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Hasta la vista, Maestro

"Porque Edelberto era un ser vital que se comía la vida a dos manos. Sus lecturas rebasaban la racionalidad de las ciencias sociales y se sumergían en los mundos y las vidas de la literatura."

Blogs Edelberto Torres Rivas homenaje Opinión P369
Esta es una opinión

Fotografía: Fanni Franco / Arte digital: Bernardo Arévalo

Conocí a Edelberto en Madrid, un frío medio día de finales de otoño en 1995. Nos juntamos a almorzar en un restaurant que quedaba a pocas cuadras de la Embajada a mi cargo, gracias a las gestiones de un amigo común, René Poitevin, quien en esa época dirigía el programa de FLACSO Guatemala, y que decidió que algo teníamos que decirnos el joven diplomático con el maestro de las ciencias sociales centroamericanas.

No se trataba de poner en contacto a completos desconocidos. Edelberto era ya una autoridad intelectual en Centroamérica, y sus textos referencia obligada para cualquiera que quisiera entender la convulsa realidad de nuestra región, como era mi caso. Pero además, entre nuestros padres había existido una fuerte amistad gracias a la cual no eran raras en conversaciones familiares las referencias a Don Edelberto Torres Espinoza -intelectual y pedagogo nicaragüense, refugiado en Guatemala de la dictadura somocista y autor de la que los conocedores han considerado la mejor biografía de Rubén Darío-, y a su hijo Tito -nuestro Edelberto- nombre con el que mi madre sigue refiriéndose al hijo adolescente que ocasionalmente venía a buscar al padre a las aulas del colegio donde él y mi madre trabajaban. Edelberto no me conocía personalmente y seguramente había oído poco o nada de mí, pero consciente de la vieja amistad familiar y seguramente picado por la curiosidad, aceptó la sugerencia de René y mi invitación a comer. Tal y como se encargó de hacerme ver en cuanto nos dimos la mano por primera vez, y no sin una buena medida de desconfianza, era la primera vez en décadas que aceptaba una invitación de un Embajador de Guatemala.

René tuvo razón. Un conejo al ajillo y una botella de Marqués de Cáceres -datos del menú que quedaron grabados en mi memoria- alimentaron una conversación que comenzó ese medio día y que nunca terminó. Edelberto estaba desde hacía varios meses dando clases y haciendo investigación en centros académicos europeos, y por esos días estaba con una residencia en el Instituto de Relaciones Europeo-Latinoamericanas y dictando conferencias en universidades españolas. Eran momentos críticos para la historia guatemalteca: la posibilidad de encontrar una salida política al enfrentamiento armado interno que venía desgarrándonos desde hace décadas despertaba la imaginación y las ilusiones de quienes aspirábamos a un país democrático y justo. La constatación de que a pesar de la diferencia entre ocupaciones y trayectorias mucho compartíamos en opiniones y sueños, alimentó una relación en la que la formalidad inicial fue cediendo espacio rápidamente a la confianza y a la amistad.

Edelberto me abrió la puerta a espacios de reflexión y análisis ajenos al ejercicio profesional de la diplomacia, profesión a la que me dedicaba desde el fin de mis estudios universitarios de Sociología. Parafraseando la reflexión de Hemingway sobre su etapa parisina diría que, para mí, Madrid fue una cátedra: al mismo tiempo que desde mis funciones diplomáticas apoyaba la etapa final del proceso de negociaciones de paz, las reuniones con Edelberto se hacían cada vez más frecuentes y prolongadas, en conversaciones que no eran sino un proceso de aprendizaje apenas disfrazado por la formalidad de mi cargo diplomático. Recuerdo sesiones de una enorme riqueza intelectual y humana en la que junto con Marta Casaús y con Arturo Arias diagnosticábamos el racismo que enferma a la sociedad guatemalteca y recetábamos su cura; discutíamos la inevitable naturaleza intercultural de cualquier proyecto democrático para nuestro país y los retos que habría para construirla; considerábamos la medida en que los procesos geopolíticos de la región y del mundo podrían esta vez aprovecharse para el objetivo de democratizar y modernizar a nuestras instituciones….en fin, conversaciones animadas e incluso jocosas e irreverentes, pero motivadas por una exploración intelectual que se alimentaba de la esperanza de que como sociedad pudiéramos dar cierre a la historia de autoritarismos y arbitrariedades que arrastrábamos desde la Colonia, y de lecturas y discusiones en las que formulábamos interpretaciones y vaticinios sobre el cambio de época que atravesaba nuestro país.

