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Carolina Herrera, un homenaje a la apropiación cultural

Nuestras ropas relatan historias, le hablan de nosotras mismas a quien nos observa, narran cuentos sobre la vida presente y la de nuestras ancestras, emulan las flores, los animales y las plantas de nuestro entorno, reflejan roles y relaciones sociales y guardan horas de vida y esfuerzo de la artista que las creó. Cuando una marca de renombre saca provecho de estas historias invisibiliza todo lo que existe detrás y contribuye a la marginalización de nuestros pueblos.

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La polémica es esta: La marca Carolina Herrera ha creado una colección llamada Resort 2020 que asegura “rinde homenaje” a la riqueza cultural de México, por su parte la Secretaria de Cultura del país envió una carta a la empresa afirmando que dicho homenaje no es otra cosa sino apropiación cultural, y exigiendo una disculpa y una explicación de cómo esta colección beneficiará a los pueblos de origen de los diseños.

No es la primera vez que alguna marca de ropa argumenta homenajear o inspirarse en los diseños creados por pueblos indígenas, para transformar en mercancía para las élites el conocimiento y la identidad puestos en estos patrones, sin generar ningún beneficio a dichos pueblos. En el estado de Oaxaca uno de los casos más sonados fue en 2015, cuando la diseñadora Isabel Marant utilizó la copia exacta de los diseños y modelos de blusas característicos del pueblo mixe de Santa María Tlahuitoltepec. Las autoridades de la comunidad denunciaron que la firma de la diseñadora llegó al punto de tratar de patentar estos diseños, por una supuesta disputa de derechos de autor que mantenía con otra casa de diseño, finalmente la diseñadora rechazó que estuviera tratando de obtener la patente y argumentó que simplemente se ”inspiró” en el arte del pueblo mixe.

La utilización indebida de la iconografía indígena es un fenómeno ya totalmente naturalizado, refleja la amplia tendencia a la folclorización de la vida indígena y la ausencia de políticas para la protección del patrimonio cultural y del arte de los pueblos. La apropiación cultural aprovecha una clara disparidad de poder donde un sector social y económicamente privilegiado obtiene provecho de elementos propios de una cultura o un pueblo.

Las y los artistas indígenas no se enfrentan sólo a Carolinas Herrera, Isabeles Marant o Pinedas Covalin (marca oaxaqueña de diseño que lleva años lucrando con las iconografías indígenas) en esta pugna por su patrimonio cultural y su sobrevivencia, viven y comercian en condiciones de desigualdad, son afectadas por revendedores y consumidores indiferentes, y por la competencia con productos traídos de países maquiladores asiáticos.

Los pueblos indígenas viven y vibran, su cosmovisión, es decir su manera de ver el mundo, se encuentran reflejados en esos diseños que los identifican. Así,  los huipiles triquis relatan historias de vida emulando la metamorfosis de las mariposas; los diseños wixarikas reflejan a sus deidades representadas con el peyote, su planta sagrada, el venado y otros elementos míticos; y en el Istmo las mujeres sabemos identificar el estilo de bordado, los diseños de flores, los patrones geométricos de las cadenillas, las formas de las enaguas e incluso el largo o el ancho de los huipiles para identificar al pueblo de origen de la mujer que los porta.

Nuestras ropas relatan historias, le hablan de nosotras mismas a quien nos observa, narran cuentos sobre la vida presente y la de nuestras ancestras, emulan las flores, los animales y las plantas de nuestro entorno, reflejan roles y relaciones sociales y guardan horas de vida y esfuerzo de la artista que las creó. Cuando una marca de renombre saca provecho de estas historias invisibilida todo lo que existe detrás y contribuye a la marginalización de nuestros pueblos.

El gobierno mexicano ha respondido a tiempo en este caso denunciando y pronunciándose ante el plagio, más este tipo de acciones mediáticas a mi parecer resultan insuficientes.  El reconocimiento de los pueblos no pasa por que personas privilegiadas sin una adscripción étnica usen nuestras vestimentas, ya sea en formas estilizadas o en sus diseños originales, se trata de que se respete el trabajo de los y las artistas que reflejan con hilos y figuras el conocimiento que su pueblo ha creado a través de los años, una cosmovisión que pinta en colores la relación que tienen con la tierra, con el campo, la fauna y la flora de su entorno, es decir con su territorio.

 

Rosa Marina Flores Cruz
/

Originaria de Juchitán, Oaxaca, México. Formo parte de la Asamblea de Pueblos Indígenas del Istmo en Defensa de la Tierra y el Territorio, desde donde colaboro con temas de derechos indígenas y de las mujeres, justicia socioambiental y educación ambiental.


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