#8M #NosotrasParamos ¡Huelga en la academia!

Porque una mujer en la academia sigue siendo, en pleno 2018, un unicornio forjado en diamante.

Volcánica #8M #8Marzo #NosotrasParamos academia P369 volcanica

Ilustración de Rory Midhani para la revista Autostraddle.

Como soy proletaria, hija de la guerra y de tatas de izquierda, la idea de la huelga del 8 de marzo me emociona mucho. Por fin se reclama y se reivindica, pensé al ver la convocatoria, toda nuestra labor emocional, las triples jornadas que vi a mi mamá hacer por años, cuando estudiaba, trabajaba y paría y criaba sin que mi papá lavara un solo plato. He visto posicionamientos de trabajadoras de todo campo: doméstico, económico, sexual, militante y artístico, pero pues, en mi rinconcito academicoide de mujeres brillantes nadie ha dicho nada.

Digo academicoide por mí, no por las mujeres que me rodean laboral y universitariamente: todas analíticas, brillantes y siempre cansadas porque tras nueve horas diarias de preparar clases, calificar, planear estrategias de formación y todo lo que la gente llama “trabajar con la mente”, luego toca salir a mediodía, recoger a lxs hijxs, darles de comer, revisar tareas y lavar el baño y atender al marido y, y, y…

Y a pesar de que saben cognitivamente, al menos, que existen tal cosa como los feminismos y conocen el concepto de “labor no remunerada” y crían a nuestros hijxs enseñándoles que las labores domésticas se hacen entre todxs, esas mujeres siguen estando perpetuamente exhaustas y sin esperanza alguna de que su cansancio sea reconocido; porque una mujer en la academia sigue siendo, en pleno 2018, un unicornio forjado en diamante.

A pesar de que entre esas mujeres y yo hay más de dos décadas de distancia, para nosotras, como para todas las bichas criadas sabiéndose listas, “trabajar con la mente” era la única cosa que teníamos pensada para nuestro futuro. Era una forma, creyeron nuestros tatas y creímos quizá nosotras, de escapar de la voraz explotación laboral de nuestras madres y abuelas, las que parían por la madrugada y en la tarde ya estaban de vuelta lavando en el río. “Trabajar pensando” era la meta para la movilidad social, para lograr ser tratadas mejor, quizá incluso respetadas.

Me tomó demasiado tiempo aceptar que no es así y quizá ellas no logren aceptarlo nunca.

Quizá mi primera pista debió haber sido la primera vez que entré a una clase en Filosofía y me descubrí la única mujer en el salón. Debió serlo y no lo fue; era la nueva en la carrera y ya eso me tenía lo suficientemente ansiosa. O no, quizá mi primera pista no ocurrió entonces sino años antes, la primera vez que entré a una clase en Derecho y en el sopor de las siete de la mañana alcancé a oír unos tacones entrando al aula. El clac-clac anunció a Profesora 1, la primera mujer que me dio clases en la universidad, aquella que escribía veloz sobre la pizarra porque sentía la mirada de ochenta tipos viéndole el culo mientras ella se esforzaba por hacerles entender el interés superior del menor.

Profesora 1 debió haber sido mi primera pista, pero no lo fue porque en aquel entonces yo tenía 18 años y me había tragado completo el cuento de que soy un ser pensante e inteligente, no como las otras mujeres que no saben imponer respeto. Ya sabés, esas pendejadas dizque empoderadoras que le dicen los tatas misóginos a una para llenarle la cabeza de mierdas. No me di cuenta, pues, de qué quiso darme a entender Profesora 1 cuando un día, de repente, me dijo que ser mujer en la academia implica cargar una armadura que no te quitás nunca de encima.

Mi segunda pista debió haber sido el suspiro hondo y sentido que dio mi jefa cuando supo que me habían propuesto dar una clase para el nuevo ingreso de la universidad. “Oígame, Virginia: lo más difícil es hacerles entender que usted no es ni su mamá ni su novia y la relación en el aula tiene que ser seca y al punto”. Mi yo hija de educadores populares se retorció como babosa y siguió retorciéndose hasta que recibió siete correos furibundos de unx alumnx exigiendo le solventase una crisis conceptual… en domingo.

