El complicado legado de Sex And The City

Hace 20 años apareció Carrie Bradshaw con su tutú rosado por primera vez en la pantalla y la televisión cambió. Ahora que tengo más de 30 años (casi la edad de Carrie en la primera temporada), no veo la serie como un manual de empoderamiento femenino, ni como un guía para decidir con qué clase de hombres salir en citas. Lo que me llevo de Sex and the City, 20 años después, es que el corazón de la serie es la amistad y la solidaridad entre mujeres.

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Hace 20 años apareció Carrie Bradshaw con su tutú rosado por primera vez en la pantalla y la televisión cambió. Estrenada el 6 de junio de 1998, la innovadora comedia de HBO seguía las vidas de Carrie (Sarah Jessica Parker), Miranda (Cynthia Nixon), Samantha (Kim Cattrall) y Charlotte (Kristin Davis) a través de los altibajos de las relaciones modernas. La serie, una adaptación de las columnas de la periodista Candace Bushnell para el New York Observer, acabó con las fórmulas que la televisión tenía hasta ese momento para mostrar el amor y el sexo. Desde su estreno, Sex and the City fue en igual medida aclamada y repudiada. Ahora, dos décadas después, como feminista no puedo evitar preguntarme (así como lo hacía Carrie frente al computador), ¿cuál es mi relación con su complicado legado?

Cuando las series son catalogadas “para mujeres”, pasa algo curioso: muchas personas las califican como placeres culposos, como si hubiera algo de qué avergonzarse. La crítica Emily Nussbaum dijo en su artículo de 2013 sobre Sex and the City que tendemos a pensar que cualquier cosa femenina, graciosa y placentera es inferior a las cosas oscuras y profundas. Muchas veces he oído a personas descalificar esta serie y decir que es solo sobre zapatos y sexo. Ese juicio no solo revela que quien lo dice no ha visto Sex and the City, sino que además desconoce su importancia en la historia de la televisión. Ojo, no estoy diciendo que Sex and the City sea la serie que todas las feministas deben ver y que no tenga nada que criticarle. Por el contrario, en este artículo me extenderé analizando sus peores aspectos, pero que algo no sea perfecto, no le quita importancia.

Sex and the City, junto al drama de prisión Oz, fueron las primeras creaciones originales que convirtieron a HBO en el destino televisivo para ver series inteligentes arriesgadas. Junto a The Sopranos, que se estrenó un año después de Sex and the City, HBO estuvo al frente de la cúspide de la televisión.

No es que antes de Sex and the City no existieran series protagonizadas por mujeres. Ya existían I Love Lucy, The Mary Tyler Moore Show, Roseanne, Murphy Brown, pero esta serie de cuatro mujeres jóvenes fue diferente. Sus protagonistas hablaban de sexo anal, tríos, juguetes sexuales, el sabor del semen, orgasmos fingidos, masturbación y eyaculación femenina. Es difícil imaginarlo ahora pero esta fue la primera vez que vimos en la pantalla chica a las mujeres apoderándose de su sexualidad.

Yo vi la serie en tiempo real. En el 98 yo tenía 11 años, no era una adolescente siquiera, pero sí era una niña que sentía mucha curiosidad hacia cualquier cosa del mundo adulto. Para mí Sex and the City era un portal hacia el conocimiento, era donde aprendía términos que jamás me habrían enseñado en las clases de educación sexual del colegio. Y lo más increíble era que lo aprendía directamente de otras mujeres, desde su perspectiva.

Sex and the City niveló el terreno. En esta Manhattan de fantasía, las mujeres eran el centro de la historia y los personajes periféricos eran los hombres. Las conversaciones que las cuatro amigas tenían, vistas 20 años después, son a veces racistas, clasistas o cualquier otro tipo de –ista, pero en ese momento fueron refrescantes porque venían de ellas. Sex and the City pavimentó el camino para Big Little Lies, Broad City, Insecure, Gilmore Girls, Fleabag y muchas más.

Que las cuatro mujeres de la serie no representan a todas las mujeres es verdad, que representan a un fragmento muy pero muy pequeño y privilegiado de la población también es verdad. Pero es que nunca pretendió ser LA serie que hablara por todas. Glynnis MacNicol dice en la revista Elle que estamos tan sedientas de historias protagonizadas por mujeres, que cuando nos dan alguna, pensamos que tiene que representar a todas las mujeres y no solo al pequeño segmento del que se trata la historia. Poco a poco hemos cambiado porque el panorama cada vez es más amplio y cada vez tenemos más representaciones con más diversidad, pero en esa época era inevitable que Carrie se convirtiera por default en un modelo a seguir y que después la criticaran por ser imperfecta.

