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Amor, no te quiero conquistar

Estoy condenado a la bendita maldición de la intensidad. Por tal, he amado y lo he hecho como imbécil, “sin timón y en el delirio”, permitiendo que la turbulencia del mar que me habita lastime a otros y me ahogue en la espuma de mis ansiedades. Puedo presumir cicatrices y decir con orgullo que no soy el mismo, que ahora soy un imbécil con mayor claridad; consciente de la lucha por suspender los privilegios del macho y su voluptuosa sed.

Cotidianidad Opinión P369
Esta es una opinión

Ilustración por Sofía Castillo

La forma de amar que he ido asumiendo la puedo reducir a un solo verbo: procurar. Para explicarme enfrentaré dos estrategias diferentes para consumar el anhelo amoroso: la conquista y la procuración; que finalmente, son concreciones de maneras distintas de asumir la vida. Veamos.

El conquistador suspende la libertad –conceptualmente, en el mejor de los casos– de quien pretende conquistar, convirtiendo así al sujeto "amado" en un terreno en disputa. En su mente vibra el ebrio anhelo de sembrar la bandera de la conquista, para luego poder decir con el pecho henchido: esto es mío. El procurador, en cambio, no busca el dominio de un terreno sino su floración con el consentimiento y respeto a la soberana libertad de las abejas que lo habitan.

Podríamos decir que el conquistador es un capitalista del amor, pues permite la contaminación de las relaciones con el estigma de las permanencias, de lo poseíble. Esta degeneración es consecuencia de someter la naturaleza humana a la fría lógica de las transacciones. De tal cuenta, el conquistador padece cuando “su inversión” no tiene “retorno” y justifica su "fracaso" con el miope argumento de que “a las mujeres les gusta que las traten mal”. Como si la amabilidad fuera una garantía del fuego y la hostilidad su aliciente.

Sucede que el conquistador piensa en términos de victorias y derrotas, y por ello está en constante riesgo de caer en los alfaques de sus propias inseguridades. Chocándose contra la imposibilidad de las órbitas que no se cruzan, no logra comprender que eso que él llama derrota es un concepto arrastrado por la tradición torpe de las guerras, del más burdo orden civilizatorio del falo.

Por eso el procurador no se ofusca cuando su procurar no surte efecto, pues entiende que solo la celebración y el culto a lo vivo procura amor. Y así como el azar, que en su inmensidad hizo posible el cosmos, el procurador procura las condiciones favorables para que ocurra la bella singularidad del amor.

Es por ello que el procurador prefiere el rechazo antes que el amor inorgánico. Pues este, si bien puede saciar los anhelos físicos inmediatos, resulta insostenible por sí mismo; dependiente de variables ajenas al misterio de la simbiosis o de formas macabras de dominación psicológica. Y van por ahí las parejas de conquistados comprándose cosas caras, teniendo hijos o casándose en grandes fiestas como quien echa tuza al fuego para mantenerlo prendido, cuando estas decisiones deberían ser consecuencia de la casualidad enamorada y no causas de una plenitud proyectada sobre la nada.

Mientras que el procurador cosecha amor criollo y vulnerable, el conquistador apuesta por las fórmulas transgénicas de enamorar, esas que dicta el mercado y que no hacen sino poner a funcionar el gran dínamo ciego del capital. No es casual que el diamante sea la piedra preciosa que corona la gesta heroica del conquistador.

A diferencia del conquistador, que disputa el poder, el procurador lo funda desde la horizontalidad para fluir con él hacia el Sol. Asume el amor como una fuerza de propiedades líquidas, incontenible aún cuando el vaso de lo legal o religioso pretenden retenerlo. Comprende que el amor romántico es una alegre invención de las cortes occidentales, bello pero anclado a principios incompatibles con la vida libre. Y por tanto está dispuesto a vivir apostando a la mutación cultural del orden establecido.

Porque aceptar una normalidad que castiga particularmente a un género implica recostarse sobre privilegios que depredan la libertad y, por tanto, le son finalmente inconvenientes a sí mismo: un ser vivo en sociedad.