Esa habría sido una muy buena segunda pista, pero quizá debí haber elegido otra muy anterior, la de aquella vez en que me sentí afortunada porque en segundo año de Filosofía ya no era yo la única, sino que había tres mujeres en un salón y, contra todo pronóstico en ese entorno de competencia soporífera y furibunda, con una de ellas me llevaba muy bien: nos compartimos apuntes, nos reíamos de la gente. Ella es reina y señora del performance femme, así que todos los tipos de la carrera andaban detrás suyo, incluyendo a un alumno de quinto año quien al verla comprar un libro particularmente difícil, tuvo a bien decirle que “esos treinta dólares te habrían servido más si te comprabas un pintalabios”.

Nada de eso me bastó. Tampoco la súbita conciencia de que en Derecho nunca leí libros escritos por mujeres y que en Filosofía apenas leí a dos; ni el hecho de que las mujeres en Ciencias Jurídicas aparecían únicamente en el área introductoria o para hablar de Derecho de Familia; menos el que de 44 materias en Filosofía solo tuve a tres profesoras y de ellas ninguna dictaba materias de alguna complejidad ni estaba contratada a tiempo completo por el departamento. Nada de eso me bastó porque años de ciencias sociales, de investigaciones autónomas y criticismos varios nunca me hicieron reparar en que la supuesta universalidad de los saberes se celebra hasta que levantás la mano y te preguntás por qué no hay una sola mujer en la bibliografía preparada para la materia que estás cursando.

¿Con quién lo hablaba, además, si en mi jurídica juventud yo no sabía hablar con mujeres sin considerarlas competencia? ¿Con quién lo hablaba en Filosofía, si solo tenía una relación cordial y no quería asustarla con simonedebeauviorismos varios? ¿Dos mil cuatrocientos años de filosofía y solo leer a tres filósofas en toda la carrera? “Bueno”, piensa una, “pero durante buena parte de ese tiempo fuimos consideradas poco menos que vacas; algo de sentido tiene que haya un bache de más de un milenio entre Hipatia de Alejandría y Mary Wollstonecraft”, los apócrifos, la destrucción de los textos, y todos aquellos maravillosos tratados filosóficos perdidos para siempre en el Medioevo porque se los redujo a envoltura de jamón curado.

Y tratás de convencerte de que esa invisibilización disciplinaria no es un ejercicio de poder contemporáneo sino antiguo, “superado”, que no leer epistemólogas ni eticistas ni metafísicas no es negligencia ni desdén, sino reflejo histórico del desarrollo de tu disciplina. Y todo falla porque si leés cuestionamientos desde el proyecto decolonial, desde el comunitarismo. Si todo lo demás puede criticarse, ¿por qué el olor a pija rancia de la Filosofía no?

Cuando por fin me di cuenta, cuando por fin lo entendí, fue en un curso breve sobre mi campo de estudio y que impartiría una universidad chilena y una rubia delgadita, primaveral, Profesora 2, se plantó frente al salón a hablar de su tema y vi caer sobre ella −de nuevo, años después, en otra disciplina− las mismas miradas lobeznas y vulgares que tiempo antes se posaban como dardos sobre el culo de Profesora 1. Nada importaban sus años en París 8 ni su tesis doctoral, mucho menos sus años de investigación y de ventaja por sobre quienes la veían con lascivia: en un espacio donde esperaba ser tratada como una colega, como una docente, ella era reducida a solo un culo, nada más.

Probablemente lo mismo haya sentido Edna Martínez, doctorante en Sociología, afrocolombiana, cuando denunció el acoso del Dios Padre Omnipotente del proyecto decolonial, Walter Mignolo, hecho público porque Edna tuvo algo que muchas de nosotrxs en nuestras disciplinas no tenemos: una mentora a quien acudir cuando un Respetable Mmmmmmmaestro® se propasa con vos. Una relación de confianza con una colega. Otra mujer en el departamento.

“Yo necesito una filósofa enfrente para sentir que mi lugar está en esta disciplina” es algo que nunca pensé ni creí ni me dije hasta el día en que Profesora 3 entró a dar la segunda sesión del curso iniciado por Profesora 2. Abrió la boca, planteó su tema y en dos segundos, en un par de palabras, me hizo ver algo que mis profesores de siempre nunca lograron darme a entender: “Yo no entiendo El Salvador como ustedes porque las violencias pasan por el cuerpo.” La corporeidad como punto de partida de todo comprender del fenómeno social es algo tan fundamental y obviado por docentes en sociedades brutales como las nuestras, en las cuales la violencia se percibe como abrumadora metarrealidad sin matices tan absurdamente evidentes como caminar el mismo territorio siendo mujer, cosa que el más brillante filósofo nunca entenderá a plenitud por esa cosa tan sencilla y contundente que dijo Profesora 3 antes de hablar de Antonio Negri: porque nunca las han sentido en el cuerpo.

