Crítica a la razón pragmática

Ante el peso del pragmatismo técnico pareciera no haber escapatoria, a menos que se confronte con una pregunta fundamental: ¿sostener o cambiar el sistema? El pragmático supone que la verdad es la eficacia y juega las cartas disponibles sobre la mesa –es lo más práctico– pero no cuestiona la mesa y su lista de invitados, y es ahí donde está el problema.

Cotidianidad Opinión P369
Esta es una opinión

Ya es hora de que los que están afincados frente a la rockola cedan y dejen meter a otros las fichas.

Foto: Flickr, rockheim

El Estado guatemalteco tiende a resolver en sintonía con la configuración de poderes que lo manipulan para defender sus intereses y propuestas –que quizás, y solo quizás, podrían ser bien intencionadas. Sin embargo, suelen empujarlas de forma poco transparente e impositiva y a veces da la impresión que sus fines últimos son hacer que sus experimentos económicos salgan en Fortune –“el país centroamericano cuya industria manufacturera compite contra Bangladesh”– y cosas por el estilo.

Así, la razón empresarial –ese báculo de verdad pragmática conferida a todo generador de empleo– se impone a la lógica de quienes apostamos por una política distinta; de quienes consideramos que es momento de romper círculos y cambiar la manera de hacer las cosas; de los hermanos en la esperanza y el compromiso de fortalecer efectiva y discursivamente lo colectivo para poner a funcionar la maquinaria pública en especial favor de los que siempre han tenido las oportunidades restringidas.

Claro que las generalizaciones que hago no son absolutas y en el matiz está lo sabroso (las alianzas). Sin embargo, la diversidad dentro del sector tradicionalmente dominante no es suficiente como para obviar las claras correlaciones que procuran la abstracción binaria. En un país pequeño y particularmente desigual hace sentido hablar de un sector –estrechado en un estilo de vida compartido– que oprime a una población históricamente sin privilegios, invisibilizada y desarticulada.

De esto dan cuenta la intencionada flaqueza del sistema de justicia laboral; la corrupción y pobreza discursiva (sistémicamente explicable) de los sindicatos; la guerra de posiciones que ciertos medios de comunicación y generadores de opinión bien financiados sostienen contra lo público (efectivo en la austeridad presupuestaria); la criminalización de la resistencia de los pueblos; y el innegable racismo que le permite a la clase media y alta tener a una mujer indígena de mayordomo a cambio de un catre, comida y un monto en extremo arbitrario del que puede disfrutar durante las muy pocas horas no laborales disponibles. Para algunos esto es normal, pero en realidad es un fenómeno particular llamado Guatemala.

Existe un grupo dominador (con preparados tecnócratas, claro) que impone su liderazgo vertical a la población. Probablemente esto sea un resabio de la cultura finquera, y entonces las soluciones –las políticas públicas– vienen de arriba y todos en coro tenemos que decir ‘gracias, ¡muchas gracias por el desarrollo, esto no podría ser más nada de no ser por ustedes!’

Presas de la unicidad de la solución –la suya– son ciegos ante la alternativa, la posibilidad de modelos económicos en función de lo colectivo, de la coperacha. Tan es así que al escuchar la palabra “fiscal” les entra el patatús, como cuando al Pelele de El Señor Presidente le decían “madre”, inclusive si es el mismísimo héroe del pueblo quien la sugiere.

De esta forma, como bien claro lo dejó el reciente discurso jurásico en Guastatoya: ¡Háganle yemas, no tienen otra opción! Maquilas que pagan poquísimos impuestos –o salarios más mínimos de lo mínimo– o nada, y las empresas se van a otro país dispuesto a ponerse en cuatro, como la ejemplar China y su en-vi-diable respeto a los derechos laborales…

Luego los pragmáticos nos piden propuestas, es decir que juguemos las cartas en la mesa, ¡pero el juego está truqueado! Es difícil ganar sin dinero para costear cabildeos intensos que consigan colocar a los asesores legales de las gremiales en puestos clave del gobierno, campañas costosas en muppies y “donaciones” a las fundaciones de la hija de algún magistrado de la CC. También cuesta sin una planilla de empleados a los que ordenarles que hagan carteles y salgan a protestar o que firmen cartas escritas por sus jefes y las envíen a los diputados.

