Entre Túnez y Egipto: depende de nosotros

Recuerdo que hace algunos años, refiriéndose al empantanamiento en que había caído el proceso político guatemalteco después de la firma de los Acuerdos de Paz, el maestro Edelberto Torres Rivas comentaba que la sociedad guatemalteca no había sabido construir la democracia como había sabido salir del conflicto.

n246 Opinión P258
Esta es una opinión

Foto: Cristine Petré, Atlantic Council

El comentario era genérico; no se refería a un líder a titulo individual o al liderazgo ejercido desde algún grupo determinado. La paz llegó a Guatemala porque entre 1986 y 1996 una serie de factores endógenos y exógenos convergieron alrededor de un proceso que, más allá de voluntades individuales o de estrategias de sectores determinados, terminó con el conflicto armado interno y ha evitado su retorno.

Pero desde 1996 a la fecha, la promesa de avanzar por la ruta de la democratización sustantiva de las relaciones políticas y sociales del país no se cumplió. La visión de una sociedad más justa y equitativa, tímida pero germinalmente plasmada en esos acuerdos, quedó empantanada en el marasmo de un sistema patrimonialista que, con su política clientelar y corrupta, terminó por secuestrar al estado. Ese es el ciclo que pareciera estar llegando a su fin.

Todo parece indicar que el país se encuentra en lo que se conoce como una “coyuntura crítica”: un momento en el devenir histórico en el que la dinámica inercial generada por la historia se pone en juego, un repertorio de rutas alternativas se despliega, y la posibilidad de romper con la ‘trayectoria dependiente’ –la inercia- heredada de etapas anteriores de la historia está presente.

El amanecer ciudadano del que hemos felizmente sido testigos y parte nos ofrece la posibilidad de romper con la inercia patrimonialista y clientelar de la cultura y sistema políticos. En un contexto en donde las esperanzas de encontrar una “agencia” democratizante en la clase política o en las instituciones del estado y sus burocracias habían naufragado, la sociedad civil se ha lanzado a la calle para reclamar –y reconstruir- el espacio de “lo público”: ese ámbito de la vida social que va mas allá de lo estrictamente privado y en donde se debate y se decide lo colectivo, lo que atañe y afecta al conjunto de la sociedad.

Monopolizado por una clase política corrupta, disputado por élites económicas tradicionales y emergentes, abandonado por una sociedad civil atacada de abulia, ese espacio se había restringido a su mínima expresión. Y sin ese espacio, no hay democracia posible; la institucionalidad se convierte en pantomima y el poder utiliza las formalidades democráticas para mantener los intereses elitarios de costumbre.

La irrupción de la sociedad civil -hastiada por la corrupción- a la política está ampliando este ámbito, lo está reconstruyendo y renovando, convirtiéndolo en el espacio en el que nuevamente se debaten los grandes temas que preocupan a nuestra sociedad. Ya no en los corredores del poder (corruptos y opacos) y en las paredes de las instituciones (aislantes y alienadas) sino en los espacios físicos de plazas, parques y avenidas, así como en los espacios virtuales de los medios de comunicación y las redes sociales. En ambos, la sociedad se ha volcado para decir ‘ya basta’ y demandar un cambio de rumbo, una esperanza, una refundación.

Pero nada está ganado. Basta elevar la mirada un poco más allá de nuestras fronteras para darnos cuentas que las coyunturas críticas no siempre se resuelven positivamente. Las tan citadas primaveras árabes sirven para ilustrar el punto: de todos los países del Magreb y el Mashreken donde la efervescencia ciudadana remeció los estados autoritarios con demandas de transformación política equiparables a la nuestra, solo Túnez la logro canalizar hacia un proceso de democratización que sigue adelante.

Los partidos políticos que florecieron en su primavera, y que están tanto en el poder como en la oposición, han sabido encontrar el balance entre la fidelidad a sus idearios contrapuestos –islamistas unos, secularistas los otros- y la determinación de evitar una crisis política suicida, presionados por una sociedad civil que cada vez que pareciera que el proceso se está yendo de las manos retoma la calle. El resultado es que a pesar de extremismos inclaudicantes,  no pocas provocaciones y los altibajos típicos de toda transición política, el proceso de transformación del estado y de la sociedad tunecina sigue en marcha.

En Egipto encontramos el contraste. En las jornadas gloriosas de la Plaza de Tahrir la sociedad civil logró tumbar al régimen militar autoritario y corrupto con una determinación política que, encabezada por la juventud, rompió con las tradicionales divisiones religiosas, políticas y de clase a la sociedad egipcia. Hermanos musulmanes, sindicalistas obreros, liberales de clase media y creyentes salafistas actuaron codo a codo bajo una sola consigna: abajo Mubarak, elecciones libres.

