Lo que nos une y nos separa de 1920 y 1944

El 20 de Octubre se celebró una de las efemérides más significativas de la historia guatemalteca: la Revolución de 1944. Pero los libros de historia están llenos de efemérides, esas fechas conmemorativas cuyo significado, en un país como el nuestro que vive de espaldas a la Historia, es pocas veces comprendido cabalmente.

n789 Opinión P147
Esta es una opinión

Una antorcha en una de las manifestaciones de 2015.

Fotos: Rocío Conde

El 15 de septiembre celebramos una Independencia que social y políticamente cambió muy poco; es más, tuvo lugar para que en términos del orden social y político de la Colonia no cambiara nada. Celebramos el 30 de junio la Reforma Liberal, sin darnos cuenta que aunque de reforma tuvo bastante, de liberal –en el verdadero sentido de la palabra– tuvo muy poco. Vale la pena, entonces, volver la vista atrás para tratar de entender qué sucedió en esas fechas y que es lo que, en consecuencia, estamos celebrando… o, mejor dicho, deberíamos celebrar.

Tal vez la mejor manera de resumir el significado de la Revolución de 1944 es –parafraseando al historiador británico Perry Anderson– que con ella se inició en Guatemala el Siglo XX, con casi cincuenta años de retraso en el calendario. Con la Revolución de 1944 Guatemala entra en una modernidad que había quedado rezagada por la lógica pre-moderna, servil, del autoritarismo liberal. Ya Centeno ha señalado que en Latinoamérica los ideales liberales de las élites habían quedado muy lejos de su práctica política: sus intereses socioeconómicos traicionaron los ideales emancipatorios de sus encendidos discursos, y sus gobiernos fueron una variante más –con diferencias de grado pero raramente de fondo– de la dominación servil establecida desde la época colonial. Edelberto Torres Rivas, en uno de los magistrales capítulos de Revoluciones sin cambios revolucionarios analiza cabalmente la expresión centroamericana –y guatemalteca en particular– de este fenómeno, en el que –como lo subraya Mahoney– la combinación entre el ideario liberal y una producción cafetalera dependiente del trabajo servil dio lugar a un liberalismo radical que proyectó la lógica colonial de la dominación autoritaria y erigió dictaduras personalizadas en caudillos.

Ese orden pre-moderno, proyección señorial de la Colonia en un largo siglo XIX, es lo que terminó en 1944. Porque aunque la intervención norteamericana haya cortado el experimento democrático en 1954, los procesos políticos desatados durante esa primavera democrática no permitieron el simple restablecimiento del autoritarismo liberal que había dominado entre 1871 y 1944. La Revolución de Octubre se constituyó no en la renuncia de Ubico y la revuelta que termina con la caída de Ponce Vaides, sino en la gestación de dinámicas sociopolíticas que durante la década siguiente transformaron sin lugar a dudas la realidad social guatemalteca liberando fuerzas políticas y sociales que ya no pudieron ser contenidas. La política dejó de ser el privilegio de la oligarquía; burócratas, pequeños empresarios, obreros primero y campesinos posteriormente se constituyeron en actores de su propio destino, enfrentándose a una élite que administraba el país como su finca. Con el concurso de estos sectores sociales se sentaron las bases conceptuales e institucionales de un estado moderno que finalmente rompió con la lógica patrimonial decimonónica. Los intentos retardatarios de la contra-revolución, aunque condujeran eventualmente al baño de sangre del enfrentamiento armado interno y desarrollaron nuevas formas de autoritarismo, no lograron regresar a la lámpara al ‘genio’ que la Revolución había liberado. Es lo que Adams llamó ‘un despertar sociológico’: el pueblo se había dado cuenta que importaba y que otra vida –distinta a la de la servidumbre– era posible.

La reflexión tiene sentido en el contexto del proceso político actual en el que convergen dos dinámicas claramente distinguibles: por un lado, el proceso de ‘despertar ciudadano’ que comenzó en abril del año en curso y que ha tenido importantes logros en términos de la destitución de un gobierno corrupto. Por el otro, unas elecciones generales cuyo resultado nos colocó frente a ‘más de lo mismo’: candidaturas presidenciales que, aunque una pueda ser peor que la otra, son expresión de un sistema político clientelar y corrupto que ha entrampado al país en el marasmo político desde hace casi veinte años.