Para finales de 1996, Edelberto regresó a Guatemala después de tres décadas de autoexilio. En el ínterin, y en un periplo que incluyó estudios y cátedras en Chile, Inglaterra, Argentina, México, Costa Rica, los Países Bajos y Madrid, el joven revolucionario se había convertido en el cientista social centroamericano de mayor renombre. Sus textos eran de consulta obligada para cualquiera que estudiara las sociedades centroamericanas en cualquier universidad del mundo, y sus libros y artículos eran publicados por editoriales y revistas arbitradas de países e idiomas diversos.

Jorge Rovira Mas, en el prólogo a una antología de textos de Edelberto publicada a finales del 2008 por el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, comenzaba señalando la medida en que la imaginación sociológica de Edelberto estaba anclada en un horizonte de inquietudes personales marcadas por el auge y caída de nuestra Revolución de Octubre, transcurrida durante su adolescencia. La exploración de los problemas de la democracia y del desarrollo social a los que dedicó su vida no eran producto exclusivo de una curiosidad intelectual desarrollada desde la reflexión teórica, sino de la necesidad vital de dar respuesta a preguntas concretas, surgidas de la experiencia, sobre los retos que como sociedad teníamos para alcanzar cotas de bienestar y libertad que en otras latitudes ya se daban por sentadas.

Esa sociedad, sin embargo, no era solo la guatemalteca: hijo de nicaragüense y guatemalteca, Edelberto se entendía como ‘centroamericano nacido en Guatemala’, expresando una sensibilidad integracionista que lo llevó a convertirse en pionero del estudio científico de los procesos socio-históricos de una región que tiene más en común que lo que a veces reconocemos desde sus provincias, asfixiadas por la pequeñez parroquial de sus elites y de sus clases políticas. Para Edelberto, su patria no era solamente Guatemala sino Centroamérica completa, viviendo de hecho largos y productivos años en Costa Rica. Pero Edelberto era, en realidad, un ciudadano del mundo. Su acuciosidad y dedicación intelectual a los problemas guatemaltecos y centroamericanos quedaban siempre enmarcados dentro de una sensibilidad que reconocía la universalidad del género humano por encima de sus contingencias socioculturales y geográficas, y que lo hacía reconocerse en los problemas y las tribulaciones de cualquier individuo en cualquier parte del mundo. La pobreza, la injusticia, la desigualdad, la crueldad o la violencia eran problemas universales que se manifestaban en claves ligadas a las particularidades de la geografía y de la historia, y que lo hacían atender siempre a las diversas formas como nuestra peculiaridad contingente se entrelazaba con los procesos regionales, continentales o mundiales del momento.

Siempre me asombró el nivel de su productividad. No había terminado de escribir un texto cuando ya estaba ocupado en otro o en más. Desde que publicó su célebre Interpretación del Desarrollo Social Centroamericano -que no deja de publicarse, con más de cuarenta ediciones desde 1969 a la fecha- su pluma no descansó. Si no era el capítulo para un libro a ser publicado en alguna universidad norteamericana, era otro que le habían pedido de alguna revista especializada en Suramérica, la conferencia que tenía que pronunciar en algún congreso europeo, o el artículo para la prensa nacional. Eso, por supuesto, paralelamente a las funciones que desempeñaba en alguna institución académica o un organismo internacional, como cuando dirigió la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales -FLACSO- como Secretario General.

