lo pregunto y me recuerdo ahí, en toda mi vida, diciendo que no a los carbohidratos y censurándome el arroz con coco de la Costa Caribe colombiana durante años. Me hago la pregunta y me recuerdo cenando ensalada de lechugas con atún 5 días a la semana, olvidando cualquier dulce, el patacón, pidiéndole a mis amigos que comieran chocolate adelante mío y mirarlos con fingido placer y autoflagelo. Me lo cuestiono y me recuerdo diciendo que no a la torta de ¡mis propios cumpleaños!, porque “un poquito va a llevar a más y a más”. Entonces tengo la respuesta. Esos escasos excesos -que después también me llenan de culpa- me llevan a un lugar sin restricción, y eso, se ve, a mi mente le hace bien, o al menos le hace falta. Mi cuerpo está afectado por su historia.

Me digo que me gusta hacer ejercicio por el estado físico y el equilibrio emocional y en parte lo creo. La otra parte piensa que es el método menos destructivo para ser hegemónica, para no ser cuestionada, para no ser (más) disidente, para no tener a la gente interviniendo y opinando sobre mí, para no sobresalir, para no tener que explicarle a nadie nada, para poder creer en el mito heterosexual de encontrar el amor romántico y así la mentira de no  morir en soledad, para poder vengarme de esos chicos y de ese novio y de todos esos hombres y esa sociedad que cuando era tan chica me quebraron sentenciándome a una vida de infelicidad.

No me voy a culpar por haber seguido las reglas de este mundo horrendo. Yo no quiero sólo “aprender” a quererme, yo quiero derrumbarlo todo.

Si necesitas consultar sobre desórdenes alimenticios, puedes acercarte a:

Argentina:

https://www.redpsicologxsfeministas.com/

Colombia:

http://www.programaequilibrio.com/

 

María del Mar Ramón
/

Maria del Mar Ramón. Feminista, migrante, coordinadora de Red de Mujeres.


Anuncio

Hay Mucho Más

No te perdás las últimas publicaciones de Nómada

¡Gracias por suscribirte!

(Revisá tu correo y confirmá tu suscripción)

A qué hora te gustaría recibirlo:

Te gustaría recibir sobre:

¡Gracias!


Con qué frecuencia te gustaría recibirnos:

¡Gracias!


Anuncio

18

COMENTARIOS

RESPUESTAS

INGRESA UN MENSAJE.

INGRESA TU NOMBRE.

INGRESA TU CORREO ELECTRÓNICO.

INGRESA UN CORREO ELECTRÓNICO VÁLIDO.

*

    Michelle /

    12/10/2018 6:16 PM

    Me encantó leer esto. Me siento tan identificada. Es súper importante saber que nunca se está sola. Yo solo te mando un fuerte abrazo y gracias por ser, por existir! :)

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Olivia /

    09/10/2018 3:03 PM

    Hola! me encantó tu texto, pero creo que no hay que caer en la inocencia de pensar que todos esos sentimientos son solo por el peso (exceso o escasez). Me parece que la gran mayoría de las mujeres sentimos esa mirada desconfiada, ese tener que probar de alguna forma que damos la talla, que pertenecemos al mundo, a ese mundo horrible al que probablemente no deberíamos querer pertenecer. Y las causas de esas sensaciones son muchas, no sos lo suficientemente flaca, o inteligente, o linda, o simpática, o cada una que le ponga su motivo. Porque la realidad es que nos enseñan que no somos suficiente sólo por ser mujeres. Que tenemos que demostrar nuestra valía. Algunas tienen la suerte de contar en su infancia con un círculo de mujeres empoderadas que les advierten desde temprano lo que viene y cómo abordarlo diferente. La mayoría no. Y gran parte de nuestra vida nos pasamos haciendo lo que se espera de nosotras. Y la otra parte cuestionándonos por haberlo hecho e intentando, con la honestidad que podemos, dejar atrás los mandatos (externos que interiorizamos) con éxito incierto.
    En ese camino me encuentro ahora, a los 44 años, intentando ser, nada más ser. Y deseando profundamente poder trasmitir, educar a mis hijos para la libertad.
    Cariños, Olivia

