7 razones por las que debería legalizarse la prostitución

En Guatemala el trabajo sexual se encuentra en un limbo legal. O en una hipocresía. Es legal que las personas vendan un servicio sexual, pero es ilegal que otra persona pague por ese servicio. Así, con una ley inspirada en Suecia para proteger a las sexoservidoras y castigar a los clientes, en Guatemala sólo se traslada a la clandestinidad todo el trabajo sexual. Esto deja mucho más vulnerables a las mujeres que se dedican (o son obligadas) a la prostitución porque no tienen ninguna ley o política pública que las proteja. Dos mujeres, una de 27 años y una señora de 45 años, nos comparten sus experiencias de la realidad del trabajo sexual y las condiciones generadas por la legislación en este país centroamericano.

Cotidianidad P147

Dos trabajadoras sexuales, en la zona 11 de la Ciudad de Guatemala.

Fotos: Carlos Sebastián

Son las 4 de la tarde de un jueves. Lucía da vueltas tranquilamente en una esquina en la zona 1 de la Ciudad de Guatemala para esperar que llegue un cliente. Lleva una blusa rosada de manga larga, un pantalón negro y zapatos con cordones. También una mochilita negra. No se distingue de cualquier otra mujer que pasa caminando. Aorillamos el carro y tocamos la bocina. Risueña y platicona, Lucía sube con un saludo alegre.

– ¿A dónde vamos hoy?, le pregunto.
– Vamos a uno de los hotelitos donde trabajo.

El zumbido de la puerta de reja es estridente. Lucía se ríe del asombro del recepcionista cuando entra al hotel acompañada de una mujer y hombre, los autores de este texto y estas fotos. Llegamos al cuarto 9 (de unos 10 metros cuadrados sin ventana). Bajo la luz blanca neón y un ventilador hay una cama individual, una mesita y un bote para la basura.

Lucía saca un estuche de su mochila. Es su kit de trabajo. Trae condones, lubricante y unas tijeritas. También una navaja. Es para protegerse. El año pasado, cuando Lucía se negó atender a un cliente sin preservativo, el hombre se enojó y la intentó estrangular.

 

El kit de trabajo.

El kit de trabajo.

– ¿Este es el hotel donde te atacó el cliente?
– No, en ese no hay donde dejar el carro. Por eso los traje a este porque aquí ya me conocen.

1. La navaja en el kit de trabajo

Fue un sábado. El sol quemaba. Lucía se sentó en la sombra, cerca de una panadería. Le pitó una camionetilla pequeña, verde. Después de negociar el precio y las condiciones del servicio, Lucía se subió y se fueron a un hotel cerca de la Avenida Elena en la zona 1. Allí el cliente se negó a ponerse el preservativo. Lucía insistió.

– Su mirada era bien intimidante. Me agarró el cuello con una mano y apretó. Me dolía. ‘¡Entendé que no me voy a poner preservativo!’ Como pude le conteste que estaba bien. ‘¿Segura? ¿Si te suelto no me vas a hacer nada?’, me dijo. ‘No, no te voy a hacer nada’, le contesté. Con la otra mano me empezó a sobar el pelo. Se relajó. Era gordito y tenía todo su peso encima de mí, pero pensé que era mi oportunidad. Si no, aquí me va a matar, pensé. Lo aventé y salí corriendo para el baño. La puerta solo tenía pasador. La ventanita del baño daba para un patio donde se miraba la recepción. Empecé a gritar. ‘¡No me quiere dejar salir! ¡Por favor llame a la policía!”

Durante los 20 minutos que la policía se tardó en llegar al hotel, el cliente golpeaba la puerta delgada de madera del baño mientras le gritaba que Lucía se saliera. Casi botó la puerta.

Los agentes de la PNC nunca le tomaron los datos del agresor a pesar de las marcas en el cuello de Lucía.

– Me preguntaron si éramos pareja. Les expliqué que soy trabajadora sexual y que él me atacó porque no se quiso poner el preservativo. Sólo se quedaron viéndose entre los dos. No sé, como que si yo lo hubiera pedido, como si fuera mi culpa.

Los agentes le pidieron que el agresor le pagara a Lucía, que si no lo iban a consignar. Le pagó a Lucía los Q75 que habían acordado antes de ir al hotel y se fue. “Ya se puede cambiar”, le dijo uno de los policías a Lucía, que estaba envuelta en una toalla.

