‘La Belle Équipe’ o un ataque al mundo moderno

La Belle Équipe, uno de los restaurantes que fue objeto del atentado terrorista en París, la semana pasada, era propiedad de un matrimonio que, juntos, atendían a la clientela. Ella, una joven mujer de ascendencia árabe, murió –una de las 128 víctimas mortales de la locura asesina– en los brazos de su marido, un joven hombre que, por el apellido de origen germánico, podría ser cristiano o judío. Ambos, parisinos. Lo afirmo no porque sepa que allí nacieron, sino porque allí, en esa ciudad-luz abierta al mundo y a la vida, habían hecho su hogar.

n789 Opinión P369
Esta es una opinión

Organizaciones musulmanas en Europa rinden tributo a las víctimas de los atentados en París.

Foto: Flickr, Jordi Boixareu

Una ciudad en donde el hecho de que la ascendencia de ella era árabe –muy probablemente musulmana– y que la de él si no francesa fuera ciertamente europea, era un dato biográfico coherente en una urbe para la que lo principal no es de dónde vienes sino quién eres, y en donde el roce de olas sucesivas de inmigrantes ha dado lugar a una sociedad plural que, anecdóticamente, puede apreciarse en una clase política en la que nietos de inmigrantes polacos, españoles y magrebíes son expresidente, primer ministro o ministro de Estado.

La Belle Équipe quiere decir El Bello Equipo. No conozco el lugar, y el nombre puede tener una referencia futbolística o deportiva. Pero yo quisiera pensar que en realidad es una metáfora de sus propietarios, un matrimonio mixto que es a la vez la sinécdoque –la parte por el todo– de una ciudad multicolor, pluricultural y políglota; vibrante y generatriz como pocas. Una integración vital y amorosa que convirtió a dos individuos separados en una nueva realidad: un bello equipo resultante de la forma como sus biografías y sus orígenes se completaron y complementaron.

Dentro del horror de un atentado que tuvo múltiples objetivos y causó numerosas víctimas de manera indiscriminada, sobresale el significado de este matrimonio mixto, mestizo, mezclado, en el que se cruzaron y fundieron sangres y culturas que se originaron, quién sabe hace cuánto, en distintas esquinas del planeta. Es eso lo que ha atacado Daesh: la posibilidad del encuentro y de la convivencia más allá de esencialismos religiosos o étnicos. La posibilidad de un mundo donde el valor esencial se encuentra en lo universal humano y no en los ropajes circunstanciales –religioso, étnico, cultural, ideológico, etc.– propios de cada contexto temporal o histórico. Es el mundo moderno que nace con el Siglo de Las Luces, y que encontró en París uno de su primeros y principales territorios.

Daesh aborrece ese mundo moderno en el que la religión es parte de la esfera privada, en donde la pertenencia a la polis –ciudad o Estado– no está condicionada a una creencia determinada. Su intención es construir un Estado a partir de la discriminación religiosa y de métodos que se creían soterrados por la historia: un Estado confesional en el que la violencia descarnada es el instrumento central para definir y mantener a la comunidad de creyentes. Pero es necesario no perder de vista que las primeras y principales víctimas de Daesh han sido los musulmanes mismos. Miles de musulmanes a los que han asesinado por apóstatas, una categoría de condena que había quedado relegada a los libros de historia medieval: Shi’itas hacia quienes mantienen una hostilidad atávica fundada en la disputa por la sucesión desatada a la muerte de Mahoma en el siglo VII, y Suníes que no comparten las interpretaciones fundamentalistas de los profetas de la violencia. Pero también han sido sus víctimas los millones de musulmanes ciudadanos de naciones occidentales, que ven con horror cómo la locura asesina de unos pocos corroe las condiciones de vida de la inmensa mayoría de musulmanes –inmigrantes unos, nativos de Occidente otros– que en cada uno de estos países ha decidido formar parte su nación.

