Una paciente pasa 44 días en emergencias del hospital porque una máquina estaba arruinada

El San Juan de Dios arrastra deudas millonarias hace años. Por un corrupto sistema de compras y una irregular renta de equipos médicos. Tiene un presupuesto para 2015 de Q273 millones pero debe ya casi un tercio: Q79.4 millones. La unidad de Emergencias vive una crisis de desabastecimiento y equipos en mal estado por la que una paciente (que no debería haber estado más de 48 horas) estuvo mes y medio. La razón: la máquina para su operación estaba arruinada.

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Ruth Martínez, de Petén.

Fotos: Carlos Sebastián

El nombre del caballo anticipa una elección arbitraria. Por antojo. Capricho es el caballo que montaba Ruth Martínez cuando se rompió la columna. Su esposo le puso Capricho al animal porque es muy terco. Ruth dice que la fractura fue culpa suya. De ella. Y se ríe como las personas sonrientes: porque lo dice en serio.

Iba a ir a hacer la compra del mes, que la obliga a recorrer 45 minutos a caballo desde la finca donde vive hasta la aldea Achotal, en Poptún (Petén). Pero no se subió a Chercho, el caballo de siempre, eligió al café Capricho, al que se había subido unas tres veces. Lo montó en una galera de la finca en la que vive, donde su marido cuida ganado y caballos. Al empezar a trotar, la diminuta Ruth se golpeó en la cabeza con una viga de madera del techo. Como si fuera una lata de refresco, aplastó su propio eje con el golpe sin caerse del caballo. Se quedó recta. Y reducida.

Ruth dice que nadie la entiende cuando cuenta qué le paso. Lo que le pasó fue que el golpe le produjo una fractura patológica, un tipo de rotura que se produce cuando una persona no tiene huesos fuertes y se fractura con un golpe muy suave. Una fractura patológica puede producir paraplejia parcial. No debe de medir más de metro y medio. Y con suerte pesará 90 libras. Eso no lo sabe. Con 23 años, parece que tiene 16. Ruth es un suspiro.

El suspiro pasó más de tres meses sin ir al hospital. Pensaba, mientras trabajaba limpiando su casa y cuidando a Melany Berenice, su bebé que hoy tiene seis meses, que no era más que un golpe fuerte. Hasta que la intensidad del dolor superó su pensamiento y tras pasar por una clínica y por el hospital de Poptún, que no tenía equipo médico adecuado, llegó el 4 de febrero a la unidad de emergencias del hospital San Juan de Dios, el mayor hospital del país, en Ciudad de Guatemala. Ahí estuvo 44 días hasta que entró en quirófano. Salió ayer lunes del post operatorio, en la noche. Aún no logra caminar. Dice que tiene las piernas flojas.

Tumbada, recolocándose con esfuerzo de izquierda a derecha, bajando de peso porque la digestión en horizontal le quitaba las ganas de comer, sin ver a su hija, leyendo dos libros de literatura cristiana que le regaló su tía.

Hasta que el jueves 19 de marzo la operaron. Cuarenta y cuatro días en Emergencias a la espera de que alguien en el San Juan de Dios arreglara una máquina de rayos X móvil en forma de C que sirve para tomar imágenes en vivo, porque llevaba semanas descompuesta.

¿Por qué? Porque el hospital mantiene una deuda de Q224,474 con Siemens S.A, la empresa que renta los equipos de rayos X del hospital, por lo que la empresa no da el repuesto. Y no lo hizo nadie del hospital. La arregló, parcialmente, un técnico que mandó la Procuraduría de Derechos Humanos (PDH), el 13 de marzo.

“La máquina, que se moviliza sobre un riel, no está reparada, está chapuzada”, dice Julio Figueroa, director del hospital San Juan desde el 5 de febrero, un día después de que Ruth ingresara a Emergencias.

Tras la evaluación del chapuz, o arreglo a medias del enviado de la PDH, el director consideró que la máquina no era un riesgo para los pacientes. Porque, como Ruth, hay 14 personas esperaban esa máquina para operarse en el hospital. Y, como Ruth, otras tres personas pasaron entre enero y febrero más de 30 días esperando una operación en la unidad de observación de Emergencias.

