Perder peso con hipnosis y otras torturas del patriarcado #MiPrimeraDieta

Aquí es un centro de hipnosis donde van a utilizar esa técnica para que todos los que estamos sentados en estas sillas horribles dejemos de estar gordos. En una sola sesión de dos horas. Y sin hacer dieta. Y sin pasar hambre. Y para toda la vida. El noventa por ciento de mi cerebro tiene una ceja arqueada y hierve de cinismo. Pero hay un diez, ese diez por ciento que queda en mí de la jovencita que se entregaba como a una secta al centro de adelgazamiento de turno –terapia con gel helado, con electrodos, gimnasia pasiva, pastillas de toda índole, misteriosas jeringas con misterioso contenido inyectadas en mis gordechos brazos adolescentes, cabinas de termoadelgazamiento…

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Foto: Philippa Willitts

–¿Este papel es por si lloramos?

La pregunta la hace la mujer que ha abierto la puerta, que me ha cobrado y que me ha dicho –a mí y a otras cuatro personas– que la sesión va a ser en el segundo piso. Sostiene un rollo de papel de cocina enorme, tamaño industrial, y pregunta –bromea– sobre si vamos a llorar. Honestamente, el tema da para una buena sesión de lágrimas.  

Subimos en fila, despacito. A la cabeza va un hombre de entre treinta y cuarenta años, aunque también podría tener veintitantos. Es lo que pasa cuando tu peso excede con mucho el peso que te corresponde: la edad se borronea junto a las facciones, tu cuerpo miente. El hombre, que viste una camiseta naranja, vaqueros y lleva una cartera negra cruzada sobre el pecho, encaja en los parámetros de la obesidad mórbida. Sube las escaleras con mucha dificultad con una expresión que podría ser tanto de esfuerzo como de tristeza. Detrás va otro hombre, de traje, entre los cuarenta y los cincuenta, con un sobrepeso de unos veinte o treinta kilos –no lo llamaría gordo, con los hombres somos más permisivas–. Lo sigue una mujer rubia, su pareja, que usará una talla 10 o, a lo sumo, una 12. Cerramos la fila yo y mis muslos de medusa gigante.

El salón donde se llevará a cabo la sesión es como un aula de colegio, con pizarrón, mesa del profesor y unos pupitres color nada, de esos con mesita adjunta, tan incómodos como feos. Me pregunto cómo hará el hombre de la camiseta naranja para sentarse en esa silla escolar, para encajar su vientre inmenso bajo la mesita, pero no lo miro para no añadir incomodidad a su incomodidad. Pobre. A mí la nalga me calza muy justita y parece como si en vez de sentarme me estuviera poniendo la silla. Entran a diferentes ritmos otras cinco mujeres: todas entre los cuarenta y cincuenta años, todas, calculo al ojo, entre las tallas 10 y 16. Cinco o seis tallas más arriba del ideal estético que nos ha hecho odiar cómo nos vemos, cómo nos queda la ropa, cada parte de nuestro cuerpo y, en fin, a nosotras mismas.

Reconozco en todas esa sensación de incomodidad perenne, de sentir vergüenza por verte como te ves: es la que me ha acompañado toda la vida.    

Vestimos chaquetas y blusas largas, holgadas, pero a todas se nos hacen rollitos en la espalda donde aprieta el sostén. También compartimos esa semisonrisa de culpabilidad de las gordas cuando vamos a hacer la enésima cosa para dejar de serlo. Por eso estamos aquí.

Aquí.

Aquí es un centro de hipnosis donde van a utilizar esa técnica para que todos los que estamos sentados en estas sillas horribles dejemos de estar gordos. En una sola sesión de dos horas. Y sin hacer dieta. Y sin pasar hambre. Y para toda la vida. El noventa por ciento de mi cerebro tiene una ceja arqueada y hierve de cinismo. Pero hay un diez, ese diez por ciento que queda en mí de la jovencita que se entregaba como a una secta al centro de adelgazamiento de turno –terapia con gel helado, con electrodos, gimnasia pasiva, pastillas de toda índole, misteriosas jeringas con misterioso contenido inyectadas en mis gordechos brazos adolescentes, cabinas de termoadelgazamiento…– y entonces me pregunto:

¿Y si esta vez sí fuera cierto?

Dios, ¿y si esta vez sí lograra adelgazar?

