Cuando se necesita “comer bonito”

Al regreso de un viaje, una de las mejores formas de reconectarse con la familia y los amigos es compartir una buena comida. Con ese propósito mi mejor mitad organizó un desayuno hace algunos días. Hijos y nietos fueron convocados a un desayuno para ‘ponernos al día’ de los pequeños eventos que hacen la vida familiar.

Gastro Opinión P258
Esta es una opinión

FOTOS: Marco Gavio Apicio

Con niños pequeños de por medio, este tipo de salidas se encuentra limitado por la disponibilidad de algún tipo de distracción en el establecimiento. A menudo, eso implica serias concesiones gastronómicas: uno termina acudiendo a restaurantes y cafeterías a las que no acudiría de no ser por los juegos y distracciones que ofrecen.

Resignado a un desayuno gastronómicamente anodino me senté al volante cuando me sorprendieron con la dirección: el Hotel San Gregorio. Este es un pequeño hotel y spa ubicado en el camino a Santa Elena Barillas, por la Carretera a El Salvador. Yo había estado allí en algún taller de trabajo y me había encantado: el hotel es pequeño, construido inteligentemente aprovechando la topografía de una ladera que mira hacia el lago de Amatitlán y el valle de Villa Canales.

Los edificios están desperdigados entre prados y árboles. Las habitaciones están construidas a manera de quedar disimuladas y sus techos son parte del prado. Y las instalaciones del spa –que no he llegado a utilizar- son muy agradables: piscina, baños de vapor y salas de masaje. Aunque no tiene juegos para niños, tiene amplios prados y veredas para que los menores exploren y se entretengan.

Pero lo mejor del hotel es su vista: cerros que van declinándose suavemente hasta convertirse en sembradíos que terminan a la orilla del Lago de Amatitlán. Y detrás, las moles del Volcán de Agua, lejana pero nítidamente dibujada, y del Volcán de Pacaya, que pareciera volcarse sobre el lago. Un regalo para la vista. El hotel aprovecha al máximo su ubicación con un ‘deck’ voladizo en el que se llevan a cabo ceremonias nupciales. Esa perspectiva sobre el Lago de Amatitlán a lo largo del camino entre la Carretera a El Salvador y Santa Elena Barillas es de los paisajes más hermosos que tenemos, y ciertamente lo mejor en el entorno inmediato a la ciudad capital.

El pequeño restaurante del hotel atiende cada vez más a personas que llegan exclusivamente a comer mientras disfrutan del paisaje. El arreglo del restaurante es de tipo tradicional, sin alardes de modernidad –lo que no deja de ser un contraste con la cuidadosa arquitectura contemporánea del Spa- pero acogedor, sobretodo si uno logra espacio en el balcón abierto al paisaje. Cuando llegamos, no muy tarde una mañana de domingo, tuvieron que arreglarnos una mesa en una de las terrazas adyacentes porque los ambientes del restaurante ya estaban llenas. Pero lo hicieron rápido y quedamos bien instalados.

Foto: Marco Gavio Apicio

El menú de desayunos es bastante predecible: huevos preparados de distintas maneras –rancheros, chapín, benedictinos, etcétera- cereales, panqueques, yogurt y frutas. Jugos y café. Nada excepcional o innovador pero algo para toda la familia.

Yo ordené los huevos rancheros, que vienen servidos sobre una cama de totopos y frijoles colorados, con queso fresco, tomate, perejil y cebolla morada. Un plato generoso, bien servido, pero con un pelo en la sopa: la cebolla –uno de esos ingredientes que hay que manejar con cuidado- era demasiado pungente y terminaba por ofuscar los otros sabores del plato. Un poco menos de cebolla, cortada más fina, y -sobre todo- ‘apagada’ en agua hirviendo para suavizarla sin quitarle el sabor, podría corregir el problema. Pero el resto de los comensales no encontró ningún motivo de queja: mi esposa quedó muy agradada con su yogurt con frutas. La salsa holandesa de los huevos benedictinos estaba bien preparada. Los huevos ‘a caballo’ –sobre un trozo de lomito- venían muy bien acompañados y con un chirmol fresco.

Foto: Marco Gavio Apicio

Pero lo que vale la pena resaltar fueron los panqueques de fresa que pidió uno de los niños: deliciosos. Diferentes, sin ninguna duda, de los panqueques ‘de caja’ a los que los restaurantes nos tienen tristemente acostumbrados. Verdaderamente esponjosos, con trozos de fresa en una masa delicada, una jalea que no estaba exageradamente dulce y generosamente servidos: más allá de la capacidad gástrica del más pequeño de la tribu, los mayores los terminamos con la excusa de darles el visto bueno. Yo, que no soy fanático de los panqueques, quedé invitado a ordenarlos en alguna futura expedición.

En fin, un buen desayuno, sin ser excepcional. El costo salió más o menos en Q65 por persona. Los platos tiene un costo promedio de Q50 quetzales con un rango que va desde Q25 por un par de huevos simples, hasta los Q99 de los huevos con lomito. La diferencia está en pedidos adicionales: el café americano está incluido pero si uno quiere algo más fuerte –espressos, lattes y capuchinos, buenos todos- se pagan adicionalmente.

Pero lo que no tiene precio –parafraseando a la propaganda de tarjetas de crédito- es el paisaje: es un descanso para la vista. A San Gregorio hay que ir cuando uno quiera –cuando uno necesite- ‘comer bonito’: llenarse los ojos de paisaje y alimentar el espíritu de la impresionante belleza que la geografía ha regalado a nuestro país.

Marco Gavio Apicio
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Creció en esa época prehistórica en que la comida casera no venía congelada y los micro-ondas solo existían en Los Supersónicos. Esta difícil infancia lo marcó para siempre y se resiste a aceptar cualquier forma de industrialización culinaria. Amante de la buena mesa y del buen vino, los busca donde las haya y cuando no los encuentra, los sirve en su casa.


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    Marco Gavio /

    17/05/2015 6:11 AM

    Estimado Anonimo,
    En estricto sentido linguistico tiene Usted razon. Pero la referencia a 'comer bonito' es una licencia poetica 'bloguera' que nos hemos tomado desde la columna original de este blog. Lo invito a consultar esa columna en los archivos de este sitio, para vea Usted de donde proviene este giro coloquial que hemos decidido adoptar. Su sentido es exactamente el que Usted señala: todo lo relativo al ambiente de un restaurante, y que se complementa con los otros tres parametros que consideramos para calificar una experiencia culinaria: calidad de la comida, calidad del servicio, y relacion calidad/precio. Los lectores habituales de esta columna ya estan acostumbrados a esta licencia, y ojala que Usted llegue a acostumbrarse; es decir, que nos visite regularmente.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    ANONIMO /

    16/05/2015 7:22 PM

    Me imagino que eso de comer bonito se refiere al paisaje o a la presentación de la comida y no al sabor. No hay sabor bonito. Hay muchas maneras de explicar un sabor pero bonito no es uno de ellos.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Luis Lopez Silvestre /

    14/05/2015 3:10 PM

    Ya extrañaba el Gastro entre tanta crisis política un respiro para la lectura y una invitación a imaginar una bonita comida. Apuntado a la lista de "Cosas por hacer"

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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