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Así son las conferencias para sumar adeptos en contra de la “ideología de género”

Estuvimos en una conferencia de la “Ola Celeste” en Barranquilla, Colombia, para entender como hacen los grupos anti-derechos para poner a la gente en contra del movimiento feminista.

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Una de las integrantes del grupo anti-derechos "40 días por la vida", promociona la conferencia en una estación de radio católica.

A finales de noviembre se llevo acabo en Barranquilla, una ciudad costera en el norte de Colombia, una conferencia confusa y controversial: “Femenina sí, Feminista más nunca”. Al leer el título uno creería que el tema central sería el feminismo, pero resulta que no es así. La conferencia, que no dice en ningún lugar que la temática por discutir es el aborto, está organizada por un colectivo que no revela inmediatamente si son de denominación religiosa o no, pero, los miembros del staff son jóvenes voluntarios que hacen parte del EFETA, grupo de jóvenes del EMAÚS.

EMAÚS es un movimiento laico que nace en Francia en 1949 y se consolida como un movimiento internacional en 1971, su objetivo es revivir la esperanza de los individuos marginados socialmente. Sin embargo, hace ya varios años se crearon los retiros EMAÚS que tienen como objetivo “fortalecer el compromiso de fe de los participantes a través del estudio de los Evangelios”. De esta manera, EMAÚS es una organización que se reconoce a sí misma como laica, pero que funciona a través de las iglesias de las distintas ciudades. Muchas de estas iglesias son practicantes de la fe cristiana y sus líderes están vinculados a políticos o partidos políticos específicos. Junto con los miembros de EMAÚS estaban presentes representantes del partido ultraconservador Centro Democrático. La organización que realiza la conferencia es la La ola celeste, movimiento argentino y supuestamente creado por un grupo de jóvenes que estaba en desacuerdo con la políticas pro-aborto de su país. Hoy en día es un colectivo de organizaciones religiosas con presencia en varios países de América Latina. Todas las partes involucradas en la organización de este evento hacen parte de la cruzada en contra del aborto.

 

Este es el flyer que invitaba a la conferencia de Sara Winter en Barranquilla, Colombia.

La conferencia comienza rezando el Rosario para espantar a las manifestantes que se encuentran afuera. Un grupo pequeño de mujeres ha organizado una protesta para hacer conocer su descontento, su indignación, con el tema central de la conferencia. Un miembro de la organización, una mujer de blusa azul con el logo de La Ola celeste comienza a rezar. Primero pide la protección de los hijos de Dios (todo aquel que estuviese dentro del auditorio), y continúo pidiendo por el perdón para los hijos que no comprenden aún la misión de Jesús en el mundo (refiriéndose a un grupo de personas que se encontraba afuera).

Cuando terminan de rezar entra la invitada: Sara Winter, ex-participante del movimiento feminista Femen Brasil, que luego se hizo famosa por sus críticas al movimiento feminista y por sus opiniones radicales sobre la ideología de género, que como sabemos, no existe. Sin embargo, es una expresión que los opositores a la unión de personas del mismo sexo utilizan en sus campañas. En Colombia se hizo popular después de una falsa campaña, en el 2016, en contra de una propuesta de educación sexual incluyente que hacía parte del programa del Ministerio de Educación. La bandera de la “ideología de género” fue crucial para la derrota del sí en el Plebiscito que buscaba validar el tratado de paz.

Winter comienza su discurso hablándole al público de sus precarias condiciones de vida mientras crecía. Menciona la pobreza de su familia, la violencia y corrupción social que engulleron a su hermano en problemas de microtráfico de drogas, y que luego, lo llevaron a violentar constantemente a su familia. Le cuenta al público cómo se vió obligada a salir de su casa y a rebuscarse la vida en la calle. La figura central de su historia, su hermano, un hombre, es la persona abusiva que la condujo a repudiar a todos los demás hombres. La violaron. La destrozaron por fuera y por dentro. Dice que su rabia, principalmente a los abusos de su hermano, luego a los hombres en general por su experiencia como trabajadora sexual, fue la razón principal de su participación en el movimiento feminista. Es importante anotar que si bien muchas mujeres llegan al feminismo por su experiencia violenta con los hombres, el feminismo nos explica que el problema de violencia que enfrentamos las mujeres es estructural, y no se reduce a las acciones de unos individuos que podemos odiar o no. Además hay que añadir que, aunque las trabajadoras sexuales caen en situación de intensa vulnerabilidad dado que su trabajo no está protegido ni regulado, no todas lo viven como una experiencia necesariamente violenta.  En todo caso, Winter habla de su experiencia personal, que es válida, y explica que ella llega al feminismo por el odio que sentía hacia los hombres y para “desafiar a Dios”.

