Proponen intercambiar disfraces entre niños y niñas y empezó la guerra

Disfrazarse de una ocupación que le gustaría ser cuando grande, y en el salón intercambiar disfraces entre niños y niñas para luego explicar cómo se sienten con el nuevo atuendo y si es una ocupación que les gustaría ejercer en el futuro. Dinámicas como esta, que incorpora el nuevo plan de estudios, han detonado una lucha de pasiones en esta esquina latinoamericana.

Cotidianidad equidad de genero n789 Opinión P258
Esta es una opinión

Performance: PonerMickeytarme: ritual de pluma y purificación

FOTO: Ryan Pérez

Hace años, en Puerto Rico aprobamos una ley que hace que el pensum escolar tenga una perspectiva de género para que el estudiantado del país esté consciente desde temprana edad de la equidad entre hombres y mujeres.

Cuando se anunció que comenzarían a implementar el currículo en las escuelas, líderes religiosos de varias denominaciones cristianas convocaron a sus feligreses a marchar frente al Capitolio hace dos semanas, y lograron una concurrencia más que notable. El debate, según se vio desde mi balcón en las redes sociales, a menudo caía en una dicotomía entre religiosos y ateos.

Pero no está ahí la raíz de la discordia. Algunos líderes religiosos se manifiestan elocuentemente a favor de la perspectiva de género, al considerarlo un tema cónsono con los valores religiosos. La discrepancia principal parece estar en lo que entendemos por naturaleza.

El plan de estudio sugerido incluye un conjunto de actividades como ilustrar en dibujos conceptos como salud, protección, libertad, paz, amor; o traer un juguete favorito a clase, intercambiarlo por otro, describir el nuevo juguete y explicar si es para niños o para niñas y por qué. Finaliza con una discusión que modera el maestro donde enfatiza que niños y niñas pueden usar los mismos juguetes, y la importancia de escoger juguetes que promuevan la paz y no la violencia.

El discurso religioso defiende los roles de género como “ley natural” de Dios: hombre y mujer son creación de Dios y deben asumir el comportamiento y el rol que a cada cual le corresponde. Es curioso como parecen sentirse tan confiados de una definición inamovible de una ley natural de Dios, cuando la ciencia misma–en su estudio de la naturaleza— es progresiva en su pensar.La física clásica con su paradigma causal y determinista cambió radicalmenteen los últimos cien años con los resultados de numerosos experimentos que comprueban la física cuántica.

Este clamor en contra de la educación con perspectiva de género se me hace como si un grupo de personas saliera a la calle a exigir que se tire a la hoguera la tabla periódica, pues atenta contra la naturaleza y sus cuatro elementos básicos: agua, tierra, aire y fuego.

Desde preescolar hasta duodécimo grado, estudié en colegios católicos. Mi familia, la mayor parte, es religiosa.Mi mamá y su hermana, que es también mi madrina, son muy partidarias de la fe. Mi papá es más afín a la razón y la lógica. Yo me formé en un entorno donde esos conceptos iban a la par. Para mí, uno no es el opuesto irreconciliable del otro, sino que van de la mano. Cuando no se alternan, se complementan. Algo así como la dualidad onda-partícula de la física cuántica.

(Un paréntesis. Como a veces tenemos suerte y suele pasar, la protesta cristiana contra este tipo de enseñanzas en las aulas tuvo un performance del artista Mickey Negrón, que nos autorizó publicar su video PonerMickeytarme: ritual de pluma y purificación.)

Mi devoción religiosa de la infancia mermó a medida que una serie de discrepancias e inconsistencias en el discurso religioso me decepcionaron paulatinamente. En una ocasión, una maestra de religión nos explicaba las diferencias entre los hombres y las mujeres. Decía que los varones sienten un deseo sexual desbocado, más fuerte que ellos, imposible de controlar; así eran por naturaleza.

A las mujeres les toca ponerles el freno, servirles de ejemplo que lo correcto era aguantar ese deseo, reservarlo para la persona con quien elijan casarse .El primer problema que encontré con esta aseveración no fue el más obvio –¿por qué tendría que una echarse la responsabilidad del problema de autocontrol del otro?— sino otra cosa.

En aquel entonces yo era amiga de Juan, y Juan no se mostraba ni mínimamente perturbado por el sexo. Se mostraba completamente impasible. Intercambiamos libros, por cualquier tontería nos inventábamos apodos para el otro, me regaló un cactus que se robó de una decoración de centro de mesa en alguna actividad formal y lo bautizamos Susana. Me devolvió mi copia de Niebla de Unamuno junto con una bola de tenis donde escribió: ¿soy o no soy una bola de tenis?

Mi mamá estuvo convencida que Juan y yo le ocultábamos un noviazgo, bajo esa lógica de si él es hombre y yo mujer, entonces… pero nada más lejos de la realidad. Por otro lado, mi amiga María piloteaba un deseo sexual desaforado desde sus tiernos doce años. Esto que yo oí de boca de aquella señora no daba pie con bola con mi realidad más inmediata.

Las definiciones categóricas sobre lo que es un hombre y una mujer terminan por confundir más que aclarar. Un sinnúmero de “así son los hombres” y “así son las mujeres” entorpecen el proceso de conocerse uno mismo, de uno darse a conocer a otro y conocer al otro. Lograr conocer a una persona en el contexto de una relación de pareja siguiendo al pie de la letra esas normas sociales que parten del discurso religioso es una faena que para mí raya en lo milagroso.

El camino del autoconocimiento no es necesariamente más fácil. Es caótico, inconstante, y requiere de mucho esfuerzo, pero al final del día uno tiene la certeza de ser cónsona con una misma, así de dual o polimorfa como una pueda ser.  Las convenciones sociales dictan unas estructuras rígidas que no concuerdan con la naturaleza, diversa y dinámica como es.  Nunca estática.

Patricia Benabe
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Original de Puerto Rico, residente en Nueva York. Documentalista. Escribe. Aficionada a la lectura y la foto. Acumula discos, millas de viajera frecuente, amigos, y papeles. Estudió literatura hispánica en Nueva York y guión en Madrid.


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