No hay un solo momento de mis cuarenta años de vida en el que yo haya estado delgada y no hay un solo momento, salvo la primera infancia, en el que no me castigara y culpabilizara y avergonzara por ello. El problema de la gordura es el problema del yo, indivisible a mi presencia en el mundo. No estoy gorda, soy gorda. Hay una gran diferencia. La gente que está gorda sabe que es pasajero, que con una cierta privación y esfuerzo físico puede volver a estar a gusto en relación con su cuerpo, sabe qué es ser normal, aunque se siente incómoda tiene a dónde volver. Yo no. Yo nunca he ocupado el cuerpo que creo que me haría feliz. Ese cuerpo delgado, soñado, mío, siempre ha estado en el futuro y, como todas sabemos, lo que está en el futuro no está en ningún lado. Mientras tanto, en el presente, está este cuerpo rollizo que quiero cambiar cada segundo, a cada rato, por el de cualquiera. Es como no tener cuerpo o como estar encerrada en otro. Es, por resumir, estar en prisión. Siempre.   

La palabra flaca me rompe el corazón.

Hace poco murió la tía de una gran amiga. Me contó que en su cuarto encontraron, en cajones, armarios y carpetas, decenas y decenas de dietas, todas las del mundo –Atkins, la del helado de vainilla, la de la sopa milagro, líquida, paleo, del tipo de sangre, de la soja– y, sin embargo, esa mujer murió odiando su gordura, odiándose. Imaginé esa vida solitaria, insatisfecha, obsesiva, amarga, en la que el único sentido era tener un cuerpo delgado, el cuerpo futuro, el que nunca llega. Y, mientras tanto, tener la vida en pausa, sentir vergüenza, ocultarse bajo la ropa, mirarse al espejo, apretarse la celulitis, observar la curva del vientre, la papada, el pantalón que no cierra y decirle a su imagen el mantra de las gordas: no me gustas, chancha, no me gustas, cerda, no me gustas, Miss Piggy.

Y después de repetirse eso todos los días, de ser infeliz por ser gorda, morir empapelada en dietas, todas las del mundo.

No quiero ser la tía de mi amiga.

En el centro de hipnosis una chica menuda y delgada –blusa crema, minifalda color petróleo, sandalias ecológicas– dirige la sesión. El hombre del traje pregunta de inmediato: ¿vamos a tener que contar cosas? Y como la respuesta es no murmura algo como qué alivio con su mujer. ¿Qué cosas no querrá contar en público el hombre del traje de su relación con la comida? ¿Qué cosas no quiere contar nadie de eso? ¿De los atracones nocturnos? ¿De cuando parecemos fieras famélicas de pie, frente al fregadero, y comemos con las manos, manchándonos el mentón de grasa? ¿De cuando chupamos chocolate de la pechera de la pijama? ¿Qué cosas no quiere contar la mujer que está a mi lado que parece tan esperanzada y que acaricia la tarjeta del centro como si fuera una estampita? Esperanza. Eso es. Lo que baña esta aula como una luz es la esperanza de los nueve gordos que estamos ahí sentados de que esta vez sí dejaremos de serlo.

Venderíamos el alma al diablo por la delgadez.

La chica que dirige la sesión se presenta como psicoterapista especialista en adicciones y nos da la primera lección de lo que estamos haciendo aquí y que se llama El Método. Tendremos que seguirlo al menos por veintiún días. Veintiún días es el tiempo que tardan los hábitos en guardarse en el subconsciente y esto, por supuesto, va de hábitos y también ¿saben qué? va de nuestros padres y madres. ¿Se acuerdan de aquello de “que no vea yo que queda comida en ese plato”, “que hay niños pasando hambre en África”, “si no terminas no hay postre”, “de aquí no se levanta nadie hasta que estén los platos limpios”? Bueno, pues, mamá, papá, eso no estuvo bien.

Segunda lección de El Método: la saciedad. Resulta que los niños venimos al mundo con unos indicadores de hambre y de saciedad que se van torciendo por diversos motivos –uno de ellos lo de “si no te lo acabas no te dejo ir a jugar”– hasta que olvidamos lo fisiológico y nos quedamos con lo emocional –comer por soledad, comer por aburrimiento, comer por nervios, comer por comer–. Dicho en otras palabras: desoímos a nuestro estómago porque la comida se ha convertido en otra cosa muy distinta a aquello que lo alimenta. Cuando nos obligaban a terminarnos el plato o cuando nos obligaban a sentarnos a la mesa a cenar aunque no tuviéramos hambre estaban enseñándonos a contradecir a nuestro propio cuerpo –al hambre, a la saciedad-, desvirtuándolo, silenciándolo.

Vaya, vaya.