Entonces, ¿por qué piden propuestas? Ya va siendo hora de que los que están afincados frente a la rockola cedan y dejen meter a otros las fichas; porque, amigos, ya estamos cansados de bailar las mismas canciones siempre, ¿no se dan cuenta que son los únicos bailando?, ¿no llevan ya mucho tiempo sosteniendo el cuchillo que corta el pastel de todos?

Sin embargo, estamos descubriendo formas de articularnos, escucharnos y discutir en horizontalidad otros modelos y discursos que puedan seducir al cambio estructural. ¡Ya verán qué sabrosas cumbias bailaremos juntos!

Andrés Quezada
/

23 años. Bachiller del Liceo Javier y Licenciado en Letras y Filosofía por la Universidad Rafael Landívar. Como los nombres se oxidan y fácilmente se disuelven en el tiempo, apuesto por la trascendencia a través de la especie con el objetivo único de hacer perdurar en el tiempo la milagrosa singularidad: la vida. «Y mi verdadero oficio es defender con la vida / la puerta que resguarda / la libertad de la especie», Mario Payeras.


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    Lisardo Bolaños /

    07/01/2016 6:43 PM

    Marco,
    Claro que entendí.
    Lo que ocurre, es que no diferencias entre el capital extranjero vinculado al sector agrícola y el capital extranjero vinculado a la industria. El punto de poner el salario mínimo diferenciado para la industria es exactamente el opuesto al que estás señalando. Es sacar a la gente del sector agrícola. No está pensado en que se expanda dicha opción al sector agrícola. La expansión del trabajo agrícola sólo termina generando salarios bajos porque afronta problemas de deseconomías de escala y se incrementan los costos promedios de control. Tampoco está pensado para el tema minero. De hecho, soy escéptico del tema minero porque puede generar problemas de “Enfermedad Holandesa” contra la exportación de manufacturas, como sucede en Botswana.

    En cuanto al Sartre, que conoces bien, supongo que te refieres al Sartre que defendía los abusos de Stalin, y no al Sartre dubitativo que expresa su admiración por Camus, una vez muerto, por evitar caer en los fanatismos de la izquierda revolucionaria.

    En cuanto al pragmatismo, creo que estás subido demasiado en la nube; ni Andrés ni yo nos referíamos a la escuela filosófica (yo personalmente prefiero a Hilary Putnam). Y lo sé, porque el primero en usar el término “pragmatismo” fue Andrés, en un chat.



    Andrés,
    ¿Yo defiendo el “sentido común de la élite”?
    Después de ese comentario, cualquier cosa que te diga es irrelevante, porque me has desacreditado de antemano. No, porque tengas razón, sino porque asumes que existe tal cosa y cualquier cosa que yo diga ya viene envenenado. ¡Vaya vocación democrática!

    Igual, prosigo.

    La élite no siente simpatía por lo que no le es rentable. Creo que ese es un economicismo burdo. No lo comparto, pero supongamos que tenés razón. No toda actividad económica es igual. Así como al sector agrícola le tiende a convenir una gran cantidad de trabajadores sin educación para que la siembra y cosecha sea barata, lo opuesto sucede en el sector industrial. Mientras mayor sea la sofisticación de la industria, más le interesa a la élite económica industrial contar con personal preparado. Si lo que estamos buscando con la propuesta es generar alternativas para que empiece un proceso de industrialización en el interior del país, fuera del agro, la idea es atraer esa élite que va más en sintonía con el beneficio del resto de los trabajadores.

    No es contradictorio el problema del simplismo. Si tenés una forma simple de ver el mundo, no podés comprender el párrafo anterior. Resulta que el agro y la manufactura son distintas y, por lo tanto, favorecen cosas distintas.

    No he dicho la dirección de tu “idealismo revolucionario”, pero si quieres cambiar el sistema, llamarte “idealista revolucionario” es una buena descripción.

    Cuando estuve en Guatemala, sí estuve en la plaza, varias veces. Leer a Sartre no desarticula el idealismo revolucionario, pero lo hace más crítico y consciente de qué se puede lograr.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Andrés Quezada /

    07/01/2016 9:19 AM

    Lisardo,

    Había escrito un gran comentario y se me borró, así que seré más breve.

    Lo que pasa es que vos defendés el sentido común de la élite, que de entrada no siente ninguna simpatía con las luchas sociales por los derechos labores porque no les son rentables. Pero en este caso me parece que primó el sentido común de la gente, esa que dice: "no se puede vivir con 1500, es injusto que digan que no hay de otra quienes ya tienen suficiente, ¡a ver presidente, intente vivir usted con esa cantidad!"