Pasaron varias semanas hasta que Lucía se recuperó del susto. Describir el episodio hoy no le quita la fuerza y calidez que transmite esta morena cuando cuenta sobre su vida como mujer y trabajadora sexual. Recuerda con una sonrisa cuando empezó hace casi una década en un bar que se llamaba El Dólar y la ingenuidad la primera vez que atendió a un cliente. Cómo el primer cliente le enseñó a poner un preservativo. Cómo se quitó toda la ropa sin saber que se cobraba por cada pieza y por el tipo de servicio. Se recuerda que se acababa de graduar cuando una amiga la llevó al bar, y aunque no quería, aceptó el trabajo porque necesitaba dinero para su abuela que estaba enferma.

Desde entonces ha trabajado en varios lugares, el Trébol, la Terminal en la zona 4, la Línea en zona 1, adaptándose a la demanda de trabajo y las condiciones. Ahora se mantiene en una esquina en el Centro Histórico. Siempre de forma independiente. El ataque el año pasado es el primero en su vida como trabajadora sexual y no le hizo cambiar su postura sobre su oficio.

– Me gusta mi trabajo. Tengo mi horario. Nadie me manda. Odio que me manden. Dice mi mamá que siempre va a haber un jefe y siempre vamos a tener que seguir órdenes. Pero en mi trabajo, no. Es cierto, tal vez al principio yo no quería, lo hice porque mi abuela estaba enferma. Pero también iba a meter papelería por todos lados y no me llamaron de ningún trabajo. No te salen trabajos, tenés necesidad, y tenés esa facilidad de conseguirlo. Entonces llegás a un punto que decís ¡ya! Y lo hacés. Ahora me gusta. Incluso cuando tenía 19 años conseguí un trabajo como encargada en una empresa grande aquí en Guatemala y trabajaba en esto como un ingreso extra. Llevaba un año cuando un día mi jefe me humilló delante de todos. Lo dejé.

2. El cajero en el banco

Aunque a Lucía le gusta su trabajo y ahora le provee cierta estabilidad económica, sabe bien que con cada año que cumple, su clientela bajará. Por eso, pensando en el futuro, en varias ocasiones ha intentado sacar un préstamo para iniciar un negocio que la pueda mantener al momento de retirarse del trabajo sexual.

– Por ejemplo yo quería poner un negocio de productos mexicanos allá donde vive mi mamá. Entonces andaba viendo con los bancos cómo podía sacar un préstamo, pero al decir que soy trabajadora sexual nadie me da un préstamo. Se ponen todo raros, no saben ni qué decirme. ‘Mire, llene esta papelería para ver si cumple con todos los requisitos’. Y no voy a cumplir nunca los requisitos que ellos piden. Un trabajo, carta laboral, estados de cuenta. ¿De dónde?

Por la ley de extinción de dominio, el banco podría reportar los depósitos de Lucía y cualquier otro que ejerce el trabajo sexual legalmente, porque el origen del dinero viene de interacción ilegal; la remuneración por un acto sexual. Le podrían decomisar todo el dinero.

Pero Lucía es emprendedora. Excluida del sistema bancario, tiene otro plan para seguir trabajando por su cuenta y de forma independiente sostener su familia.

– Yo quiero trabajar hasta los 36 y mi papá tiene un terreno en Oriente. Él no quiere vivir allá. Pero yo sí quiero. Le pedí que me diera la oportunidad de comprárselo y estoy ahorrando. Pienso poner una crianza de pollitos, de cochitos y de vacas. Para vender o para hacer carnitas y chicharrones y así. Porque yo solo pienso en tres personas: mi hijo, mi hermanito que tiene 11 años y yo.

3. ‘Demasiados ataques’ un primero de febrero

Eran dos mujeres, veintañeras. Fueron asesinadas afuera de un hotel en la noche del 1 de febrero en uno de los barrios más antiguos (y venidos a menos) de la Ciudad de Guatemala, el Cerrito del Carmen. Algunos medios apenas las mencionaron. Un par de fotos escalofriantes. Un par de líneas sin mayores detalles. Sin caras, sin nombres.

 

Una mujer que se dedicaba a la prostitución fue asesinada el 1 de febrero.

Una mujer que se dedicaba a la prostitución fue asesinada el 1 de febrero.

 

Con 14 ataques violentos la Policía Nacional Civil clasificó el 1 de febrero como uno de los más violentos en muchos años en Guatemala. Por eso, especulaba un oficial de la PNC, no se prestó mucha atención al asesinato de estas dos mujeres en los medios de comunicación. Pero no es cierto. No fue un día particularmente violento. El promedio de asesinatos durante el año pasado fue de 12 diarios –con una tasa de 28 asesinatos por cada 100 mil personas, la más baja en los últimos 15 años–. La realidad es que los asesinatos a las trabajadoras sexuales no reciben mucha atención.