En estas oportunidades, las tareas de dirección ejecutiva no lo distraían de su vocación de maestro e investigador social. Recuerdo que cuando trabajábamos juntos en el proyecto Sociedades Desgarradas por la Guerra, inmediatamente después de la firma de los Acuerdos de Paz y con el que ambos regresamos a Guatemala después de nuestros respectivos períodos madrileños, la pantalla de su computadora saltaba de los documentos y mensajes relativos al esfuerzo de construcción de consensos que nos ocupaba, a alguno de los textos en donde analizaba la naturaleza de los procesos sociales que estábamos atravesando a nivel nacional o regional, incluyendo los prolegómenos de lo que a partir de 1998 sería una de sus mayores contribuciones prácticas: el Informe de Desarrollo Humano. De hecho, entre sus más importantes aportes a la comprensión de la problemática social se encuentran algunas que se realizaron en el marco de funciones institucionales en las que Edelberto aparece convocando una serie de capacidades que, como en la relación que se establece entre un director de orquesta y los músicos que la componen, alcanzaban su máxima expresión bajo la batuta intelectual del ‘Maestro’: la Historia General de Centroamérica que dirigió durante su paso por la Secretaría General de FLACSO, o los Informes de Desarrollo Humano en los que trabajó desde el PNUD por veintiún años, son ejemplo de estos alcances.

Era una productividad anclada en un continuo proceso de reflexión y análisis crítico, del mundo que lo rodeaba, pero también de sí mismo. Pocas personas he conocido con la amplitud y variedad de manejo teórico como Edelberto. Su conocimiento abarcaba tanto los pensadores clásicos del siglo XIX y sus modelos, como los últimos planteamientos teóricos formulados por la academia latinoamericana y mundial. Este proceso continuo de investigación y aggiornamiento era resultado de su constante búsqueda de la verdad sociológica: la identificación de los mecanismos y los resortes que explican y determinan el cambio social. En un medio en el que las teorías se convierten a menudo en trampas que condicionan las interpretaciones de los cientistas sociales, produciendo interpretaciones que ajustan la realidad a las necesidades del modelo teórico, Edelberto descubría, observaba, criticaba, ajustaba y aplicaba los modelos teóricos en la medida en que efectivamente contribuyeran a entender mejor la realidad. Y si no servían, los descartaba: si las prácticas evidenciaban las falencias y carencias de los presupuestos teóricos, la verdad sociológica se imponía. Para Edelberto, la teoría era la herramienta para la interpretación de la realidad, y no la realidad el material con el que se valida la teoría.

Las preguntas y los temas podrían ser recurrentes -¿Cuáles son los obstáculos al desarrollo equitativo en nuestras sociedades? ¿Qué razones explican la prevalencia de dictaduras y autoritarismos en nuestras sociedades? ¿Qué razones impiden el florecimiento de las democracias cuando se acaban las guerras? ¿Por qué no hemos sido capaces de construir estados sólidos y eficientes?- pero los lentes eran distintos, cambiantes a medida en que el conocimiento de la historia y el desarrollo de las ciencias sociales iban validando algunas certezas y descartando otras, y las conclusiones ajustadas a lo que el nuevo conocimiento permitía dilucidar. Es allí donde se hacía evidente la capacidad para la reflexión autocrítica: su capacidad de evolucionar intelectualmente y trascender modelos teóricos -hecho incomprensible para los trasnochados- eran la fuente de su capacidad para mantener vigencia intelectual y académica ante una realidad política, social, económica y cultural profundamente diferente de aquella de sus años formativos, y ante nuevas generaciones de cientistas sociales que continuaban acudiendo a sus textos. Una flexibilidad que no solo estaba anclada en principios filosóficos y políticos de justicia social, libertad política y dignidad de la persona que fijó temprano en su vida y a los que no renunció nunca, sino que le permitía mantenerse en la constante búsqueda de los mecanismos necesarios para traducirlos en la práctica.

