Nuestros cuerpos post mortem

Alguna vez leí en un cementerio que nuestras diferencias terminaban con la muerte, pero es bien sabido que entre las mujeres asesinadas no pasa eso. Hay ciertas muertes (asesinatos y feminicidios) que se vuelven detonadores de emociones, activismo e indignación, dependiendo del color de nuestra piel, estatus social, edad, espectacularidad del asesinato o nivel de santidad de la víctima, entre otras cosas. Pero por más que escribamos sobre ellas en un intento por dignificarlas, que tratemos de agruparlas equitativamente en un hashtag, seguimos hablando de mujeres muertas, una caída más, un sacrificio en esta lucha.

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La primera vez que vi un muerto ya estaba osificado. Lo más que supe de ese cuerpo es que había sido torturado ya que tenía un mecate que amarraba un par de esos huesos, pero nunca supe si era hombre o mujer, si era joven o viejo, si tenía sueños o pesadillas.

Con el paso de los años, y el aumento en la cantidad de cadáveres que he visto, he logrado distinguir que la falta de carne, o el grado de descomposición en el que se encuentra el cuerpo, influye en la reacción emocional que podríamos tener ante dicha escena. Aunque la normalidad no es ver cadáveres frecuentemente, muchas de nosotras los vemos cada vez que aparece una mujer muerta. Ya sea porque decidimos ver alguna imagen publicada por un medio sensacionalista o usuarios de redes sociales, o porque es inevitable no imaginar a “la chica muerta”.

El martes por la mañana, Ingrid Alison, de 14 años, fue encontrada asesinada dentro de una maleta abandonada en un barrio de la Ciudad de México. Horas después se informaba que Briseida Carreño Maya, de 32 años, había sido “localizada sin vida” en el Estado de México después de estar desaparecida. Más allá de la rabia e indignación, mi mente se congeló imaginando el cuerpo de Ingrid acomodado dentro de una maleta negra y el cuerpo de Briseida tirado en algún lugar al aire libre.

No lograba ver a Ingrid y Briseida vivas. Se habían convertido en objetos inamovibles. Nuestros cuerpos invadidos, adueñados, colonizados por un sistema, el mismo que dirige mi atención al acto atroz y la crueldad del perpetrador, independientemente de su género.

En 2016, Karen Esquivel, de 19 años, y Adriana Hernández, de 52 años, aparecieron asesinadas dentro de dos maletas en puntos distintos del Estado de México. En 2015, una niña de dos años, víctima de violencia sexual, fue también encontrada muerta dentro de una maleta en el centro de la capital mexicana. Las recuerdo por las maletas, así como recuerdo a Mara Castillo asesinada por Cabify, a Lesvy Berlín por el cable del teléfono, a Valeria por la combi blanca, y a otras mujeres que ya no recuerdo su nombre pero aún logro ver en mi mente los terrenos baldíos, las bolsas de plástico, las cobijas ensangrentadas.

Alguna vez leí en un cementerio que nuestras diferencias terminaban con la muerte, pero es bien sabido que entre las mujeres asesinadas no pasa eso. Hay ciertas muertes (asesinatos y feminicidios) que se vuelven detonadores de emociones, activismo e indignación, dependiendo del color de nuestra piel, estatus social, edad, espectacularidad del asesinato o nivel de santidad de la víctima, entre otras cosas. Pero por más que escribamos sobre ellas en un intento por dignificarlas, que tratemos de agruparlas equitativamente en un hashtag, seguimos hablando de mujeres muertas, una caída más, un sacrificio en esta lucha.

Llevo más de 24 horas pensando cómo escribir sobre ellas sin caer en la explotación.

He leído todo tipo de ensayos, análisis, reportajes y reportes sobre la normalización de la violencia contra las mujeres, el lenguaje de la violencia grabado en nuestros cuerpos,  la desechabilidad de nuestras vidas. Busco cómo traducir mi rabia en palabras, cómo revivirlas y honrarlas en cada frase. Pero no puedo, solo conozco sus cadáveres.

 

Chantal Flores
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Chantal Flores es periodista y escritora independiente originaria de Monterrey, N.L. Ha trabajado en Toronto, Nueva York, Ghana, Guyana, Colombia y México, y su trabajo ha sido publicado en Al Jazeera, In These Times, Rolling Stone México y Vice. Recientemente participó en The Logan Nonfiction Program en Nueva York donde continuó trabajando en su primer libro, enfocado en las ausencias que la epidemia de desapariciones ha causado en México.


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    Víctor López /

    16/11/2018 8:58 PM

    La violencia de género no existe, lo que existe es la maldad dentro del corazón de cada ser humano. Cuando matan un piloto de bus, o aparece un cadáver masculino, Los hombre no andamos diciendo; es violencia de género ... La vida de todos nosotros vale mucho , ni la del hombre vale más que una mujer ni al revés ... La violencia la sufrimos todos ... Son almas , sean más muerte de hombres o de mujeres ESTO NO ES CUESTIÓN DE ESTADÍSTICAS o números ... Repito son almas.

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!



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