Según la PNC tal vez era una disputa de narcomenudeo, ya que debajo de la tapadera del contador de agua del hotel se encontraron cápsulas de cocaína y puros de marihuana, que Joselin y su compañera supuestamente vendían droga. Actualmente, la investigación sigue abierta en la fiscalía contra el delito de femicidio del Ministerio Público. Han pasado cuatro meses. No hay información. No hay capturas. Solo víctimas invisibles.

Una de las asesinadas se llamaba Joselin Vasquez. Tenía 25 años. Era mamá soltera de cuatro hijas. Era trabajadora sexual. Era amiga de Lucía.

– Dijeron que la mataron porque andaba vendiendo drogas, pero yo no lo creo.
– ¿Por qué creés que dijeron eso entonces?, le pregunté.

Lucía detiene sus palabras un buen rato. Su mirada es seria.

– Me da miedo decirlo, pero lo voy a decir. En algunos de los hoteles de allí del Cerrito del Carmen, allí mismo les venden drogas a los clientes. Porque a veces los clientes te pagan también por drogarte.

Joselin y Lucía se conocieron en 2014 en el Trébol, zona 11 de la capital. Lucía ya llevaba más de cinco años en el trabajo sexual. Joselin acababa de empezar. Apenas tres meses antes Joselin había dado a luz a sus dos hijas gemelas, cuando su pareja (el papá de sus cuatro hijas) la abandonó. Ahora, mamá soltera, tenía que ver cómo mantener a su familia sola. Contrario a Lucía, a Joselin nunca le gustó ser trabajadora sexual.

– Ella estaba trabajando en un hotel que le dicen el Tijuana, pero se pasó al hotel donde estaba yo. Cuando no tenía ella cliente, tenía yo. Y cuando no tenía yo, tenía ella. Compartíamos. Era una persona bien amable, molestaba mucho y nos reíamos por todo. Pero tomaba demasiado. Creo que de la tristeza porque no le gustaba este trabajo. Nunca me dijo por qué, pero decía que no quería ejercer el trabajo sexual. Se fue al Cerrito del Carmen porque supuestamente había más trabajo. Cuando se fue se recuperó bastante, dejó de tomar.

En el Cerrito del Carmen, Joselin se enfrentó con otros desafíos.

– Andaba con un muchacho que tenía muy mal aspecto. Era su pareja y parece que se drogaba. Por eso le quitaba el dinero que ella hacía. Cuando me enteré que la habían matado, le preguntamos a él qué le había pasado y qué pasó con sus hijas. Solo nos dijo que no la conocía. Negó por completo conocerla.

Una semana antes de que Joselin fuera asesinada, Lucía la encontró en la zona 1, cerca de la Municipalidad.

– La vi bien contenta, feliz. Arreglada, con el pelo planchado. Nunca me mencionó que la habían amenazado ni nada. Pero me contó que estaba pagando Q50 diarios por extorsión. Es mucho dinero pero dicen que allá en el Cerrito se trabaja bastante. Lo tenía que pagar en un punto, un hotel donde tenían guardadas drogas. La siguiente semana me enteré de que la habían matado.

4. Trabajar sin jubilación

“Tengo una perica australiana, verde oscura, que es más brava que yo. Tan brava que en su jaula mató al celeste que era su pareja”. Entre el murmullo de sus palabras la única mímica que se nota en su cara es una sonrisa efímera, apenas visible. Con sus 45 años Fabiola asegura que es de carácter fuerte, pero aunque casi no se ríe, no parece brava como la periquita. Parece cansada. Eso sí, enjaulada.

 

Esperar la escasa atención médica.

Esperar la escasa atención médica.

Lleva más de 20 años ejerciendo trabajo sexual cerca del Trébol en una cuadra escondida, llena de cantinas, tienditas y pensiones a un costado de donde pasan los buses llenos del Transmetro en cada momento. Por su edad hay cada vez menos trabajo para ella. Complementa sus ingresos con ventas de cremas y jabones de Avón que es lo único que se le ocurre para sostenerse ahora.

– Por la edad ya no te dan trabajo en otro lugar. Yo empecé a los 20. Pero a partir de los 25 ya empieza a bajar. Recibes menos clientes porque llegan más mujeres nuevas, más jovencitas, de 18 o 20 años. Nicaragüenses, hondureñas, de Costa Rica, Panamá. Mujeres muy bonitas. Como quieren puras patojitas… Entonces yo ya casi no voy. Pero por la edad ya no te dan trabajo en otro lugar. Dejé casi toda mi vida en el Trébol.