La crisis permanente desde hace tres años

Desde que el Partido Patriota accedió en 2012 al gobierno, han pasado por la cartera de Salud tres ministros, y por el hospital, tres directores y cinco gerentes de compras. La crisis aguda en el hospital San Juan de Dios empezó dos años después que tomaran posesión. El 25 de septiembre de 2014 el servicio de consulta externa fue cerrado por falta de insumos y medicamentos. No había guantes desechables, mascarillas, ropa para operar, antisépticos ni alcohol. En noviembre, en la lavandería de 4 lavadoras solo funcionaba una, haciendo un colapso de ropa sucia que provocó una plaga de moscas. Y en diciembre faltaban alimentos: no había arroz, pan y levadura, y la bodega y el cuarto frío para carnes estaban vacíos. A lo largo de estos meses, la lista de insumos y medicamentos que faltaron y que faltan ha sido larga. Por semana, alrededor de una decena de medicamentos. El hospital no termina de abastecerse.

Y las máquinas: o no hay o no funcionan bien. De las ocho máquinas de rayos X para adultos del hospital, sólo cuatro funcionan. En Pediatría sirve uno de los dos equipos. Y luego está el arco en C, que funciona a medias. Ese es la que se utilizó para operar a Ruth Martínez.

Las máquinas de diálisis deben de seleccionarse solo para los más graves; hay un endoscopio para todo el hospital, el colonoscopio se arruinó hace dos años, y hace tres años que no hay resonancia magnética. Las tuberías de agua y oxígeno fallan constantemente.

El Niágara en bicicleta, de Juan Luis Guerra, queda en Ciudad de Guatemala.

Deudas con los proveedores que siempre ganan

Hay proveedores, como J.I Cohen, al que el hospital le adeuda aún Q2.6 millones. O la Agencia Farmacéutica Internacional, a la que le debe Q5.5 millones. O Abbott Laboratorios, cuyo adeudo asciende a Q7.4 millones. A 23 de marzo de 2015, las deudas del hospital San Juan de Dios con proveedores ascienden a Q79.4 millones.

Las deudas del hospital con sus proveedores han sido normales en el gobierno de Otto Pérez Molina y Roxana Baldetti. En cuatro años suman un presupuesto de Q1,504 millones y una deuda de Q381 millones.

Todo es producto de un corrupto sistema de compras que viene de atrás: las licitaciones obligan a procesos más lentos hasta que el centro hospitalario accede a los insumos. Por eso, se normalizó por años el sistema de compra directa de medicamentos e insumos. A eso se le suma un cuestionable sistema de renta de equipos médicos, una compra de insumos sin solicitar autorización de la dirección y la falta de fiscalización del almacén, por lo que si desaparece un insumo, nadie lo iba a saber.

Tras una auditoría de 2014, la dirección del hospital comprobó que el malgasto en compras representó un 21%. “Unos Q100 millones que nos podíamos haber ahorrado, de hacer las compras correctamente”, cuestiona el actual director del hospital, que entre los médicos tiene buena fama por la misma razón por la que él se jacta: se considera incorruptible.

“El sistema de compras y contrataciones está desligado de las normas estatales: se estuvieron haciendo compras fuera de los procesos reglamentados, lo que implicaba comprar más caro”, dice Figueroa, que hace ocho años fue subdirector, pero que dejó el cargo al año porque, dice, no estaba dispuesto a realizar actividades irregulares.

En el San Juan hay 950 camas, pero no son suficientes, está rebasado. Es también una institución docente, por la que pasan estudiantes de Medicina. Ahí trabajan 250 estudiantes de medicina, 409 residentes, 208 jefes médicos y 182 especialistas. En total, sumando a empleados no médicos, hay 3,500 empleados. Estas son los números generales de un centro en el que los despidos con el nuevo director ya comenzaron. Desde que asumió el cargo hace mes y medio, Figueroa ha echado a cuatro personas de las veinte que trabajan en el área financiera. “Aquí se volvió una anarquía”, dice Figueroa al recordar un caso reciente en el que una residente se llevó 25 tubos de extracción del hospital.

Por primera vez en su historia, en 237 años de historia, el San Juan de Dios tiene una junta directiva. Su objetivo es fiscalizar al centro hospitalario y a la dirección. La junta hizo su primera aparición pública tras el granadazo por el que murieron tres personas anunciando que el hospital no iba a atender a más presos.

También por primera vez, desde enero, hay una unidad de logística dependiente del Ministerio de Salud, que revisa todas las unidades del hospital. En el caso de Compras, establece una línea gradual de adquisiciones para los renglones con mayor riesgo de dejar desabastecido al hospital. Semana a semana, analiza el historial de consumo del hospital, el número de camas y el porcentaje de situaciones de contingencia. “El sistema de compras del San Juan fue perdiendo horizonte”, justifica Jorge Pinot, coordinador de Hospitales del Ministerio de Salud.

Veinte días en emergencia y contando        

En el pasillo de los muertos hay un muerto.

