Viaje al África: violencia y esperanza

La semana pasada estuve en la República Centroafricana, y en el Kilómetro Cinco, un barrio de Bangui -la capital- conocí a un personaje de esos que se niegan a ceder a la desesperanza.

Opinión P369
Esta es una opinión

Bangui, la capital de la República Centroafricana.

Foto: Bernardo Arévalo

El Kilómetro Cinco ha ganado una triste fama internacional gracias a los trágicos eventos de los últimos meses en la RCA, que han llevado a enfrentamientos entre fieles cristianos y musulmanes que –como en el resto del país- habían sabido coexistir pacíficamente. Hoy, este barrio dentro de la ciudad se encuentra sitiado: sus habitantes musulmanes se refugian en sus calles de las milicias radicales “cristianas” que les impiden salir de sus confines: ir al trabajo, ir a la escuela o salir a re-avituallarse se convierten en expediciones que ponen en riesgo la vida. Su seguridad está en las manos de una milicia radical “musulmana” que impide que sus enemigos entren a las calles del barrio, pero que son ellos mismos factor de violencia. Fueron sus exagerados abusos los que desataron la violencia exagerada de sus contrarios. Hoy, el estado no existe. La comunidad es prisionera de los extremistas.

La mayoría de los habitantes cristianos del barrio –católicos y protestantes- han preferido refugiarse en otras partes de la ciudad pero un puñado, entre ellos el increíble Señor Lázaro, han decidido quedarse. Dieu-Merci Lazare N’Djaddel-Kangang decidió quedarse no sólo porque, como él dice, allí ha estado siempre su casa; se ha quedado para intentar rescatar un principio de armonía y coexistencia inter-religiosa que antes normaba la vida social y que la lucha entre facciones y milicias políticas ha puesto en peligro de extinción. La depredación como política y la lucha por los magros recursos de uno de los más pobres estados del planeta llevó a la instrumentalización de las masas pauperizadas, que en muchísimos lugares se abalanzaron unas sobre otras agrediendo a quienes hasta el día de ayer compartían calles, plazas y mercados.

Como toda buena mentira, las calumnias echadas a rodar contaban suficientes elementos de verdad como para darles asidero en una población abandonada a su suerte. Pero aunque hayan sido infundadas, estas mentiras han creado nuevas realidades. Hayen la RCA una nueva dinámica inter-religiosa que –como dice el Arzobispo de Bangui- si no se detiene ahora va a dar lugar a una nueva Guerra de los Cien Años.

No si el Señor Lázaro puede impedirlo. En un cuarto de su casa ha creado el Colectivo 236 (código telefónico internacional de la RCA) para la Paz y el Desarrollo, que reúne a musulmanes y cristianos del barrio en un esfuerzo por contrarrestar el efecto combinado de la exasperación y los extremismos. Sus vecinos musulmanes le dicen “Su Excelencia”, y reconociendo el hecho de que no los haya abandonado en el encierro, lo escuchan. Su vida se centra ahora en el intento de recordarles a todos que hasta hace muy poco ni el odio ni la violencia dominaban sus vidas, interponiéndose entre las turbas y usando la legitimidad que se ha ganado para pacificar las relaciones en su barrio, a pesar de las amenazas que un extremo y el otro le regalan.Y se dedica a contarle al mundo la realidad de las cosas en una cuenta de Facebook que vale la pena visitar para ver desde su perspectiva una de las tragedias humanas contemporáneas – y para darle ánimo en su singular campaña.

No es el único: los tres líderes religiosos del país –el arzobispo católico, el pastor que preside la conferencia protestante y el imam de Bangui que dirige la conferencia islámica- se dieron cuenta de lo que estaba pasando y espontáneamente decidieron comenzar a coordinar esfuerzos, creando una plataforma que los lleva a predicar juntos para desmentir la noción de que se trata de un enfrentamiento entre las religiones. En el Sultanato de Bossangoa, aguas arriba del imponente rio Oubangui, autoridades religiosas y tradicionales movilizaron a las organizaciones confesionales de mujeres y de jóvenes para contener a los grupos extremistas y evitar que ingresaran a sus barrios a sembrar la violencia. Son islas de lucidez en un mar de locura.

Y son los portadores de la esperanza. La única que tiene ese país traicionado por sus elites políticas y olvidado por el mundo: aquellos de sus pobladores que no ceden al cinismo ni a la desesperación y que se juegan la vida en la construcción de un futuro mejor, de un futuro digno. Sus emergentes ciudadanos.

PS. Y por si se les pasó por la cabeza, la República Centroafricana está libre de ébola, a 3,500 kilómetros del brote de la epidemia; más o menos la distancia de Guatemala a Nueva York.

Bernardo Arévalo
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Estudió sociología, y don Max marcó la forma como ve el mundo. Alguna vez fue diplomático, y le quedaron algunas mañas. Tal vez por eso sigue trabajando en temas que conjugan ambas perspectivas, como consolidación de la paz y transformación de conflictos. Algo nómada, ha vivido fuera del país por temporadas largas pero al final, siempre regresa.


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