El compromiso con la democracia que Edelberto manifestó en las últimas décadas de su vida -y que son a menudo contrastadas con las convicciones comunistas de su juventud- no respondían a un atemperamiento de su carácter o de su celo político, y ciertamente no a un abandono de las profundas convicciones de justicia social que forjó al amparo de la Revolución de Octubre,  sino a la conclusión racional del sociólogo que, tras una vida dedicada a la investigación comparativa del desarrollo político y social, entiende que en la procuración de la justicia, la libertad y la dignidad, toda ruta fuera de la democracia se convierte en extravío.

Movimiento Semilla nace bajo ese impulso. Para Edelberto, la convocatoria a reflexionar sobre los retos para el desarrollo y la democratización de Guatemala era expresión de una imaginación sociológica empeñada en las derivaciones prácticas del conocimiento científico. La invitación a intelectuales y profesionales no fue formulada con el propósito de realizar un ejercicio teórico/académico -en realidad, para eso no nos necesitaba- sino para explorar cómo, desde los espacios de la academia y del ejercicio profesional, era posible contribuir de manera práctica al ‘enderezamiento’ de un país que ya para ese entonces -2014- se evidenciaba extraviado. Esta preocupación práctica es consistente con la decisión que toma en 1996 de regresar al país en la víspera de los Acuerdos de Paz.

Edelberto podría haber escogido ‘descansar en sus laureles’, continuando con su brillante carrera académica como catedrático e investigador en cualquier universidad de primer orden en los continentes americano o europeo, que se hubiera considerado afortunada en poder contarlo entre su plantel. No me cabe duda que más de alguna oferta recibió en ese sentido, y si su preocupación vital hubiera sido estrictamente académica, esa ruta hubiera seguido. Pero, tras tres décadas de exilio, sintió la necesidad de regresar a Guatemala y poner sus enormes capacidades intelectuales al servicio de su país, y de una sociedad que se disponía a construir la paz y la democracia. Es en ese sentido que debe entenderse su regreso a Guatemala en el marco del proyecto Sociedades Desgarradas por la Guerra, en el que tuve la enorme suerte de colaborar con él en la facilitación de consensos intersectoriales como cimiento del período posconflicto; pero también el impulso y la dedicación que le dio durante dos décadas a los Informes de Desarrollo Humano que dirigía intelectualmente desde el PNUD, destinados a informar con datos reales y rigurosos la formulación de políticas públicas que atendieran los principales retos del país; y a partir del 2014, la creación de una iniciativa para rescatar el ejercicio de la política del lodazal en que la ha sumido la fatal combinación entre elites corruptas y clientelismo político-electoral que nos asfixia. Movimiento Semilla, como proyecto político para oxigenar nuestra precaria democracia y procurar su desarrollo, se convirtió en su preocupación central y en su esperanza, en un celo que no cedió a pesar de las limitaciones físicas que, en los últimos meses, su enfermedad le impuso.

Esta actitud era, en todo caso, expresión de la enorme generosidad que lo caracterizaba como persona. Edelberto era desprendido no solo de objetos materiales -que nunca se preocupó por acumular-, sino sobre todo de conocimientos que compartía con la misma velocidad con la que los adquiría. No se trata únicamente del torrente de publicaciones mediante las cuales transmitía sus ideas, sino de la orientación, opinión y consejo que nunca escatimaba a estudiantes, periodistas o investigadores, ya fuera desconocidos que acudían a él por primera vez como a sus amigos y colaboradores asiduos. Más de alguna vez fui testigo de la manera como ajustaba una ya abigarrada agenda de compromisos para atender a un joven universitario que buscaba su orientación académica, un periodista que quería conocer su opinión sobre un problema, o un investigador que le pedía su colaboración escrita para algún libro o revista, y que generalmente otorgaba. No se diga de las atenciones que dedicaba a quienes teníamos la suerte de contarnos dentro de sus amigos, y que daban lugar a largas tertulias en las que se combinaban la profundidad de su intelecto con su espíritu socarrón y jocoso.

