Jeremy, las maras y Trump

El trance dura minutos. Todos ellos han entregado el pisto de la semana más lo correspondiente al bono, esta vez suman 500 y sí que pesan. “La mara no se da cuenta que a nosotros nadie nos sube el sueldo, que nosotros ni tenemos”, le reclama el piloto encargado de entregar el dinero a Jeremy, quien sólo lo observa con una embriagadora mezcla de tristeza y desgano. Atina a decir: “Así es”.

Cotidianidad Opinión P369
Esta es una opinión

Moto taxis. Foto: Wikicommons.

Son las 12:35, Jeremy arranca. Tiene apenas veinte minutos para llegar a la siguiente parada. La algarabía del mercado cuando el sol está en su cénit y las tripas comienzan a manifestarse, harían creer a cualquiera que este recaudador de impuestos pasaría inadvertido, sin embargo no es así.  Los pilotos sufren al verlo y él al notar los rostros descomponerse a su llegada. Cobrar la extorsión no es una ganga. Dos paradas más y listo.

El suplicio de ese sábado terminaría pronto y él podría regresar “su casa”, al cuarto perdido en un corredor inmenso con puertas de madera semi podrida y lámina agujereada. Un paso sí y el otro también, hay que cuidarse de los recuerdos caninos, de los chayes o de algún otro líquido viscoso que afortunadamente el agua de esta temporada lavará. Todo correrá vereda abajo para caer finalmente en uno de los tantos ríos que recorren la ciudad rellenándose de su podredumbre.

La entrega siempre es tensa. No falta el patojo que anda “loco” y que quiere hacerse el vivo. Afortunadamente tampoco falta el hommie empático, por decirlo de alguna manera, el que recibe el dinero y una vez más le insiste en pertenecer a la clica: “No seas mula, si seguís en éstas sólo vas a regresar a tu pueblo con las patas por delante. Entrale al barrio, no seás pendejo”. Jeremy extiende la mejor sonrisa de idiota que puede, agradece el consejo y sale con los músculos tensos esperando el tiro o el botellazo final que terminarían con este suplicio, pero no, hoy tampoco es el día y aún quedan las memorias por las que volver.

No es sino hasta que cierra el candado de su covacha que consigue que regrese el aliento. La mirada de Nikté lo recibe al entrar, está con Byron en brazos. Vestida de blanco, expectante. Su cabello negro, largo, trenzado. Jeremy aún recuerda la última vez que se atrincheró en sus labios, Tony todavía no había nacido, apenas y se notaba en la panza. Las lágrimas de Nikté encharcaban los surcos de su cara, sabía que su amado no volvería en mucho tiempo, el norte se había tragado a muchos en su aldea, por qué habría de ser distinto con su hombre, pero para su sorpresa sí lo fue.

Apenas había logrado cruzar la frontera cuando la migra los detuvo. Luego de una refriega y la respectiva extorsión, regresó el grupo de migrantes, más pelados que cuando se fueron. Jeremy era uno más de los 128 mil centroamericanos que México deportó el año pasado. Para su suerte, una tía se había ido a vivir a la ciudad, podría darle cobijo en lo que se recuperaba y decidía entre usar la segunda baza o regresar a su aldea. Su fortuna duró poco, el esposo de la tía lo echó a la calle en un domingo de furia etílica. Con nada más que una mochila llena de recuerdos, una muda, una frazada y 10 quetzales se vio perdido en esta ciudad inhóspita en la que todo parece ser un error.

Poco tiempo tardó en pararse frente a él su destino. Se trataba de un mototaxi ocupado por dos jóvenes, lo invitaron a subir entre risas y amenazas. “Este cerote no habla español, dale verga a ver si entiende”, recuerda Jeremy. Y fue justamente su herencia quekchí la que le permitió negociar con la mara. Cobraría los impuestos en un mototaxi que ellos proveerían para el efecto. Primero debía aprender a usar, también hablar un poco mejor el español. Los mareros se divertían ninguneando al indígena petenero que soñaba con sacar a su familia de la miseria, sin notar que éste, al que trataban como un idiota iletrado, les estaba jugando la vuelta consciente de que lo suyo no era pertenecer a una pinche clica, que lo suyo era la vida. Han pasado nueve meses desde que recoge las extorsiones. La mara se ha acostumbrado a él, aunque lo siguen tratando con el desdén e ignorancia con la que el ladino se ha acostumbrado a tratar a los pueblos originarios.

Jeremy es un chico más que recoge extorsiones a los más de ocho mil taxis blancos que tiene registrados la Municipalidad de Guatemala. Lo hará aún por un tiempo, en lo que consigue los quetzales suficientes para volver a intentar llegar al norte antes de que Trump cierre el acceso. Nikté y Tony seguirán esperando y los mareros vivirán –el corto tiempo que suelen hacerlo- sumidos en oscurantismo implantado por el sistema.

Itziar Sagone
/

Mujer, madre, hermana, amiga, compañera. Disfruta la vida trabajando desde el arte, la educación, las comunicaciones y la sanación alternativa en la construcción de un país en el que podamos vernos y reconocernos, en el que avancemos en colectivo hacia formas más humanas de relacionamiento. Ama caminar por el bosque y vibrar con él desde dentro.


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    papazopapaz /

    12/07/2017 2:46 PM

    "aunque lo siguen tratando con el desdén e ignorancia con la que el ladino se ha acostumbrado a tratar a los pueblos originarios."

    Ya lo ven no importa si trabajan, pagan impuestos, respetan la ley y tratan a todos por igual. Si son ladinos automaticamente son iguales que mareros.

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!

    Juan /

    11/07/2017 4:44 AM

    Defensora de marero. Este indígena seguramente de hambre no se estaba muriendo en PETÉN, sus malas decisiones le llevaron vivir en la calle y volverse delincuente.

    ¡Ay no!

    5

    ¡Nítido!

    César A. /

    10/07/2017 10:47 PM

    ¿Oscurantismo implantado por el sistema?
    Seguramente un funcionario lo obligó a ser delincuente y el 'monstruo' de Trump debiera recibirlos con los brazos abiertos.
    De apologistas de delincuentes como su persona está pavimentado el camino a la destrucción o Venezuela/Cuba que es lo mismo.

    ¡Ay no!

    8

    ¡Nítido!



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