En qué concuerdo y en qué disiento del embajador

Comienzo dejando claro que no es el contenido de las palabras del embajador Todd Robinson lo que me incomoda. Al contrario: estoy de acuerdo con lo que afirma. La reciente ola de indignación ‘moral’ por la ‘injerencia extranjera’ me recuerda el famoso aforismo de Samuel Johnson: el patriotismo es el último refugio del canalla. La gran mayoría de quienes manifiestan indignación por los pronunciamientos de Robinson o por las políticas de cooperación de algunos donantes bilaterales y cooperantes multilaterales lo hacen porque sencillamente van en contra de sus intereses o su ideología.

Opinión P369
Esta es una opinión

Para apoyar los procesos de transformación de un país es necesario fortalecer a los agentes internos de cambio, no sustituirlos.

Foto: Rocío Conde

Políticos venales que quisieran mantener el sistema de corrupción institucionalizada que han construido; empresarios que no soportan la idea de que el sistema patrimonial de privilegios que les ha permitido cooptar el sistema político vaya a ser desmontado; militares retirados que quisieran poder ocultar las evidencias de las violaciones sistemáticas a los derechos humanos cometidas en el marco del enfrentamiento armado interno y eludir sus necesarias consecuencias jurídicas. Hoy les molesta que la política exterior de muchos países hacia el nuestro –especial, pero no exclusivamente la norteamericana– interfiera con sus intentos por mantener la influencia y el control que han logrado desarrollar sobre el aparato del Estado guatemalteco, y altere –negativamente para ellos– el ‘balance de poder’ entre los sectores políticos nacionales. Son los actores y los sectores que en el pasado no han dudado en tocar las puertas de la Embajada cuando la dinámica política interna se les escapaba de las manos y su poder estaba amenazado, pidiendo su intervención salvadora.

Pero la vacuidad moral de su indignación no vuelve correctas las declaraciones del embajador norteamericano, que están, simple y llanamente, fuera de lugar. Robinson ha desarrollado en el último año un perfil mediático que corresponde más al de un actor político local que al de un diplomático extranjero. Afirmar que “…voy a luchar contra esto (la corrupción) y no me importa si es un político, un miembro del sector privado o del Gobierno”, o que –refiriéndose a los políticos que obstaculicen los esfuerzos por erradicar la corrupción– “…nosotros vamos a llamarlos, y a decirles exactamente que ellos, siendo elegidos por la población de Guatemala, deben luchar contra ese flagelo…”, de acuerdo a una entrevista por elPeriódico el 1 de marzo de 2016, no corresponde a las funciones de un diplomático.

La lucha contra la corrupción no es de él, es de los guatemaltecos, y él es más que bienvenido a apoyarla, pero no puede liderarla. Tampoco le corresponde a la Embajada norteamericana –o a cualquier otra– erigirse en supervisor de funcionarios públicos malportados y llamarles la atención en público, aunque en privado pueda hacer constar el desagrado de su Gobierno como siempre lo han hecho. En sus últimas declaraciones de comienzos de abril, sin embargo, hay algo de mayor calado: abrogarse la calificación de cómo debe manejar el país el concepto de soberanía. No le corresponde a ningún embajador –y por simple sentido del decoro, menos aún al norteamericano– pontificar cuál es la prioridad que los guatemaltecos debemos asignarle al principio de soberanía dentro de la agenda nacional.

Hay que recordar que, a pesar de la indignación moral a la que Robinson apeló en su última entrevista, lo que realmente lo mueve a apoyar la lucha contra la corrupción, la reforma del Estado y la promoción del desarrollo económico no es su preocupación por los pobres y los desposeídos, sino el problema que estos pobres y desposeídos le causan a su país por medio de la inmigración ilegal. Para los Estados Unidos, el tema migratorio se ha convertido en un problema de seguridad (no porque realmente lo sea, sino porque así se ha construido en el debate político interno –pero eso es harina de otro costal–). La generosidad norteamericana hacia el triángulo norte de Centroamérica, expresada en la Alianza para la Prosperidad, no es desinteresada: surge de la necesidad de enfrentar lo que para ellos se ha construido como un problema de seguridad, de la misma manera como en su momento la Alianza para el Progreso era parte integral de su estrategia política para la Guerra Fría, y no producto de su preocupación por el bienestar de las naciones al sur del Río Grande.