Es evidente que no se trata de una ‘Revolución’ como lo fue la del 20 de Octubre, que se constituyó en parteaguas de la historia desde el momento mismo en que ocurría: distinta fue la realidad antes y después de dicha fecha. No existe hoy un parteaguas tajante y evidente; a la existencia de nuevos factores y dinámicas se superpone la permanencia de actores y dinámicas que han caracterizado la vida política del país en las últimas décadas. Ambos coexisten, sin que quede claro cuál de estas dinámicas es dominante. ¿Dónde estamos a finales del 2015: al comienzo de una nueva era o arrastrando todavía el Siglo XX?

 

En la marcha del 27 de agosto de 2015 se dio un último golpe al gobierno de Otto Pérez. Foto: Rocío Conde / Nómada.gt

Balances de lo ocurrido hasta este momento ha habido muchos en las últimas semanas; desde la superficialidad ingenua de quienes declaran que, entre el encarcelamiento de Pérez y Baldetti y la celebración de elecciones generales, de ahora en adelante todo va a ser diferente, hasta quienes, cegados por sus propios fantasmas, proclaman que todo ha sido nada más que una maquiavélica puesta en escena del Gran Hegemón del Norte en la que toda la sociedad guatemalteca –menos ellos, por supuesto– ha seguido un guión pre-establecido para que todo quede como siempre.

La verdad no se encuentra en ninguno de estos dos extremos, pero francamente es difícil establecer dónde nos encontramos. La ‘ruptura’ en la inercia política del sistema se dio esta vez no desde los espacios de élite usuales sino desde la base social, en las expresiones de rechazo generalizado a la corrupción descarada que llevó a una combinación de clases, sectores y grupos sociales a ocupar las plazas y acorralar a los corruptos, en apoyo a un sistema de justicia sorprendentemente efectivo gracias al apoyo de la CICIG. Este ha sido el principal elemento novedoso: el surgimiento de una ciudadanía a la que ‘le importa’ su país y que se compromete en la acción pública para transformarlo.   Pero las renuncias de Baldetti y de Pérez Molina, la constitución de un Gobierno de Transición encabezado por Maldonado Aguirre, y un proceso electoral que arrojó resultados imprevistos han dado como resultado una desactivación de la energía ciudadana que venía llenando las plazas y las calles de la República y que parecía ser el augurio de un cambio de época.

Como los inusitados índices de participación evidencian, mucha de esta energía ciudadana se canalizó en el ejercicio del voto en la primera ronda electoral, con sus sorpresivos resultados. La tragedia de El Cambray II ha re-canalizado alguna de esta energía, expresada esta vez en la solidaridad que desborda los centros de acopio, y que también ha servido para generar conciencia de las expresiones perversas del modelo de desarrollo excluyente y discriminatorio que explican el desastre. Pero las plazas y las calles ha estado silentes en las últimas semanas, y en consecuencia el nivel de demanda y presión ciudadana sobre el sistema político se ha diluido notablemente.

¿Se trata de una tregua, de un respiro necesario antes de retomar el esfuerzo colectivo y el ocupamiento del espacio público por los ciudadanos dentro de un nuevo escenario político? ¿O estamos frente a un decaimiento definitivo de la participación ciudadana y su abandono del terreno ante la clase política de siempre, un poquito más prudente tal vez, un poco menos cínica posiblemente, pero en esencia la misma?

No sería la primera vez en nuestra historia que auspiciosos comienzos terminaron con magros resultados. La revuelta que depuso al dictador Manuel Estrada Cabrera en 1920 contenía elementos que permitían suponer un cambio en la naturaleza de las estructuras políticas del autoritarismo liberal cafetalero: una coalición ciudadana en la que convergían sectores oligárquicos, capas medias, sectores militares y organizaciones obreras; un discurso de renovación democrática que ofrecía terminar con el autoritarismo. Fue un momento de unidad cívica en que los distintos sectores convergieron en torno a un rechazo a las arbitrariedades del dictador, que pudiera haber sentado las bases de nuevos procesos de aproximación y diálogo intersectoriales. Pero nada de eso sucedió. La apertura esperada de Carlos Herrera no pasó de las intenciones, y los actores y las dinámicas del autoritarismo liberal continuaron dominando.

El sistema continuó funcionando sin mayores obstáculos, sin transformaciones significativas. Aún más, a los pocos años Jorge Ubico resultó electo a la presidencia de la República como el ‘hombre providencial’ que rescataría al país de su atraso. Pero con Ubico los rasgos autoritarios y excluyentes del sistema se exacerbaron, constituyendo un régimen brutal y violento cuyo anacronismo se reflejó en la prohibición tajante del uso de la palabra ‘obrero’, como si la censura lingüística tuviera la capacidad de detener el tiempo. De alguna manera tuvo éxito: el siglo XX no llegó sino hasta su caída.

