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Desfachatez y abulia

A quienes estaban esperando la entrega de la segunda parte del blog sobre el Estado Islámico les doy una disculpa: se los quedo debiendo para la próxima semana. Sencillamente, me ha parecido que en las actuales circunstancias políticas nacionales, continuar discutiendo la gravedad del extremismo religioso en el Medio Oriente seria inconsecuente con el país y con las posiciones que hemos ido tomando en este blog en torno al ejercicio de la ciudadanía.

Opinión P258
Esta es una opinión

Facebook. Soy502

No me encuentro en Guatemala, pero hasta las costas del Océano Indico donde estoy ha llegado el oleaje político desatado por el escándalo de las aduanas. No es que me sorprenda. Esto se trata, parafraseando a García Márquez, de la crónica de una crisis anunciada. Los alcances de la penetración en la institucionalidad política del país de las redes criminales en general, y de este gobierno en particular, no son novedad. Ya hace varios años desde informes internacionales serios hasta columnas de chisme político nacional han venido dando cuenta –pasando por noticias, comentarios, denuncias, investigaciones periodísticas, campañas públicas, etcétera- de este fenómeno que sin ser nuevo se ha venido profundizando, y que ahora da lugar a la mayor crisis institucional de los últimos tiempos.

A medida que he ido avanzando –cuando el errático servicio de internet local me lo permite- en la lectura de los detalles de la trama y de sus personajes, dos palabras ‘revolotean’ en mi mente: desfachatez y abulia. Creo que son dos palabras que resumen en muchos sentidos el proceso político que ha arrastrado al país hasta esta crisis actual.

Desfachatez, en la medida en que la corrupción se ha ido naturalizando de tal manera que las necesidades mínimas de disimulo y encubrimiento han ido quedando de lado: riquezas inexplicables que se presumen a los cuatro vientos; personajes de antecedentes públicamente dudosos nombrados a cargos de responsabilidad política; explicaciones imbéciles que son formuladas sabiendo que no van a convencer a nadie. El esfuerzo realizado para ocultar las intenciones y las acciones corruptas son mínimas: basta con argumentar, sobre un personaje que es nombrado a un puesto de confianza política de primer orden y en cuyos antecedentes consta haber sido arrestado por robo de vehículos en una banda organizada, que se le preguntó sobre el caso y que se le da crédito a su respuesta.

Cada uno de ustedes tendrá muchos y mejores ejemplos del descaro con que la corrupción se ejerce en Guatemala, a todo nivel y en los distintos órdenes de nuestra vida. Historias de personajes que luego uno se cruza en el pasillo de un súper, en la cola del banco, en el mostrador del aeropuerto o haciéndole tiempo a un semáforo “..¿ese no era el fulano que estaba en la cárcel porque cuando era funcionario se robó tal cantidad?... ¿esa no es la fulana que estaba enjuiciada por el escándalo de estafa millonario aquel?... ¿ese no es el susodicho que –opción múltiple: a. se cambió de bancada por una módica suma; b. es el testaferro de sutanito, c. lava ajeno (y no ropa), d. all of the above?”.

Escándalos en los que es público y notorio quién, cómo, dónde y cuánto, lo que no obsta para que los involucrados continúen en sus afanes sin preocuparse mucho por las formas, ni esperar que alguien les crea las mentiras que se profieren. Igual, parecieran pensar, la memoria pública es corta y los vecinos no tiene por qué enterarse; además, siempre habrá nuevos escándalos que atraigan la atención de los medios. Como dice el dicho, “la vergüenza pasa pero el dinero queda en casa”. Desfachatez.

Una situación de tal naturaleza solo es posible cuando en el entorno social lo permite. Aquí es donde entra la abulia: la ausencia de acciones que manifiesten el rechazo al fenómeno, y que al sumarse pasan de ser una cuestión del individuo a convertirse en un fenómeno social. Una abulia que es alimentada porque la corrupción se asume como fenómeno natural de la vida política y social; o por la convicción de que igual las cosas no cambian; o por temor a las consecuencias de ‘meterse en lo que nos importa’, etcétera. Observamos la corrupción desde lejos; tal vez incluso la critiquemos, pero no nos movemos para enfrentarla. Incluso si no estamos de acuerdo y reconocemos el alcance corrosivo de la corrupción en la vida pública, la abulia nos quita la energía necesaria. Ya ni nos indignamos. Y sin indignación, como decía Hessel, no podemos movilizarnos.

E instalada la abulia en lo individual, socialmente se traduce en tolerancia. Nos enteramos que tal o cual personaje dudoso está siendo nombrado a un puesto público, y no decimos nada. Vemos que los partidos presenten a personajes de calidad moral dudosa como candidatos a puestos de elección popular a todo nivel, y votamos por ellos. Vemos el grado de desfachatez con que la corrupción campea por las calles, y prendemos la tele (no nos vayamos a perder los detalles).

Si no abandonamos la abulia, no podremos desembarazarnos nunca de la corrupción. Hay una tarea judicial que llevar a cabo y el sistema de justicia, con el apoyo de la CICIG, está plantándole cara al problema. Pero si esas acciones no van a ser apoyadas por una movilización ciudadana que comience a sacudir la indolencia moral que nos abruma, y comience a manifestar de manera clara y categórica el rechazo a la corrupción y los corruptos, no va poder llegar a mucho. Las formas en que podrá hacerse en nuestra vida política y social son muchas y variadas, pero comienzan este sábado. Solo porque no estoy en el país no iré al plantón que está siendo convocado en el Parque Central, y envidio a quienes puedan hacerlo.

Tal vez usted ya ha decidido participar, en cuyo caso lo felicito y se lo agradezco. La presencia de cada uno de nosotros es importante. Pero si no lo ha decidido, le pido que por favor lo piense: este es el momento de sacudirse la abulia. Si la corrupción lo molesta, deje que lo indigne, y que esa indignación lo lleve a la acción. Exprese, por favor, su rechazo. Este sábado, es necesario hacer presencia. Es necesario estar allí. Lo esperamos.

Bernardo Arévalo
/

Estudió sociología, y don Max marcó la forma como ve el mundo. Alguna vez fue diplomático, y le quedaron algunas mañas. Tal vez por eso sigue trabajando en temas que conjugan ambas perspectivas, como consolidación de la paz y transformación de conflictos. Algo nómada, ha vivido fuera del país por temporadas largas pero al final, siempre regresa. Secretario General Adjunto II de Movimiento Semilla, a partir de 2019.


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    martini /

    24/04/2015 10:29 AM

    En otra columna ( 47 mega empresas) comenté ya que los Chapines somos personas miedosas que nos gusta presumir de no ser babosas.
    Vivimos con el pánico de no salir adelante y nos gusta que existan estos atajos de corrupción. No pido que me den, solo ponganme donde hay.
    La corrupción no nos indigna nos da esperanza, si le logra el "exito" todo se justifica somos totalmente indulgentes con el pícaro ( ni que fura baboso para no aprovechar) aún si ese pícaro somos nostros mismos. La verdad es que como individuos nos falta valor para enfrentar la vida con iguales reglas para todos. Este miedo que nos carcome hasta los principios a TODOS, incluyendo a ricos y megaricos, preparados, educados y los demas. Esto es lo que debemos correguir,Cómo logramos al menos una condena social légitima y sincera a lo que está mal como primer y paso.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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