Romper el silencio: cómo recuperarse después de la violencia

A mediados del 2015 fui víctima de una violación sexual en la que casi me mataron y que no denuncié. Yo era estudiante universitaria de periodismo y, para sumarle tensión al asunto dada mi ocupación, sabía cuáles eran las cifras de las mujeres violentadas como yo en ese entonces. El año en el que fui agredida en los cinco primeros meses ya se habían presentado en Perú, 1327 denuncias por abuso sexual registradas por Ministerio de la Mujer.

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Así fueron las marchas de los colectivos feministas en Perú el pasado 25 de noviembre. Foto: Anthony Niño de Guzmán/ El Comercio

Hermana, en las últimas semanas, algunas cosas han sido determinantes para dejar de ser un agente pasivo. Hace un mes Carlos Hualpa, un acosador, le prendió fuego Eyvi Agreda de 22 años en un bus en movimiento en Lima, Perú. Ella tiene más del 60% del cuerpo quemado y estará inducida al sueño por tres meses en el área de cuidados intensivos de un hospital para evitar el dolor producto de sus quemaduras. El ‘error’ de Eyvi, es no haber cedido a tener ‘algo’ con su agresor. Hoy, como hace un mes, me sigo topando con los tuits de ‘#Cuéntalo’ y son macabros, salvajes, crudos, tristes y no sé qué más adjetivos darle. Entonces he pensado en que sí, no es mala idea empezar a “contarlo”.

A mediados del 2015 fui víctima de una violación sexual en la que casi me mataron y que no denuncié – y probablemente no lo haga nunca – porque no tengo pruebas y porque necesitaba (y necesito) o protegerme. Necesito protegerme de ser juzgada por algo que no hice y por guardarme el ‘secreto’. Porque haga lo que haga, la que saldrá perdiendo en cualquier escenario seré yo. Me protejo de un sistema judicial atroz que favorece a mi agresor y me tratará como una cualquiera. Un sistema en el que, mientras dé el atestado policial, un oficial policial me dirá qué hacía ahí y por qué no grité. Un sistema que me obligará a no ducharme después de ser agredida porque tengo que pasar por un médico legista, entregarle la ropa con la que me encontraba y que me hará contarle los hechos a diferentes personas por más que rompa en llanto. Un sistema que no querrá darme la píldora anticonceptiva para evitar un embarazo ni el kit de antiretrovitales para prevenir una ITS, pero no solamente porque no quiera, sino porque no lo tendrá, porque hay miles de actores fundamentalistas que ven pecado en estas acciones o porque la burocracia no de el abastecimiento o porque no saben cuál es el protocolo. Un sistema judicial que probablemente le de 8 años como pena máxima a mi agresor y una miserable reparación civil que no me devolverá ni el 5% de lo que he pasado y pasaré.

En ese entonces yo era estudiante universitaria de periodismo y, para sumarle tensión al asunto dada mi ocupación, sabía cuáles eran las cifras de las mujeres violentadas como yo en ese entonces. El año en el que fui agredida en los cinco primeros meses ya se habían presentado 1327 denuncias por abuso sexual registradas por Ministerio de la Mujer. Las cifras arrojaban alrededor 9 violaciones diarias; sin embargo el subregistro también era abismal porque muchas – como yo-  no denunciamos. En el 2017, en el mismo periodo, ya eran 4998, y en lo que va de este año, sinceramente no me atrevo a intentar saberlo, porque me hace daño. Me lástima. Me duele saber que no fui y no seré la última. A esto se le suma que Perú es el tercer país con mayor índice de violencia sexual en el mundo y Lima, la capital, es la quinta ciudad más peligrosa del mundo para las mujeres.

***

Aceptar que lo que me pasó, me costó seis meses de una larga y lenta agonía. No lloré por vergüenza. No dije nada porque, por más que sabía que no fue mi responsabilidad, había un ápice de culpa en mi. Me lo guardé seis meses. Pero a mi cuerpo sí le estaba pasando algo malo. De un momento a otro empecé a vomitar. Vomitaba absolutamente todo a tal punto que desarrollé una gastritis, y esta, se convirtió en principios de úlceras. No había día que no soñara una pesadilla y cada cierto tiempo tenía fiebre sin explicación. Las pesadillas trajeron consigo el deseo de no querer dormir y esto desencadenó migrañas memorables. En esos seis meses, además, casi pierdo el ciclo de la universidad y soporté la posibilidad de toparme con mi agresor en algún momento empeorando la sintomatología la descrita.

Pero la caída en picada no comenzó ahí. Fue más lenta.

Aceptar lo que me pasó fue durísimo y el buscar ayuda profesional dejo de ser un ideal para pasar a algo concreto y urgente. Pero era muy costoso. Porque en Perú la salud mental es un lujo que una practicante – en ese entonces –  a tiempo parcial con menos del sueldo mínimo podía darse, y porque pese a tener un seguro médico, no todos contemplan dentro de su cobertura la salud mental.