Como dice Kim Akass, coeditora del libro de ensayos Reading Sex and the City: “(esta serie) carga con el peso de la representación. Nadie espera que The Sopranos abarque la experiencia de todos los hombres italoamericanos de mediana edad”. Pero al ver Sex and the City sí esperamos que las protagonistas se comporten de maneras que aprobemos. El problema es que una historia de cuatro feministas con visiones progresistas en todos los aspectos y con opiniones y comportamientos intachables sería una serie aburridísima. Necesitamos que Carrie, Miranda, Charlotte y Samantha sean imperfectas y tomen malas decisiones y que hagan cosas que nos frustren y que nos hagan pensar que si fueran nuestras amigas, ya las habríamos regañado.

Los cuatro personajes, por más cliché que puedan parecer a primera vista (la inteligente, la brava, la santurrona y la promiscua), estaban bien construidos y se sentían como personas que conocíamos. Y, sobre todo, para su época eran algo muy revolucionario: solteras que vivían vidas felices.

Para Julia Felsenthal, escritora de Vogue, “Sex and the City reformuló la soltería, la hizo ver como una opción deseable y hasta envidiable. De repente, ser soltera pasó de ser una desventaja, a algo valioso”. Para mí, lo radical no era solo que mostraran y hablaran de sexo, sino que este era un grupo de mujeres que, al menos al principio, no necesitaban a los hombres para ser felices. Por eso me da mal genio que al final todas terminaron emparejadas, porque la fortaleza de la serie era cómo mostraba a cuatro mujeres solteras existiendo en un mundo hecho para parejas.

Y ahora que empecé a hablar de las cosas que me molestan de la serie, se me ocurren varias cosas más. Hay unas no tan graves, como lo estúpida que es Carrie por escoger a Big al final o lo absurdo que es que ellas puedan caminar 10 cuadras en tacones de 12 centímetros sin quejarse una sola vez. Peor hay otras fallas que son enfurecedoras, como la poca diversidad racial o la ignorancia para tocar ciertos temas relacionados con la comunidad LGBTQ+. Tanto es así, que Sarah Jessica Parker, la mismísima Carrie, aceptó el año pasado durante el festival Future of Everything del Wall Street Journal que Sex and the City solo representa a las mujeres blancas con plata: “No hay mujeres de color, no hay una conversación sustancial sobre la comunidad LGBTQ”.

Otras series como Girls o Friends también han sido criticadas por tener elencos principales que son muy blancos y muy heterosexuales en la que es tal vez la ciudad más diversa del mundo. Sex and the City no se queda atrás; esta es una historia de cuatro mujeres blancas cisgénero que son ciegas a su privilegio. Comentarios como el de Carrie sobre la bisexualidad (que es una parada en el camino a “Gay Town”) o el de Samantha sobre las personas trans (cuando describe su barrio como “trendy by day and tranny by night”) son terribles y causan una mezcla de pena ajena y decepción.

Pero lo bueno de revisitar la serie décadas después y de las lecturas que se hacen de lo que hace veinte años nos parecía normal, es que nacen memes como el de #WokeCharlotte. Este meme funciona así: alguien en Sex and the City dice algo racista, sexista, clasista o transfóbico y Charlotte responde de una forma que le hace saber a la otra que está siendo ignorante y ofensiva.

Mi sueño es que los memes de #WokeCharlotte también empiecen a hacer una crítica hacia otro de los grandes defectos de la serie: su celebración del consumismo desenfrenado. En un momento desesperante, Carrie calcula que el valor de su colección de zapatos es de $40,000 y yo nunca supe descifrar si la serie intentaba mostrar eso como el ideal al que debíamos aspirar.

Sí, sé que esa era otra época. El nuevo milenio estaba a punto de empezar, no había llegado la gran crisis financiera del 2008 y Nueva York pasaba de ser una ciudad gris a ser un lugar trendy para gente con plata. Pero desde este lado de la historia, esa obsesión con el consumo me parece preocupante y frases como la que Carrie dice en un episodio de la sexta temporada (‘‘Me gusta mi dinero donde pueda verlo, colgando en mi clóset”) no me parecen graciosas ni encantadoras.

Dicen Fien Adriaens y Sofie Van Bauwel que el consumo “en un contexto neoliberal es una herramienta para alcanzar el poder y el placer, una ruta alternativa para la autoestima. Las mujeres construyen su identidad y reciben apreciaciones sociales a través del consumo”.  Puede sonar deprimente y un poco aguafiestas. Después de todo, todas salimos de compras, ¿no? Pero en esta época tenemos suficiente información sobre el impacto ambiental y social de la fabricación de textiles y prendas como para ver a las chicas de Sex and the City como ejemplos de modelos de consumo.

