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Violencia engendra violencia

La historia de la humanidad puede ser vista como un largo recorrido cuyo destino final será una sociedad libre de violencia. En su obra “Los ángeles que llevamos dentro”, el académico estadounidense Steven Pinker realiza una enorme investigación multidisciplinaria –historia, sociología, sicología, neurología– de la que concluye que la humanidad va erradicando, de manera gradual y progresiva, la violencia y la coerción de las relaciones interpersonales, sociales y políticas.

Cotidianidad Opinión P369
Esta es una opinión

Las condiciones socio-económicas de nuestra sociedad son el caldo de cultivo para la delincuencia y la violencia.

Foto: Carlos Sebastián

Es un proceso que el sociólogo alemán Norbert Elias –en cuyos estudios se basa Pinker– estudió en detalle, vinculando los cambios que ocurrían a nivel político con el cambio de los usos y costumbres de las sociedades que hoy conforman las naciones de Europa Occidental. En la época medieval parte importante del entretenimiento en los festivales populares era la martirización de animales, y el ajusticiamiento de prisioneros se hacía en las plazas públicas, en parte como admonición para insumisos y heterodoxos, y en parte como entretenimiento para el pueblo llano. La violencia brutal era instrumento usual en las interacciones sociales y políticas, parte de una realidad cotidiana asumida como ‘natural’.

Ha sido un largo recorrido, producto de una serie de procesos socio-históricos, el que ha llevado a las sociedades europeas contemporáneas a actitudes de rechazo e intolerancia a las expresiones públicas de violencia, y a la reducción cada vez mayor del papel de la violencia y la coerción en las relaciones sociales y políticas. Pero este proceso, incuestionable y bien investigado en dicha región, no ha ocurrido de la misma manera en el resto del mundo. Aunque Pinker afirma que el proceso es universal, y que terminará por abarcar a la humanidad completa, la realidad contemporánea es la de un mundo en el que junto con las sociedades ‘civilianizadas’ sobreviven ‘bolsones’ de violencia: guerras internacionales (cada vez menos), guerras internas (cada vez menos) y –cada vez más– violencia social ‘no convencional’ (no regulada en las convenciones internacionales) que hunde a distintas regiones del planeta en realidades violentas ligadas a fenómenos como el fanatismo religioso, el crimen organizado transnacional o la delincuencia común.

Nuestro país se encuentra en uno de esos bolsones. El triángulo norte de Centroamérica es una de las regiones más violentas del planeta. Nuestras ciudades encabezan el trágico ranking mundial de la violencia homicida de origen criminal que –como réplica a escala de la situación mundial– afecta de manera diferente a los habitantes de las distintas zonas: en unas la cotidianidad transcurre plácidamente y en otras cada amanecer ilumina un campo de batalla. Es una realidad a la que los habitantes de la ciudad, especialmente los de las zonas menos afectadas, nos vamos acostumbrando por simple efecto de la necesidad de sobrevivir: nuestra sensibilidad a los hechos de violencia se va mitigando, nuestra capacidad de indignación se va reduciendo, nuestra aceptación de la ‘naturalidad’ de la violencia va aumentando. Hasta que algún evento inusitado hace que la realidad nuevamente nos explote en el rostro, como los hechos brutales de estos últimos días: cadáveres desmembrados enviados como advertencia macabra, bombas incendiarias arrojadas en establecimientos comerciales de barrio, el transporte público atacado con artefactos explosivos. Entonces, no nos queda otra cosa que sacudirnos la caparazón de indiferencia que nos hemos construido para reconocernos impotentes frente a una realidad que rebasa las capacidades institucionales que le deberían dar respuesta.

Vivimos en una sociedad violenta. Una sociedad en la que la violencia es sistémica y crónica. Una sociedad en la que la violencia permea las relaciones sociales a todo nivel. Una sociedad en la que la violencia es asimilada, tolerada y reproducida por medio de las instituciones sociales –la escuela, la familia, la comunidad– y por las instituciones estatales. Basta darle una mirada a los medios de prensa en los últimos días: hechos de bullying desde el nivel escolar hasta el universitario; asesinatos y agresiones a activistas sociales por sus ideas; violencia contra la mujer en sus múltiples variantes, y el corolario perverso de toda violencia: el discurso de odio contra todo lo que sea diferente, cuyo veneno vertido gota a gota corroe las relaciones interpersonales y fragiliza el tejido social.