El ‘establishment’ político norteamericano ha comprendido que lo único que puede frenar los flujos migratorios centroamericanos hacia El Dorado norteamericano es la construcción de Estados funcionales y sociedades justas, y que eso pasa por el desmantelamiento de las estructuras patrimonialistas construidas para la defensa de privilegios de las élites, el establecimiento de verdaderos Estados de Derecho y la generación de un desarrollo económico y social más equitativo. Y, francamente, yo no tengo ningún problema con eso. Al contrario: bienvenido sea el momento en que los intereses de seguridad de los Estados Unidos de América se expresan en objetivos de política exterior que se alinean con los esfuerzos de los guatemaltecos por acometer la refundación de nuestras instituciones. Qué bueno que los Estados Unidos de América –y los demás cooperantes– deseen apoyarnos en este esfuerzo, y que en ese sentido operen sus representaciones diplomáticas en Guatemala. Siempre y cuando lo hagan sin pretender constituirse en actor protagónico del debate público sobre la agenda política; ni erigirse en instancia de supervisión y control político que sienta los límites de lo deseable y lo posible. Y las declaraciones del embajador Robinson comienzan a perfilar esas funciones.

Ya dije que mi incomodidad no es por el contenido de sus declaraciones, con el que concuerdo. Ni de un prurito por formalidades jurídicas o protocolares, que en el fondo son siempre instrumentales. Tampoco soy ingenuo: las misiones diplomáticas persiguen los intereses de los países que las acreditan usando una panoplia de recursos ante las autoridades locales en los que la distinción entre apoyo, influencia e intervención es tenue y volátil. Que el discurso público de los funcionarios diplomáticos se maneje dentro de ciertos parámetros de respeto a las entelequias del principio de soberanía y de la no-injerencia en los asuntos internos de otro Estado no implica que en privado los mensajes no puedan ser pronunciados de manera directa y contundente, a los que se suman medidas de presión directa sobre las autoridades como el retiro de visas, la congelación de la ayuda, la oposición en foros internacionales, etc. Esa es la naturaleza de la diplomacia –que es una dimensión de la política– pero por eso es mejor que se maneje discretamente y no mediáticamente, salvo en condiciones extremas que no se configuran hoy en Guatemala.

Dos son las razones que me generan la incomodidad ante la estrategia mediática del embajador estadounidense.

En primer lugar, una cuestión de prudencia. Vale la pena recordar que muchos de quienes están hoy aplaudiendo las declaraciones del embajador Robinson hace algunos meses se encontraban despotricando ante su ‘injerencia política’ al hacer manifiesto su apoyo a Otto Pérez Molina frente a la demanda ciudadana de que renunciara, posición que más tarde cambiaría. Hoy, cuando sus posiciones convergen, las evidentes incorrecciones de su aparición pública no les molestan. Pero, ¿qué va a pasar si las posiciones de la Embajada vuelven a cambiar? Imaginémonos: Abril de 2017. Tras la victoria electoral de Ted Cruz –improbable al día de hoy, pero no imposible– los Estados Unidos acreditan un nuevo embajador o embajadora en Guatemala. No es un diplomático de carrera, sino un nombramiento político que proviene de las filas del ‘Tea Party’ y trae una nueva agenda de intereses hacia nuestro país. Los intereses de seguridad se mantienen –el combate a la inmigración ilegal ciertamente– pero su traducción en objetivos de política exterior varía gracias al fervor ideológico de una administración que responde a la extrema derecha norteamericana. En consecuencia, y en la línea de la gestión mediática implementada por su antecesor, comienza a pontificar desde los medios de comunicación sobre cuestiones de política interna: hace un llamado a cesar la acción legal ligada a violaciones de los derechos humanos durante el enfrentamiento armado interno ya que no contribuyen a la reconciliación nacional; demanda que se les entregue a las asociaciones religiosas la definición e implementación de las política de salud reproductiva; desacredita cualquier iniciativa de reforma fiscal que no se oriente a la eliminación del Impuesto sobre la Renta, y cuestiona la legitimidad de cualquier organización que no se pliegue a sus directivas. ¿Mantendrían su complacencia con el manejo mediático de su agenda diplomática quienes hoy han aplaudido las declaraciones públicas de Robinson? No lo sé, pero seguramente aplaudirían quienes hoy se manifiestan ‘ofendidos’ por sus posicionamientos.

