La izquierda y la derecha –unidas– pueden echar a los radicales

En la primera ronda de las recientes elecciones regionales en Francia, el Frente Nacional –partido de extrema derecha populista– obtuvo importantes victorias que anunciaban su salida de los márgenes de la política francesa: con su mejor resultado histórico, fue el partido más votado y logró elegir un buen número de candidatos a los consejos regionales metropolitanos y de ultramar. En ninguna región se logró la mayoría suficiente para elegir al presidente regional en la primera ronda, por lo que se llevó a cabo una segunda vuelta para la que el Frente Nacional estaba muy bien posicionado: había salido en primer lugar en seis de las regiones y pisaba los talones de los candidatos de la derecha y de la izquierda en el resto. Todo auguraba que en la segunda ronda el partido de Marine Le Pen lograría una gran victoria, especialmente en las dos regiones donde ella (Norte-Paso de Calais-Picardía) y su sobrina (Provenza-Alpes-Costa Azul) competían por la presidencia regional.

Opinión P258
Esta es una opinión

Una alianza de partidos con ideologías diferentes se impuso ante la opción de la extrema derecha populista en Francia.

Foto: Flickr, PSOE

Pero el resultado fue un revés: el Frente Nacional perdió en todas las regiones. La posibilidad de una victoria de la extrema derecha populista –xenófoba, racista y anti-europea– llevó a los partidos de derecha (seis formaciones) y de izquierda (ocho formaciones) a cerrar filas en un ‘Frente Republicano’ destinado a impedir la victoria de un movimiento al que consideran una amenaza a la naturaleza democrática de las instituciones francesas. La colaboración fue explícita y eficaz: en las dos regiones en las que se perfilaba una victoria del Frente Nacional, los partidos de izquierda retiraron a sus candidatos y llamaron a votar por los de la derecha republicana, que lograron alzarse con la victoria gracias a los votos de la izquierda y al aumento del número de votantes. Siete regiones quedaron en manos de candidatos de la derecha, y 5 en manos de candidatos de la izquierda.

Esto no elimina la amenaza: los problemas que llevaron a un tercio del electorado a votar por la extrema derecha continúan, y el bipartidismo tradicional entre coaliciones de derecha e izquierda pareciera estar terminando. Pero el sentido de urgencia política ha quedado claro para los partidos políticos tradicionales, que han llevado a figuras clave de estos partidos –por ejemplo, el Primer Ministro socialista Manuel Valls y el Ex Primer Ministro conservador Jean Pierre Raffarin– a expresar la necesidad de que izquierdas y derechas continúen colaborando más allá de los comicios, en la búsqueda de soluciones a los problemas –seguridad, empleo, inmigración– que preocupan a los votantes.

Traigo estos datos a colación no como análisis de los resultados electorales en Francia, sino porque ilustran de manera oportuna uno de los puntos centrales de esta serie de artículos: la necesidad de entender la política como un contrapunto en el que demócratas de izquierda y de derecha colaboran para la preservación –y compiten por el control– de un sistema político fundamentalmente democrático. Es lo que ha pasado en Francia (y que ha sido la constante en las democracias europeas): el surgimiento de un movimiento al que se considera una amenaza a los principios democráticos y republicanos llevó a los adversarios tradicionales –muchas veces acremente confrontados en torno a las políticas públicas– a unir fuerzas en una estrategia que evidenció que la brecha conceptual central dentro de un sistema político democrático no es entre derechas e izquierdas, sino entre demócratas y autoritarios. Cuando el sistema político se ve amenazado, las fuerzas se reagrupan alrededor del centro.

Esta afirmación sería una perogrullada si no reparáramos que nuestro sistema político pareciera funcionar en sentido contrario. Para empezar, no podemos hablar de formaciones políticas de base ideológica que compitan por el poder en aras de implementar un programa de políticas públicas que responda a una visión precisa del tipo de sociedad deseada. Con honrosas y minoritarias excepciones, los partidos políticos guatemaltecos son formaciones clientelares, indistinguibles más allá de sus símbolos, cuya “razón de ser” no es otra que el enriquecimiento personal de sus miembros a costas del erario público, extremo que el Partido Patriota evidenció dramáticamente. Su discurso está marcado por la vacuidad y el oportunismo, características que reflejan programas conformados cada cuatro años, a la carrera y arbitrariamente, con el único propósito de llenar páginas de propaganda que nadie tiene intención de cumplir.

Lo que existe de discurso político de corte más ideológico-programático no se escucha en reuniones partidarias, sino en reuniones informales y en columnas de opinión en medios impresos o electrónicos. Y lo que se escucha ha ido adoptando, desde hace ya un par de años, un carácter polarizante en el que los términos de derecha e izquierda son usados como arma arrojadiza para denostar y estigmatizar. Las distinciones entre corrientes, escuelas y matices de la derecha y de la izquierda se pierden en la generalización burda que presenta –desde la izquierda– a todo derechista como un ‘chupasangre’, y a todo izquierdista –desde la derecha– como un ‘comeniños’.

Es un discurso público dominado por el vitriolo con el que se expresan los extremos de ambos bandos, y que entiende la política no como la dinámica que se establece entre adversarios que comparten un objetivo común –la democracia– sino como la confrontación total entre enemigos irreconciliables. Es un escenario de enemigos internos y quintas columnas, así como de traidores de clase, tontos útiles o cipayos, categorías hacia las que no cabe consideración alguna y que es necesario ‘neutralizar’ mediante las medidas coercitivas que regímenes autoritarios tanto de derecha como de izquierda han utilizado sistemáticamente en la historia.

El tono polarizado, pobre y tenso de este debate es producto de nuestra incapacidad como sociedad para construir un ‘contrato social’ sustantivo del que se sientan parte los distintos sectores del país, y que nos permita ‘pacificar’ las relaciones sociales. En su lugar, hemos construido un edificio legalista a base de la cooptación del sistema que la bastardización de la política ha hecho viable, y que opera en contra de los intereses del conjunto de la sociedad y a favor de quien –actores legítimos e ilegítimos– logre medrar de la corrupción institucionalizada. Los recientes resultados de la ENCOVI no son sino la constatación estadística de esta realidad: en un país rico, con una economía que crece, la pobreza y la desigualdad siguen avanzando, expresadas en tasas de desnutrición, de mortalidad materno-infantil, de abandono escolar, de desempleo, etc., etc.

Hemos sabido salir de la guerra; estamos fracasando en la construcción de la paz.

 

(Continuará en la siguiente entrega. Este texto es la continuación de Un país donde quepan progresistas y conservadores, publicado el 4 de diciembre de 2015).    

Bernardo Arévalo
/

Estudió sociología, y don Max marcó la forma como ve el mundo. Alguna vez fue diplomático, y le quedaron algunas mañas. Tal vez por eso sigue trabajando en temas que conjugan ambas perspectivas, como consolidación de la paz y transformación de conflictos. Algo nómada, ha vivido fuera del país por temporadas largas pero al final, siempre regresa.


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    La izquierda y la derecha –unidas– pueden echar a los radicales | Movimiento Semilla /

    07/01/2016 10:53 AM

    […] Columna de Bernardo Arévalo […]

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Claudia /

    07/01/2016 8:06 AM

    Gracias!

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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