Dejar la pandilla para hacer pan

Mientras una iniciativa de ley cree con ingenuidad (o malicia) que con prohibir las pandillas, éstas se van a acabar, encontramos historias de todo tiempo en la Ciudad de Guatemala. Ésta es una de un veinteañero que dejó la pandilla para convertirse en panadero.

Cotidianidad P258

La panadería de Cásper.

Fotos: Carlos Sebastián

Cásper tiene 28 años y su hija más pequeña tiene 3. Son las 9:30 de la mañana y lo llegamos a buscar a su casa, en una colonia de Villa Nueva, en el sur de la capital. Tiene la cara con marcas de almohada porque acabamos de interrumpirle la siesta. A las 4:30 de la mañana salió a repartir pan, en las tiendas y entre otros clientes fijos de las colonias aledañas, tal como lo hace todos los días. En la tarde le tocará hacerlo otra vez.

Su mirada es fuerte, seria y muestra una pista del caos que vivió durante los primeros 20 años de su vida. “Yo ya sería veterano”, dice el hombre de apenas 28 años. En cambio, su voz es tierna, casi sumisa. Por seguridad prefiere contar su historia bajo un apodo y donde no esté su familia, que solo conoce algunas partes de su pasado. Antes solo necesita un momento para lavarse la cara y cambiar de ropa.

Unos 15 minutos, después Cásper regresa. Ya no tiene descubiertos los brazos y el pecho; los tatuajes están debajo de su ropa. Su pelo largo ahora brilla por el gel. Molesto, echa un ojo a los dos trabajadores de la empresa eléctrica que desde hace cinco minutos están quitando el contador de luz por falta de pago.

Creció en una de las zonas más rojas de la periferia de la Ciudad de Guatemala, donde crecen los hijos de las mamás (y a veces los papás) más pobres y donde más bien se sobrevive. El hermano mayor de Cásper, por ejemplo, a sus 12 años ya había hecho carrera en la pandilla y fue asesinado a los 14. Su medio hermano, pandillero, que pasará la mayor parte de su vida adulta en la cárcel. Su hermana de 18 años ya pasó un año en correccionales. Y su prima, pandillera novata, que fue enviada al Hogar Seguro Virgen de la Asunción por su tía, quien en su desesperación confiaba que en manos del Estado su hija se rehabilitaría. Ahora se encuentra en un hospital al sur de los Estados Unidos, donde se recupera del incendio que mató a 41 niñas.

El primer recuerdo de Cásper es a sus 5 años. Pasaba los días pidiendo comida en la calle con otro hermano, dos años mayor que él. Cásper nunca fue a la escuela y nunca conoció a su papá ni a los papás de sus cinco medio hermanos. A su mamá, Alma, le tocó trabajar duro para criarlos a todos como mamá soltera. Algo que sus hijos vivían como una ausencia constante. En aquel entonces las casas de su colonia todavía eran champas y las calles donde se mantenían eran de tierra. Aquí conoció a las pandillas, sus amigos que serían sus hermanos del barrio.

– A los 9 o 10 años me daba vergüenza cuando salía a mendigar, porque la gente me decía ‘vos andá a trabajar, patojo cerote’ o ‘no andés pidiendo, ténes manos para trabajar, andate a la mierda’. Mi mamá decía que se iba a lavar ropa y todo. Pero siempre teníamos que ver nosotros cómo llevábamos comida a la casa. Había una señora en la colonia que vendía drogas en su casa y trabajaba con las clicas de allá. Un día me pidió que cuidara las esquinas para ver si venía la policía. Así, de banderas.

La mamá de Cásper se frustró cuando el niño ya no podía contribuir como antes en la casa. Le consiguió trabajo con una señora en una colonia cercana.