La segunda razón es más de fondo: si algo se ha aprendido en relaciones internacionales en los últimos años es que la sostenibilidad de las políticas de transformación política y social de los Estados deben estar ancladas en la capacidad de agencia de la sociedad. Introducir transformaciones de fondo por gestión externa directa –“…voy a luchar contra esto y no me importa (de quien) se trata…” – tendrá resultados no sostenibles. Es lo que se conoce como el principio de apropiamiento: sin apropiamiento, no hay compromiso.

La embajada norteamericana debería saberlo bien: en su estudio sobre la Contra-revolución guatemalteca (1954-1963), Stephen Streeter evidencia la medida en que los intentos norteamericanos de construir una ‘vitrina’ del capitalismo liberal en Guatemala impulsando reformas políticas y económicas mediante la creación de ‘ministerios paralelos’ y legislación importada fracasaron rotundamente pese a los numerosos recursos que invirtieron. Ninguno de los actores nacionales, ni siquiera sus aliados liberacionistas y militares, adoptaron sus políticas. Es más, se encargaron de sabotearlas, hasta que finalmente los norteamericanos decidieron terminar con los inútiles esfuerzos de establecer una ‘democracia liberal’ desde la Contra-revolución y asumieron su apoyo al Estado contrainsurgente. Para una versión contemporánea de los efectos de las transformaciones inducidas desde afuera –al embajador Robinson por lo visto no le interesa la historia…– y sin pretender de ninguna manera establecer paralelos sustantivos sobre los procesos políticos respectivos, allí está Irak.

Hoy sabemos que la mejor estrategia de apoyo a los procesos de transformación de un país es fortalecer a los agentes de cambio internos, no intentar sustituirlos. La cooperación internacional puede promover legítimamente el empoderamiento de los actores, sectores y procesos políticos y sociales que operen dentro de los marcos de la legalidad y la democracia con los que se identifica mediante apoyo material, técnico y político. Pero hacerlo desde una posición de protagonismo mediático puede ser contraproducente: al pasar por encima de las normas y procedimientos que regulan la función diplomática se genera una distracción que los opositores de las medidas promovidas aprovechan claramente. Eso es lo que está sucediendo ahora: las invocaciones a las Convenciones de Viena y a la aplicación de las sanciones establecidas, pronunciadas con patrio ardimiento, son la cortina de humo para una campaña de resistencia a las transformaciones políticas y sociales que se han puesto en marcha. Y el Gobierno al que el embajador Robinson declara apoyar no sale bien parado: enfatiza la sensación de vacío de poder en la que vivimos desde el 14 de enero, y desnuda la dependencia que tiene el presidente de una Embajada que se da el lujo de actuar en clara contradicción con sus requerimientos, formulados personalmente y por la Cancillería.

Pero el problema de fondo en este caso no es el afán de protagonismo mediático del embajador Robinson, sino las condiciones políticas que lo permiten. Las limitaciones y fraccionamiento que aquejan a nuestras instituciones políticas favorecen la efervescencia de sectores que intentan reposicionarse políticamente frente a una situación de ‘vacío de poder’ que se hace cada vez más evidente. Es una situación que la coyuntura post-electoral sólo exacerba, pero que aqueja al Estado guatemalteco durante los últimos veinte años: la incapacidad para construir un verdadero proyecto ‘nacional’ que refleje un mínimo de consensos de política que comprometa al conjunto de los actores nacionales. En su ausencia, producto del fracaso histórico de la clase política del post-conflicto, se generan los espacios de polarización y de debate para los que cada parte trata de conseguir el apoyo externo que le sea posible. Pero eso ya es materia para otra conversación.

