La musa está muerta, y otras creencias más

Me uní a caminar junto a ellas y solté las lágrimas. Ni las solté, más bien salieron sin esfuerzo alguno, de esas que notas hasta que se deslizan por el cuello. Lloraba de alegría, la emoción, de la buena, me sobrecogía, a mí que no soy religiosa ni mucho menos creyente. De repente, creía en todo, en este momento de sincronía, en mí. Era una fiesta en su máximo esplendor y hasta el cielo explotaba con bombazos, baterías, sauces, y demás objetos pirotécnicos. Al menos esta noche, se sentía el júbilo en la piel, aunque el resto del año la realidad sea otra para este pueblo, y los demás pueblos latinoamericanos.

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Desfile de San Francisco de Asís en Panajachel.

Ya hace tiempo que deje de buscarla en lugares. Cuando era un poco más joven, ella venía a mí sin tan siquiera pedirlo. Me agarraba en el supermercado, en medio de una sesión de besos, en el clímax de la noche perreando hasta abajo. En algún momento, no sé cuándo, la perdí. O tal vez fue cuando me di cuenta que nunca iba a escribir como ellos: los grandes escritores.

Había venido aquí a seguir escribiendo mi primer libro, con la esperanza de que cualquier estímulo nuevo detonara algo en mí. Ya llevo varios meses que siento las palabras pegadas a una gasa blanca que está atascada desde mi frente hasta mi pecho. Por las noches, sueño que la voy sacando lentamente por mi boca, pausando entre arcadas. Pero siempre despierto antes de que la termine de sacar. Despierta, imagino la gasa blanca ahora roja obscura, como manchada con sangre vieja, entre mis manos, y el pecho se siente vacío, pero no de muerto, sino de ligero. De que por fin me atreví a escribir.

Era un poco antes de las ocho de la noche y yo no sabía qué pasaba. Cenaba mi pollo a la parrilla con chirmol, guacamol y papas cuando un policía motorizado ordenó a los vendedores de huipiles, artesanías, DVDs piratas y tenis de imitación que desocuparan la calle cerca de la iglesia. Empecé a tomar notas en mi celular con eso de que dicen que la musa te tiene que agarrar sentada. Salieron dos que tres palabras, pero mejor decidí caminar. Aunque quería evitar verme como una turista, no me aguanté y le pregunté a un señor por qué tanta prisa por desalojar el área. “Es que ahí viene la procesión”, me dijo. ¿La procesión?

Yo había arribado apenas unas horas antes a Panajachel, a unos 130 kilómetros de la ciudad de Guatemala, y el conductor del shuttle me había advertido que llegaba justo para la fiesta patronal. Recién llegué, le marqué a mi madre para avisarle que había llegado con bien. Le dije que no aguantaba el hambre, y que como había feria, iba a ver qué antojo encontraba. “¿Quién es el patrón?”, me preguntó. “Ni idea”, contesté. “Ha de ser San Francisco de Asís, mañana es su día”, agregó.

Nunca he visto que mi mamá pise una iglesia, solo en mi primera comunión que yo decidí hacer a mis 11 años para mínimo pertenecer en eso, o en algún cumpleaños de la Guadalupana, y bueno, cuando hay muertos. Pero si algo recuerdo de mi infancia politeísta, es que arriba de un clóset mi mamá tenía dos budas panzones antes de que el budismo se pusiera de moda, y en algún lugar de la sala, había una pequeña estatua labrada en madera de San Francisco, santo de los animales. Mi mamá siempre ha rescatado perros callejeros —en algún momento llegamos a tener hasta ocho perros en la casa—, y le puedes platicar cualquier historia, menos la que incluya animales sufriendo.

Seguí caminando cuando el humo del copal me frenó. Yo conozco ese olor, me advertía mi piel que se empezaba a erizar. Mi mamá es una mujer de rituales. La mañana del último día del año, agarraba un sartén, le echaba copal y le prendía fuego, no sin antes advertirnos que iba a limpiar la casa. Mi hermana y yo corríamos a escondernos apretando las fosas nasales con nuestra mano, soltando un “guácala” que salía con nuestras voces ya gangosas.

Me quedé parada y ví a San Francisco a lo lejos, con su sotana negra y diseños dorados, rodeado de flores de todos colores y tamaños. Una luz amarilla brillante se mezclaba con el humo, mientras el sonido de la flauta y los tambores se sentían cada vez más cerca. Las mujeres vestidas con sus huipiles, cintos bordados y faldas hasta los tobillos pasaban delante de mí cargando cirios y copaleras.