– La noche que mi mamá me entregó, hoy me da risa, pero la señora me miraba. Echó un poco de cloro en un bote con agua y me empezó a echar. Me miraba muy shuco (sucio). Me consideraba su sirviente. Me ponía a lavar trastos, me ponía a lavar el piso, cosas así. No me pagaba, pero ella me compraba zapatos y a veces ropa, cuando ella quería. Allí estuve un año.

Cásper vivía con la señora, pero en su tiempo libre salía a la calle.

– Desde entonces estaba entre los dos mundos, el de trabajar y andar en las pandillas.

Conforme Cásper se fue acercando más a la clica en su colonia, algunos de los pandilleros más grandes, amigos de él, le advirtieron que para ellos ya era tarde, pero que él mejor no se metiera en las pandillas. Que no se tatuara la clica. Y en efecto nunca lo hizo. Sólo tiene tatuados nombres, no nada de su clica o de la pandilla.

En efecto no fue iniciado a la clica. Oficialmente nunca perteneció a la pandilla.

 

Cásper, en su casa-panadería.

Cásper, en su casa-panadería.

– Yo andaba con los pandilleros. Algunos de los que crecieron conmigo en las calles me decían, ‘brincate hombre, motivate’ (que ingresara a la pandilla tras hacer un ritual violento). Pero ellos te pueden mandar. A mí nunca me gustó que me mandaran. Así tenés que hacer lo que te piden, ya de tiempo completo. No quise. Pero hacía lo que ellos hacían. Íbamos a asaltar camionetas. A asaltar gasolineras. De vez en cuando íbamos a tirarle a los otros patojos, de la MS. Extorsionábamos a la gente que tenía dinero. En esa época eran casas privadas, no tanto comercios. Se metían papelitos con un numero de teléfono debajo de las puertas. Ahora hay demasiados pandilleros en las colonias y pueden equivocarse y dejar un papelito a la casa de alguien que de repente es familiar de algún pandillero. Por eso todo es en los comercios ahora, como en las tiendas, porque saben que esas son las que producen y están abiertas.

El pan es bendito

En el aire se siente un olor fuerte a levadura. El ritmo de reggaetón sube desde las gradas del sótano donde un empleado joven prepara el pan para la tarde.

 

El Panadero-12-min

Durante los años que Cásper andaba con la pandilla, pasó por diferentes trabajos, una adicción grave a las drogas y varios funerales de amigos. A los 17 años se inscribió en un programa educativo en zona 11. Los otros estudiantes eran diferentes a él.

– Yo todavía me vestía con ropa floja y mi gorra. Era muy serio, no me reía. Tenía tanto rencor y odio en mi vida. Con ellos aprendí qué era andar molestando, pero con jóvenes sin pensamientos de maldad. Empecé a alejarme de todo eso, porque estaba asustado. A veces ni dormir podía, porque pensaba que me iban a agarrar dormido. Por eso fue que me puse a trabajar. La panadería fue lo que me sacó a mí de eso.

Una sonrisa ilumina su cara. Consiguió trabajo en una panadería y desde que nació su primera hija él pasó día y noche trabajando. Al principio no le gustaba el trabajo, pero le caía bien al dueño y empezó a ganar dinero. “El pan es bendito”, le decía siempre el dueño cuando miraba que Cásper estaba perdiendo la motivación. Tres años después empezó su propia panadería desde la casa. Durante los últimos cinco años ha logrado reinvertir las ganancias hasta reconstruir la casa donde creció, que ahora tiene un segundo piso y un sótano con una panadería completa. Así mantiene a sus hijas, a su mamá, su sobrino y sus hermanos menores que viven en la casa. Aparte de su hermano que trabaja en la panadería, Cásper ha contratado a cuatro jóvenes. Todos adolescentes que como él iban camino a las pandillas.

– Cuando uno es patojo es bien bruto. Como que a uno no le vale 20 la vida de uno. Entonces así cómo a uno le iba a valer la vida de alguien mas, me entendés. En realidad en mi mente no esperaba estar aquí sentado, contando. De todos mis cuates, los que sí se brincaron (metieron a la pandilla), la mayoría están muertos. Si sos pandillero y logras pasar los 25 años con vida, ya cada día era un milagro. Pero yo no fui pandillero exactamente. Tal vez por eso sigo con vida, y quisiera seguir así.