Era caro. Una sesión me costaba 80 soles ($25) en el mejor y más económico de los casos y yo ganaba 500 ($156). Otro consultorio me cobraba 150 ($46) , y yo ganaba, repito, 500 ($156). Un hospital público, cobraba 10 soles ($3) la sesión, pero me era ineficiente y poco personalizado, en el que para una primera cita había que esperar aproximadamente 2 meses. Y luego de eso, con suerte, era periódico. La atención terapéutica que yo necesitaba, con mi sueldo de practicante pre-profesional, no era una opción para mi. Ocho sesiones de terapia al mes – que era lo que necesitaba – se comían mi sueldo o me dejaban sin él. Y aún así, seguía teniendo suerte, porque a diferencia de otras víctimas y/o jóvenes, por lo menos yo tenía un seguro médico y un sueldo que el centro de labores me dio para aminorar la sintomatología de las úlceras y mis ingresos a emergencias por migrañas. Porque en Perú, las practicas pre-profesionales (y más por medio tiempo), pese a lo que dice la ley, ni siquiera se remuneran.

***

En agosto del 2017 estalló en fenómeno Ni Una Menos en Perú. Fueron miles las mujeres que empezaron  a publicar en redes sociales testimonios de cómo fueron violentadas. Y me di cuenta que a todas nos había pasado. A todas nos habían agredido. A todas, de alguna manera, nos habían violado. No había nadie que no conociera que no haya sufrido violencia. Todas éramos hermanas en el dolor.

Le pasó a dos compañeras de universidad, le pasó a la chica que nunca me cayó bien. Le pasó a la amiga del colegio. A la mamá de alguien. A la escolar que iba en el bus. A la vecina que estuvieron a punto de agredir. A la colega a la que su pareja partió a golpes. Le pasó a las hermanas y la familia de las que ya no están porque la mataron.  Le pasó a la amiga que se atrevió a denunciar y que le fue peor. Todas éramos hermanas en el dolor. A todas nos habían roto.

Y es que cuando eres violentada, te rompen en pedacitos. Algo en ti muere. Muere la expectativa de un mundo mejor, los sueños, las metas. Muere, a veces, las ganas de vivir y disfrutar la vida. Algo muere. Pero qué hacemos con ese dolor es lo que verdaderamente importa. Eso se convirtió en un mantra a partir de ese día. Qué hacer con este dolor.

Entonces había que decidirse. Y esa, quizá, es la decisión más valiente. Para curarse tocaba quitarse la bandita de la herida y echarle alcohol, porque de lo contrario, las heridas pueden convertirse en infecciones. Y es cierto, no vamos a ser las mismas, pero tendremos una cicatriz de guerra, una contra una sociedad machista y a un sistema judicial que nos vulnera.  

Antes de empezar a escribir estas líneas le pregunté a mi hermano por qué las víctimas tenemos que pasar por un proceso como este. Por qué nosotras tenemos que curar y armar lo que otro(s) rompieron. Y se quedó en silencio. Y es que esa es la pregunta que me he hecho los últimos 5 meses antes de animarme a escribir esto y decidir, por completo, a compartir y superar esto.

Y no hay una respuesta correcta.

Hay que romper el silencio y romperse en todo sentido. Aceptar. De-construirse. Re-construirse. No todas tendremos el valor de denunciar legal o públicamente a nuestro agresor. O el hecho de solo contarlo. No todas hemos reconocido lo que nos han hecho.

Mientras escribía esto, he pensado en la Michelle de hace 3 años y a la que me hubiera gustado decirle que no fue su culpa. Que hay personas buenas aunque no lo parezca. Que existe gente que no le hará daño. Y también he pensado en las miles de veces necesitamos leer algo que nos diga que no fue nuestra culpa, que no estamos solas y que se puede salir de esto porque, por más que parezca, aún no se acabó la vida para nosotras.

Llegar a contar esto es parte de un proceso de recuperación que quiero compartir. En el que, a lo largo de tiempo y gracias a diversas personas y experiencias, he crecido, aprendido, asumido y entendido.  ¿Qué hacer con el dolor? Tampoco hay respuesta correcta para eso, pero por el momento será escribir. Escribir hasta agotar los recursos y que se acaben las lágrimas. Escribir y usar esta trinchera para que otras sientan que no están solas, no son las únicas y podemos recuperarnos. Porque esta solo es una primera carta de las muchas que tengo para ofrecerte y ofrecerme.

Atreverse a romper el silencio porque sobrevivimos y queremos vivir.

Diana Michelle García
/

Michelle García-Coaquira Foster | Periodista. Feminista. Fundadora de Wayka.pe y comunicadora de estrategia digital en Calandria. Colaboradora en Perú de Distintas Latitudes y Lateinamerika Nachrichten. Este año es sabático para curarse, disfrutar la vida, beber los vinos que este cuerpo permita. Dominar el violín y terminar - por fin - la tesis.


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    Luisa /

    30/05/2018 9:33 PM

    Yo llevo más de 7 años cargando una culpa que me entregaron. Alguien a quien amo dijo que yo era la culpable. 7 años! Recientemente se disculpó conmigo, pero todo ese dolor no es fácil de desaparecer.

    7 años 4 meses 5 días en los que todas y cada una de las noches tengo pesadillas.

    ¿Qué hacer con el dolor?

    El pago por acceso a salud mental es un lujo también acá en Guatemala: US$54.00/hora un psicólogo con experiencia; US$108.00/hora un psiquiatra con experiencia en éstos temas.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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