Somos una sociedad cuya violencia se expresa no solamente en los actos demenciales de grupos como las maras o los narcotraficantes, sino también en las reacciones que estos actos despiertan en el resto de la sociedad. Las llamadas a la reinstauración de la pena de muerte y a la limpieza social que han cundido en las redes sociales tras los atentados criminales de los últimos días son también expresión de esa violencia, producto del mismo sustrato sico-social que los origina, y vehículo para su reproducción.

Pero la historia nos enseña que, invariablemente, la violencia genera más violencia. Una respuesta estatal y social violenta no hace sino reforzar las condiciones que permiten que la violencia se reproduzca. Sin ir muy atrás en el tiempo ni considerar grandes procesos de cambio ‘civilizatorio’, las evidencias de que las medidas violentas no resuelven los problemas de la violencia se encuentran en la experiencia contemporánea; basta con alzar la mirada:

Que la pena de muerte no tiene efecto disuasivo ya ha sido demostrado hasta la saciedad. No se trata solamente de observar la correlación que existe entre los indicadores de paz de los países –ver por ejemplo el Índice Global de Paz– y la pena de muerte: los países más pacíficos –es decir, los que han logrado avanzar más en la erradicación de la violencia de sus sociedades– son también los que han eliminado la pena de muerte de sus sistema legal. La comparación puede hacerse también en sociedades violentas, como los Estados Unidos de América, que es el país menos pacífico dentro del bloque de las naciones desarrolladas –con el ranking 94 de 162– y comparativamente más violento hoy que Nicaragua, que ocupa el puesto 74. Los estados norteamericanos menos violentos en términos de la tasa de homicidios son aquellos en los que la pena de muerte no se practica; los más violentos son aquellos que insisten en aplicarla no obstante la evidencia científica que demuestra su valor nulo como disuasivo de la violencia criminal.

La militarización de la respuesta estatal a problemas de seguridad pública, otra respuesta típica en sociedades violentas, no sólo no resuelve el problema, sino que lo dispara. Análisis cuantitativos de los patrones geo-espaciales de la violencia en el marco de la lucha contra el narcotráfico en México establecen claramente que mientras más violenta es la medida aplicada por las fuerzas de seguridad, más aumentan los índices de violencia en la localidad durante los meses siguientes: por una parte, la violencia ejercida por los grupos criminales se dispara y, por la otra, los abusos contra la población civil por parte de las fuerzas de seguridad aumentan. En El Salvador, los índices de violencia se disparan cada vez que se introduce una estrategia de ‘mano dura’. En la trágica historia de violencia salvadoreña, cada vez que el Estado decide intentar resolver el problema aumentando el nivel de violencia de su respuesta, el resultado ha sido contrario, como puede apreciarse en la escalada de violencia criminal que ha seguido a la decisión de aplicar a estos grupos criminales la legislación antiterrorista.

Si ya sabemos –en términos de la evidencia científica disponible– que matar delincuentes no acaba con la delincuencia, y que la violencia engendra violencia, ¿por qué seguimos insistiendo en soluciones violentas?

Porque la violencia habita entre nosotros.

La ciudadanía, que no tiene acceso a la información técnica mencionada, reacciona al problema emocionalmente y echando mano de los recursos que su experiencia social y su cultura pone a su disposición –la violencia entre ellos. Los políticos, que tienen acceso a la información técnica mencionada pero escogen ignorarla, reaccionan con el oportunismo típico de quienes intentan aprovecharse del caos para llevar agua a su molino. Su interés en promover la pena de muerte es demagógico: exigir medidas draconianas les genera popularidad en un contexto en el que la ciudadanía busca desesperadamente una respuesta, y en el que lógica de la justicia como venganza gana relevancia.

Pero hace mucho tiempo que la Ley del Talión dejó de alimentar los sistemas de justicia: no se trata de un problema de retribución al delincuente, sino de transformación de las condiciones que permiten que los delincuentes existan. Nuestro país requiere respuestas efectivas contra la violencia criminal y contra el fenómeno de las pandillas, pero éstas tienen que atender no sólo las necesidades de justicia –captura y castigo de los culpables de los hechos de violencia acaecidos– sino las de transformación de las condiciones socio-económicas que son el caldo de cultivo para delincuencia y la violencia. En ausencia de políticas de seguridad que promuevan una atención integral al problema, la violencia continuará reproduciéndose; y ante una violencia que continúa creciendo, lo único que sabremos hacer es recurrir a más violencia, estableciendo un círculo vicioso cuya intensidad seguiremos midiendo en atrocidades cada vez más desaforadas.

