Para las “locas” que buscan a sus personas desaparecidas

En Medellín conocí a las Madres de la Candelaria que desde 1999 se reúnen todos los viernes para seguir recordándole al país que siguen faltando sus hijos, sus esposos, sus familiares. En Puerto Asís, me reuní con las mujeres de Tejedoras de Vidas del Putumayo, justo cuando las Farc se desplazaban a las zonas de concentración, y en Bogotá conocí a otras más que ahora, aparte de madres o esposas, se reconocen como opositoras, protestantes, activistas, líderes. Y casi todas coincidían en algo: que de seguro estaban locas. Y esto coincidía con la percepción que las madres mexicanas tienen de ellas mismas.

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madre recoge restos en Coahuila, México. Foto: Chantal Flores.

Estamos sentadas en una oficina en el centro de Medellín, Colombia, rodeadas de pancartas, fotos de ellos y ellas, y demás parafernalia que durante décadas ha caracterizado los movimientos de familiares que reclaman el regreso de sus seres queridos desaparecidos.

Esto no es nuevo para ella, ni para los demás miembros de la Asociación de Familiares de Detenidos y Desaparecidos (ASFADDES) —organización colombiana que desde 1983 ha exigido la búsqueda de personas desaparecidas y el esclarecimiento de la verdad. Tampoco lo es para mí, después de docenas de entrevistas con familiares que buscan a sus seres desaparecidos en desiertos, cerros y fosas clandestinas en mi país, México. Pero aún así, es diferente, aunque las historias se repitan y los personajes cambien.

Al cuarto para las siete de la mañana él la llamó y le dijo:

—Nena ya vamos a salir. Tenga mi almuerzo porque estamos llegando más o menos a la una y que pereza comer por aquí. Llevo un hambre.  

Rosa María Serna, soltando una ligera risa, le dijo que desayunara y él le contestó:

—¡Ay! A mí que no me gusta comer en la calle.

Ella se puso a preparar sancocho y mazamorra para el almuerzo. Julio Eduardo Molina, esposo de Rosa, había acompañado a su amigo Guillermo Anzola Grajales a Puerto Triunfo, a unos 180 kilómetros de Medellín, a hacer unas vueltas. Pasaron la noche en casa de un familiar de Anzola, y como a las siete de la mañana del 9 de marzo de 1995 pararon cerca de la última salida que hay para Medellín a tomar algo. Eso fue lo último que se supo, que se sabe.

— Yo me acuerdo que abría la nevera y miraba ese almuerzo— dice Rosa María. —Como dos meses se quedó allí, porque se vuelve uno como inerte.

 

Rosa María Serna. Foto: Chantal Flores.

Fue a principios de 2017 cuando me senté a platicar con Rosa María, y otras esposas y madres de personas desaparecidas en Medellín, Bogotá y Puerto Asís. Yo llevaba desde principios de 2015 acompañando a madres mexicanas a buscar fosas clandestinas en diversos estados como Sinaloa, Coahuila y Guerrero, y después de encontrar miles de huesos y restos calcinados, sentía que estaba reduciendo una de las crisis más fuertes de mi país a un guión estilo CSI donde la madre mexicana agarraba pico y pala para encontrar aunque fuera unos huesos para poder llorar y descansar, como repiten constantemente los medios nacionales. Pero bien sabemos que el ser humano es multidimensional.  

Por eso me fui a Medellín, donde conocí a las Madres de la Candelaria que desde 1999 se reúnen todos los viernes para seguir recordándole al país que siguen faltando sus hijos, sus esposos, sus familiares; y a las madres del Convento de la Madre Laura, donde se reúnen para que siga la búsqueda de sus seres queridos en La Escombrera, la mayor fosa común urbana. En Puerto Asís, me reuní con las mujeres de Tejedoras de Vidas del Putumayo, justo cuando las Farc se desplazaban a las zonas de concentración, y en Bogotá conocí a otras más que ahora, aparte de madres o esposas, se reconocen como opositoras, protestantes, activistas, líderes. Y casi todas coincidían en algo: que de seguro estaban locas. Y esto coincidía con la percepción que las madres mexicanas tienen de ellas mismas.

 

Madres buscadoras en Sinaloa, México. Foto: Chantal Flores.

Históricamente, a una mujer que se desvía de los roles de género se le define como loca o histérica, una forma rápida de descartarnos, invalidar nuestras emociones y silenciar nuestras demandas. No hay ejemplo más claro que el de Argentina, donde las Madres de Plaza de Mayo son conocidas como “las locas de la plaza”. ¿Y cómo no llamar locas a un montón de madres que salieron de sus casas para enfrentar y exponer una dictadura, gobierno opresor, y/o sociedad que se rehusa a ver la realidad?

Esas “locas” no se cansan de levantar pancartas, enunciar cánticos de protesta, cargar al ser ausente en la playera, en el gaffete que cuelga del cuello. Cuando los días empiezan a pasar, y el dolor la incredulidad la incertidumbre llegan para quedarse, las mujeres —madres, esposas, hermanas, hijas— se paran de la cama y se apoderan de la esfera pública, y no solo hablan de su ser desaparecido, sino que adoptan a miles más. Sí, ¡es una completa locura! Lloran entre ellas, frente a las cámaras y antes de dormir, gritan desafiando cada pronunciamiento del Estado, a veces olvidan su propia vida, y ningún día dejan de buscar, y cuando encuentran, no descansan. Sigue la lucha por la verdad, la justicia, la no repetición.

He leído docenas de textos que analizan la resistencia y la transformación de roles tradicionales que ha caracterizado a los movimientos de las madres de los desaparecidos en diversos países latinoamericanos durante décadas. Pero a veces no basta con entender, hay que sentir, y como no soy madre, la tarea pendiente no era algo sencillo. Fue hasta hace unos meses, cuando regresaba de un viaje de reportería a uno de los estados considerados más peligrosos para periodistas y cualquier ser humano, que logré sentir algo. Al regresar a casa, mi mamá me recogió en la central de autobuses, y al subirme al carro, me abrazo y me dijo: “Ya puedo respirar”.

Esa es la “locura” de las que ellas hablan, pensé. Retomar el aliento que fue arrebatado.

 

Madre buscando en Coahuila. Foto: Chantal Flores.

 

Chantal Flores
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Chantal Flores es periodista y escritora independiente originaria de Monterrey, N.L. Ha trabajado en Toronto, Nueva York, Ghana, Guyana, Colombia y México, y su trabajo ha sido publicado en Al Jazeera, In These Times, Rolling Stone México y Vice. Recientemente participó en The Logan Nonfiction Program en Nueva York donde continuó trabajando en su primer libro, enfocado en las ausencias que la epidemia de desapariciones ha causado en México.


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    Hugo /

    11/09/2018 11:30 PM

    Perdone pero, ¿en que se desvía del rol de genero una madre que busca a su hijo desaparecido?
    Me parece que eso es lo que caracteriza a una madre, buscar a su hijo preso, enfermo, desaparecido, perdido en vicios etc. Es una actitud natural de genero que vemos en la naturaleza en general.
    Un reconocimiento y solidaridad a las madres que no pierden la esperanza de tener a sus hijos a su lado.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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