Bernardo Arévalo
/

Estudió sociología, y don Max marcó la forma como ve el mundo. Alguna vez fue diplomático, y le quedaron algunas mañas. Tal vez por eso sigue trabajando en temas que conjugan ambas perspectivas, como consolidación de la paz y transformación de conflictos. Algo nómada, ha vivido fuera del país por temporadas largas pero al final, siempre regresa.


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COMENTARIOS

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    oscar ixcamparic /

    18/04/2016 3:44 PM

    Los corruptos y sus estructuras se refugian, en conceptos de Soberanía, para cubrirse con el manto de impunidad

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    david /

    14/04/2016 2:03 PM

    Tu idea no esta mal y tenes razon. El problema real es que en Guatemala no hay ninguna fuerza que realmente ponga orden. Hay que ser sinceros y vernos el ombligo.. Guaetmala no ha sido capaz de arreglar sus propios problemas y no va a poder sin intervencion extranjera. Entiendo la soberania pero es tonto si la gran mayoria son corruptos. Por primera vez en la historia miras el logotipo de la MP y te infunde respeto... no por el MP sino por lo que la CICIG ha hecho del MP. Creo que la linea debe seguir, talvez futuras generaciones puedan controlar al pais de mejor forma mientras tanto pensar que los mismo que la tienen asi la van a componer estamos equivocados

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Filóchofo /

    14/04/2016 8:45 AM

    Corrijo: vampiros abstemios

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Peter Lim /

    14/04/2016 8:43 AM

    Me cuentan si los guatemaltecos siguen aplaudiendo como focas la intervención directa de USA cuando esté el nuevo embajador del gobierno de Donald Trump

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!

    Filóchofo /

    14/04/2016 8:31 AM

    Una frase de una canción de Serrat: hay vampiros abstémicos, desde luego que siguen siendo especies peligrosas

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Edelberto Torres-Rivas /

    13/04/2016 8:44 PM

    Me parece que a tu magnífico artículo le falta un aspecto complementario con el cual se satisfacen dos temas importantes: la hipocrecía de la derecha guatemalteca y la respetada colaboración cultural y técnica de varios países europeos a las organizaciones que la democracia guatemalteca va permitiendo. En estos meses los empresarios y algunos columnistas se ha venido quejando de la intervenc ión política y financiera de los gobiernos o centros académicos de Suecia, Noruega, Paises Bajos, Unión Europea y otros. La solidaridad magnífica de estos países permitió organizar a los defensores de derechos humanos, de las mujeres y grupos vulnerables, la organización de grupos indígenas que defienden la tierra y otras acciones en el mundo rural. Es la cooperacion para que el estrecho espacio democrático que nos deja el Estado conservador, permita realizar acciones de defensa de los derechos de las comunidades. La queja de los empresarios anticomunistas recuerda elsu nacionalismo de la epoca del conflicto, cuando un grupo de empresarios viajó a Washington para rogarle a Carter que se continuaran dando ayuda militar.

    ¡Ay no!

    3

    ¡Nítido!

      JHON RUSSELL /

      03/05/2016 9:42 AM

      Este señor y su subgrupo semilla andan promoviendo un golpe de estado.con apoyo de sus otrora enemigos gringos,demostrando asi su doble moral que lo hace natural mente corrupto,no crea como dinosaurio (como acertad-amente le dicen) de la izquierda que pueblo no los conoce,dos veces los hemos derrotado con las armas y con votos. cuando su generacion se extinga GUATEMALA SERA LIBRE!1

      ¡Ay no!

      1

      ¡Nítido!

      Tito Livio Tock Chumil y Huinacjolom /

      02/05/2016 10:46 AM

      viejo asesino,usted representa el otro lado tenebroso de nuestra desgracia,y su castigo sera morir sin ver a Guatemala sociaista, por eso votamos por jimmy,para llevarles la contraria,y si insisten en dar golpe,guerra tendran viejo dinosaurio.o cree que la izquierda no tiene.

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!

      Lana Porres /

      28/04/2016 5:57 PM

      Derecha hipocrita...y usted y la caterva de torcidos que...son nenas de primera comunion me imagino...no se dé baños de pureza edilberto pues "uste" no tiene moral para opinar..."uste" y toda esa partida de torcidos gucci y lo peor es que patean pa' la izquierda pues no tubieron los arrestos para dirimir sus tristes inclinaciones en la guerra y ahora buscan venganza en tribunales contra los que les patearon el trasero.

