¿Qué hacer cuando las elecciones ya no son la solución? (I)

Buena parte del siglo pasado la dedicamos a luchar por el derecho a elegir nuestras autoridades libremente. Dictaduras caudillistas primero, y regímenes militares autoritarios después, eran el obstáculo que impedía el goce de las condiciones que constituyen lo que Robert Dahl llamó la ‘Poliarquía’: un gobierno constituido por funcionarios políticos electos; elecciones periódicas, libres y justas; libertad para elegir, para ser electo y para competir libremente por apoyo electoral; sufragio universal y efectivo; libertad de asociación y organización política; libertad de pensamiento y expresión; y pluralidad de y acceso a fuentes de información.

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Esta es una opinión

Lasillavacia.com

A partir de 1996, con la firma de los Acuerdos de Paz, se dan en Guatemala las condiciones básicas de una democracia electoral: ¿Alternabilidad en el poder de funcionarios electos? Si, desde 1985 ningún partido que ha ejercido el poder ha logrado reelegirse. Las elecciones han sido libres y –en la medida en que no han sido fraudulentas o violentadas- justas. ¿Libertad de pensamiento y expresión? También, las diversas fuentes de acoso al periodismo libre  no responden a una política de estado. Y tenemos la libertad de organizarnos en agrupaciones políticas ya sea como partidos o como comité, en proponer candidaturas y ser candidatos compitiendo por el voto popular, que es universal y efectivo. Es decir, a quienes nos gobiernan los elegimos en efecto la mayoría de los guatemaltecos.

Y sin embargo, a las puertas de un nuevo año electoral, nos damos cuenta de que toda esa panoplia de libertades y derechos no ha sido suficiente. Veinte años de democracia electoral sin cortapisas y el país no sólo continúa en el marasmo, sino que va de mal a peor.  El fin del estado contrainsurgente no ha dado lugar a un estado democrático de derecho funcional, sino a un sistema en el que el alcance de sus formas democráticas es limitado por el sustrato patrimonial y clientelar de su cultura política.

Muchos de nosotros estamos otra vez en un escenario de opciones negativas que sólo puede dar lugar al voto desesperanzado, desilusionado, calculado en dos nociones vagas: la idea de que estamos tan mal que cualquier cosa que venga será mejor; y la teoría del ‘mal menor’.  Pero hemos estado equivocados: el barril político en que estamos hundidos no tiene fondo. Los vicios de los que se van son superados por los de los que llegan, y el voto por el ‘mal menor’ no resuelve el problema esencial –sistémico- de nuestra democracia: la ínfima calidad de sus elites políticas.

La desesperanza se instala en parte porque nos movemos en un marco conceptual de una democracia entendida como sistema manejado por elites legitimadas en procesos electorales periódicos. De hecho, después de la Segunda Guerra Mundial se instaló en el pensamiento democrático de occidente el paradigma del ‘elitismo democrático’, de acuerdo al cual la participación de las masas en la conducción de la democracia se debe limitar a la elección periódica de quienes se les confía la conducción de la cosa pública.

Dentro de la democracia ha existido una constante ambigüedad en torno a la relación entre las elites políticas y el conjunto de la población –la proverbial tensión entre elite y masas- en la que la participación directa de la población en la toma de decisiones se considera inviable no sólo por razones ‘logísticas’ –las dificultades logísticas de manejar este tipo de participación- sino ‘políticas’: la masa no está calificada para deliberar responsablemente. En consecuencia, hay que limitar su incidencia al proceso de selección de aquellos quienes sí están calificados para hacerlo: la democracia representativa.

Los límites de este ‘elitismo democrático’ como teoría de la democracia –marco para su interpretación y base para la acción democratizadora- se hicieron evidentes ya hace rato, cuando las crisis políticas recurrentes en muchos países, entre ellos el nuestro, comenzaron a ser explicadas como problemas en la baja calidad de las elites que manejan el sistema. Entonces, ¿Qué hacer cuando el problema reside en la calidad deficitaria del grupo que está supuesto a dirigir el proceso en virtud de su mayor idoneidad?

Dentro del paradigma del ‘elitismo democrático’, para el que la participación directa de las masas en la toma de decisiones políticas es peligrosa para la democracia misma, las opciones no son muchas: si el funcionamiento de la democracia depende de las elites, y las elites actuales son deficitarias, pues hay que sustituirlas. ‘Que vengan los mejores al rescate’ termina siendo el lema que promueve el involucramiento de grupos que no habían participado en el sistema partidario, a los que desde el punto de vista de los valores y las actitudes que manifiestan se considera ‘sanos’, con la intención que su irrupción en la arena político-electoral re-oxigene y corrija el sistema.

A veces, esto funciona, pero otras no es suficiente. Para nosotros, esta es una ruta difícil: la estructura del sistema político partidario en Guatemala –el peso y el costo de la propaganda en el proceso electoral; las normas vigentes de financiamiento-,  y un entorno de cultura política clientelar –tenemos un déficit de ciudadanía expresado en la tolerancia a las prácticas clientelares y a la corrupción- lo hacen muy difícil.