Fabi se graduó de contadora a los 18 años y consiguió trabajo en un supermercado. La despidieron a los 19 años cuando quedó embarazada. Un sábado, cuando su hija tenía un año, se le acabó el dinero. “Ya no tenía dinero para los pañales de mi hija. Nunca hubiera llegado allí si no fuera por la deuda y para comprar comida y pañales”. Así empezó en el trabajo sexual en el Trébol.

Sus movimientos son mecánicos. Tiene la mirada distante, apagada. Años de exposición al ambiente fuerte de la calle en el Trébol le cayeron encima. Robos y rivalidades –a veces a golpes– entre las mujeres, abusos de clientes y policías, recibir dinero para tomar o consumir drogas con los clientes, extorsiones. Lo que le está destruyendo es el ambiente donde trabaja. No el trabajo en sí. Ya no quiere regresar.

– Allá es un desmadre. Porque pasa de todo. Incluso una vez llegaron dos niñas, de 16 o 17 años. No se quién las llegó a explotar. Pero hay peleas. Robos. Drogas. Media vez que uno prueba las drogas uno quiere más. La coca es las que se consigue primero. Marihuana. Y todo lo demás. A veces uno se pierde por su propia mano y sale cara la broma. Empecé para pagar mis deudas, de ropa, de renta, así. Después paré trabajando por un círculo vicioso. A mí me está costando dejarlo. Ya no quiero llegar, por eso. Si no llego allí, no consumo.

Si el trabajo sexual en Guatemala fuera regularizado, Fabi podría haber contribuido durante sus 20 años de trabajo a la seguridad social para su pensión y así fundamentar su derecho a jubilarse al llegar a cierta edad. Pero no existe ninguna ley de jubilación para el comercio sexual en Guatemala. Por el momento Fabi no sabe qué hacer, solo que ya no quisiera regresar. Sin un ahorro y sin acceso a un préstamo, sus opciones son limitadas y este mismo día regresó a la cuadra donde ofrece sus servicios.

Todos los elementos están en su contra. Con menos clientes cada vez Fabi tiene que bajar sus precios para poder competir. Cobra Q60 (US$8) por sexo vaginal y Q75 por sexo oral. Anal no ofrece. Aunque sus precios están bajos, los clientes no siempre lo pagan. Piden rebajas o que Fabi descuente el precio del hotel. Y por la necesidad económica está propensa a aceptar. Que sea ilegal probablemente le da poder al cliente para rebajar todavía más el precio.

Gana unos Q300 por semana. Vive con su hija y su mamá, que es costurera. El hogar no sobreviviría si no fuera por el ingreso adicional que produce el taller de la mamá de Fabi.

 

Un prostíbulo en la zona 11.

Un prostíbulo en la zona 11.

A Lucía también le regatean. Pero su edad y el lugar donde trabaja le dan más poder para negociar sus precios y escoger sus clientes. Ofrece sexo vaginal a mínimo Q75 si sólo se quita el pantalón. Otros Q75 si es sin la blusa también. Por sexo oral cobra entre Q75 y Q100. Todos los servicios son de hasta 30 minutos. Tampoco ofrece sexo anal. El cliente siempre paga el hotel y si quiere más tiempo se vuelve a negociar el precio. “Lo más que te pagan por una hora son Q200”. Tiene un ingreso promedio de Q1,200 por semana. Suficiente para que esta mamá soltera pueda mantener a su hijo, contribuir económicamente en la casa de sus papás, donde vive y hacer un pequeño ahorro.

Aparte de los clientes que la buscan en su esquina donde normalmente trabaja de 10 de la mañana a 5 de la tarde, Lucía tiene unos diez clientes fijos que la llaman durante la semana. La mayoría una vez a la semana, o cada dos semanas. Un cliente la llama hasta tres veces por semana. Todos son mayores de 30 años. Así lo prefiere Lucía porque tienden a tratarla mejor. Más cordiales. Más cariñosos. “A veces más pistudos y generosos”. Y su situación le permite escoger la calidad de cada cliente, y no la cantidad.

– El más grande es un viejito que tiene 75. Es un amor de gente. Anteayer me dio Q150 y no hicimos nada sexual. Me acompañó a hacer unos mandados y platicamos. Me empezó a contar que tienen problemas en su casa, la mujer dice que la está engañando pero él dice que no. Y que ha recibido unas llamadas extrañas en su teléfono. Preguntó si yo lo estaba llamando, pero yo ni tengo su teléfono. Le dije, ‘convénzala que no tiene a otra, que ella es la única, pero recuérdese yo soy la otra’.

