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Una tarde y una fiesta con Rubén (de Café Tacvba)

Entra al restaurante. Un comensal no puede terminar de llevarse a la boca el caldo tlalpeño porque se pregunta si ese de chaqueta plateada con un chongo como corona es “el de Café Tavuba”. Y sí, sí lo es. Es Rubén Albarrán entrando lo más discreto posible a Fridas en la Antigua una tarde de sábado. Se trepa al banquito. Se sienta teniendo de fondo el rostro de una Frida Khalo combativa cuando faltan unas horas para que rompa la noche con su rebelde alegría.

Cotidianidad P258

Fotos: Manuel Morillo, para Fridas.

Rubén y “Cafeta” son una piedra angular en la historia del rock latinoamericano; una banda imprescindible de nuestra historia. Los tacubos, como nadie más, supieron hacer sonar nuestra herencia mestiza. Valerse de nuestras raíces sin caer en folclorismos de aeropuerto. Nunca grabaron por grabar: sólo 7 discos de estudio en 30 años de carrera. Y algunos como Re o Revés/Yo Soy tienen un trabajo cuidadoso en cada uno de los tracks.

(Ésta es una canción de su álbum debut, en 1992. Tiene más de 6 millones de visitas en YouTube. Y el artículo se lee mejor con soundtrack.)

 

Sobre el banquito de Fridas. A pesar del sol en la cara, Rubén parece no tener prisa para hablar con este periodista. Casi 50 años y 30 de trayectoria no pesan sobre sus hombros. Combina cierta sabiduría que da la edad con esa energía adolescente lista para la broma cómplice y la carcajada.

¿De dónde saca esa energía? Cafeta dedica casi dos años y medio a cada disco. Luego se dan un año sabático en que no se miran entre ellos y en el que cada uno aprovecha para hacer sus proyectos individuales. Uno de los de Rubén, el vocalista, es su faceta de dj, a la que llegó por el simple gusto de compartir sus bandas favoritas.

Nadie estaba seguro de qué esperar cuando se anunció el concierto con motivo de los 20 años de Fridas, ese rincón mexicano enclavado en el corazón de Antigua Guatemala. Ni Cafeta ni Rubén son predecibles.

Cafeta, esa banda que un día coverea a las Flans y a Leo Dan y que otro día hace ese genial ejercicio lúdico de “ches” que es Chilanga Banda. Un día crean algo sublime como A Este Lado del Camino  y otro, ese tributo extraño a los Tigres del Norte, Futurismo y Tradición. Rubén es un mutante por excelencia, un mutante cósmico. Nunca se sabe cuál de todos los alteregos que lo han acompañado en su carrera lo poseerá esta vez sobre el escenario.

 

 

Un rockstar zen

Su camino ha sido largo, y en este, espiritualidad y política no tienen distinción. Rubén, el mutante, compartió con budistas, entró a mezquitas y finalmente siguió la influencia de “las familias que guardan las tradiciones de nuestros pueblos originarios. ¿Cómo es el dios en qué crees?, le pregunto. “Creo en el Gran Misterio del que nos hablan los abuelos”, me responde. Cuando le pregunto sobre la situación de nuestros países interrumpe para aclarar que no habla en esos términos: “Compartimos un mismo planeta, somos hijos de una misma madre tierra que nos da alimento, agua y oxígeno. No son recursos como dice la clase puercorativa, son regalos que debemos cuidar y respetar”. Partiendo de allí explica, por ejemplo, que la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa no es un problema estrictamente mexicano, como cada conflicto minero no es un problema exclusivo de las comunidades afectadas.

Esa iluminación, por llamarlo de algún modo, no vino a su vida tras un quiebre producto de los típicos excesos de un rockstar. “En mi juventud abusé mucho de las drogas duras, mucha azúcar y mucha harina y por eso el señor alemán Alzhaimer me ataca un poco”, bromea para explicar que todo en esta vida puede ser nuestra perdición si abusamos de ello: la televisión, el sexo, las grasas.

Despreocupado, Rubén también lanza dardos cada cierto tiempo como cuando dijo que la música que está agarrada de un click está muerta. Me valgo de aquella respuesta para preguntarle cómo ve la música en tiempos de Spotify. “Ya soy viejo -se excusa- a veces le digo a mi hijo: güey, donde escuchas la música porque nunca te veo con la radio y él siempre tiene canciones nuevas pero para mí esa novedad ya no es tan importante. Con que sea música buena me basta aunque sea viejita y no he encontrado algo que diga: wow esa música, como sucedió en mi juventud cuando escuché por primera vez a The Cure”.

Rubén prefiere la música en vivo, el contacto directo. Fue su idea que El Objeto Antes Llamado Disco, el último material de Cafeta, fuera grabado en vivo, en cuatro salas, ante un público íntimo de 100 personas. Esa misma experiencia es la que buscó en su dj set, en el acogedor ático de Fridas.

 

Hora de sonarla

La pequeña y acogedora sala de Fridas se fue llenando poco a poco. El espacio aún guarda esa aura mística de los lugares que sólo conocen unos pocos. Al fondo, Aerofustán enciende las tornas a la hora en punto. La cumbia empieza a sonar mientras se nota en el público ese aire de incógnita, de no saber qué deparará la noche.