    Luego, es contradictorio que tu crítica más fuerte sea mi "simplismo" para terminar reduciendo el sentir colectivo del que soy parte con le etiqueta de "idealista revolucionario". No vengo de familia en esta tradición, todo lo contrario. Esto que siento me nació luego de leer a nuestros escritores y grandes poetas asesinados por hacer eso: escribir. Es decir, nace de nuestra historia, la de los que siempre salen perdiendo.

    Así que sería bueno que te llegaras a la plaza a hacer lo que los antropólogos llaman observación participativa, verás que lo que sentimos es un clamor histórico de justicia, de fin del racismo y del Estado exclusivo de las élites y la corrupción. Un sentimiento colectivo al que la lectura de Sartre no puede desarticular.

    Saludos Lisardo, siempre es bueno debatir.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Marco Fonseca /

    07/01/2016 8:53 AM

    Pienso que Lizardo Bolaños no entendió la pieza de Andrés Quezada. Pienso que él mismo no sabe nada del rol que ha jugado el capital extranjero - en varias de sus formas a través de los años - en la formulación de políticas públicas nacionales; no entiende que lo de los salarios mínimos diferenciados en el sector de maquilas es en sí mismo una práctica de fincas y un ejemplo terrible para el sector agrícola monoexportador (controlado en parte por el capital nacional), las minerías e incluso el sector industrial y comercial de Guatemala quienes estarían en su «derecho» - desde el punto de vista neoliberal - en demandar trato realmente nacional como el que se les da a las transnacionales (lo que es irónico!). O sea que este amigo está fuera de forma y tiene una visión muy, muy estrecha - also así como la visión de los mismos economista neoliberales - que pierde de vista el bosque en favor de un árbol. En cuanto a Sartre, cuyo trabajo yo en lo personal conozco muy, muy bien y a quien he venido leyendo desde mi juventud, su consejo es también equivocado. Creo que si Sartre leyera la pieza de Quezada diría algo similar o lo que yo mismo le he compartido a nivel personal, es decir, que constituye una pieza auto-esclarecedora muy buena y necesaria también para gente de su generación y en busca de palabras adecuadas para expresar su frustración con el sistema de dominación en Guatemala. Algo diferente habría que decir, por supuesto, si se tratara de una pieza escrita por un filósofo super maduro, en sus 50s/60s, todavía buscando auto-esclarecimiento. Finalmente, en cuanto a que «el sentido común es el fundamento del pragmatismo», me parece que Bolaños NO ENTIENDE ni siquiera el pragmatismo. Lejos de ser simple sentido común, como lo demuestra uno de los filósofos más importantes del pragmatismo contemporáneo (Richard Rorty), el pragmatismo es una posición cultural-filosófica compleja que, de adoptarse en la práctica ética de la gente, implicaría la ruptura con la ética de las élites dominantes o sus seguidores hegemonizados.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Lisardo Bolaños /

    06/01/2016 8:39 PM

    Andrés,

    Esto, de cara a la conversación que hemos tenido por otros medios.

    Vale la pena recordarte que el capital del sector de manufactura ligero, al que va enfocado el salario mínimo diferenciado, es principalmente extranjero. Allí no es un tema de cultura de finca. Es un sector que no viene de la herencia agrícola. No es un sector que ha dominado la agenda política. El sector no está dominado por el capital tradicional guatemalteco, por eso es que hay interés de ir a poner fábricas al interior del país para contratar decenas de miles de trabajadores. Por eso, tu discurso, que de antemano reconoces es altamente simplificador, es eso. Simplifica y cae en el error de pensar que todo esfuerzo es igual. Vale la pena que le des la leída a Paul Dosal y su libro sobre el ascenso de las élites industriales a Guatemala, para comprender un poco mejor las pugnas internas y cómo hay ciertos sectores en donde su propio interés coincide con el del resto de la población en gran medida y que puede servir para erradicar prácticas del pasado.

    En ese sentido, el sentido común es el fundamento del pragmatismo. Y, el ser pragmático no es antónimo a ser idealista. Uno puede ser un idealista que, en lugar de quedarse en ideas vagas, puede definir el camino, paso a paso.

    Para tu sentimiento de “idealista revolucionario”, te recomiendo mi lectura favorita, es El Engranaje de Jean Paul Sartre.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Critica a la razón pragmática | Movimiento Semilla /

    06/01/2016 6:51 PM

    […] Columna de Andrés Quezada […]

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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