Bernardo Arévalo
/

Estudió sociología, y don Max marcó la forma como ve el mundo. Alguna vez fue diplomático, y le quedaron algunas mañas. Tal vez por eso sigue trabajando en temas que conjugan ambas perspectivas, como consolidación de la paz y transformación de conflictos. Algo nómada, ha vivido fuera del país por temporadas largas pero al final, siempre regresa. Secretario General Adjunto II de Movimiento Semilla, a partir de 2019.


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    Lico Joachin /

    18/03/2016 6:18 PM

    la pena de muerte, es un castigo, si la teoria anterior fuera cierta, entonces hay que abolir todas las leyes.

    ¡Ay no!

    2

    ¡Nítido!

    SERGIO /

    16/03/2016 4:53 PM

    Interesante artículo y muy bien fundamentado, sin embargo, no me queda claro si los países menos violentos que han desechado la pena de muerte, han llegado a ser menos violentos como consecuencia de desechar la pena de muerte o la han desechado como resultado de la baja en la violencia de su sociedad existiendo un sistema judicial, carceles y rehabilitación que arroja indicadores de reincorporación a la sociedad que hace innecesario e inhumano el pensar en la pena de muerte. En nuestra realidad, desafortunadamente se lee en prensa todas las semanas de delincuentes capturados infraganti que han quedado libres y a los pocos días han sido capturados atentando contra la vida de otras personas y en casos más lamentables, sindicados de haber consumado asesinatos; si lo anterior no fuera suficiente de todos es conocido el funcionar de nuestro sistema penitenciario y que resulta siendo un formador de criminales si no un hotel de criminales (más del 90% de extorsiones proviene de las cárceles), hace no más de una semana se mostraba una piscina que estos criminales poseían en la carcel en donde estoy seguro están más cómodos que en sus propios hogares o huaridas, ante esto la única alternativa para un ciudadano común de nuestra sociedad es pedir la erradicación de estas personas através de la pena de muerte, no se logra comprender exista alguna otra alternativa.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

      Jose A /

      23/03/2016 3:32 AM

      Pero si existen alternativas, atacar la corrupción en las cárceles y denunciar dicha corrupción. Es ilógico que pasen estas cosas y no se haga nada al respecto--no hay que buscar la solución más fácil -matar reos- sino soluciones integrales que sean sostenibles a la larga.

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!

