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Más bicipolo, más guarderías y más juzgados de femicidios

Tengo un grupo de amigos con los que me divierto jugando bicipolo, esa especie de futbol que hacemos sobre las bicis. Con ellos creemos que la diversión no debería implicar un costo, así que cuando queremos jugar el reto es encontrar una cancha disponible y que sea “de grolis”. Aunque a veces he pensado que si hubiera algún futeca de bicipolo, estaría dispuesto a pagarlo. El último partido tuvo una escena que me dejó petrificado.

Cotidianidad Opinión P369
Esta es una opinión

Las bicis, antes de la partida en la USAC.

Fotos: Betsy Ovando

Últimamente vamos a la Universidad de San Carlos de Guatemala. Ahí hay canchas que casi nunca usan los estudiantes, pero sí niños hijos de vendedores que desde la informalidad sostienen a sus familias y contribuyen a la economía nacional. Algunos dicen que la diferencia es que no pagan impuestos, pero se les olvida mencionar que tampoco tienen acceso a seguridad social ni son sujetos de crédito. Los que sí lo son entran en la categoría de alto riesgo y con mayores intereses financieros. Sigamos contando: no hay guarderías públicas donde puedan dejar a sus hijos y deben llevárselos con ellos al trabajo.

Un sábado por la tarde llegamos a una de esas canchas, una de mis amigas, mi pareja y yo, y nos sentamos a esperar a que llegaran el resto de amigos. Había varios niños jugando. Uno de ellos se acercó para ver y agarrar la bici de mi amiga, que tiene una llamativa combinación de colores. Quería dar una vuelta pero no lo dejamos. Le dijimos que era muy alta para su estatura y que se podría lastimar. Tendría unos 8 o 9 años. Estaba acompañado por una niña y otro niño de más o menos la misma edad. Había otro más pequeño que lo único que hacía era correr. El niño insistió con la bici por un buen rato. Hasta que desapareció.

Cuando regresó traía un globo azul lleno de agua. Tenía un agujero por donde salía un pequeñísimo chorro al que le ponía la boca. La niña le pidió el globo y cuando lo tuvo en sus manos, lo estripó con tal fuerza que el agujero y el chorrito se hicieron grandes. Casi de forma inmediata el globo se vació. El niño trató de evitarlo y que se lo devolviera mientras emitía un sonoro «NOOOO». La niña se lo dio de vuelta mientras se carcajeaba. El niño le lanzó una patada, que ella pudo esquivar y dijo una palabra con muchas más fuerzas: «PEEERRRAAA». Yo estaba petrificado.

Así van estos niños al futuro, pensaría después. ¿Y de dónde vienen? ¿Acaso es posible elaborar un perfil familiar específico que explique tanta violencia a tan corta edad? Es que, por poner un ejemplo híper conocido, ahí está la historia de Cristina y es evidente de que estos niños no vienen de un estrato similar.

Cuando estábamos jugando el niño se quedó a la orilla pidiéndole la cámara a mi pareja. Ella no se la dio. Esos aparetejos no son baratos y creemos que todos los niños del mundo tienen manos de mantequilla y que no le ponen ninguna atención a lo que hablamos los adultos. Luego me contó que el niño le preguntó si yo era su pareja. ¿El del pelo largo que parece mujer es tu novio? Un estudiante que observaba el bicipolo solo sonrió.

 

Ya en el partido.

Ya en el partido.

Luego somos adultos, hacemos nuestras propias familias y en el mejor de los casos, pasa lo que contaba Adelaida en esta nota de Nómada. Y digo en el mejor porque eso de «perra» solo me remite a las estadísticas, duras tan solo de buscar, de mujeres asesinadas en este país. Hay otra nota, de Nuestro Diario, en donde se reportaba la ampliación de los servicios en la guardería universitaria y en el colegio infantil que ahí funciona. Hay una declaración que, claro estaba dicha en el contexto de la inauguración, pero que no deja de resonarme: «Es una ayuda; además, los pequeños se acostumbran al ambiente universitario». La guardería es para hijos de estudiantes y catedráticos, pero ¿habrá alguna forma y espacio para que vayan los hijos de los vendedores?

Quizás por las guarderías y la educación inicial deberíamos empezar a trabajar para reducir las veces que llaman «perras» a las niñas y a las mujeres en esta sociedad. Esa es una tarea pendiente. Pero algo se está haciendo: en 2013, hubo 14,084 casos que ingresaron a la Fiscalía de la Mujer y en los últimos años se han implementado diez juzgados especializados en violencia contra la mujer, con un presupuesto anual de Q76 millones. Estas acciones han contribuido a enfrentar las consecuencias, pero considerando el eco de todos los «perras» que se gritan, aún es insuficiente. ¿Cuánto más se necesitará? ¿Estaremos dispuestos a pagarlo? Porque fijo que de grolis no nos saldrá.

Engler García
/

Quise ser locutor profesional y no pude, pero fue en una cabina donde aprendí lo que sé de redactar. Abrí un blog para contar lo que veía. Después escribí en Plaza Pública, en un libro y ahora también en Nómada.


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    Yusseff /

    21/10/2014 3:48 PM

    ...estoy casi seguro que la palabra que usó el niño fue "p u t a" o tambien pudo haber sido "p i s a d a" porque ya los he escuchado.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Olga Villalta /

    17/10/2014 9:45 AM

    Me alegra que el término "perra" te haya impactado y nos compartas esta reflexión. El lenguaje es determinante para el mantenimiento de los estereotipos y prejuicios en una sociedad. Este término precisamente es de los que tienen doble parámetro, no es lo mismos decirle a un niño perro que a una niña. Lo ideal es que en la currícula educativa incorporemos ese análisis. Así niñas y niños podrían ir incorporando la mirada de los derechos humanos en las relaciones interpersonales.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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