Porque el atentado de Daesh le hace el juego a la xenofobia y al racismo que aún existe en sectores de las sociedades europeas (y no sólo en ellas…). Islamofobia, antisemitismo, rechazo al pueblo Roma, son facetas distintas de un sentimiento de rechazo a la mezcla de pieles y de credos que es ya parte integral de la experiencia europea; sentimiento que aunque ha sido empujado a los márgenes de la política, ha quedado latente, acechante, esperando la oportunidad para expresar su horror a la heterogeneidad y a la heterodoxia. El terrorismo de Daesh le apuesta a las reacciones de pánico que generalicen hacia el conjunto de la comunidad musulmana, y hacia el Islam mismo, la hostilidad y el rechazo del resto de la población europea. Reacciones que escogen no registrar las declaraciones de repudio y de rechazo a Daesh y otros extremistas que desde hace ya mucho tiempo vienen expresando la enorme mayoría de los líderes religiosos y comunitarios musulmanes en Europa, en Estados Unidos, en Canadá. En su lugar, se regodean con las declaraciones lunáticas y los atentados desaforados de esa minoría radicalizada que usan para caracterizar a la comunidad completa.

No nos equivoquemos: el principal objetivo de estos atentados no ha sido ni el Occidente ni el cristianismo, sino la idea de un mundo construido a la medida de los seres humanos, donde las personas construyen su propio destino y no tienen que vivir supeditadas a supuestos designios divinos ni atadas a colectivos definidos a partir de características “esenciales” –raza, fe, cultura. El ataque a La Belle Équipe, a el Petit Cambodge o al Bataclan no son sino un ataque a la racionalidad moderna y su corolario de espacios públicos donde la gente se mezcla sin atención a orígenes o creencias. En consecuencia, la mayor victoria de Daesh residiría en una reacción europea que desatara la intolerancia y exacerbara la discriminación anti-musulmana, que terminaría dándole la razón a su argumento implícito de la imposibilidad de la mezcla, en la inevitabilidad de la guerra de civilizaciones, y terminaría por alienar a un número cada vez mayor de jóvenes musulmanes europeos echándolos en los brazos del fanatismo religioso violento.

No se puede, en este momento, ser ingenuos. El terrorismo de estos grupos radicales islámicos es un problema de seguridad real y concreto, que requerirá una solución efectiva. Pero las medidas de fuerza, inevitables como sean, no van a ser suficientes por sí solas. Daesh es un fenómeno nuevo; un ente de geometría variable, que se quiere constituir en Estado –vistiéndose de territorialidad e instituciones púbicas– pero que al mismo tiempo se manifiesta como red internacional, formada por grupúsculos más o menos autónomos y sin jerarquías, regados en distintos rincones del planeta. Atacarla en la base territorial que se ha creado a caballo entre Irak y Siria no va a ser suficiente, y habrá que pensar en una estrategia para enfrentar su lado más informe: su presencia en Nigeria, en Mali, en el Sinaí, etc. Pero más allá de sus ángulos securitarios, se encuentra un meollo social y político –la existencia de una ciudadanía europea musulmana y las complejidades de su integración social, política y económica– al que habrá que tomar en cuenta para evitar que en la reacción a los atentados, Occidente tire –como se dice coloquialmente en inglés– al niño con el agua sucia.

El peligro de una deriva securitaria y xenófoba es real: la crisis del contrato social europeo ya había creado el espacio que le ha permitido a los partidos de extrema derecha retomar protagonismo. Pero las demandas –razonables y justificadas– de mecanismos que protejan a las sociedades europeas del terrorismo pueden crear el escenario por donde se cuelen medidas que menoscaben el marco de derechos civiles y políticos de los ciudadanos y, especialmente, el de los musulmanes europeos y los inmigrantes.

No es un escenario fácil. Conciliar las necesidades de seguridad frente al terrorismo sin sucumbir a las tentaciones autoritarias y discriminatorias va a requerir creatividad y esfuerzo. Pero no ceder al facilismo y al cortoplacismo será estrictamente necesario para no entregarle a Daesh la victoria que quiere.

Bernardo Arévalo
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Estudió sociología, y don Max marcó la forma como ve el mundo. Alguna vez fue diplomático, y le quedaron algunas mañas. Tal vez por eso sigue trabajando en temas que conjugan ambas perspectivas, como consolidación de la paz y transformación de conflictos. Algo nómada, ha vivido fuera del país por temporadas largas pero al final, siempre regresa.


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    Jeffrey /

    20/11/2015 6:41 AM

    Excelente!! Muy claro y conciso, es de los escritos que me mantienen leyendo a nómada, opiniones definitivas pero sin rayar el lo radical y fomentando nada de odio.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Cecy /

    19/11/2015 11:15 AM

    Excelente artículo

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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