No obstante la represión intimidatoria, el régimen corrupto de Mubarak no pudo contener la repulsa generalizada y el propio Ejército, corazón del autoritarismo Egipcio desde su independencia, le termina zafando la alfombra. Pero de allí en adelante la unidad de acción se fue desgranando a partir de la incompatibilización –ojo, no la incompatibilidad-  de las agendas de cada grupo, pasando por un proceso electoral cuestionado en el que la antigua oposición clandestina islámica –ya dividida- ganó las elecciones, y unas segundas jornadas en la que los sectores de sociedad civil coaligados en las primeras protestas ya se encontraban enfrentados. La coyuntura crítica había sido perdida; hoy, nada ha cambiado, la sociedad civil se ha vuelto a replegar al espacio de lo privado y las plazas son ocupadas por los aparatos de seguridad del estado.

¿Túnez o Egipto? Nuevamente: contextos completamente distintos y factores totalmente diferentes al guatemalteco, pero como metáfora de la disyuntiva la pregunta es válida. El objetivo es el mismo: la transformación del orden político. Esa transformación pasa por una agenda amplia, ambiciosa, exhaustiva, que todos conocemos y de la que existen distintas versiones que parten de las orientaciones políticas diferentes de cada sector o colectivo. Pero lo que nos puede unir o separar no es en realidad la diferencia –inevitable- entre nuestras agendas amplias, sino en los procedimientos sobre cómo promoverlos en el corto plazo.

Acordar que a corto plazo lo importante es mantener la unidad alrededor de los objetivos que sabemos ampliamente compartidos –la lucha contra la corrupción, el combate al monopolio de los políticos corruptos del sistema político- nos permitirá crear las condiciones que hagan viable a largo plazo la procuración de las reformas más ambiciosas –en cualquiera de sus ‘sabores’ doctrinarios- que hoy se encuentran bloqueadas por el patrimonialismo clientelar y la penetración mafiosa dentro del Estado.

En términos de las condiciones políticas que realmente existen en el país –que no necesariamente son las que quisiéramos- si el objetivo es la Refundación del Estado, el medio necesario es la Reforma Electoral.

Y por supuesto, la salida del Ejecutivo de quien ostenta la mayor responsabilidad política por la debacle en la que su gestión sumió al país: Otto Pérez Molina.

 

 

 

Bernardo Arévalo
/

Estudió sociología, y don Max marcó la forma como ve el mundo. Alguna vez fue diplomático, y le quedaron algunas mañas. Tal vez por eso sigue trabajando en temas que conjugan ambas perspectivas, como consolidación de la paz y transformación de conflictos. Algo nómada, ha vivido fuera del país por temporadas largas pero al final, siempre regresa.


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    Podemos, aunque sea bajo la lluvia y sin sobretodo | Sobretodo sin lluvia /

    24/06/2015 12:51 PM

    […] ha gustado mucho la reflexión, sobretodo porque tuve la oportunidad de vivir en carne propia el surgir del 15M español, otro de […]

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    ANONIMO /

    23/06/2015 10:52 AM

    […] ha gustado mucho la reflexión, sobretodo porque tuve la oportunidad de vivir en carne propia el surgir del 15M español, otro de […]

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Buena reflexión analítica /

    18/06/2015 6:26 PM

    Ahora queda unir fuerzas para que el ganador de estas precarias elecciones conforme un buen equipo de govierno con tecnóxrataa diestro/hp estos y sangre nueva que quiera yrabajar en el cambio creando leyes, políticas e instituciones que preserven a la sociedad de hombres corruptos/corruptibles.

    En esa óptica, ya existe el herraje legal e institucional, pero esta corrompido y comprometido. Es necesario echar a andar a instituciobes como la CGC, TSE, PGN, Congreso, OJ y otras para que hagan su trabajo y función.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    carrillorodas@icloud.com
    Diego Carrillo /
    18/06/2015 5:00 PM

    Distinguido Arévalo, Sinaí es un colchón clave que tiene a Israel (protegido desde el sur), gracias a la guerra de los 7 días. Mubarak estaba en el poder cuando anduve por esas tierras. Y si el fue el guardián corrupto que se encargó de proteger los intereses Israelis y por ende gringos. Cuando entro Mursi (ahora por ser ejecutado) se dio un brote de esperanza a los movimientos de La Paz, arcoiris y gypismo Arabe (por lo de primavera). De Túnez ignoro aun mas. Pero cerca de Israel no esta. Nosotros como Honduras somos claves para EE.UU. EN DEFENSA DE SU TERRITORIO.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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