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Qué piensan otros indigentes sobre el asesino (parte 2)

Es muy probable que Rigoberto de Paz Ramírez no supiera que la muerte le llegaría a los 49 años, el martes 26 de julio. Esa madrugada dormía a solo unos metros de la puerta de iglesia La Recolección, en el Centro Histórico. Las cámaras muestran cómo Moisés Gutiérrez Guevara lo atacó. Arrojó una piedra contra su cabeza y lo dejó seriamente herido. Luego, recogió la misma piedra y se la lanzó nuevamente. Así lo mató. En cuestión de minutos. Y según los investigadores, después lo violó.

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Manuel (quien no dijo apellido), indigente que vive en la zona 1.

Fotos: Carlos Sebastián

Solo unas horas antes, Rigoberto estuvo lustrando zapatos en la zona 1, como lo hizo en los últimos años de su vida para comer y vestir. O bueno, para comer.

Esta es una historia con pocos detalles, como ocurre con la mayoría de indigentes, quienes se escapan o sufren el abandono de familiares y amigos, y cuyas memorias fueron sepultadas con su muerte.

De acuerdo con el Ministerio Público, Rigoberto fue una de las dos víctimas de Moisés Gutiérrez Guevara, el único hombre capturado hasta hoy tras una ola de 16 asesinatos de indigentes, todos con las mismas características: golpes en la cabeza y violaciones.

Lea: Cómo alguien se convierte en asesino de indigentes

En el Hogar Nuestra Señora de Guadalupe, en la zona 1, donde Rigoberto eventualmente comía y conseguía ropa, lo describen como un hombre silencioso y trabajador, que evitaba meterse en problemas a toda costa.

El refugio de Guadalupe, una casa cálida, bien iluminada y de paredes gruesas, que hace justicia a la arquitectura del Centro Histórico, alberga a indigentes y ancianos abandonados.

Además de ser alguien que evitaba confrontaciones, recuerdan a Rigoberto como una persona amable y respetuosa, que siempre agradecía el apoyo que encontraba en la iglesia.

A diferencia de otros indigentes, que inhalan solventes como ruta de escape de la realidad, Rigoberto buscaba estar consciente la mayor parte del tiempo, quizás para sortear las amenazas que ofrecen las calles. Pero no fue suficiente.

Ver de cerca de tu posible asesino

Una madrugada fría de septiembre, apostado a una cuadra de la Plaza de la Constitución, Juan Roberto Obregón, un hombre de 39 años y de figura menuda, un indigente entre diez indigentes, accede a hablar sobre su vida en la calle y la ola de asesinatos que los azotó.

 

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Si hay algo que Juan Roberto odia tanto como a su padrastro violento, es el alcohol. A ambos los responsabiliza de ser un indigente más en ese submundo urbano de adicciones y precariedad, en el que lleva inmerso más de tres décadas. Ahora tiene 39 años y recuerda cómo, cuando tenía nueve, se armó de valor para huir su casa y buscar empezar una vida mejor. Salía de un agujero para caer en otro.

Como muchas de las historias de los sin-techo, la suya comenzó en un hogar desintegrado por el alcoholismo y en donde la violencia se servía como la comida, los tres tiempos. Un día, su padre, adicto a la bebida, desapareció sin dar explicaciones y en un par de años fue sustituido por un padrastro golpeador.

“(Mi padrastro) me encadenó, me quitó el pelo y me cinchaceó adentro de un baño”, cuenta. La sangre brotaba de su cabeza y empeñaba su visión, mientras pensaba que iba a dejar de respirar. “Si no me voy ahora, me va a matar”, se repitió a sí mismo en ese momento y así lo hizo. De esa forma se convirtió en un sin-techo.

Dice que antes de ver a Moisés en los medios de comunicación como “el asesino de indigentes”, se lo encontró un par de veces en el Centro Histórico, pero jamás presenció un asesinato o una  violación, como ya ocurrieron 16 con características parecidas en los últimos meses.

Juan Roberto se considera un hombre con suerte por el simple hecho de estar vivo, ya que en las calles ha visto cómo otros indigentes, algunos amigos, han muerto víctimas del hambre, enfermedades o por el frío, pero sobre todo, por la violencia.

– La mayoría no se mueren por hambre, sino que aparecen golpeados y a veces no aguantan y se mueren. Así es la cosa en la calle. Si no es un asesino de indigentes, entonces son los ladrones o los mareros los que nos matan; siempre no están amenazando.

La vida del “nuevo indigente”

Pablo Castro tiene 38 años. Es un hombre de piel morena, curtida por el sol, y de aproximadamente 1.65 metros de estatura. Trabaja de día lustrando zapatos y duerme por las noches en los alrededores del Hospital Roosevelt, en la 11 de la Ciudad, pero va todos los sábados al parque San Sebastián, en la zona 1, para recibir un pan y un vaso de café que un grupo de ciudadanos solidarios reparte a los indigentes del sector.

Son las cinco de la mañana. El frío hace temblar a varios de los voluntarios que sirven café, pero no a los 63 sin-techo que esperan la bebida caliente, incluyendo a Pablo, que se define a sí mismo como un “nuevo indigente”, ya que a diferencia de la mayoría del grupo, dejó su casa hace solo un año luego de una serie de discusiones y peleas con su esposa.

Pablo dice que todavía no se acostumbra a dormir en la calle y a comer una vez al día, pero lo más difícil es hacer frente al sida que le detectaron hace seis meses y a la amenaza de personas violentas que agreden a los indigentes.

Aunque ya recibe tratamiento para contrarrestar los efectos del VIH en su cuerpo, no tiene la capacidad de cuidarse como se lo indican los médicos. Dice que esto le acerca cada día a la muerte, pero no cree que morirá por un problema de salud, sino por la violencia.

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Sobre Moisés, el asesino de indigente, dice que lo vio una decena de veces en las zonas 1 y 11, pero jamás cruzaron una palabra. Otros indigentes señalan que hace unos meses los amenazó con matarlos, pero no pensaron que fuera el responsable de los ataques.

– No parecía que fuera capaz, pero no se necesita mucha fuerza para matar a una persona que duerme golpeándolo con una piedra, dice uno de los indigentes que están  en la fila para recibir comida.

 

Moisés Gutiérrez Guevara, el acusado de ser asesino de 3 de los 23 indigentes.

Moisés Gutiérrez Guevara, el acusado de ser asesino de 3 de los 23 indigentes.

De cualquier forma la captura de Moisés no tranquiliza a Pablo. Dice que los indigentes son constantes víctimas de la violencia. Los ladrones se acercan a las personas que duermen en las calles, les golpean y les roban el poco dinero que consiguen en el día. Esto sin contar que un grupo de pandilleros les exigen un pago mensual a los sin que permanecen en los alrededores de plazas, hospitales o refugios.

– No sabemos qué día vamos a amanecer muertos.

Javier Estrada Tobar
/

Periodista y estratega de comunicaciones con una carrera de más de 13 años, que incluye tanto el ejercicio del periodismo de investigación como el manejo de una sala de redacción.


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COMENTARIOS

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    Carol /

    02/11/2016 10:33 PM

    Que realidad tan cruda y triste, esas historias que empezaron a escribirse cuando los "sin techo" quizá tenían techo y paredes, pero que muy probablemente nunca conocieron que es vivir en un hogar, me pregunto ¿cómo pueden extrañar algo que jamás conocieron?. Al leer el artículo no pude evitar llorar y no sólo de tristeza y pena sino que también de agradecimiento por que a pesar de la mala situación económica que nos afecta a la mayoría de guatemaltecos, puedo decir que tengo más de los muchos tienen.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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