El hombre, de unos sesenta años, está cubierto por una sábana. La camilla no tiene edredón. Está ahí, a un lado del pasillo, su cuerpo descansa sobre el hierro desvencijado, en el pasillo que topa con el pasillo en el que se acumulan decenas de camillas, igual de desvencijadas, en el área de Emergencias del hospital. No hay muertos ahí todos los días. Sólo a veces, a la espera de que el cuerpo sea bajado a la morgue. Por eso, los médicos le llaman el pasillo de los muertos. Son las 4 de la tarde de un día a finales de febrero. Una hora después, el hombre ya no estará ahí.

Frente al fallecido está la tela que da paso a Observación, la zona de Emergencias donde están los pacientes críticos porque no hay espacio para subirlos al área de Intensivo. Ahí está la sonrisa de Ruth, después de casi un mes. Aún es paciente, pero sus ojos están inquietos. Come poco, tiene un pequeño bote de frijoles volteados, las llagas ya están apareciendo. Se jala el pañal y se arrastra para dar vueltas en la cama. Mira el celular, lee un poco, mira el techo. Lleva semanas sin escuchar reguetón cristiano, su estilo musical favorito.

-¿Pero a Dios le parece bien el perreo?, le pregunto.

Aunque lleva semanas en la cama, sin incorporarse, estalla en una vergonzosa carcajada sin respuesta. Esta es la semana de visita de su marido. A veces viene su padre, otras una tía o su cuñada. Desde Poptún, a casi 400 kilómetros de la capital. El ruido permanente de las viejas máquinas no la deja dormir de noche. No duerme. A eso de las dos de la mañana, reza para entretenerse. Los platos que tiene en vez de ojos pueden estar abiertos a las 4:30 de la madrugada. “Hay días que no viene nadie”, dice sacudiéndose un infantil pie izquierdo sobre la sábana. “Trato de no desesperarme”, dice la mujer que tiene pies que calzan 33 en zapatos.

En Observación, donde se atiende a pacientes de neurocirugía, como gente con problemas de columna, hay silenciosos pacientes y ruidosas máquinas. En Medicina interna, decenas  permanecen sentados en unas viejas sillas, iguales que las de un asilo, que fueron donadas por la Orden de Malta. Sus rostros están mustios. Cuando llegue la noche, algunos dormirán en el suelo sobre colchonetas, hasta que sean recogidas a eso de las siete. Después de la saturada Traumatología, es donde llegan los pacientes en primera instancia cuando arriban a Emergencias.

Ahí llega desde un bolo que no controla su esfínter a un señor que se despierta sin poder ir al baño y necesita una sonda por unas horas. Aquí también llegan, antes de la cirugía, los baleados. Y pacientes con terribles diagnósticos, como cáncer de testículos. Y en medio de todo, el pasillo, con gente sentada en las pocas sillas de plástico, o en sillas de ruedas, o de pie. Gente, gente, gente. Según la hora. Pero a las 4:30 de la tarde está lleno. Emergencias está calculado para atender dignamente a unas 50 personas, pero se rebasa fácilmente hasta las 115, según el jefe de día del área, Napoleón Méndez.

Los ventiladores no dan para atender a los pacientes que llegan. Es normal ver a residentes turnándose para hacer ventilación manual a los enfermos. En febrero, en la clínica un paciente pasó 48 horas con ventilación manual. “Hace tres años que no veía ventilación manual en el hospital”, afirma un residente de tercer año. A diario, de dos a cinco personas son tratadas así, según estimaciones de Méndez, el director de área.

Los equipos de cirugía cardiovascular tienen más de 25 años. El instrumental es realmente viejo, muchas tijeras no tienen filo, y fármacos esenciales, como antibióticos, analgésicos, antiestamínicos, potasio, o medicamentos para la presión, se han vencido de forma contínua.

En la clínica no hay almohadas para todos. Pero los problemas viven en la balanza. Y hace cinco meses que son los pacientes los que compran los hilos de sutura, las curaciones, los guantes, los algodones, las gasas y las mascarillas en Emergencias. No hay. O las compran o, si no tienen dinero, los trasladan al otro hospital nacional, el Roosevelt.

La familia de Ruth Martínez, aunque ella no lo sabe, al día 19 de marzo, se habrá gastado más de Q20,000 entre las gasas, las curaciones, los pañales, algunos medicamentos y las barras de metal para fijar la columna que le colocarán en la operación. “Ella tenía los medios necesarios, pero hay gente que busca ayuda a través de una trabajadora social y logra descuentos. La atención no se le niega a nadie”, dice un médico de Emergencias.