La falsa separación mente-cuerpo que tanto ha fascinado a la filosofía desde el platonismo y su revival cartesiano ha contagiado a todas las disciplinas académicas y la forma en que las entendemos, así que pensamos por defecto que si hay menos mujeres que hombres en nuestros campos de estudio se debe a que no son lo suficientemente competentes en ellos. Es la mente en estado “puro” lo único que determina la competencia de una persona en un campo dado, su comprensión de los contenidos, su desempeño académico y por eso da igual si quien habla de biopoder es un hombre o una mujer a pesar de que sus cuerpos experimentan los mecanismos del mismo de manera muy distinta. La forma en que el cuerpo vive, afronta y lidia con estos mecanismos determina, por tanto, el cómo la mente que le habita pensará sobre ellos.

Nos necesitamos, pues. En las aulas, en los consejos de investigación, en los departamentos académicos. El no leernos, el no vernos ni tenernos como interlocutoras tiene impactos tangibles: las mujeres en Filosofía, al menos en el contexto gringo, abandonan la carrera en los primeros dos años a una tasa alarmante, con la falta de mentoras (solo el 17% de docentes en los departamentos de Filosofía en Estados Unidos son mujeres) citada como uno de los posibles agravantes de esta situación. No hay investigaciones similares en Latinoamérica, pero no sería descabellado pensar que las cifras en nuestros contextos pueden ser similares o peores.

Ninguna de las mujeres de quienes hablé al principio se va a sumar a la huelga del 8 de marzo. Aunque quieran, aunque queramos, no podemos: en nuestra universidad, las clases apenas comienzan el 7. La opción de las coordinadoras del paro es vestir de negro y quizá ellas no lo hagan, pero yo sí. Por ellas y sus ojeras, por las profesoras que tuvieron que dejar de usar falda para no ser vistas como chuleta en el aula y por fin se las dejara hablar del interés superior del menor o la idea del Uno en Plotino; por mi mamá odiando dar clases pero haciéndolo durante diez años porque si no no podía mantenernos, por ella llorando mientras calificaba exámenes porque no podía con el cansancio, pero no podía parar.

Por las mujeres con alta escolaridad, con maestrías y doctorados, que tampoco pueden romper sus ciclos de violencia doméstica y les cuesta asimilarse violentadas porque algo, alguien, les hizo creer que eso solo les pasaba a las mujeres pobres y sin acceso a la educación y asumirse victimizadas las hace sentirse profundamente estúpidas, como si la culpa fuera suya, como si un título te librase de todas las demandas sociales que vienen dadas con el ser mujer.

Por las estudiantes de las ingenierías, las matemáticas, la filosofía, la arquitectura, que sienten que el día que la caguen al exponer, al hacer un examen, cargan con todo el peso de su género.

Por las maestras que no tuvimos y las mentoras que necesitamos.
Veámonos. Leámonos. Investiguemos juntas. Este 8 de marzo, paremos para que podamos construir en colectivo.

Virginia Lemus
/

Virginia escribe desde y sobre lo que acontece en Centroamérica porque se hartó de que la gente que no vosea se hiciese cargo de ello. Estudia filosofía porque ahí va a parar la gente que no sabe qué hacer con su vida, excepto que ahora sí sabe que lo suyo son la Italian Theory y quisiera dedicarse a hornear pasteles pero la vida no la deja.


Anuncio

Hay Mucho Más

No te perdás las últimas publicaciones de Nómada

¡Gracias por suscribirte!

(Revisá tu correo y confirmá tu suscripción)

A qué hora te gustaría recibirlo:

Te gustaría recibir sobre:

¡Gracias!


Con qué frecuencia te gustaría recibirnos:

¡Gracias!


Anuncio

0

COMENTARIOS

RESPUESTAS

INGRESA UN MENSAJE.

INGRESA TU NOMBRE.

INGRESA TU CORREO ELECTRÓNICO.

INGRESA UN CORREO ELECTRÓNICO VÁLIDO.

*



Notas más leídas




Secciones