Uno de sus clientes fijos la visita desde hace cinco años, es doctor y trabaja en otra ciudad en el IGSS. La trata bien. Le paga el taxi y a veces le lleva a hacer compras en el supermercado. Fue el primer cliente con quien Lucía se involucró no solo profesionalmente, sino emocionalmente.

– Con él desde el principio me gustaba. Pero después yo dije, no me tengo que enamorar. A veces uno sí se enamora de sus clientes. Pero dije: ‘no, él no es mío, no me pertenece.’ Y nunca me va a pertenecer. Está casado.

5. Acceso a condones y salud pública

Son las 7.30 de la mañana. Fabiola está haciendo cola en el Centro Especializado en Infecciones de Transmisión Sexual en la zona 3 de la capital. Le tocó el número 22 y ya lleva media hora esperando. La sala de espera está llena de mujeres y unos cinco hombres. La mayoría son jóvenes. Algunas con sus hijos entre sus brazos. A cada rato se escucha el grito del próximo número que entra con los doctores.

La mayoría de las personas que se dedican a la prostitución se prefieren realizar los exámenes de profilaxis (y la prevención de enfermedades sexuales) en este centro de salud. Solo aquí reciben después de cada cita una caja de 144 preservativos. En otros puestos de salud les dan de 12 a 15. Cuando hay mucho trabajo, Lucía gasta unos 50 preservativos, en comparación con solo 15 a 20 en una semana baja. Este centro ofrece prevención, asesoría y en caso de alguna infección de transmisión sexual, el tratamiento necesario gratuito; esto si no es VIH. Las prostitutas y los prostitutos se encuentran entre los más expuestos a contraer infecciones de transmisión sexual, como clamidia, VIH o el VPH, el virus de papiloma humano, que está aumentando en Guatemala, a pesar de que podría prevenirse con vacunas.

 

Una sexoservidora, con preservativos.

Una sexoservidora, con preservativos.

Fabi, que ya tuvo VPH, se preocupa mucho por las enfermedades.

– Lo que más me da miedo es poderme enfermar de algo. Me dio una enfermedad venérea, unas verruguitas, pero Dios es tan grande que me las quitó de encima. Como antes no se usaba mucho los condones. Me trataron aquí. Muchos clientes piden sin preservativo. Y ofrecen pagarte más. Prefiero irme sin ni un centavo porque no me quiero morir.

Lucía también es consciente de los riesgos de salud en el gremio.

– Yo sí lo he hecho (sin condón), pero porque no les pongo preservativo a ellos, sino que me pongo preservativo yo. Y así lo aceptan. Algunos te dicen que no, pero para la mayoría está bien. Solo que los preservativos para mujeres no los dan en la clínica, y son caros. Cuestan como Q25 a Q30 por uno en las farmacias. Eso si lo cobro extra al cliente. Pero hacerlo sin preservativo, no. No me voy a arriesgar. Aunque me paguen cierta cantidad de dinero no me van a pagar algún tratamiento. Y voy a gastar mucho más que lo él me está ofreciendo. Si en dado caso el cliente tuviera VIH, me va a matar.

6. Sin defensa contra los extorsionistas

El ataque a Joselin el 1 de febrero no fue el único. En los meses siguientes, una ola de ataques a trabajadoras sexuales le quitó la vida a por lo menos 6 mujeres alrededor del Cerrito del Carmen. Como el caso Vilma Fuentes, de 51 años, que fue asesinada el 27 de marzo en la 12 avenida y 2 calle, después de negarse a recibir un celular de dos personas en una moto. Otras trabajadoras sexuales confirman que las personas que venden servicios sexuales en el Cerrito del Carmen están siendo extorsionadas. No entran en detalles. Tienen miedo.

– Cuando se trata de extorsión no hablamos.

Parecen ser las únicas que no hablan. En los últimos 2 años, la Fiscalía contra extorsiones ha recibido 5,530 denuncias. Siete denuncias diarias. Y en esos 730 días de los últimos dos añoñs, sólo ha habido 13 denuncias de extorsión a sexoservidoras.

Nadie sabe con exactitud cuántas personas ejercen el trabajo sexual en Guatemala ni cuántas son asesinadas en Guatemala. La indiferencia institucional caracteriza al trabajo sexual, y así las mujeres, que todos vemos en las calles, quedan invisibles.

La falta de un registro es un problema, explica Gabriela Tuch, defensora de la mujer de la Procuraduría de Derechos Humanos.

