Ellos, los que siempre han estado solos

Ya es un poco más de las diez de la noche. El muchacho taciturno se sienta en un banquito plástico y pide una cena de huevos duros. Se la sirven con arroz, frijol, un poco de guacamol y una cucharada de salsa rala de tomate. Las tortillas a medio calentar. Toda la comida a medio calentar. Es viernes y es una de las noches más frías de este año que recién comienza y al que ya se le terminó el primer mes, con el mismo saldo de toda la vida.

Cotidianidad Opinión P258
Esta es una opinión

No queda nadie en la cuadra.

Foto: Engler García

Mientras el muchacho taciturno cena, ve cómo un niño y una niña se pelean por algo. Una cosa insignificante: el niño no le quiere dar un pedazo de metal con el que juegan. La niña termina llorando y su papá la regaña mientras la abraza para intentar que deje de llorar. El niño tendrá siete años. La niña unos cuatro. El bebé de meses en la espalda de la señora que tendrá menos de veinticinco, así como el padre. Esta es la familia detrás de este puesto de comida callejera. Antes no estaban. Son nuevos en la cuadra.

El muchacho taciturno agradece el buen provecho de los otros dos tipos que cenaban y que se montaron en un Hilux. Come despacio, muy despacio. Deja de observar a los niños y se concentra en su celular. Acomoda sobre la mesa una pequeña caja que tenía entre las piernas. Por la esquina dobla un carro Sedan con luces neón altas, de esas que enceguecen y que cada vez son más en esta ciudad, tan acostumbrada a romper hasta las normas más mínimas.

Entonces el muchacho taciturno se termina de un solo trago la Incaparina que aún llenaba la mitad del pequeño vaso de duroport. Se para y paga los quince quetzales que cuesta la cena medio fría. O medio caliente, según sea el ánimo en este nuevo puesto de comida callejera. En realidad es así en todos. Las mismas historias, las mismas postales, las mismas necesidades, tanto para los que venden como para los que compran: comer.

El muchacho taciturno camina en la misma dirección a la que se dirige el Sedan que lo alcanza y se para a su lado. Se mete al carro por una de las puertas traseras. Mientras el padre y la madre se entretienen haciendo las cuentas del día. Ya casi no tienen comida para servir. Se ven contentos. Se ven cansados. Al menos hoy no les fue tan mal.

El padre va a recoger los platos desechables. Se percata que el muchacho taciturno y de mirada fija dejó una pequeña caja. Se da cuenta que dentro de la caja hay un celular y que debajo hay una nota. La lee. Se la muestra a su esposa. Ambos se quedan callados. Tan solo atinan a llamar a los niños. En la calle se escucha cómo baja la cortina metálica de la última tienda que cierra en el sector. Por un momento no queda nadie en la cuadra. Ni carros, ni posibles clientes caminando. Nadie. Están solos. Están absolutamente solos.

Engler García
/

Quise ser locutor profesional y no pude, pero fue en una cabina donde aprendí lo que sé de redactar. Abrí un blog para contar lo que veía. Después escribí en Plaza Pública, en un libro y ahora también en Nómada.


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COMENTARIOS

RESPUESTAS

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    WILLIAM /

    06/02/2016 10:05 AM

    También me quedé con la intriga de qué decía la carta...
    ¿Qué pasó después? D:

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Juan Carlos /

    06/02/2016 9:43 AM

    No quiero parecer como una mente negativa y quisiera pensar que en esa nota decía un gracias con una carita feliz, pero aun así dada mi experiencia vivida me da miedo solo de pensar que en esa nota era el inicio de una extorsión , gracias siempre por esta crónica, me dejó pensando mil cosas 😊

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Pablo Estrada /

    05/02/2016 9:01 AM

    Lo leí en tu libro cara y me provocó un escalofrío, una desazón que me duró un buen rato, como el tañir de una campana rota, una campana digamos, que uno lleva dentro. Hoy lo vuelvo a leer y es lo mismo...

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Mercedes Escoto /

    04/02/2016 12:31 PM

    Tengo la fotografía mental... increíble, excelente crónica como siempre.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

      Engler /

      04/02/2016 5:49 PM

      Gracias por la lectura. Cuando se ven las cosas con tanta nitidez sólo queda la transcripción.

      Saludos,

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!

    Lana Porres /

    04/02/2016 12:06 PM

    Pero Dios te guarde si le tocas un pelo a estos malditos que nos tienen de rodillas...para defender delincuentes si son muy buenos el tal duque y sus ddhh y todas esas organizaciones disque para la justicia...

    ¡Ay no!

    3

    ¡Nítido!

      Engler /

      04/02/2016 5:47 PM

      Sin comentarios. O bueno, sí uno: qué pena que pienses así. Hay que informarse mejor.

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!

    Gustavo Alonzo /

    04/02/2016 11:03 AM

    Triste realidad...

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    George Zepol /

    04/02/2016 6:46 AM

    peor si los esran extorsionando??? y el cel es para negociar en donde depositan??? terminá de contarnos que pasa por favor

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    rene villatoro /

    03/02/2016 6:25 PM

    Engler, de nuevo te luciste con tu crónica de hechos cotidianos que de a pocos, van desgarrando nuestra vida. Saludos

    ¡Ay no!

    2

    ¡Nítido!

      Engler /

      04/02/2016 5:47 PM

      René. Gracias por la lectura. Ojalá llegue el día en el que dejemos de desgarrarnos. Nos toca ponernos a trabajar.

      Saludos,

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!

    erick /

    03/02/2016 4:17 PM

    buena nota, bien escrita, un momento tragico que nos ha tocado vivir a muchos... solo atinamos a abrazar a los nuestros y esperar

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Diana /

    03/02/2016 2:57 PM

    Era una nota de extorsión!

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!







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