Este balance pareciera dar la razón a quienes, bajo el disfraz de la defensa del sistema democrático, buscan eliminar sus bases. En los años setenta argumentaban las virtudes de una ‘democracia dirigida’ que le permitiría a una elite ‘iluminada’ abrogarse la representación de unos intereses ‘nacionales’ que, según  ellos, el pueblo mismo no podía entender.

Ahogados en las aguas de lo que Huntington llamó la Tercera Ola de Democratización, estos adalides del elitismo re-emergen en el siglo XXI del fango de la crisis de la democracia electoral latinoamericana, intentando reciclar las mismas ideas anti-democráticas bajo el manto de un nuevo discurso ‘anti-populista’ y ‘republicano’. Que terminen citando como modelo al Partido Comunista de China es una ironía jocosa de la que no se dan cuenta.

Bernardo Arévalo
/

Estudió sociología, y don Max marcó la forma como ve el mundo. Alguna vez fue diplomático, y le quedaron algunas mañas. Tal vez por eso sigue trabajando en temas que conjugan ambas perspectivas, como consolidación de la paz y transformación de conflictos. Algo nómada, ha vivido fuera del país por temporadas largas pero al final, siempre regresa.


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    ANONIMO /

    26/02/2015 9:01 AM

    […] texto es el tercero y último de una serie del autor. El primero “¿Qué hacer cuándo las elecciones ya no son la solución?” se publicó el 27/01/2015. El segundo “Cuando las elecciones no son la solución”, el […]

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    ANONIMO /

    12/02/2015 9:00 AM

    […] texto es el segundo de una serie del autor. El primero “¿Qué hacer cuándo las elecciones ya no son la solución?”se publicó el […]

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Bernardo Arévalo /

    06/02/2015 7:24 AM

    Juan, la revolución del 44 -levantamiento, elecciones, gobierno- es una experiencia interesante y relevante, ya que en ese momento si hubo lo que podríamos llamar una 'explosión' de ciudadanía, aunque como fenómeno político se haya limitado en buena medida a la pequeña ciudad capital, llegando al interior sólo a mitad del período. No era época de 'financistas', y las elecciones en el contexto de un muy pequeño electorado se disputaban con recursos que comparativamente eran magros, a partir del entusiasmo activista de la población. Ciertamente las de 1944. Hay varios textos interesantes al respecto. Por mencionar un par: Un tomo de las memorias de Juan José Arévalo está dedicado exclusivamente a las elecciones presidenciales del 44 -El Candidato Blanco y el Huracán; una edición de Tipografía Nacional está disponible en librerías. El primer tomo de la Biografía Política de Guatemala, de Francisco Villagrán Kramer, contiene datos muy interesantes sobre la efervescencia política del momento; igualmente disponible en edición de FLACSO.
    José Alfredo, coincidiendo en que el problema es precisamente el déficit de ciudadanía actua -y que no podemos esperar treinta años para resolver el problema- cabe señalar que no sólo la democracia participativa es 'real'; la democracia representativa, en condiciones correctas, también puede serlo. De hecho, la democracia 'participativa' se practica muy poco alrededor del mundo democrático: Suiza -con buenos resultados- y California -con resultados contradictorios- tienen sistemas con mecanismos participativos. Parte del problema es mecánico: como crear una participación 'real' en grandes sociedades, que lo platicaremos en la segunda entrega de esta columna. Pero a Europa no le ha ido mal con la democracia representativa; aunque en estos momentos el sistema denota síntomas de crisis y fatiga, y reconociendo que como 'producto de exportación' no siempre viaja bien, las sociedades mas justas -o menos injustas, como prefiera- del mundo contemporáneo han sido forjadas por sistemas democráticos representativos.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    José Alfredo Calderón E. /

    29/01/2015 8:26 PM

    Una democracia participativa (o sea real), necesita una masa crítica mínima de ciudadanos (¿un 20% quizá?). Guate (así en diminutivo porque no somos país) tiene una masa ínfima de ciudadanía (¿0.01% o exagero?). La formación ciudadana nos llevaría (en condiciones ideales de no obstaculización) 30 años. Ergo, en las próximas tres décadas no pasará nada nuevo y bueno. Optimista muy bien informado que me dicen...

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Juan Liska /

    29/01/2015 7:10 AM

    No hay nada gratis y si los guatemaltecos queremos mejor gobierno, tendremos todos que esforzarnos. Primero tendremos que hacer esfuerzos por educarnos, ser respetosos del prójimo y competentes en nuestros empleos. Se percibe que el país ya camina en esta dirección. Luego tendremos que participar en los partidos, los cuales son ahora simples cascarones. Los afiliados son comprados y por consecuencia cada partido representa al comprador unicamente.

    Yo me pregunto como fué que Guatemala logró elegir a alguien como su admirable padre para presidente. Si hoy hay ignorancia en el electorado, como habrá cundido en ese entonces? Fueron los financistas que decidieron esa vez, como aparentemente lo hacen hoy? En cual libro describen mejor las elecciones del 44?

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Félix Alvarado
    Félix Alvarado /
    27/01/2015 5:19 PM

    Muy buena nota. Me quedo esperando ansioso la «segunda parte», porque sobre semejante diagnóstico nos urgen propuestas. ¡¿Qué hacer?!

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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