Entonces durante veintiún días tendremos que comer solo cuando tengamos hambre. Vale, perfecto, no parece difícil, pero una pregunta: ¿cuándo tenemos hambre? Aunque parezca increíble ninguna de las nueve personas adultas, padres y madres, profesionales, gente aparentemente inteligente, sabía reconocer el hambre de esas otras cosas –ya saben, el vacío existencial que clama ser llenado con hamburguesa doble con queso y tocino– que nos hacen comer.

El Método consiste también en escuchar –qué ironía de nombre– a la boca del estómago poniendo nuestras manos sobre ella. Hágalo, coloque sus manos sobre la boca del estómago y pregúntele si tiene hambre ahora mismo. No se preocupe: nosotros tampoco supimos escucharla. Una mujer dijo que tenía hambre fijo porque eran más de las tres de la tarde. Otra muerta de la risa dijo que jamás se ha permitido tener hambre. Una más dijo que seguramente sí porque siempre tenía hambre. El hombre del traje dijo que si le pusieran delante un trozo de cerdo se lo comía en un plisplás. Yo nada más me puse muy triste, muy perpleja y muy triste, de no saber reconocer a ciencia cierta si tengo hambre o no.

Una obviedad que no lo es tanto.

Increíble.

El primer paso, como con cualquier adicción, es reconocerla. Ahí estábamos un grupo de gente intentando reconocer la sensación de hambre. Tal vez sí, tal vez no. ¿Comeríamos si nos pusieran comida delante? Sí, sin duda. Otra pregunta de la terapista: ¿cómo sabéis que estáis saciados? Caras de ignorancia, hombros que se levantan, una voz que viene del fondo de la sala y que responde por todos: “cuando no queda nada en el plato”. Bien, es hora de trabajar con el subconsciente. Ahí, en esa especie de computadora que guarda toda la información sobre todas las cosas de nuestro universo, están los motivos de nuestra gordura. Lo que hace El Método, explica la terapista, es abrir la carpetita llamada Alimentación y editar la información que tenemos sobre nuestra propia hambre y nuestra propia saciedad, desvirtuadas ambas por… la vida.

Bajan las luces, ponen música de meditación, encienden una especie de incienso que hace que empiece a oler a tienda de productos naturistas: arranca la hipnosis. Con los ojos cerrados empezamos a escuchar a la terapista cuya voz se va dulcificando y al mismo tiempo volviendo mecánica. Habla sobre la autoestima, el reconectarse con nuestro cuerpo y con lo que nos rodea, nuestras capacidades, las cosas maravillosas que seríamos capaces de hacer si nos amáramos más. Poco a poco, lo quiera o no, voy entrando en esas palabras, no escuchándolas, sino sintiéndolas de verdad porque ¿quiénes de los que padecemos sobrepeso no sentimos que nos queremos poco? Porque ¿no sería de verdad hermoso bajar de peso no desde la privación sino desde el amor a nuestro cuerpo (que ya está bien de odiarlo tanto)? Porque ¿no es nuestro sueño no tener miedo a la comida, sino gozarla sin culpa ni vergüenza? Quieras o no, digo, hay algo sagrado y mágico en el comer que hemos –he– violentado durante demasiado tiempo.

Quiero creer y creo.

La voz de la terapista ya es un runrún familiar que entra en mi cerebro cada vez menos cínico y más adolescente, la silla ya no es tan incómoda, el olor del incienso ya no me hace resoplar con superioridad intelectual, ya no pienso que es palabrería hippie, timo para crédulos, estupideces. Me entrego e intento de verdad sentir que desde el centro de mi estómago sale una luz que es pura energía y que me llena las piernas, los brazos, el sexo, los pies. Intento sentirme hecha de luz. Entonces, en ese trance en el que estoy diciéndole por fin a mi cuerpo gordo que lo quiero muchísimo, que es bello y que lo voy a cuidar, escucho risillas venir desde atrás y casi al mismo tiempo un ronquido como de relincho. Me giro: el hombre de la camiseta naranja se ha quedado profundamente dormido y ronca como un caballo. Al diablo la concentración, al diablo el conectarme con la energía de mi plexo solar o quién sabe qué, al diablo, ya van a ser las cuatro y qué hambre tengo, diosito lindo.

Una pregunta: ¿aquí devuelven el dinero?      

María Fernanda Ampuero
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María Fernanda Ampuero (Ecuador, 1976) es escritora. Su último libro es Pelea de Gallos (Editorial Páginas de Espuma, Madrid).


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    Cesar A. /

    10/10/2018 7:36 PM

    Toda tu verborrea progre sin sentido no borra la verdad. La gordura es dañina y no deseable.

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!



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