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Cuando tengamos que escoger entre zombis y vampiros, prefiero ser vampira

Cuando muera y me impidan la entrada al cielo, como sin duda sucederá, y Satán me ponga a escoger entre ir al infierno o ser un muerto viviente, yo ya lo tengo bien pensado y sé que escogeré ser una vampira.

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Esta es una opinión

La fantasía con vampiros implica cosas improbables, como volar.

Cuando llegue el día —como ha de llegar—en que se me ponga a escoger entre ser zombi o ser vampiro, yo sé que preferiré ser vampiro.

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Primero, lo que distingue a un tipo de monstruo del otro, ambos siendo muertos vivientes, es como se les mata.  Obviando la falta de lógica que implica matar lo que ya está muerto, el vampiro es más difícil de eliminar pues hay que manipular que le pegue el sol, así se disuelve en polvo, o hay que pescarlo dormido y clavarle una estaca en el pecho. Por otro lado, se le evita fácil, basta con tener un crucifijo o una trenza de ajo.

El zombi, en cambio, carente de toda inteligencia, se le destruye con un batazo en la cabeza y no entiende de semiótica, o sea, olvídense de asustarle con un crucifijo ni nada por el estilo.

Ambos, sin embargo, son víctimas de estereotipos discriminadores: que si son malos, que si son parásitos. Notemos, más bien, su honestidad, pues rara vez son hipócritas.

Los vampiros y los zombis son lo que son, rara vez—si es que nunca—nos dicen o pretender ser otra cosa. Es posible que el vampiro no declare de buenas a primeras que viene a drenarnos la sangre —primero, habrá cierto tipo de intercambio comunicativo, incluso de seducción— pero tampoco se hace pasar por algo que no es, o sea, por un no-vampiro.

Los signos de lo que es siempre están ahí. A ellos los dirige el hambre, o como Freud diría, son pulsión pura, pura hambre y nada más. Es un hambre pura, imperativa, innegociables. Están aquí para beber nuestra sangre o acabarnos a mordidas y ya. Lo hacen por supervivencia, además.

Las víctimas, sin embargo, son más escogiditas cuando se trata de vampiros. Usualmente, las víctimas de los vampiros son personas ingenuas, que debieran de sospechar del vampiro o la vampira.

Vean cualquier novela o película de vampiros y díganme si no sabían, o cuando menos, sospechaban, desde el mero principio quien es vampiro. Pero la víctima es crédula a morir y les facilita la entrada a los lugares a donde estos no pueden penetrar sin previa invitación (si saben que los vampiros para entrar a los lugares en donde cometerán fechorías, que necesitan una invitación para entrar ¿verdad?).

 

El Vampiro, de Philip Burne-Jones (1897).

El Vampiro, de Philip Burne-Jones (1897).

En otras palabras, la víctima usualmente invitó al vampiro o la vampira —al mal— a penetrar a su hogar. O, como explica el marxismo, se hacen cómplices en su propia destrucción. Y, como diría Freud, la víctima proyecta en el vampiro su propio deseo. Además, Lacan diría que para la víctima hay cierto goce en el sufrir. Y el Marqués de Sade diría que en el goce del vampiro está la expresión pura de su libertad total.

Pero bueno, Trudy, me dirán, ¿es que acaso está acusando a la víctima de ser culpable de su victimización? La gente —en especial la gente buena, inocente— no es de manera alguna responsable del daño que se le hace. Y bueno, sí, en eso estoy totalmente de acuerdo.

Pero no estamos hablando de otra cosa que ficción y fantasía, por real que esta nos pueda parecer. Y en el mundo en el que los vampiros son posibles, todos lo sabemos bien, las personas que aparentan ser inocentes, si no tuvieran alguna secreta contaminación maligna o si no estuvieran de alguna forma defectuosas, no podrían ser tocadas por el mal, o sea, no podrían ser vampirizadas por el vampiro.

Sé que sigue sonando a que se culpa a la víctima, pero fíjense bien en los cuentos de vampiros y vean cómo las víctimas, pues no sé, ya algo fallido traían, ya cojeaban de alguna pata. Algo les faltaba. No estaban hechas para sobrevivir en el mundo, ese mundo en el que existen vampiros. Alguna afinidad, entonces, tenían con el mal.

Noten, además, que rara vez el vampiro es un niño o niña, es decir, rara vez es realmente inocente. Los zombis, en cambio, a menudo cuentan a niños entre sus huestes. No discriminan, ahí todos se van con Pancho. Los zombis y las víctimas, todos pueden ser tanto malos como realmente inocentes, da igual.

Pues resulta que el vampiro tiene más ética que el zombi. Hay excepciones. En Entrevista con el vampiro (1994), Brad Pitt es vampiro y cede a la tentación de convertir en vampiro a una niña. Luego, pasa el resto de la película atormentado por su acción. Sabe que hizo mal, no tocaba que dañara a la niña.  Los zombis, en cambio, jamás sienten remordimiento por nada. Son unos descerebrados totales.

Eso me lleva a la diversidad de personalidad e inteligencia entre vampiros. Los vampiros son elegantes, aristocráticos, como Drácula y Nosferatus, y casi siempre, atractivos. Como nos muestran algunas viejas películas icónicas como What We Do in Shadows (2014), Camilla, The Lesbian Vampire (2004), Interview with the Vampire, The Lost Boys (1987) y la serie Twilight, los vampiros monstruos atractivos, sensuales, “cool”, con intereses y sexualidades variopintas. Incluyen a gente rockera, a músicos famosos, a príncipes y a guerreros, a intelectuales, en fin, hay de todo y todo lo que son, tiende a ser interesante.

En fin, rara vez son “proletarios” los vampiros. Claro, nuestra realidad es que casi todos somos proletarios, pero los vampiros son ajenos a la realidad. La fantasía implica cosas improbables, como volar. Y los zombis no vuelan, pero ¿adivinen quién sí? Exacto: los vampiros.

Los zombis, pues… son todos iguales. Además de ser todos iguales y de dar la impresión de que todos huelen igualmente mal, no hay mayor diferenciación entre ellos. Hasta los hombres lobo son más interesantes que los zombis —algo de sexy tienen, al menos—. O bueno, son sexy para nosotras que nos gustan los hombres de cuerpos peludos. Los zombis no solo son la plebe cultural e intelectual de todos los monstruos del universo “monstril”, sino que, hablemos claro, nadie se los quiere coger.

Ni quieren un sexy revolcón con ellos, ni compartir un vino en un bonito bar esperando, como una espera con el vampiro, que nos seduzcan o que nos cuenten sus fantásticas aventuras a través de los siglos. Porque ahí está lo otro, los vampiros y los hombres lobo viven por siglos, pero los zombis, según parece, bien pronto les revientan la ñola, recién saliditos de la tumba.

Por eso, cuando muera y me impidan la entrada al cielo, como sin duda sucederá, y Satán me ponga a escoger entre ir al infierno o ser un muerto viviente, yo ya lo tengo bien pensado y sé que escogeré ser una vampira. ¡Fijo!

Trudy Mercadal
/

Investigadora y escritora en ciencias sociales. Mi religión son los libros. Curiosa insaciable, amante de la música, artes contemporáneas, el buen comer y viajar. Tras una larga trayectoria de estudios y enseñanza en el extranjero, hice nido en Guatemala.


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    Víctor lopez /

    31/03/2020 12:18 PM

    No se burle de satanás, él no es juguete ....

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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