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Vanesa Florentin /

    09/10/2018 11:19 AM

    Hola Mafia! Me sentí tan pero tan identificada con tubjistoria, hoy tengo 27 años y la opinión de los demás me sigue lastimando cada día mas. Primero porque no comprenden él poder de sus palabras y segundo porque nada de lo que haga es suficiente.
    Cada mañana en mi trabajo debo escuchar algún comentario SI o Si diariamente disfrazado de "consejo" para que me vea mas saludable y llego a mi cada y me siento nefasta pero... Hago todo lo contrario, entre tanta angustia me pongo a comer hasta no poder respirar y luego viene él arrepentimiento, en él cual no puedo negar que siempre se me pasa por la cabeza vomitar todo y solucionar las cosas pero no.
    Me extraño a mi misma, no quiero salir, tengo vergüenza, me siento frustrada porque se que con este cuerpo se me cierran varias puertas laborales, inclusive yo dejo de intentar conseguir otro puesto porque se de antemano que no cumplo con él "target". Soy profesora, feminista, tengo 27 años y no consigo sin embargo mirar a mi alredor amigas y compañeras y sentirme "menos" por ser la gorda del grupo.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Clau /

    01/10/2018 7:34 PM

    Me identifico mucho con tu historia, muchos factores externos tan similares y compartidos sobretodo lo de la tía. Afortunadamente me encantaba tanto la comida que mis pequeñas participaciones dentro del mundo de la anorexia siempre eran fallidas. Es difil crecer con tantas expectativas y especialmente cuando tu físico y genética contradicen lo comunmente conocido como bonito. Es afortunado el tener la capacidad crítica que ahora posees y dar este testimonio que ayudará a muchas mujeres a quererse y aceptar que somos la mejor versión de lo que cada una puede ser. Ya no soy una niña pero tengo una hija a la que le encanta la cocina además de la comida, yo quiero que no pase estos momento difíciles al llegar a la adolescencia, quizás se me había olvidado que yo pude haber triunfado en este mundo de la anorexia y a la vez perdido, por que posiblemente no me hubiera enamorado de alguien que realmente valoraba mi ser con o sin kilos y ahora no tendria mis bellos hijos, gracias por recordarme que difil es, para poder hacerle este camino más fácil a mi hija.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Cata /

    28/09/2018 7:52 PM

    Me gustó mucho tu artículo. Te quiero contar que en mi familia el trato siempre fue de "coma más porque usted está muy flaca". A mí prima (la que por constitución es delgada) la miraban mal por sus "piernas de pollo" y se hablaba sobre que "daba pesar verla"... creo que la forzaban a comer de más. Ahora siento que debí defenderla, que pude hacer más. Gracias por el artículo, me hizo ver qué podemos ser solidarias y que debemos protegernos entre nosotras, sea cual sea la exigencia de moda.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    camila /

    28/09/2018 9:40 AM

    ay, maría! tengo 19 años y me pasaron muchas cosas que a ti también. crecí viendo a mi mamá hacer dietas y a mi papá opinar sobre mi cuerpo. mi primera cita con la nutrióloga fue a los diez años. cuando íbamos a comer, mis amigas y yo compartíamos una pizza de seis piezas (éramos cinco) mientras que los niños compartían tres de seis (eran ocho niños). y sí, también, primero aprendí a vomitar que a masturbarme. mi mejor amiga es como tú y como yo, y su amiga también, y otras amigas también, y siento un hoyo en el estómago cada vez que pienso que toda mujer participa en ejercicios tan desgastantes, a menor o mayor grado, un ratito o durante toda su vida. todo el tiempo pienso en esto. no quiero que ninguna otra niña deje de comer a los once años jamás