Según Cásper, no estaría vivo si no fuera por su carácter fuerte, de nunca dejarse y no involucrarse más en la pandilla ni tampoco traicionarla. Mantenerse al margen tiene sus ventajas y desventajas.

– Yo no tengo broncas con nadie ahora. Pero tampoco lo tomo como aquella gran amistad porque si ellos te hacen un paro, tenes que pagar el doble, me entendés. Por eso casi nunca ando con teléfono, como ahora. Mandan a los patojos que andan aquí a averiguar si ya tengo teléfono, y me llaman desde la cárcel.

– Mirá, fijate carnal, necesitamos una cosa; si esto y esto está abierto, si los patojos no andan en cosas, si me puedes conseguir una mi patoja, dice la voz por teléfono de los 22 centros penales de Guatemala.

– Yo no las hago. Y le digo que estoy trabajando, que así como él mira por su familia, tengo que ver por la mía. Pero sí han querido empujar. Pero me conformo con lo que Dios me da, y así puedo vivir tranquilo. Ando en las calles, sin agacharle la cara a nadie, sin deberle a nadie.

Los policías de la colonia no lo dejan en paz. Lo han registrado tantas veces, y sacado fotos de sus tatuajes, que ahora se saludan. El DEIC (División Especializada en Investigación Criminal de la PNC) también han realizado por lo menos tres cateos en su casa. Sospechan que vende drogas o que esconde armamento, pero nunca encuentran nada. En el último cateo, el investigador le dijo a Cásper, que eran los vecinos que reportaban. Según Cásper, les caen mal los jóvenes que vienen a la panadería a trabajar.

En contraste con muchos de los negocios en la colonia donde vive, Cásper no paga extorsión de su panadería. Un día intentaron y le llegó un celular. Cuando llamaron la voz de un hombre joven le empezó a intimidar para informarle que tenía que pagar la extorsión.

– Simón vos, pero primero averigua quién soy yo. Me llamo Cásper, pregunta a tal y tal quién soy, le contesté.

Una hora después, me volvió a llamar y pidió disculpas.

La iniciativa de ley Antimaras, presentada hace un mes en el Congreso por la bancada Todos, le parece inútil a Cásper. No contempla cómo resolver las condiciones en las colonias como la él y no incluye propuestas para los líderes de pandillas que están en las cárceles. Si no tratan de alguna forma de motivarles a dejar el poder o les ofrecen alguna alternativa a jóvenes que ya están en pandillas, esto solo se va a poner peor, explica Cásper.

De la misma manera, el informe del International Crisis Group enfatiza la necesidad de iniciativas nuevas que reconozcan los factores sociales y económicos detrás del fenómeno de las pandillas, combinado con pasos para que el Estado inicie diálogos con las pandillas. Un tema que recientemente ha sido criticado después de un video que se hizo viral en el que el ahora exdirector del Sistema Penitenciario, Nicolas García, negocia condiciones con lideres del Barrio 18 en las cárceles.

Cásper se prepara para salir en unas horas a repartir el pan de la tarde. Hace poco tuvo un accidente en la moto, del que salió con suerte. Ahora anda más atento, dice que sabe que algún día el destino hará que pague por las cosas que hizo en su pasado.

Pia Flores
/

Buscadora de las historias invisibles y experiencias con sentido. Antropóloga irreverente y amante de la diversidad, la noche, las auroras coloridas y los cuentos que tardan.


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COMENTARIOS

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    alfonso villacorta /

    26/05/2017 9:26 AM

    pan dilla es mejor recomendación gastronómica que las tonteras de lugares snobs y cursis

    ¡Ay no!

    6

    ¡Nítido!



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