Luego nos cuenta que su interés se acrecienta cuando ve en televisión una manifestación de un grupo de mujeres topless que dicen luchar por los derechos de la mujer, Femen. Este movimiento feminista es creado hace ya un década por un grupo de chicas en Ucrania y es conocido por criticar y actuar en contra de los cimientos políticos del régimen de Putin. Hay muchas críticas que se le pueden hacer a un movimiento como Femen (por ejemplo, en qué contextos mostrarnos topless es subversivo y en qué contextos no) pero el movimiento ha sido mal representado por la prensa internacional que no destaca de las protestas de Femen su fuerza y su valentía, sino su estrategia de utilizar el cuerpo desnudo de las mujeres para llamar la atención.

Sara Winter cuenta que luego se pone en contacto con el movimiento Femen en Ucrania y deja el Brasil para “entrenarse” como feminista. Ojo al verbo que utiliza: entrenar. Todas la feministas sabemos que nadie tiene que ser adiestrado para considerarse feminista, pero cuando Winter utiliza el verbo entrenar para referirse a su iniciación en el movimiento Femen, empieza a narrar el feminismo como una milicia en la que las personas son adoctrinadas y adiestradas. Continúa contando, manteniéndose en el campo semántico del verbo entrenar, que su militancia en el movimiento feminista estuvo llena de  prohibiciones maltratadoras y constantes “lavados de cerebro” en los que que tergiversada, según ella, el “verdadero empoderamiento de la mujer”. Si bien anuncia las prohibiciones maltratadoras no dice mucho sobre ellas, ni cuáles eran, ni cuántas, ni qué tipo de prohibiciones. Lo único que dice del entrenamiento que recibió es que le enseñaron que todos los hombres, todos sin excepción, iban a ser violadores y abusadores, y que además le enseñaron a ser polígama y promiscua y le prohibieron sonreír porque la mujer debía ser fuerte.

Volvamos al discurso, le enseñaron a ser promiscua. Dentro de muchas de las luchas que nosotras las mujeres hemos tenido que llevar, una de ellas,  es en contra de la percepción de nuestro cuerpo como un objeto sexual. Gracias al feminismo las mujeres podemos reconocernos y ser reconocidas hoy como sujetos deseantes. Para Winter, para el propósito de su discurso, resulta muy conveniente reducir todos nuestros esfuerzos para identificarnos y reconocernos como sujetos deseantes al sustantivo promiscuidad. El término de promiscuidad, su significado y la aprehensión social del mismo, genera rechazo y estigma.

Winter pasa de hablar de su experiencia particular a pontificar sobre cómo el feminismo busca “acabar contra cualquier estructura en donde existan las mujeres, porque esta responde a un sistema patriarcal”. Dice que luego  de hacer parte de Femen durante cinco años, queda embarazada con apenas 22, y afirma que al buscar la ayuda de “todas las feministas”, que decían ser sus amigas, la “inducen a abortar”. Añade a su historia que las feministas más que apoyarla y acompañarla, “la convierten en un instrumento de marketing”. Supuestamente le dicen que ella “tendría que convertirse en un ejemplo y abortar”. Dice que no le dejaron otra opción, y abortó. Esta es otra gran mentira: las feministas estamos a favor del derecho de las mujeres a elegir, por eso ninguna feminista jamás “obligaría” a otra mujer ni a un aborto forzado ni a una maternidad forzada. Las feministas no hacemos de nuestra opinión y elección una máxima universal. El derecho a decidir es la apertura a la posibilidad del aborto si -yo mujer- decido abortar, pero la decisión es personal. La legalización del aborto también nos garantiza el cuidado médico necesario y suficiente para este tipo de procedimientos que puede llegar a ser inseguros cuando ocurren en la clandestinidad.