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Malu /

    28/09/2018 8:42 AM

    Aunque llevo “siendo gordita” muy pocos años, como 6 de 30 que tengo debo confesar que me siento completamente identificada con muchas cosas que leí acá. La pena de comer delante de alguien, las ganas de llorar o la incomodidad de medirme ropa delante de los demás, no sé, tantas cosas que lastiman, las palabras, las críticas o el solo hecho de que se refieran a ti como: “ah, es ella la de allí, la gordita”. Nunca nadie pregunta cómo te puedo ayudar, nunca piensan que puedes tener un desorden hormonal o que te refugias en la comida tras alguna crisis personal. La falta de empatía en el mundo es impresionante. Pero la gordura me ha dejado algo increíble, me cambió y más allá de lo físico me transformó. Estar con más de 20 kilos de sobrepeso te enseña a ser fuerte, te enseña que aunque es importante bajar y no por gustarle a nadie, sino porque el sobrepeso y la obesidad traen otras enfermedades como la diabetes, los infartos y hasta el cáncer, tú puedes quererte e ir cambiando paso a paso, día tras día y que tú corazón y tú mente empiezan a ver lo importante, como lo hemos leído varios en El Principito, al final, lo escencial es invisible a los ojos. La gordura me ha enseñado eso, qué así como me han atacado por unos kilos también hay otros que me han amado. Que aunque suene un poco cruel, muchas veces no se trata de ser flaco o gordo, se trata de saber, de leer, de amar, de respetar y de vivir cada uno sin esperar que todos seamos copias baratas de las chicas que modelan o que el resto considera perfectas.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Víctor López /

    28/09/2018 6:49 AM

    Que rico es comer : mmm , tortillas con chicharrón, pizza, carne , caldo de pata, revolcado, acompañado de una coca ( cola ) pasteles, guaro, cerveza , pollo frito , papas fritas, hamburguesas de Mc donald ( valga la propaganda) todo eso podemos comer pero poco... HAY QUE VENCER LA GULA , que la gula no nos venza.

    ¡Ay no!

    5

    ¡Nítido!

    Hugo /

    27/09/2018 11:44 PM

    En la foto se le como el estereotipo de chica sexy, pero al final no nos dice si decidió estar delgada o ser usted misma.

    ¡Ay no!

    3

    ¡Nítido!

      Michelle /

      12/10/2018 6:19 PM

      Con qué relevancia nos tiene que informar eso?

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!

    Lesly /

    27/09/2018 10:32 PM

    Mi historia con el odio a mi cuerpo comienza a los 11 por mi primera comunión con mi mama diciendo que ningún vestido me quedaba bien por lo gorda que estaba, desde entonces hasta ahora nunca he podido ir a comprar ropa sin odiarme porque siento que nada me queda bien por estar gorda.
    La incomodidad y desolación que siento cuando hablan sobre el peso o amigas delgadas se llaman gordas y dicen comentarios como "que asco que gorda estoy" cuando pesan mínimo 15 kilos menos que yo.
    Soy bulimica desde los 12 años en temporadas lo dejo y en temporadas lo soy intensamente, la culpa desgarradora que tengo cada vez que como demasiado nunca me ha dejado. La primera vez que vomite sentí exactamente lo mismo que describes, los últimos años (ahora tengo 22) lo he moderado solo vomito como cada 5 meses, no es lo ideal pero lo estoy superando cada día nunca he llegado a estar delgada he llegado a tener un peso moderado y la cantidad de felicitaciones que recibí aun cuando fueron los peores meses de bulimia que tuve, contaba que no consumiera mas de 500 calorías diarias y cuando lo hacia me encerraba en el baño a vomitar. No supero todos los comentarios llamándome gorda en mi vida, tu historia me hace llorar y alegrarme que existen personas que sufrieron lo mismo que yo y pudieron seguir adelante y que tal vez un día yo pueda lograrlo.

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!







Notas más leídas




Secciones