Pero las mujeres de Sex and the City no consumen solo bienes y servicios, continúan diciendo Adriaens y Van Bauwel, los miembros del sexo opuesto y el sexo también pueden ser situados dentro de este proceso de mercantilización. “Los hombres son presentados como bienes de consumo para que las mujeres consideren, compren, se prueben y devuelvan (en caso de no ser útiles). Al usar a los hombres, los personajes femeninos desarrollan su identidad. Los hombres son reducidos a una marca; esto es ejemplificado con la frase de Carrie Bradshaw en la primera temporada: “Él era el equivalente en carne y hueso de un vestido de DKNY; sabes que no es tu estilo pero está ahí, entonces lo pruebas de todas formas”.”

Dice Ariel Levy que Sex and the City, así como las chicas cerdas machistas de las que habla en su libro, dividió el comportamiento humano entre el de los hombres y el de las mujeres. Esta visión binaria lejos de ser progresista y de avanzar las luchas feministas, reduce cualquier comportamiento a si es masculino o femenino. En lugar de ser una mujer segura, Samantha tenía “el ego de un hombre”. Y cuando Charlotte decidió tener dos citas en una noche, se estaba “convirtiendo en un hombre”, pero cuando se preocupó por si podría cenar dos veces seguidas, “así de fácil, fue una mujer otra vez”.  

Las protagonistas de Sex and the City pueden tener sexo con decenas de hombres, en parte, gracias a las luchas de las feministas de las décadas anteriores, pero ¿qué tanto representan las chicas de Sex and the City los ideales de las revolucionarias sexuales de los 60s, 70s y 80s? En “Chicas Cerdas Machistas”, Levy comparte una cita de Candida Royale: “Es el consumismo y el sexo todo en uno. Los movimientos revolucionarios tienden a ser adoptados y despojados de su significado inicial –engullidos por lo mainstream y convertidos en cultura popular. Es una forma de neutralizarlos, cuando lo piensas bien. Hace que todo sea seguro y digerible, silencia a los radicales. Una vez eso sucede, el poder real se disipa”.

402175 05: (EDITORIAL USE ONLY, COPYRIGHT HBO) (L-R) Actresses Sarah Jessica Parker, Cynthia Nixon, Kristin Davis and Kim Cattrall of “Sex and the City” pose for a portrait. (Photo by HBO/Getty Images)

Pero aun así, Sex and the City se puede disfrutar. Como espectadoras debemos hacer reflexiones sobre los roles de género, sobre las dinámicas de poder en el sexo y sobre su falta de diversidad mientras la vemos. Como dice Princess Weekes en The Mary Sue, decir que una serie es problemática no significa que no podamos ser sus fanáticas: “Duele encontrarse cara a cara con las imperfecciones de algo que has atesorado. Es una campana que no puede dejar de sonar, pero eso no cancela la validez de esa cosa ni lo que significó para ti”.  

¿Qué significa Sex and the City, entonces, para mí? Ahora que tengo más de 30 años (casi la edad de Carrie en la primera temporada), no veo la serie como un manual de empoderamiento femenino, ni como un guía para decidir con qué clase de hombres salir en citas. Lo que me llevo de Sex and the City, 20 años después, es que el corazón de la serie es la amistad y la solidaridad femenina.

Para Diane Negra, profesora de estudios de cine y cultura de la pantalla en UCD, lo que se destaca de Sex and the City es “la romantización de la amistad femenina y cómo puede curar todas las heridas, ya sean problemas sexuales o falta de compromiso de la pareja. Los vínculos de amistad de los personajes son inquebrantables”. No solo es una serie protagonizada por mujeres, sino por mujeres que se caen bien, que se quieren, que no compiten, que se hacen reír y que se apoyan emocionalmente.

Tal vez no sea un legado perfecto, pero no puede ser desechado.  

Sí, habría sido chévere que tuviera más diversidad, que sus personajes no lanzaran frases intolerantes como si fueran observaciones ingeniosas y que el consumismo hubiera regido menos sus vidas. Pero para su época, su influencia fue inigualable y nos enseñó que los novios vienen y van, pero las amigas son nuestras almas gemelas.

Juliana Abaúnza
/

Lleva varios años escribiendo sobre series de televisión y cine para revistas como Diners, Shock y Bacánika. Vive en Bogotá y es capaz de identificar la temporada según el corte de pelo de Buffy.


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    Lindsay /

    12/06/2018 12:56 AM

    Pero si hay diversidad, Samantha tuvo con una chica y la asistente de Carry era una chica de color que la ayudó a aclarar el perdón hacia Mr Big

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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