¿Dónde te duele, madre?

Tenía ratos de no pensar en mi madre. Es decir, en ella como mujer. Claro, siempre lo hago y doy vueltas alrededor de las mil postales que mi memoria-ficción ha generado. Pensar en mi madre me provoca muchos sentimientos. Entre la falta que me hace, la triste lástima, la pena y la incomprensión. ¿Por qué nunca te largaste de su lado, madre? Ella debió tener a mi hermano mayor recién entrada en sus veinte años. Habrá convivido con mi padre alrededor de quince años. Tal vez menos. La verdad nunca la sabré.

Cotidianidad n135 Opinión P258
Esta es una opinión

Las conexiones sobre mi cabecera.

Foto: Engler García

El asunto es que mi madre me da pena y cierta lástima porque me cuesta entender que haya soportado tanto al lado de mi padre. El señor, cual macho, se dedicó, quizá sin reparar en ello, a darle una vida dura y miserable. Aunque no siempre. Mi hermano mayor dice que la última vez que los vio sonriendo a los dos, jugaban a los caballitos. Mi hermano mayor en los hombros de mamá y el mediano en los de papá. Luego, dice él mirando al suelo, todo se fue por ese abismo.

Y no es que mi padre haya sido un mal tipo. Seguro mi madre lo sabía. Quizá haya sido por esa certeza y por los recuerdos felices por los que no se largó para siempre de su lado. Pero me cuesta entenderlo. Y me cuesta entenderlo porque sé que mi madre más de alguna vez lo intentó.

Pero mi padre siempre la encontró y hubo de volver a casa. Desde fuera, desde la distancia, pero sobre todo desde el enojo, a mí ese tipo de decisiones me parecen mucho más sencillas. Pero quizá también desde mi posición aventajada: yo soy hombre en este lugar. Y mis zapatos siempre han sido otros.

No era sencillo largarse del lado de un hombre como mi padre en los ochentas. Ni siquiera ahora. A pesar de que ella intentaba ganarse la vida haciendo tortillas, dependía absolutamente de mi padre. Ya se sabe, él era “el hombre” de la casa. El macho, el fuerte. La verdad era que él era el golpeador y un tipo brillante intelectualmente. Algunos de quienes lo conocieron culpan de su comportamiento errático al alcohol. Pero yo qué sé, si nunca me he emborrachado.

Elena, mi pequeña sobrina de casi tres años, se quedó conmigo esta mañana. Hoy estaba tranquila. Comía froot lops. Yo la cubrí con mi poncho y ella me sonrió. Dijo que tenía frío y también tapó su plato. Estos días la había pasado en casa de su mamá y ayer volvió. Cuando yo llegué anoche a la casa no quiso saludarme. Estaba enojada conmigo y nunca supe por qué. Elena, la del carácter errático. La pequeña Elena.

Pero hoy era un mar de abrazos y palabras que aún me cuesta trabajo descifrar. Me acosté junto a ella y le acariciaba la cabeza. Me decía que le dolía el brazo, la besaba. Me decía que le dolía la mejilla, la besaba. Me decía que le dolía la pierna, la besaba… Y así, viéndola y besándola fue inevitable pensar en mi madre. ¿Dónde te duele, madre? ¡Ojalá pudieras decirme dónde!

Pensé en el futuro y su naturaleza incierta. En lo mucho de ilusión que tiene. Esa idea de que Elena vaya por la vida con alguna certeza de futuro y alguna tranquilidad, es lo más cercano a tener una fantasía. Y yo, quizá cínicamente, procuro pasar de eso. Pero es que además me basta pensar en la treintena de años que vivió mi madre en este lugar.

Hoy pensé en mi madre como mujer. ¿Dónde más te dolerá, Elena? ¿Cómo podremos evitarte algún dolor?

Engler García
/

Quise ser locutor profesional y no pude, pero fue en una cabina donde aprendí lo que sé de redactar. Abrí un blog para contar lo que veía. Después escribí en Plaza Pública, en un libro y ahora también en Nómada.


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COMENTARIOS

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    Elver Herrera /

    30/11/2015 4:14 PM

    Profundas palabras escritas vos Engler. Te leo desde Black River Falls, WI. Abrazos y felicitaciones.

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    Engler García /

    29/11/2015 9:55 PM

    Verónica, Julio, Vivian, Gabriel, Edgar y René: a todos ustedes les agradezco el tiempo que se tomaron, primero para leer y luego para comentar. Sin duda, entre todos tenemos que hacer lo necesario para que la violencia doméstica sea cada vez más una rareza entre nosotros. Y no lo cotidiano y extendida que resulta ser. De nuevo, gracias.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    rene villatoro /

    26/11/2015 6:40 PM

    Al borde mismo de las lágrimas, solo puedo decirte Gracias hermano, por este texto tan desgarrador...

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Edgar Jimenez /

    26/11/2015 2:58 PM

    Un texto que, a pesar del esfuerzo, me hizo pensar en mi madre y mi hija. Aunque no te conozco te abrazo y agradezco tus letras.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Gabriel Amaya /

    26/11/2015 12:26 AM

    Misión cumplida, buen texto... Paz y bien...

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Vivian /

    25/11/2015 11:37 PM

    Bello texto Engler, gracias. Otro beso más para Elena, y otro para vos: ahí, donde todavía pueda doler por el dolor de ella (el dolor de la madre nos duele a todos y lo podemos cargar por mucho tiempo). Vvx

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Julio R. Gámez /

    25/11/2015 10:02 PM

    Qué bonito texto... hay demasiadas madres a las cuales algo les duele. Un saludo Engler y gracias por estas líneas.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Verónica Molina /

    25/11/2015 10:01 PM

    Un texto valiente y conmovedor. Gracias Engler.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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