1920 –el derrocamiento de Estrada Cabrera– es un evento dentro de un período histórico, al que marca pero no cambia. 1944 –la Revolución de Octubre– es un hito que marca el cambio de un período histórico a otro. Un ciclo histórico se cerró y otro dio inicio.

¿Dónde quedará el 2015 –la campaña ciudadana y la investigación judicial que terminan con el enjuiciamiento del Presidente y su Vice-Presidenta? ¿Será el inicio de nuestro Siglo XXI, o quedará como pie de página de la historia del largo siglo XX guatemalteco que pareciera proyectarse dentro del calendario del siglo XXI?

Espero que no tengamos que sentarnos a esperar para saberlo. La respuesta está en las manos de quienes han tenido la energía para transformar el escenario político desde la protesta ciudadana: nosotros, los ciudadanos. Tendremos que decidir nosotros, los ciudadanos, qué es lo que queremos hacer de este momento histórico: efemérides o parteaguas. Evento o hito. Si no lo hacemos nosotros, los ciudadanos, la decisión la tomarán las élites de siempre –los grupos de interés económico que desde nuestra historia colonial han sabido organizarse para mantener el control sobre un Estado construido a la medida de sus privilegios– y las nuevas élites surgidas de la corrupción política y del crimen organizado que les han estado haciendo competencia en los últimos años.

No nos equivoquemos: los grupos que disfrutan de los privilegios de un sistema político al que controlan nunca han cedido voluntariamente sus espacios. Invariablemente les han sido arrebatados por medio de procesos de revolución o reforma que han transformado la naturaleza y el sentido del sistema político hasta establecer sistemas más justos. Nuestro país no requiere un retoque de maquillaje, sino una refundación: una reforma política profunda que transforme las nociones de poder y las relaciones entre instituciones estatales y población, estableciendo finalmente una república democrática, plural y equitativa.

Pero esa reforma política no tendrá lugar por ‘generación espontánea’. El encarcelamiento de Pérez Molina y el desmantelamiento de La Línea no constituyen una reforma política profunda. Y las elecciones no hicieron más que reafirmar al sistema: lo que tendremos en el Ejecutivo y en el Congreso a partir del 15 de enero del año entrante será un poco más de lo mismo. Sin reforma política profunda, el sistema continuará funcionando como maquinaria de reproducción al servicio de los grupos de élite que han convertido al Estado en coto que privilegia a muy pocos y excluye a muchos.

Está en nuestras manos. Las de los ciudadanos. En nuestra capacidad de mantener la presión sobre el sistema y presionar por las reformas necesarias para transformarlo. En nuestra capacidad de organizarnos para participar activamente para alcanzar la reforma política profunda imprescindible. En nuestra determinación para desarrollar las propuestas necesarias que permitan irle ganando espacios a la corrupción, al clientelismo y al patrimonialismo. Depende de nuestra capacidad, finalmente, para mantener una movilización ciudadana que no retroceda, que adopte nuevas formas de movilización, protesta y propuesta acordes al nuevo momento político, y que nos permita así evitar que nuestro 2015 termine como aquel 1920.

Bernardo Arévalo
/

Estudió sociología, y don Max marcó la forma como ve el mundo. Alguna vez fue diplomático, y le quedaron algunas mañas. Tal vez por eso sigue trabajando en temas que conjugan ambas perspectivas, como consolidación de la paz y transformación de conflictos. Algo nómada, ha vivido fuera del país por temporadas largas pero al final, siempre regresa.


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    ANONIMO /

    29/10/2015 7:58 PM

    […] Lea: Lo que nos une y nos separa de 1920 y 1944 […]

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Diego Joachin /

    28/10/2015 2:04 PM

    Sin la CICIG este post no existiría.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Gran Pablito /

    28/10/2015 1:54 PM

    Lo que no existía en esas épocas eran los "JIMMYLIVERS".

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Gabriel /

    28/10/2015 9:04 AM

    ¡Excelente y muy necesario análisis en este momento de tensa calma! Me quedo especialmente con que la respuesta está en las manos de los ciudadanos, de nosotros. No basta una depuración del Congreso o un par de leyes reformadas. Las movilizaciones deben convertirse en un verdadero movimiento social que desemboque en cambios profundos y marquen ese parteaguas que Guatemala desesperadamente necesita.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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