Porque Edelberto era un ser vital que se comía la vida a dos manos. Sus lecturas rebasaban la racionalidad de las ciencias sociales y se sumergían en los mundos y las vidas de la literatura, en novelas que consumía vorazmente y comentaba con quienes seguían sus recomendaciones…o le llevaban las propias. Visitante asiduo de museos, era un amante de la pintura y en general, de las artes. Sobre todo de la música: su repertorio abarcaba desde la sofisticación sublime de la séptima de Beethoven o el Requiem de Mozart hasta las expresiones de la música popular como las sambas, rancheras y boleros, que no solo disfrutaba sino que -de acuerdo a una confesión de tertulia que nunca terminamos de aclarar cuan exacta era- alguna vez lo llevó a cantar en público mientras estudiaba el doctorado en Inglaterra.

Y, por supuesto, era un amante de la buena mesa y del buen vino. Al recordarlo me vienen a la mente incontables momentos de convivialidad y alegría que casi inevitablemente sucedían en torno a una buena mesa y mejores caldos. Largas conversaciones entre pulpo a la gallega y albariño en la fonda del barrio de Lavapiés donde vivía; jornadas guatemaltecas de jamones y vino en compañía de nuestra pequeña cofradía de amigos; discusiones más o menos sesudas en las que discutíamos algún tema de fondo al amparo de alguna malta y algún buen queso; almuerzos luminosos en el refugio antigüeño que se había construido con ese regalo que le dio la vida para su otoño: Ana María. Y así como yo recuerdo esos momentos sé que otros de sus amigos – que los tenía muchos, en distintos lugares y distinto pelaje, todos ganados a fuerza de calidez, sinceridad y generosidad- recuerdan los propios, seguramente plagados de calidez y sonrisas, y llenos de anécdotas que ahora son tesoro.

Edelberto no era un santo, ni este es un intento de escribirle una hagiografía. Edelberto era un ser vital, que vivó la vida de manera plena, con una alegría contagiosa que se esforzó por mantener incluso en los momentos más duros de su enfermedad, y una energía desbordante que solo menguó cuando su abrazo cruel lo fue inmovilizando progresivamente. De haber escrito sus memorias, podría haber plagiado a Neruda y justificadamente titularlas ‘Confieso que he Vivido’, y buena -y entretenida- confesión hubiera sido. Era un ser humano pleno, con la mezcla de virtudes y defectos que todos tenemos, y que él nunca trató de ocultar hipócritamente. Pero en el balance final de su vida, aciertos y errores calculados, el saldo es clara y ampliamente positivo. No sólo para su familia y para sus amigos, que quedaremos marcados por su amor y su cariño, sino para una sociedad a la que deja un legado intelectual -todo un mundo- y político -una Semilla- como pocas personas logran hacerlo, y que es ahora nuestra responsabilidad como seres humanos y como ciudadanos aprovechar.

No le digo adiós a Edelberto porque sé que en algún momento continuaremos la conversación que comenzamos ese medio día madrileño y que su partida física de este mundo ha interrumpido. Edelberto, por supuesto, diría que yo estoy equivocado: que el ser muere con la materia y que lo único que queda de nuestra existencia son amores, recuerdos y obras. Pero a veces hasta los Maestros se equivocan, como seguramente lo discutiremos cuando retomemos la lección, en alguna parte.

Hasta la vista, mi entrañable amigo.

Bernardo Arévalo
/

Estudió sociología, y don Max marcó la forma como ve el mundo. Alguna vez fue diplomático, y le quedaron algunas mañas. Tal vez por eso sigue trabajando en temas que conjugan ambas perspectivas, como consolidación de la paz y transformación de conflictos. Algo nómada, ha vivido fuera del país por temporadas largas pero al final, siempre regresa. Secretario General Adjunto II de Movimiento Semilla, a partir de 2019.


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    Olga Villalta /

    08/01/2019 2:36 PM

    Me encantó tu narración Bernardo, gracias por compartir esas vivencias.

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    sophia /

    08/01/2019 3:15 AM

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    César A. /

    07/01/2019 6:55 PM

    Triste siempre la pérdida de un ser humano seguro extrañado por sus seres queridos. Ahora en el ámbito nacional, no hacen falta estos zurdos radicales que desean vivir del conflicto.

    ¡Ay no!

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    ¡Nítido!



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