      Bernardo /

      16/03/2016 6:35 PM

      Sergio, el problema es enfocar el problema con perspectiva de largo aliento, y no quedarse en la coyuntura. ¿Cómo erradicar la violencia, de manera que la sociedad no siga produciendo homicidas y en consecuencia, homicidios? Mantener la pena de muerte no lo hará, porque a. no tiene NINGUNA capacidad disuasiva, y b. es en si misma una forma de violencia que ayuda a que la violencia que existe en el sistema se reproduzca. Como lo señala Eduardo en su comentario, la única disuasión efectiva es la certeza del castigo. En consecuencia, la demanda debe ir orientada a fortalecer un sistema de justicia que en su conjunto -policía, juzgados, prisiones- pareciera ser mas parte del problema que de su solución, como señalas.
      Tu comentario sobre la correlación entre abolición de pena de muerte y reducción de homicidios es correcta: correlación no es causalidad. Los factores que intervienen en los procesos de erradicación de la violencia social son múltiples y la abolición de la pena de muerte contribuye pero por si sola, no la explica. En realidad, la eliminación de la pena capital en estos contextos es un indicador de un fenómeno mas amplio: el abandono de los abordajes violentos a los problemas sociales por parte de los estados. Cuando los estados eliminan la pena capital, se ha alcanzado la comprensión de que las medidas de violencia no son solución, y el estado en consecuencia las desecha. Y no necesariamente porque la sociedad ya se haya pacificado, sino porque las autoridades estatales deciden adoptar medidas para pacificarla: la reducción de la violencia homicida en las sociedades europeas tuvo lugar gracias a un conjunto de medidas que los estados adoptaban progresivamente, en dos sentidos simultáneamente: el aumento de la capacidad de control social, y la reducción de la violencia como herramienta para la gobernabilidad. El gobierno francés que decidió abolir la pena de muerte en 1977 lo hizo no obstante que las encuestas de opinión indicaban que la mayoría de la población deseaba mantenerla. Para ese gobierno, hubiera sido fácil 'quedar bien' con la opinión pública simplemente no haciendo nada, pero en ejercicio de sus funciones de 'construcción' política y social decidió actuar. Hoy, una mayoría abrumadora de franceses está de acuerdo con que no exista, y se sienten orgullosos de haberla eliminado.
      Es que esa suele ser la ruta: los estados y su parafernalia de instituciones y leyes han sido los mecanismos por medio de los cuales las relaciones sociales se han pacificado, lo que genera un círculo virtuoso cuando una ciudadanía 'civilianizada' apoya a opciones políticas no violentas. Pero cuando los estados continúan recurriendo a abordajes violentos, se generan círculos viciosos y la sociedades NO se pacifican. Satisfacer la sensación de impotencia ante la brutalidad criminal mediante la aplicación de la pena de muerte -ya no digamos con la aplicación de medidas de ´limpieza social´, que no son sino la claudicación de una sociedad ante sus peores instintos- se convierten entonces en una trampa: aliviar el problema pensando únicamente en el corto plazo nos condena a propiciarlo a largo plazo.....
      Estoy de acuerdo contigo en que en nuestro contexto, el ciudadano común no ve ninguna otra alternativa ante el embate de la violencia homicida y la vergonzosa disfuncionalidad de la institucionalidad social que debería estarla atendiendo; pero por eso es necesario debatir el tema de manera abierta y fundamentada, contribuyendo a una opinión pública formada que resista el embate de demagogos e irresponsables.

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!

    Juan Elías Montes Campos /

    16/03/2016 4:06 PM

    Violencia engendra violencia, eso es lo que ya estamos viviendo en Guatemala, un Estado Fallido que no provee Justicia (Pronta y cumplida) a los suyos. La violencia se retroalimenta en los linchamientos, venganzas o ajustes de cuentas, por ambición en el caso de las extorsiones. La no aplicación de la pena de muerte, tampoco automática o mágicamente disminuirá los asesinatos a diario y los actos terroristas. El hecho de que en ciertas sociedades donde no se aplica la pena de muerte, los índices de violencia son mínimos se debe al alto desarrollo humano de dichas personas y por consiguiente del Estado y sus instituciones. La clave está en impulsar el desarrollo humano, pero ello no está en contra de la pena capital.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

      Bernardo /

      16/03/2016 6:47 PM

      Juan Elías, tienes razón en que la no aplicación de la pena de muerte no resolverá el problema de la violencia homicida, pero si tampoco su aplicación tendrá efecto -y que la pena de muerte no es disuasivo ya lo sabemos- entonces ¿por qué estamos debatiendo sobre ella? ¿que sentido tiene, mas allá de la venganza, aplicar una medida que ya sabemos no tiene efecto para contener la violencia, y si para reproducirla? Como dice Eduardo abajo, la disuasión efectiva es producto de la certeza del castigo, no de la dureza de la pena. En consecuencia, lo que demos exigir es un sistema de justicia funcional y eficiente, en el que sepamos que la policía podrá prevenir el crimen, la investigación criminal permitirá identificar a quienes cometan un crimen, los juzgados impondrán las sanciones legalmente establecidas a los criminales, y las prisiones se asegurarán de que las cumplan. Sin un abordaje integral de esta naturaleza, se podrá matar criminales, pero la criminalidad seguirá campeando.

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!

    Eduardo /

    16/03/2016 12:33 PM

    Artículo muy acertado y sensato. La reducción de la violencia se logrará cuando se combine una mayor eficacia del sistema de justicia penal en detener a los autores de hechos delictivos, la promoción de una cultura de diálogo para resolver los conflictos y la creación de alternativas de desarrollo y oportunidades para la población más necesitada. La búsqueda de atajos y soluciones simplistas (como reinstaurar la pena de muerte) no conduce a nada. Ya lo dijo Becaria hace varios siglos: No es la dureza de la sanción la que disuade al delincuente, sino la certeza de que será castigado.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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