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!

      Bernardo Arevalo /

      14/04/2016 6:16 AM

      Totalmente de acuerdo, Edelberto.

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!

    Alejandro /

    13/04/2016 8:37 PM

    Interesante opinión. Sin embargo, no define que entiende por soberanía. Si es el concepto decimonónico pues la columna tiene sentido. Si es la soberanía entendida en el contexto actual pues parece que sería inconsistente. Entiendo que cualquier persona debe luchar por los intereses del pueblo y entiendo también que históricamente parece desagradable que un extranjero lo haga; sin embargo, tiene razón. La lucha por el respeto de los derechos de todas las personas no tiene nacionalidad.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

      Bernardo Arevalo /

      14/04/2016 6:33 AM

      Agrego, Alejandro: mi critica es sobre las formas en que esa cooperación debe llevarse a cabo, en términos de los objetivos de contribuir a los cambios sostenibles. La intervención extranjera directa NO genera cambios sostenidos porque NO genera agencia propia. Y salvo que se trate de países cuyos intereses hacia el que es intervenido sean inexistentes, las intervenciones responden a intereses mucho mas prácticos que los altruistas que se usan para justificarlas. Por eso la referencia Irak: ¿que ha quedado tras el derrocamiento del dictador por la coalición internacional?

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!

      Bernardo Arevalo /

      14/04/2016 6:24 AM

      Precisamente he evitado anclar la critica en el concepto de soberanía, que intencionalmente no defino para no caer en la trampa de una discusión sobre la base de formalidades jurídicas y su relación con la 'realpolitik'. El concepto de soberanía ha venido evolucionando desde su consideración como principio absoluto que permite a las autoridades de un país -independientemente de como se hayan hecho con el poder- hacer lo que les venga en gana con vidas y bienes dentro del territorio bajo su control, a un momento en el que la doctrina de la 'Responsabilidad de Proteger' platea la responsabilidad de la comunidad internacional para intervenir en un país cuando sus autoridades violan principios humanitarios y derechos humanos básicos, pero que se aplica antojadizamente.....si se aplica.

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!

    alfonso villacorta /

    13/04/2016 8:06 PM

    mucho parrafo y lo que dijo el proconsul robinson es que la soberania chapina se la pasa por el arco del triunfo habiendo problemas mas graves y punto. que comulgue ideologia, puntos de vista, formas de actuar no le quita ni le pone a la afirmacion y no es de cantinflear con que estoy de acuerdo en cosas si y en cosas no.
    si norteamericanos se enteraran en su pais de lo que dijo en guate un embajador habria reacciones contrarias, porque no todos son abusivos y "democracy now" no opinaria igual que el diplomatico arevalo

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!

    Julio Garcia /

    13/04/2016 2:58 PM

    Entonces por que no se va de embajador a MEXICO que allí es el triple de nuestra población y por consiguiente de corrupción ......ahh pero allí si lo mandan por el caño...... pal coño.

    ¡Ay no!

    3

    ¡Nítido!

    Carlos Perez /

    13/04/2016 1:09 PM

    Lamentablemente los poderes del Estado están tan cooptados por los grupos de crimen organizado, que el solo empoderar a los agentes de cambio no es suficiente. Estos poderes ya llegaron al extremos de criminalizar al Juez independiente e imparcial al que le toca resolver el conflicto, criminalizan a cualquier liderazgo que afecte a algún interés poderoso, criminalizan a la persona digna que se atreve a denunciar públicamente una coacción o tráfico de influencias, como sucedió con la exMagistrada Claudia Escobar, los diputados de la banca gobernante se atreven a insultar y discriminar a una Gobernadora electa por el Presidente para presionarla para que les de obras, sueldos y puntos . En Guatemala estamos graves y ya no basta con solo empoderar a líderes locales que no tenemos y brillan por su ausencia, ya que tienen miedo de sobresalir y ser también criminalizados. Seamos sinceros y hablemos de la situación real del país y no del mundo ideal.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!







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