– En el MP no existe un registro de cuántos asesinatos hay de mujeres trabajadoras sexuales, porque cuando son víctimas de homicidio, sólo se registra el asesinato y se consigna el sexo de la persona, y punto. Son muy pocos los temas que sí tienen una separación por su oficio. Es necesario evidenciar que hay mujeres que se encuentran en estos contextos especiales de vulnerabilidad y de riesgos a distintas formas de violencia, y hacer algunas acciones para contar con este registro de información, para ver cuántas mujeres que se encuentran en estos contextos son asesinadas.

Según la defensora Tuch, las trabajadoras sexuales en la calle se enfrentan a una variedad de riesgos, como ser controladas, ser víctimas de redes de extorsiones, redes de trata, narcotráfico, o incluso ser asesinadas. El caso de Joselin es un triste ejemplo de la consecuencia extrema de estos factores de riesgo.

El Cerrito del Carmen no es el único lugar donde extorsionan a las trabajadoras sexuales. Fabiola trabaja cerca del Trébol y a ella también le ha tocado pagar extorsión. A Lucía también en otros lugares del Centro Histórico.

– En todos los lugares cobran la extorsión. Y todas pagan. Todas. Cada cuadra tiene su cobrador. A veces es alguna mujer. O sea hay un hombre que manda a los patojos, y de ahí pasa otra patoja cobrando con el cuaderno. Con el nombre de cada una. Pura lista de escuela. Hoy sí, hoy no. Si no llegás a la cuota, te matan. O también si la que cobra, no pasó todo lo que pagaste.

A las patojas las obligan. No van voluntariamente a cobrar. También las pueden matar.

Los conceptos se entremezclan. Redes de extorsiones que se benefician económicamente del trabajo sexual de las mujeres. Si no llegan a la cuota, las matan. La extorsión se convierte en explotación sexual indirecta.

7. Una contradicción legal

Igual que en países como Canadá, Suecia y Francia, vender servicios sexuales en Guatemala es legal para mujeres mayores de 18 años. Sin embargo, se criminaliza la remuneración de cualquier acto sexual. Una persona que paga por un servicio sexual puede ser sancionado con “prisión de tres a cinco años” según establece el artículo 193 del código penal. El objetivo es erradicar la prostitución para proteger a las mujeres de la explotación sexual y la trata.

“Es una antinomia, una contradicción legal”, afirma Julio Prado, abogado y durante años parte de la Fiscalía Contra la Trata de Personas del Ministerio Público. “Si es reconocido como un trabajo, entonces pagar por un servicio sexual se podría considerar un salario, lo cual no puede ser condenable”.

No existe evidencia ninguna que la ley este cumpliendo su objetivo. Al contrario. Los abusos de las autoridades es un ejemplo de cómo la legislación deja en una situación de más vulnerabilidad en vez de­ proteger. En las entrevistas realizadas para este reportaje se repite un patrón de contacto sorprendentemente frecuente entre trabajadoras sexuales y agentes de la PNC, caracterizada por abusos de poder, corrupción y violencia. Existen casos de agentes de la PNC que extorsionen a mujeres que se dedican a la prostitución, pidiendo dinero o servicios sexuales a cambio de no arrestarlas, o en el caso de mujeres de otros países centroamericanos, deportarlas.

Todo genera desconfianza y distancia de las autoridades, que deberían protegerlas como personas.

Como los agentes que no le hicieron nada al que intentó ahorcar a Lucía.

Es el planteamiento de la ley está mal. Se basa en un argumento moralista que no evita los abusos. Así opina la Organización Mujeres en Superación (OMES) apoyada por la Red Latinoamericana de Trabajadoras Sexuales de Latinoamérica y el Caribe (RedTraSex) y la Red Legal y su Observatorio de DDHH, VIH y PEMAR.

El 2 de junio 2016, la OMES, que está integrada por trabajadoras sexuales, fue acreditada por el Ministerio de Trabajo como el primero y único sindicato de trabajadoras sexuales en Guatemala. Así Guatemala se convirtió en uno de solamente tres países en Latinoamérica con sindicatos del trabajo sexual reconocidos por el Ministerio de Trabajo, junto a Colombia y Nicaragua.

Ayer, la organización realizó un foro socio-político sobre los avances hacía el reconocimiento del trabajo sexual en Guatemala y el establecimiento de una ley que lo regule. La organización calcula que más de 29,000 personas que se dedican al trabajo sexual a nivel nacional y agradecerían una ley que vela por sus derechos laborales.