Una parte del público se fue apropiando de la pista mientras el sonido iba subiendo. Eso, aunque una falla técnica enfriara el momento. Fueron mezclas épicas que ponía a Fuiste Pachucho de la Maldita Vecindad o Comprendes Méndez de Control Machete sobre la base de cumbias épicas como 17 Años de Los Ángeles Azules, las que prepararon el camino para el arribo de Rubén.

Fue una larga espera de dos horas hasta que se apropió del escenario. Rubén fue claro, “digamos que soy un selector, porque no hago mezclas y las que hago son muy burdas”, advirtió en la entrevista. Más de una vez el fin de una pista lo agarró desprevenido y cortó el feeling entre la masa enloquecida en pleno baile pero a Rubén todo se le perdonó. Tampoco importaba que pasara de una cumbia a una salsa y de regreso, mientras uno intentaba acomodar los pasos. Se disculpaba con una sonrisita y ponía la siguiente canción para seguir rompiéndola.

Prometió hacernos bailar y eso hizo. Prometió poner “buena música que no está en Spotify” y, con algunas excepciones, basó su repertorio en sus tesoros escondidos. Y en medio de cada pista alguien se acercaba a saludarlo y se quitaba los audífonos para escuchar y sonreír. Le llevaron flores, alguna más aventada le estampó un beso en la mejilla. Rubén siempre con una sonrisa presta. Si alguien frente al minúsculo escenario preparaba su celular para tomarse una selfie con Rubén de fondo, el intentaba acomodarse. Si alguien lo buscaba al lado para otra foto, allí estaba. Lo único que cambió fue su sonrisa que con el transcurrir de la noche perdía fuerza y terminó convertida en un ténue gesto.

En el calor de la noche se quedó en su tshirt de “Donald eres un pendejo”. Y es que ni en medio de la sabrosura Rubén se olvida de su compromiso político. En el Mtv Umplugged parafraseó a Chavela Vargas: “¿Si los volcanes en Latinoamérica están despertando por qué los latinoamericanos no podíamos despertar?”. Le pregunté cómo veía nuestra situación: ¿Ya despertamos? ¿Estamos entreabriendo los ojos o de fijo aún estamos a medio sueño?

 

ruben-fridas-manuel-morillo-2

“Creo que vivimos un momento muy intenso. Hay más oscuridad pero también hay más luz para compensarla. Hubo un pintor muy criticado por  por hacer unos budas con cara de Bush y de cosas así. Él decía que lo hacía porque capaz y Bush era un buda, porque a través de sus actos nos estaba haciendo despertar. No de la buena forma sino en método de shock. Como quien dice: ¡despierta ya, cabrón!. Ojalá que sea así”.

El sueño nunca invadió el ático de Fridas. Complaciente, cuando alguien se acercó al escenario para preguntarle si pondría rock, Rubén sonrió como si hubiera estado esperando eso, como si hubiera tenido miedo de incomodar al público que se veía tan cómodo con la cumbia. De golpe soltó otro repertorio de géneros. Pasó del ska, al rock y el punk más noventero. Y así, los géneros se fueron intercambiando toda la noche. Otro público tomó la pista.

No todos resistieron hasta el momento en que por fin, por un momento, Rubén tomó el micrófono para cantar. Una interpretación tan poderosa como la de la noche anterior, cuando en su primera conferencia de prensa, se levantó para cantar ese clásico: La Llorona. Los aplausos, una última tanda de fotos y autógrafos. Las luces que se apagan.

Las luces se apagan, el viaje continúa

Rubén, llegando al medio siglo de vida, no se plantea la posibilidad de retirarse o al menos no mientras su salud se lo permita. Con Cafeta están grabando su octavo disco y con su proyecto alterno Hoppo! Han dado vida al EP, Te vas al sur, un disco impregnado de esa melancolía de un invierno en las montañas.

La música es su “tabla de surf” con la que intenta agarrar las olas en el mar de la vida. “Es mi compromiso, mi forma de seguir haciendo fluir la energía que recibo”. Dice que la música es su forma de seguir creciendo, mientras mueve su cuerpo como si en verdad estuviera surfeando, y eso sólo lo puede hacer estando en movimiento. Algunas veces ha comparado su vida con la de un cirquero, un hombre de caravana, un nómada. Anuncian que le espera un plato delicioso y vegano. No le voy a quitar más el tiempo. Para terminar le pregunto qué estrella guía su viaje perpetuo. Suelta la carcajada mientras usa la mesa como si fuera un congo: “Como dirían los zapatistas, es la alegre rebeldía”.

Gabriel Woltke
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Guatemala / Xibalbá 1988. Ingresó al seminario queriendo ser sacerdote, salió a estudiar literatura y luego hizo carrera como periodista. Avanza sobre el río. Desea ser escritor, corrector, carpintero, programador, diseñador, monje, mago, árbol, pájaro, ballena.


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    Mafer /

    26/09/2016 12:29 PM

    genial! simplemente genial! Café tacvba en el emf en marzo estuvo increíble! Atemporales, excelente energía!!

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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