Ser un procurador implica ser un creyente radical de la vida. Concebir el amor como el encuentro del hongo y el alga, que constituyen en armonioso liquen esa fuerza básica que se aferra a la piedra en resistencia al tiempo.

Las cicatrices que he provocado han sido consecuencias de mi fatal intensidad sometida a la viciosa práctica conquistadora; es por ello que digo con cierta autoridad empírica que va en contra de los modos de la vida. Es un amor extractivista y quienes militamos por la alegría de la especie humana debemos renunciar a su exceso.

Procuremos amor y entonces dos manos tomadas podrían ser un prado de flores amarillas, esas pequeñas banderas de vida libre.

Andrés Quezada
/

23 años. Bachiller del Liceo Javier y Licenciado en Letras y Filosofía por la Universidad Rafael Landívar. Como los nombres se oxidan y fácilmente se disuelven en el tiempo, apuesto por la trascendencia a través de la especie con el objetivo único de hacer perdurar en el tiempo la milagrosa singularidad: la vida. «Y mi verdadero oficio es defender con la vida / la puerta que resguarda / la libertad de la especie», Mario Payeras.


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    Jose Byron Gonzalez /

    21/09/2016 5:30 PM

    Bien dicho!

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Miriam /

    21/09/2016 12:24 PM

    Buen artículo Andrés, claro y profundo. Hay tanto que aprender y des-aprender sobre todo en la forma de relacionarnos y buscar la felicidad primero adentro para después compartirla. Con tantos raspones por "conquistar" voy también quiero aprender a "procurar"

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    P /

    19/09/2016 2:31 PM

    Barroco!

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

      Andrés Quezada
      Andrés Quezada /
      19/09/2016 10:32 PM

      Me gustan los adjetivos, esperemos no me dure mucho la fiebre.

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!

    Jesus Abac /

    19/09/2016 11:03 AM

    Me hizo sentir bien tus palabras... aunque algunas cosas no muy comprendí pero creo que el antepenúltimo párrafo sintetiza todo el ensayo...

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Lucho /

    16/09/2016 11:32 PM

    Gracias...lucespara un camino con neblina.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    blue /

    16/09/2016 11:46 AM

    Que bien escribe este Andrés, y además mucha razón lo asiste

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Charlie /

    14/09/2016 8:49 PM

    El mundo necesita desaprender mucho de lo que nos han enseñado acerca del amor. Gracias Andrés, gracias Nómada.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Luis Lewis /

    14/09/2016 8:40 PM

    Así procuraba Pablo Neruda:

    Cien sonetos de amor –

    Soneto XVII

    No te amo como si fueras rosa de sal, topacio
    o flecha de claveles que propagan el fuego:
    te amo como se aman ciertas cosas oscuras,
    secretamente, entre la sombra y el alma.
    Te amo como la planta que no florece y lleva
    dentro de sí, escondida, la luz de aquellas flores,
    y gracias a tu amor vive oscuro en mi cuerpo
    el apretado aroma que ascendió de la tierra.
    Te amo sin saber cómo, ni cuándo, ni de dónde,
    te amo directamente sin problemas ni orgullo:
    así te amo porque no sé amar de otra manera,
    sino así de este modo en que no soy ni eres,
    tan cerca que tu mano sobre mi pecho es mía,
    tan cerca que se cierran tus ojos con mi sueño.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Yiyi /

    14/09/2016 6:58 PM

    ¡Me encanta! ?

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Rosa /

    14/09/2016 5:46 PM

    Es un mango y me enamora su intelecto, pero me confirma que solo coincido en una misma forma de concebir racionalmente el amor, yo amo a mi esposo, me procuro de el y mi anhelo es que él en su libertad me amara igual, o me procurara igual... bellísimo ensayo, sensibilísimo, arte puro, estaba oyendo Verano porteño en guitarra y rodó alguna lágrima. GRACIAS.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!







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