– Lo importante es que sea una ley construida por nosotras y para nosotras. Nosotras (las que estamos acá) no somos víctimas, no necesitamos que alguien hable por nosotras. Utilizar mi vagina para trabajar no significa que soy menos persona que cualquier otro trabajador. Somos mujeres trabajadoras y sujetas de derechos, exige Samanta Carillo, presidenta de OMES.

Varias entidades internacionales como la Organización Mundial de la Salud, Amnistía Internacional, la Organización Internacional del Trabajo y Open Society Foundations, indican que la criminalización del cliente en vez de proteger a la sexoservidora, vulnerabiliza más a las mujeres. Recomiendan la despenalización de los diferentes aspectos del trabajo sexual, los que que no impliquen la coerción, la explotación o la trata.

Uruguay es el único país latinoamericano donde existe una ley que regule el trabajo sexual. “El problema con esta ley es que no fue elaborada por las trabajadoras y favorece a los proxenetas”, dice la argentina Elena Reynaga, la secretaria ejecutiva de RedTrasex que participó en el foro ayer y quien lleva más de 20 años en el trabajo sexual y en la lucha por los derechos laborales de su gremio.

– Tiene elementos positivos, tiene seguro social, tiene jubilación, pero se elaboró por los intereses económicos de una gran madame que llegó al poder y quería garantizar que su negocio funcionara bien. En vez de regularizar condiciones en las que se puedan poner de acuerdo el patrono con los trabajadores, se estableció reglamentos que favorecen al proxenetismo. Hay que cambiar esa ley. Por eso es tan importante empezar con el sindicato y que la ley sea elaborada por las mismas trabajadoras sexuales.

La secretaria Reynaga añade que el proceso de reconocimiento del trabajo sexual no solamente implica derechos, también obligaciones legales que todas las organizaciones que forman parte de la RedTraSex están dispuestas a cumplir.

¿Un dilema feminista o moral conservador?

Que Fabi y Lucía empezaron en el trabajo sexual por necesidad no es nada fuera de lo común. La reivindicación para las trabajadoras sexuales es positiva, asegura Gabriela Tuch, defensora de la mujer en la PDH. Pero enfatiza que no se puede discutir el trabajo sexual sin reconocer cuales fueron las circunstancias externas o de su entorno que le han llevado a estos contextos de prostitución.

– La sociedad debe de garantizarle a toda persona una variedad de oportunidades de escoger. Pero si todas las demás opciones a mi se me niegan, y solo puedo escoger una, hay que entender si realmente es un trabajo libre. Si ha tenido este abanico de opciones y ha optado por este trabajo, entonces uno dice, bueno entonces si está en un contexto de trabajo sexual.

Existen muchas otras actividades económicas de las cuales se puede sospechar que personas que las ejercen vienen de contextos de vulnerabilidad que hayan limitado sus opciones. Las empleadas domésticas, las tortilleras, las personas que lustran zapatos, los que recogen basura y muchos más. Pero no se discute si estas actividades deberían o no ser reconocidos como trabajo en base al contexto de los que las ejercen. Lo que se discute son las condiciones de trabajo. Contratos, salarios dignos, horario, impactos de salud, etcétera.

¿Habrían menos prostitutas si Guatemala disminuyera la desigualdad social y todos tuvieran acceso a las mismas oportunidades? Seguramente sí. ¿Se aceptaría entonces el trabajo sexual para las mujeres que escogen ejercerlo entre todas las oportunidades brindados?

Esta pregunta filosófica, como lo categoriza el abogado Julio Prado, es el punto donde los grupos feministas se dividen sobre si estar a favor y en contra del trabajo sexual. Unas se oponen a la comercialización del cuerpo femenino y interpretan el comercio sexual como una imposición del patriarcado. Argumentan que reconocer el trabajo sexual es permitir violencia contra las mujeres. Por otro lado, otras feministas argumentan que prohibir que las mujeres puedan disponer de su cuerpo incluso para ofrecer servicios sexuales es una imposición patriarcal.

El tema en cuestión es la autonomía y libertad de cada persona.

– El tema sigue siendo moralista. La clandestinidad en que está el trabajo sexual hace que aumente el tema de trata (explotación sexual) y la prohibición solamente ayuda a que se enriquezcan las personas equivocadas, concluye la argentina Elena Reynaga.

Por parte del Estado reciben casi siempre la espalda.

En el Cerrito del Carmen, una vez que llegaron al lugar de su trabajo, agentes de la Policía Municipal les negaron el acceso a las trabajadoras sexuales.

– Son mal vistas, el sacerdote de la iglesia no desea verlas en los alrededores de la iglesia, les dijeron los agentes.