Emergencias consume más del 50% de los insumos médico quirúrgicos del hospital. Si no se encuentra un medicamento en Emergencias, es muy difícil encontrarlo en las áreas de encamamiento. “La corrupción es un mal de años y es complicado matar a ese virus”, dice un trabajador de enfermería que evita dar su nombre. “Tiene que ver con la necesidad de las personas: en el almacén son puestos operativos, cobran poco y si les ofrecen su mismo sueldo…”.

El miedo a hablar sobre el hospital

Si el miedo fuera un señor, sería un señor muy silencioso. La mayoría de los trabajadores consultados en Emergencias eligen el anonimato. Sólo el jefe de Emergencias de día, Napoleón Méndez, da su nombre. Rompió su silencio hace tres años. “Criticar te puede costar la muerte por la represión, pero te colmás de tanta impotencia de ver que la gente se complica, sufre, y muere”. La balanza, dice, se inclina a tomar el riesgo.

A diferencia del último director, que fue nombrado en medio de la crisis de septiembre de 2014 y duró apenas dos meses, Méndez tiene expectativas con el nuevo director. Cree que tiene una postura más frontal que el anterior.

“Como médico, uno se deprime muy frecuentemente porque es uno el que tiene que decir a Ruth: ‘Tiene que esperarse’. Eso no lo dice el ministro”, dice Méndez, que lleva 14 años como jefe de Emergencias y que practica artes marciales mixtas como ejercicio liberador de tensión.

Ruth creyó que el día de la operación sería dos días antes de que realmente la operaran. Así se lo habían dicho. Pero justo ese día, la dirección del hospital debatía con los técnicos si usar o no el arco en C tal como lo había medio reparado el técnico que mandó la PDH, cuyo cobro por el servicio es secreto, pero simbólico. La presión de la Procuraduría, que semanalmente visita el hospital para dar seguimiento, surtió efecto. “Es la peor crisis del servicio de radiología en la historia del hospital”, dice Zulma Calderón, jefa de supervisión hospitalaria de la PDH. La reducción presupuestaria hace más crítica la salida de la crisis para Calderón. “Hemos visto mucha pasividad por parte de la dirección del hospital”, critica.

El perfil del paciente que llega a Emergencias del hospital público San Juan de Dios es el de una persona que no puede costearse un hospital privado. Al preguntarle al director si algún miembro de su familia ha llegado a Emergencias, dice que no. “No ha habido necesidad”. Al preguntarle a un residente de tercer año, su respuesta también es no. Pero el argumento es distinto. “Prefiero llevarlos a un centro privado. No es por los médicos, ellos son buenos, es por las condiciones”.

El 16 de marzo, el subdirector del San Juan de Dios mandó una carta de agradecimiento a la PDH por arreglar el arco en C con el que operaron a Ruth.

Ruth Martínez

¿Y Ruth? Ruth, que tenía un 75% de posibilidades de volver a caminar antes de la operación, salió en la noche del lunes del hospital. Ya se sienta, y sí podrá caminar, cuidar a su bebé, y estudiar enfermería, carrera que ya le gustaba, pero cuyo interés creció después de ver trabajar a las enfermeras del hospital. Tras 48 días en el hospital, Ruth cae en la cuenta de dos cosas: hacía años que no venía a Ciudad de Guatemala y nunca antes había entrado en el San Juan de Dios.

Elsa Cabria
/

En Ciudad de Guatemala nadie lleva chaqueta por si hace frío. Tampoco en Ciudad de México. Pero yo nací en Santander, pequeña capital de provincia en el norte de España. Así que arrastro la manía allá donde me mudo. Tras trabajar en mi país, me fui en 2011 a México por pura curiosidad y me mudé a Guatemala el mes que se fundó Nómada en 2014. Ahora me dedico a proyectos largos de investigación y quiero explorar Centroamérica entre Nómada y El Intercambio.


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    Linda Valencia /

    24/11/2015 8:38 PM

    Gracias por este artículo. Al leerlo no pude evitar un nudo en la garganta. Siempre dije si algo me pasa: que me lleven a mi Santo San Juan de Dios
    Allí aprendí con mis maestros el arte de la medicina, hoy los miro en las calles manifestando por limosna para rescatar al hospital más grande y con más historia de este país. Es obligación del gobierno en turno declarar un estado de emergencia nacional y rescatar el hospital General

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    ANONIMO /

    05/10/2015 4:27 AM

    […] Lea: Una paciente pasa 44 días en emergencias porque una máquina estaba averiada […]

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    ANONIMO /

    19/09/2015 12:00 AM

    […] Lea: Una paciente pasa 44 días en el hospital por máquina arruinada […]

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Astrid /

    20/05/2015 2:41 PM

    Indignante, un caso de que llora sangre; como ella hay miles de pacientes que están a la espera.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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