Me uní a caminar junto a ellas y solté las lágrimas. Ni las solté, más bien salieron sin esfuerzo alguno, de esas que notas hasta que se deslizan por el cuello. Lloraba de alegría, la emoción, de la buena, me sobrecogía, a mí que no soy religiosa ni mucho menos creyente. De repente, creía en todo, en este momento de sincronía, en mí. Llegamos a la iglesia y la multitud lo recibía con solemne respeto, pero no como a un patrón impuesto, como un amigo al que le han dado y les ha dado. En este momento se vivía la ilusión de que se le ha dado la vuelta a esta herencia patriarcal colonial. La gente aplaudía, los niños corrían de un lado a otro, y los borrachos sonreían con los ojos entrecerrados levantando la botella vacía en señal de brindis. Era una fiesta en su máximo esplendor y hasta el cielo explotaba con bombazos, baterías, sauces, y demás objetos pirotécnicos. Al menos esta noche, se sentía el júbilo en la piel, aunque el resto del año la realidad sea otra para este pueblo, y los demás pueblos latinoamericanos.

Permanecer en un estado de fe se me dificulta, y ahora veía que al rebelarme a la fe impuesta por ese sistema que nos invalida constantemente, rechacé todo aquello considerado sagrado, incluso mi propia divinidad. ¿En qué momento rechacé mi propia inspiración creativa para creer en la musa de ellos? ¿Acaso me había disociado tanto que había caído en el turismo espiritual y en la esperanza de que un pueblo “lejano y pintoresco” me regresara el aliento perdido (que por cierto no perdí, deje que me arrebataran)? ¿Hay alguna forma de vivir “la magia, el folclore y la tradición” que no sea a través de este mentado condicionamiento colonial?

Era mi primera noche, y no solo la agonía de no poder escribir aumentaba, pero también la agonía de no poder reconocerme. Aquí estaba, a mis 33 años, sentada en la orilla de una cama que no es mía, con las manos descansando sobre mis piernas, recogiendo las lágrimas que saltaban desde mi cabeza caída. “Mi musa está muerta”, murmuré. “No escribiré nunca más.”

No sé escribir textos felices, así que no sentía que el mundo iba a perder mucho por este auto descubrimiento. Cada cosa que he escrito en los últimos años incluye la palabra “muerto” o “huesos”. Pero yo sí perdía. Perdía años de mi vida, infinitas horas de trabajo y hojas de papel. Perdía la base —sí, falsa— de mi existencia. “No sé hacer nada más”, decía en voz alta, mi sollozo retumbando en cada esquina del cuarto.  “La musa está muerta”, repetía. ¡LA MUSA ESTÁ MUERTA!

En este proceso de cuestionamiento, deconstrucción, y reconstrucción, muchas hemos intensificado nuestra búsqueda y práctica de rituales. Un intento por hacer que el alma, espíritu o como decidamos llamarle, regrese a casa, a nuestro cuerpo. Después de tanto. Una lucha por sentirnos sin programaciones ni condicionamientos que solo tapan aquello que nos da más miedo: nuestra propia voz. Así que esa noche, deje que pasara lo que tenía que pasar. Eché mi cabeza para atrás, arqueando mi garganta y el aire entró. Por fin. Exhalé con una carcajada. “Soy mujer, chingadamadre. Yo no necesito de musas”, me dije a mí misma como quien de repente se da cuenta que existe.

Chantal Flores
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Chantal Flores es periodista y escritora independiente originaria de Monterrey, N.L. Ha trabajado en Toronto, Nueva York, Ghana, Guyana, Colombia y México, y su trabajo ha sido publicado en Al Jazeera, In These Times, Rolling Stone México y Vice. Recientemente participó en The Logan Nonfiction Program en Nueva York donde continuó trabajando en su primer libro, enfocado en las ausencias que la epidemia de desapariciones ha causado en México.


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    Ana Silvia Monzón /

    10/11/2018 1:03 PM

    me encantó tu escrito Chantal!! un abrazo.

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    ¡Nítido!

      Chantal /

      14/11/2018 5:17 PM

      Muchas gracias por leer, Ana. Abrazo.

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!



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