Cuando la PDH investigó el caso, la dirección del Centro Histórico de la Municipalidad de Guatemala respondió que “el ejercicio de la prostitución” no era permitido “porque trae consigo actividades que riñen con la ley y las buenas costumbres”.

La PDH dio a conocer una resolución favorable a OMES en el Cerrito del Carmen. ‘Las buenas costumbres’ no forman parte del marco jurídico del país y eso es discriminador. Aunque es un paso positivo, La Red Legal indica que las trabajadoras sexuales en general no cuentan con el apoyo de la PDH y que desde hace años existen denuncias de violaciones a los derechos humanos a trabajadoras sexuales que siguen sin resolución.

***

Hay una diferencia entre el trabajo sexual y la trata (explotación).

Lucía enfatiza que no es su cuerpo que está vendiendo, sino un servicio en el que utiliza una parte de su cuerpo. Vender y un servicio sexual es un trabajo. Comprar y vender mujeres es explotación y trata.

Lucía entiende las perspectivas de ambas visiones feministas.

– Siento que es cierto que existe una contradicción en la práctica. Porque al principio sí lo hice por necesidad, pero ¿por que me quedé si nadie me obligó? Después te vas dando cuenta de que es lucrativo, y te quedas allí. Con eso sacas adelante a tus hijos. Yo comencé como menor de edad, pero ya estaba graduada. Y me quedé porque yo quería.

La defensora Tuch abona:

– En Guatemala hay gente que pasa desapercibida. Hay temas que llaman muchísimo más la atención a los medios y a la sociedad. Hay que concientizar la sociedad que independientemente de lo que yo haga, de dónde sea, cómo hable, cómo sea, si soy víctima de un asesinato, es exactamente el mismo desprecio a la vida.

Además, añade, hay una responsabilidad del Estado en garantizar, promover y proteger los derechos de todas las personas y su dignidad. Sin importar si se dedican a la prostitución.

 

Una mujer en la zona 11.

Una mujer en la zona 11.

Aunque ni Lucía ni Fabi soñaban con ser trabajadoras sexuales, no tienen duda: La clandestinidad las perjudica. Lucía explica sin pensarlo.

– ¿Si fuera mejor reconocer más el trabajo? Sí. Siento que se visualizaría más el caso de la trata (explotación) y el trabajo sexual. Porque en el trabajo sexual estás porque quieres, no porque nadie te está obligando. Y en la trata estás porque te obligaron o te engañaron, a la fuerza te llevaron. Para mí son dos cosas diferentes. En el trabajo sexual hay muchos clientes que llegan y te dicen, ‘mirá, tanto te doy, si querés sí, si no, pues no’. Entonces si no tenés dinero, por ejemplo si mi hijo está enfermo, yo voy. ¿Por qué? Porque es dinero que no tengo. Aunque no me guste el precio lo haría. Pero si trabajas en un supermercado y tu hijo se enferma, o tú te enfermas, te quedas un día en tu casa y tenés IGSS, no tenés que cobrar menos ese día. Y fijate que entiendo que en Brasil sí tienen seguridad social y las jubilan. El Ministerio de Trabajo les da jubilación. Ya mero voy para Brasil a trabajar.

Pia Flores
/

Buscadora de las historias invisibles y experiencias con sentido. Antropóloga irreverente y amante de la diversidad, la noche, las auroras coloridas y los cuentos que tardan.


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    Ingrid /

    06/05/2018 6:44 PM

    Gracias Pía, gracias nómada.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Ana L. /

    09/07/2017 2:20 AM

    Pía me encanta tu trabajo y la búsqueda detallada que tú le pones a los que escribes. Como estudiante de Periodismo admiro tu valentía al contar estas historias....

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Edgar Geovany López /

    02/07/2017 6:53 PM

    Te mandaste con tu labor.
    Excelente

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Walter Pimentel /

    30/06/2017 7:21 PM

    Siga relatando historias escondidas que le dan rostro a la hipocresía. Me uno al clamor por una ley que proteja sus derechos a decidir que hacer con sus cuerpos y que vaya más allá para ofrecerles oportunidades para alcanzar otros objetivos y realizarse.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Diego /

    30/06/2017 12:43 PM

    añoñs corregir esto, por lo demás buena nota

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!

    Oscar González /

    30/06/2017 12:05 PM

    Felicitaciones por el reportaje. De los mejores que he visto y el primero de calidad en este medio!

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    J /

    30/06/2017 7:21 AM

    Sin mas que decir que excelente.

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!



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