Gracias Banús por recordarnos el racismo

Hay que agradecerle a Martín Banús el valor de escribir el artículo “El indígena feo”, que permite poner sobre la mesa uno de los problemas centrales del desarrollo –o mejor dicho, de la falta de desarrollo- de nuestro país.

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Hay un animado debate en las redes sociales en torno al artículo de Martín Banús “El indígena feo”, publicado en el diario La Hora el 11 de noviembre de 2014. Creo sinceramente que hay que agradecerle a Banús el valor de escribirlo, que permite poner sobre la mesa uno de los problemas centrales del desarrollo –o mejor dicho, de la falta de desarrollo- de nuestro país. En una cultura política como la nuestra, acostumbrada a recovecos barrocos que distraen la atención y disfrazan lo esencial, la manera franca y directa de su columna nos obliga a enfrentar una realidad innegable y a atrevernos a llamarla por su nombre: el racismo.

Un problema que reside no en las cuestiones que señala –por ejemplo, el debate sobre la tasa de natalidad es legítimo- sino en la forma que las aborda: asumiendo posiciones “esencialistas” que atribuyen el problema a rasgos culturales de la población afectada. Si los indígenas son pobres, mueren más jóvenes, carecen de servicios de salud, etcétera es porque quieren: porque se empecinan en mantener costumbre “incivilizadas” y se niegan a copiar el modelo de vida –la suya, uno asume- de sus connacionales no indígenas. Si el país está tan mal en sus indicadores de desarrollo, es la conclusión implícita del artículo, es por la obstinación de la población indígena que sirve de lastre al esfuerzo nacional de desarrollo.

Pero los fracasos y debilidades del desarrollo de nuestro país no se encuentra donde Banús pretende, sino del otro lado de la pirámide social: en las élites sociales y políticas que han dirigido este país desde sus orígenes coloniales, y que construyeron un orden político basado en la explotación, marginación y exclusión de la mayoría indígena del país. La evidencia histórica es lapidaria: nuestros rezagos hoy se deben a la incapacidad de las élites históricas para construir un estado eficiente, capaz de promover y gestionar el desarrollo, y una nación integrada de la que todos los grupos sociales del país se sientan partícipes.

No es un problema exclusivamente guatemalteco: el análisis comparativo de los procesos de formación estatal entre Europa y América Latina iluminan las razones que explican por qué en ese lado del Atlántico las elites nacionales se abocaron a la construcción de estados capaces y la integración de naciones cohesivas. En la América hispana, las élites políticas post-independentistas no tuvieron necesidad de construir estados que funcionaran en beneficio colectivo, ni sociedades que funcionaran a partir de criterios básicos de cohesión social. Sus intereses requerían estados maleables y sociedades excluyentes: su fracaso en la construcción nacional ha sido su victoria en la defensa de sus intereses y privilegios estrechos.

Sin presiones para alcanzar un “aggiornamiento” conceptual, la mentalidad racista y discriminatoria sobre la que se construyó la colonia se proyectó a la vida republicana hasta bien entrado el siglo XX.  Pero mientras algunos de nuestros vecinos en el continente, de una u otra manera, fueron encontrando formas para remontar ese rezago–al menos en alguna medida- gracias a élites que han ido transformándose a la par que los países se modernizan, nosotros pareciéramos condenados a sufrir de élites incompetentes que condenan al país al vagón de cola del desarrollo. Un país rico cuyos indicadores de desarrollo se encuentran entre los peores del continente.

El comentario de Banús es importante porque evidencia que uno de los motivos principales de nuestro atraso social, económico y político no desaparece: una mentalidad señorial afincada en el racismo. No se trata sólo del carácter falaz y equivocado de sus afirmaciones: hay ya tal abundancia de datos y evidencia en torno a las cuestiones de desarrollo que las sandeces afirmadas no soportan un examen serio.  Pero vale la pena recordar que la información y el análisis no son antídoto contra los prejuicios: aún en naciones “civilizadas” –por favor, noten las comillas- persisten bolsones de intolerancia racial que, en época de crisis, no dejan de asomarse por entre las rendijas del sistema político.

El problema es cuando estas actitudes no están en los márgenes de la sociedad sino que permean sus centros y son portadas por actores que juegan un papel clave dentro de los procesos de formación del estado. En Guatemala persisten mentalidades y actitudes excluyentes y discriminatorias en amplios sectores de la sociedad, que aunque sofocados por la corrección política derivada de los procesos de democratización que atraviesa el país y el decoro mínimo necesario en una sociedad pluricultural, no desaparecen. Son el verdadero obstáculo para el desarrollo de instituciones capaces de promover y administrar el desarrollo: construir el estado moderno y la nación solidaria.

Hay que agradecerle a Banús –aunque esa no haya sido su intención-  que nos haya recordado la existencia y la importancia del problema, y que nos obliga a preguntarnos: ¿Qué vamos a hacer con el racismo?

 

Post Data: Un par de referencias para quienes quieran adentrarse en el tema: el libro ‘Blood and Debt’ (Sangre y Deuda) de Miguel Ángel Centeno sobre la construcción nacional y las guerras en la historia de América Latina, que ilumina las diferencias entre la actitud de las elites en el poder en Europa y en América Latina, y el magistral Revoluciones sin Cambios Revolucionariosde Edelberto Torres-Rivas, con páginas importantísimas sobre la persistencia de la mentalidad colonial en Centroamérica.

Bernardo Arévalo
/

Estudió sociología, y don Max marcó la forma como ve el mundo. Alguna vez fue diplomático, y le quedaron algunas mañas. Tal vez por eso sigue trabajando en temas que conjugan ambas perspectivas, como consolidación de la paz y transformación de conflictos. Algo nómada, ha vivido fuera del país por temporadas largas pero al final, siempre regresa.


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    Alejandra Gutierrez /

    14/04/2015 7:23 AM

    Parece que en mucho tiempo nadie comento el articulo del Sr. Arevalo pero voy a aprovechar esta oportunidad a ver si el me da una respuesta objetiva a una de mis mayores dudas. La historia nos dice que los pueblos indigenas de Guatemala sufrian grandes problemas sociales, economicos, alimentarios y de derechos humanos antes de la conquista. Particularmente en Mexico y Guatemala se practicaba la esclavitud, el sacrificio humano, y el sistema de castas. Partiendo de esta realidad es claro que las condiciones de vida de las etnias indigenas han mejorado, ya no son escalvos, no los sacrifican por motivos mistico-religiosos y oficialmente las castas desaparecieron. Despues de 5 siglos del descubrimiento de America y de su conquista, las etinas Guatemaltecas tienen casi los mismos problemas que ya tenian sus antepasados antes de que Colon pusiera un pie en el continente. Durante todo este tiempo se han venido culpando a los diferentes actores de poder, que pueden haber sido los conquistadores, los criollos, los oligarcas, militares, etc, pero el factor comun en esos problemas de los grupos etnicos son ellos mismos. Buscar a quien culpar por los problemas no los resuelve, y definitivamente la forma de vida que conservan nuestras etnias no funciono en 500 anos y cada vez va a funcionar menos. Hablar su lengua no los va a incorporar al progreso y si nos la ensenan a todos solamente vamos a caer en su circulo vicioso de retroceso o estancamiento. La solucion es lograr penetrar en la mentalidad pre colombina de nuestras etnias y sembrarles la semilla de un nuevo enfoque, de nuevas metas de adaptacion al sistema de evolucion cultural.

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!



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