¿La corrupción es un mal inevitable?

En una entrevista con Nómada, Alfonso Portillo dijo que “en el Estado no se puede demostrar lo que se ha hecho con todos los recursos”. Cada tanto recuerdo esa frase. Imagino una escena en la cual el fisco investiga algún error en mis planillas, y simplemente les respondo: ‘Me es imposible demostrarles qué he hecho con todos mis recursos’.

Cotidianidad n135 Opinión P258
Esta es una opinión

Foto: Flickr, Zacktionman

Guatemala ha dado un paso importante en contra de la corrupción en el gobierno. Siguiendo los titulares, me pregunto qué tan viable sería realmente erradicar la corrupción. A veces me parece que la corrupción es un mal inevitable.

Cuando estudiaba en la universidad, me parecía que erradicar la corrupción y mejorar los tejidos sociales en nuestros países era no solo viable, sino que nos llevaría a mejorar el andamiaje que nos armaba como sociedades, como países, del mismo modo que utilizar las luces de señalización nos facilita la vida a todos –yo te veo venir, y si me señalas con tus luces que quieres girar puedo reducir mi velocidad, cederte el paso, y todo el tráfico como consecuencia fluye mejor–.

En esos años fui pasante en una ONG que abogaba por los derechos humanos en diversas partes del mundo –yo particularmente estaba en un proyecto que abogaba por una comunidad garífuna en Honduras defendiendo su derecho a permanecer en sus tierras, pues el gobierno y una empresa les querían sacar para construir una autopista–. Aprendía mucho en clases, pero muchas cosas las tenía muy claras.

Esa claridad empezó a atenuarse para el 2010, más o menos. En agosto de ese año hacía fila en el aeropuerto de Bogotá para registrarme en el vuelo que me regresaría a Nueva York. Unas pantallas planas enormes mostraban las noticias. 72 migrantes centroamericanos y sudamericanos habían sido encontrados muertos en una fosa. Un sobreviviente ecuatoriano contaba su testimonio desde un hospital. Yo esperaba mi turno en fila, con un pasaporte azul en mano, lleno de estampitas y pegatinas. Registros de entradas y salidas varias, uno que otro visado. Y me preguntaba cómo era posible que unos viajasen como yo, y otros así, como lo que se relataba en pantalla.

Las preguntas fueron multiplicándose los años que siguieron, al punto de no poder seguir desarrollando proyectos sobre justicia social. Dejé de entender precisamente a qué apuntaba yo, si desde los principios de la humanidad las dinámicas de poder mantenían un denominador común casi inapelable: un núcleo donde se concentra el poder versus un margen abandonado a su propia suerte, cuando no deliberadamente atropellado. Lo que antes tenía un sentido claro, ahora parecía ser un juego de sillitas musicales. Cuando un movimiento tiene éxito, y el margen ocupa un lugar céntrico, termina haciendo eco de las mismas dinámicas de poder, manteniendo el patrón núcleo-margen.

Hace un año decidí que tenía que hacer otra cosa. De pronto estudiar un doctorado en filosofía y abordar este problema de raíz. Desde entonces trabajo en un proyecto que aborda un tema social, no desde la perspectiva de un protagonista heroico que enfrenta malignas adversidades, sino a partir de una estructura coral con varios personajes que siguen una convicción moral muy fuerte, chocando entre sí. Carmen es una mujer católica, muy dogmática. Puertorriqueña. Sigue las enseñanzas de la Iglesia al pie de la letra, con un puntillismo beato. Sufre lo indecible porque el menor de sus tres hijos, Miguel, es un hombre abiertamente gay. Miguel se va de la isla, vive bajo sus propios términos en Nueva York, aspira actuar en Broadway, se da total libertad de ser quien se le antoje ser, sin tapujos. Sin embargo, no puede dejar de cobijarse en la religión en ciertos momentos de crisis, y nunca deja de anhelar el amor de su madre. Carmen, quien buscó con mucho cuidado y dedicación ser la discípula más leal de Cristo, no dejó de causarle mucho dolor a su hijo, y al compañero de su hijo, a quienes hizo sentir rechazo y hasta odio de parte de ella. Es, en resumidas cuentas, una historia sobre las contradicciones de cada uno, sobre cuán inexacta es nuestra verdad personal más íntima. A nivel micro, logro ver un ápice de claridad. A nivel macro, se mantienen incógnitas importantes.

¿Qué tendría que pasar para que podamos construir un país sin corrupción, con transparencia? Hay pequeñas burbujas que trabajan para ello. Aristegui Noticias, por ejemplo, saca a luz pública el escándalo de la ‘Casa Blanca’ en México; en Guatemala, Roxana Baldetti y Otto Pérez Molina enfrentan serios cargos en su contra; en Puerto Rico se denuncian irregularidades con empresas de tutorías, anteriormente advertidas por uniones y auditorías. Hay algo de esperanza para un cambio contundente. Queda mucho por recorrer para lograr un cambio real y definitivo. Pero esperanza, hay. El primer paso está dado.

Patricia Benabe
/

Original de Puerto Rico, residente en Nueva York. Documentalista. Escribe. Aficionada a la lectura y la foto. Acumula discos, millas de viajera frecuente, amigos, y papeles. Estudió literatura hispánica en Nueva York y guión en Madrid.


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    MF /

    07/10/2015 2:07 PM

    Filosoficamente hablando.... todos los seres humanos somos una contradiccion. Queremos transparencia en el gobierno pero vivimos con pequeñas incongruencias en nuestro diario vivir. No excuso el robo de los politicos, la verdad es que en la vida de todos y cada uno existe un acto de corrupcion diaria, cada cual con sus debidas consecuencias grandes o pequeñas. Mentiras blancas, "cutting corners" para lograr lo que queremos. El problema es cuando esto se institucionaliza y se convierte en el deber ser de un Estado que no satisface las necesidades de sus ciudadanos. Que se yo al final.....

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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