A continuación Winter cuenta que las pastillas que utilizó para abortar le sentaron mal y empezó a desangrarse. En realidad es normal tener sangrado durante un aborto con Misoprostol. El Misoprostol es un medicamento para causar el aborto que puede ser utilizado dentro de los primeros 70 días del embarazo. Dentro de los 50 días la píldora es más eficaz que en los últimos 20 días, sin embargo son muy raros los casos en los que no funciona y tiene consecuencias graves. Según ella, “moribunda”,  acudió a “todas sus amigas y conocidas feministas” y ninguna quiso ayudarla. Es extraño el caso en el que una intervención con pastillas durante las etapas iniciales de la gestación deje a una mujer en ese estado moribundo, pero puede ser cierto que el procedimiento por el tiempo de gestación o por su propio cuerpo, le haya producido sangrados muy fuertes y cólicos dolorosos. Ella cuenta que un grupo de mujeres cristianas la encuentra y la asiste. En la clínica le dicen que deben practicarle un legrado pues el aborto con pastillas no funcionó. Este es el procedimiento regular en el raro caso de que las pastillas fallen, sin embargo, se sabe que prestadores de servicio en contra del aborto practican legrados innecesarios para asustar a las mujeres.

Winter afirma que gracias a las mujeres cristianas ella sobrevivió. Entonces, dejó el movimiento feminista y se unea la Iglesia cristiana. Cierra como las películas de princesa de Disney, después de una vida trágica y sufrida, habiéndose convertido, ya estando en “el camino del señor”, dice ella, encuentra el verdadero amor, se casa con un militar, y queda embarazada y tiene un hijo, que “según sus amigas feministas, es un futuro violador”.

Para la conferencista las feministas son contratadas por la empresa multimillonaria del aborto para “convencer” a las futuras generaciones de que el aborto es asunto de salud pública. Que las feministas decimos trabajar por los derechos de la mujer, cuando no hacemos más que promover el sexo, la promiscuidad y la droga. Para Sara Winter, el feminismo lo único que busca es encontrar privilegio “para las mujeres de izquierda” y que para ser feministas debemos declararnos contrarias a la religión.

Todos estos argumentos son falsos pero la audiencia, mal informada, apenas lo nota. Quizás la mejor prueba son las Católicas por el Derecho a Decidir, feministas católicas que trabajan en toda Latinoamérica por garantizar los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres.

El hilo narrativo de la conferencista está infestado de lugares comunes que suscitan el amarillismo y el morbo del público. Los lugares comunes se hacen comunes precisamente porque son experiencias ciertas para muchas personas. El dolor de su historia, de la historia de Sara Winter, es un dolor del que muchas mujeres somos victima y testigo. Como mujeres nos sabemos expuestas y vulnerables a historias como la de ella, historias que pasan desapercibidas por una sociedad que las normaliza y las acolita. Sin embargo, la manera en la que cuenta su historia, como se hace víctima tanto de hombres como de mujeres, y no cualquier tipo de mujer sino de mujeres feministas, es lo que resulta hiperbólico y manipulador de su discurso.

La selección de sustantivos y adjetivos específicos revelan el objetivo malicioso de su narración. Nunca habla del derecho a decidir, siempre del aborto, nunca habla de las feministas como mujeres, como tampoco muestra los argumentos y las experiencias positivas que encontró en el feminismo. Su manera de expresarse, el tono alto de su voz y sus expresiones provocadoras, no invitan a los espectadores a pensar y reflexionar sobre los temas cuestionados, no, invitan a sentir su indignación, su tristeza, su rabia. Los sentimientos, la sensibilidad, se queda en el terreno de las pasiones, no elabora ni ayuda a que su público elabore juicios críticos sobre la temática presentada. No le interesa que el sentimiento, la emoción y la empatía haga de la sensibilidad el eje de la reflexión. No le interesa que piensen, le interesa jugar con las pasiones de su público. Lo hace irresponsablemente jugando con el lenguaje, unificando todas las corrientes del feminismo en una única manera de pensar y entender la lucha de las mujeres.

La conferencia no da a conocer hechos específicos, reales, comprobados que dejen entender el aborto y las distintas políticas públicas que lo garantizan como un derecho para las mujeres. Todos sus argumentos nacen y terminan en su experiencia particular. Si bien el evento tiene el objetivo de formar a los jóvenes y fortalecer los vínculos y las ideas tradicionales de lo que debe ser una familia, no busca hacerlo despertando el pensamiento crítico de las personas, no busca formar, educar, ni sensibilizar, pues el adoctrinamiento implica un proceso de aprehensión en el que la personas sin necesidad de entender se apropian y replican las instrucciones que le están siendo dadas. Y esta es una gran ironía pues Winter adoctrina, al tiempo que acusa falsamente al feminismo de adoctrinar.

