Candados, ventanillas y una marcha fúnebre

Aquella tarde de domingo yo estaba en la morgue de esta ciudad. Ahí también estaban algunos familiares de varias de las niñas muertas en el atroz incendio del Hogar Seguro. Esperaban que de alguna ventanilla alguien les entregara algún papel firmado y sellado para que pudieran irse con sus niñas ya sin vida.

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Esta es una opinión

María del Carmen Urías, madre de Mayra Chután, víctima del incendio Hogar Seguro Virgen de la Asuncion, en la espera de información en la morgue del Inacif.

Foto: Carlos Sebastián

O por noticias de si entre los cuerpos irreconocibles ya habían dado con alguna característica que confirmara sus peores temores. Y apaciguar así el inmenso dolor de la espera para empezar el infinito dolor que supone el perder a un familiar. Mientras aquellas personas esperaban por eso, yo sólo estaba ahí sin saber exactamente porqué o para qué.

O bueno sí, yo acompañaba a Lucía. Era ella y otras mujeres quienes acompañaban a las familias y trataban de organizar algún tipo de asistencia para quienes seguían sin noticias de sus niñas o sin recursos para emprender la larga ruta al abandono de siempre. Algunos conocidos abogados tomaban datos para luego presentar memoriales en otras ventanillas de este sistema que días antes había puesto candados.

Porque resulta que este sistema está diseñado con ventanillas para que quienes tengan la ineludible necesidad de acercarse sean medio atendidos. Y candados con olor a carbón para quienes tengan la osadía de rebelarse. Como aquellas niñas aquel 8 de marzo.

Justo cuando una madre salía rumbo a Jalapa con una caja metálica con la que le entregaron su sangre carbonizada, pasaba una procesión. Y justo cuando se abrieron las puertas de la morgue empezó a sonar una marcha fúnebre. La señora de pequeña altura y bastante delgada tenía los ojos ya resecos. Y los surcos a los costados de sus pupilas parecían sembradíos con las esperadas semillas a punto de nacer.

Pero esa tarde lo que nacía era otra de sus tantas tragedias. O se materializaba más bien. Y con tanta contundencia que al abrirse las puertas y encontrarse de frente contra la radical indiferencia y dureza de estas calles, sonaba una marcha fúnebre de una procesión que pasaba por ahí. La señora se subió a un carro que alguna de las mujeres había conseguido y se fue. Quizás para nunca más volver a esta ciudad. Y yo me volví a preguntar qué carajos hacía esa tarde ahí.

Estuvimos un buen rato más. Lucía en lo suyo y los abogados en lo propio. Las familias en lo de siempre. Sentados en las bancas como recordando pequeños detalles. Quizás el primer paso, la primera caída o el primer gemido parecido a una palabra. Quizás nada. Quizás en el día siguiente y en la pena diaria. En la pobreza de siempre. De vez en cuando alguno respiraba profundamente. De vez en cuando alguno se paraba a preguntar en los escritorios-ventanillas. Y siempre de vuelta a la fría banca a esperar.

Imaginé a la señora de Jalapa recibiendo las condolencias de sus conocidos. La imaginé tan silenciosa como esa tarde cuando ella veía como salía la caja metálica. Esa caja que pudo sacar porque de una ventanilla finalmente le dieron algún papel. No me la puedo imaginar a ella llorando. Y eso es porque yo no tengo la más mínima idea de lo que se trata ese tipo de dolor.

Sí imaginé a Lucía llorando y quizás apretando su rabia y su indignación contra el pecho de su compañero. O quizás tengo demasiada imaginación. Pero cuando nos despedimos, a pesar del agotamiento evidente en sus pupilas, era claro que ella seguía indignada y había un brote destinado a ser un terrible torrencial. Cuidá también de tu corazón, me acuerdo que le dije. Y nos despedimos.

Cuando llegué a casa no recuerdo que hice. Supongo que prendí la tele. O supongo que me acosté en mi confortable cama con la mirada perdida en el techo. O de repente le escribí a Betsy y le conté algún detalle de esto. Pero no lo recuerdo con tanta claridad como la contundencia de aquella postal. Porque, a pesar de que aquella marcha fúnebre nunca más la volví a escuchar, lo cierto es que sigue sonando con demasiada claridad por las calles y ventanillas de este lugar.

Engler García
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Quise ser locutor profesional y no pude, pero fue en una cabina donde aprendí lo que sé de redactar. Abrí un blog para contar lo que veía. Después escribí en Plaza Pública, en un libro y ahora también en Nómada.


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