La educación de seres humanos depende de procesos formativos en los que sus facultades se ejercitan para comprender el mundo. Entender, sentir y actuar con valores que humanicen la sociedad es el objetivo de la educación. Hablar sin entender el peso de nuestras palabras sigue generando un mundo que no tiene espacio para el otro, para los otros, que no son idénticos a mí. La conferencista quiere instruir, dirigir, encaminar, doctrinar a sus interlocutores. ¿Para qué educar? Un pueblo educado no le hace fácil el mandato a ningún gobierno. ¡No piensen! ¡Obedezcan!  Y Sara Winter lo tiene muy claro. La efectividad de su discurso y de sus argumentos radica precisamente en el hecho que no le exigen al espectador hacer un esfuerzo para comprender lo que está sintiendo. El amarillismo de un discurso hiperbólico, del discurso de Winter, logra que la emoción y las pasiones que despiertan sus afirmaciones, porque tratan de temas de la intimidad humana, rebasen los hechos reales. Ella hace de su vida, su experiencia y sus decisiones una máxima universal determinada por la necesidad, por factores inamovibles, cuando en realidad no es así. Su vida y su experiencia son suyas y si bien podemos aprender de ella, debemos hacerlo sin caer en la trampa de exageración, su vida no es la de todas las mujeres que han decidido abortar, y su experiencia como feminista no es la de todas las mujeres que nos consideramos feministas.

Los argumentos utilizados por Winter son premisas ambiguas que contienen ciertos grados de veracidad aunque no sean completamente ciertas. Lo que puede haber de cierto en ellas, en las premisas utilizadas por la conferencista, logra que un público que desconoce del tema no note las inconsistencias y las asuma como verdaderas. Muchas de las cosas que dice pueden haber sido para ella experiencias reales, vividas y sufridas, pero no son en absoluto la experiencia universal de toda mujer feminista o de toda mujer que decide abortar. Desde sus inicios el feminismo ha sido un movimiento intelectual y existencial que a través de la razón crítica ha logrado la emancipación de seres humanos. Ha derribado estereotipos fijos y le ha abierto la posibilidad a muchas más personas, a muchas más mujeres, de tener una vida digna de ser vivida. Por esta razón, por la libertad y la fuerza que el feminismo le ha dado a muchas, la libertad de pensar y de ser, se convierte en un blanco para el discurso de una política perversa que busca, más que el bienestar de la población, el control sobre ella.

 

Daniela Pabón
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Daniela Pabón es Filósofa de la Pontificia Universidad Javeriana. Es Magistra en Filosofía de la Universidad del Norte, donde es profesora de la División de Humanidades y Ciencias Sociales, y miembro del Grupo de Investigación Studia. Escribe poesía y dirige talleres de Escritura creativa y Filosofía para niños en la Fundación Círculo Abierto.


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    Víctor López /

    24/01/2019 10:26 AM

    Doña Daniela ; sería bueno que que fuera no sólo una vez , si no muchas ... Así se pasa al lado correcto , su talento está siendo desperdiciado, en algo que no vale la pena...

    ¡Ay no!

    2

    ¡Nítido!

    Guillermo /

    23/01/2019 3:22 PM

    El fanatismo y el fundamentalismo en todas sus formas, aparte de ser un absurdo social, son un peligro para la convivencia pacífica y la vida en democracia. De esa cuenta los fanáticos y fundamentalistas creen que si algo es malo (el feminismo, por ejemplo), debe aniquilarse junto a todo lo que lo rodea. No hay reflexión, no hay pensamiento, no hay razonamiento, solamente dogma. "Uno tiene derecho derecho a ser integrista, a creer profundament en sus ideas. Pero el fanatismo es peligroso, porque elimina al disidente" Marcel Marceau.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

      Julio González /

      17/04/2019 7:59 PM

      Muy buen punto. Tan dañino es el fanatismo de algunas que se declaran "feministas" pero no son capaces de respetar el derecho a decidir, como dañino es el fanatismo de quienes despotrican contra la "ideología de género" sin siquiera poder articular las ideas de tal supuesta ideología. :-(
      Atinada frase de Marcel Marceau.

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!

    Víctor López /

    22/01/2019 9:24 PM

    ME ENCANTO EL ESLOGAN FEMENINA SI , feminista no... Gracias por esa idea la adoptaremos aquí en guatemala que vivan las mujeres femeninas ABAJO LAS FEMINISTAS.

    ¡Ay no!

    9

    ¡Nítido!

      Julio González /

      17/04/2019 7:56 PM

      Como que no entendió el mensaje de lo que leyó.

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!



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