Esta es la historia de Celia, quien sobrevivió al Hogar Seguro y regresó a custodia del Estado

¿Cómo es la vida de las 15 sobrevivientes del incendio en el Hogar Seguro? Durante meses seguimos a Celia, una víctima del mecanismo Alba Keneth, la PGN y los juzgados de niñez.

La corrupción no es normal P369

Foto: Carlos Sebastián

– Vamos a desinstitucionalizar, a hacer que los niños que tienen familia regresen a sus casas, prometió el presidente Jimmy Morales en la primera conferencia después de que su Gobierno fuera el responsable un 8 de marzo de 2017 de encerrar a 56 niñas en una habitación y que la PNC no las dejara salir cuando empezó un incendio. La vida para las 15 sobrevivientes no ha sido más fácil. Para documentar el proceso de reintegración familiar, Nómada siguió durante meses a Celia, el nombre ficticio que daremos a la hija de Kelli Alfaro, y esta periodista pudo comprobar cuánto sigue abandonada y estigmatizada por las instituciones del Gobierno y por la PGN, dirigida por Anabella Morfín.

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1. 2018, en su casa

– Esa es nuestra humilde casa.

Kelli cierra la puerta metálica de la entrada que da directo al comedor. Hay cinco sillas, cuatro negras que rodean la mesa, y en la esquina está la de bebé de madera con pintura blanca. Una para cada miembro de la familia, que comparten mesa y dormitorio. Kelli; su hijo de 17 años; Celia, de 15, la de 7 años y el bebé de 18 meses.

Como la mayoría de las casas de los barrios periféricos de las ciudades intermedias de Guatemala, no abunda el espacio, pero no falta la calidez de un hogar. Los trastos en la cocina, los detalles en el mueble de la sala, las fotos, la bicicleta del hermano mayor, los juguetes de los hijos pequeños, los adornos de los 15 años de Celia y sus peluches.

Kelli se sienta en una de las sillas negras del comedor. Señala con el dedo hacía la cocina, donde una brisa liviana entra por la ventana, la única de la casa, aliviando temporalmente el calor de las noches de marzo.

– Ella se ponía al lado de la refri a escuchar música. Todavía está la silla. Siempre se sentaba allí. O se salía acá afuera con su música. Todo iba bien, no sé qué falló, dice frustrada Kelli, una señora de 35 años.

El domingo 25 de febrero 2018 en la tarde, Kelli estaba cuidando al bebé; tenía temperatura. Como todos los días, Celia, su hija adolescente de 15 años, escuchaba música en una silla plástica a la par de la refrigeradora con una bocinita. Alrededor de las 6.30 de la noche Kelli ya no escuchaba la música.

– Estaba tranquila. De repente ya no la escuche aquí adentro y me imaginé que estaba allí afuera. Pero no estaba. Empecé a llamarla y llamarla y llamarla, hice como 30 llamadas y ni una me contestó. Le escribí por whatsapp. Y nada.

El pánico empezó a empoderarse de la mamá soltera, que salió buscar a su hija a las calles de la peligrosa colonia. Así como lo había hecho también año y medio antes, cuando en 2016 Celia desapareció por primera vez.

 2. 2016, la trampa Alba Keneth

Después de la desaparición y muerte de dos niños, en Guatemala se instituyó un sistema de alerta para que la Policía Nacional Civil (PNC) y todas las autoridades hagan todo por rescatar a niños reportados perdidos. El problema, se reveló en 2017, es que el Estado no le devuelve los niños a los familiares que los reclama sino que los encierra en hogares estatales, que desde el gobierno de militares retirados del Partido Patriota en 2012 se llaman ‘Hogares Seguros’.

La primera vez que Celia se fue de su casa, en 2016, fue tras una discusión con su mamá y una mala compañía. Celia tenía 13 años. Otra niña adolescente, que se mantenía en la calle en la colonia, la convenció que si su mamá la quería no la regañaría por llegar tarde a la casa. Tampoco por no regresar.

Kelli puso una alerta Alba Keneth, esperando que así sería más fácil recuperar a su hija.

– Yo puse la alerta. No la encontraba y me asusté. Nunca lo había hecho, irse. Pasar una noche en la calle. Otro día y otro día. Me asusté. Al parecer andaban juntas en la calle. Como que me vigilaban, porque cuando yo llegaba donde me decía la gente que la habían visto, ya no estaba. Por más que yo me escondiera para encontrarla. Y ella sabía que yo la andaba con la policía y con fotos.

Pasó una semana desaparecida. Una semana de tortura para Kelli hasta que un domingo en la mañana le entró una llamada. Era Celia.

– Mama, ¿puedo regresar?
– Yo no te tengo en la calle. Aquí está tu casa, aquí está tu familia. Si tú estás lejos, es porque tu querés. Nadie te echó de la casa. Si tú querés, regresá.

– Ahorita llego, dijo Celia emocionada.

Kelli casi no la reconocía cuando llegó a la casa. Venía vestida con un pantalón rasgado, unos zapatos sucios y un gran sudadero sucio. Estaba flaca. Celia explicó que a veces comía, y a veces no, y que se cansó de aguantar hambre y no tener donde dormir. Kelli le pidió que se bañara y se cambiara, para que pudieran ir juntas a la oficina de Alba Keneth de la PGN para quitar la alerta.

Fue el 25 de septiembre 2016. La PGN mandó a Kelli y Celia a un juzgado, y este mismo día un juez decidió mandar Celia al Hogar Seguro en vez de dejarle regresar con Kelli a su casa.

– Ya no había paso atrás, ir al juzgado era lo que procedía después de la alerta. Ninguna de las dos queríamos que se fuera a un hogar, pero como nos dijeron que era un lugar muy bonito, las dos aceptamos. Después de que se fue de la casa ella dijo que quería cambiar, ser mejor persona, por eso aceptó. Y como iba a ser temporal…

El 26 de septiembre de 2016 en la madrugada Celia fue recibida en el módulo 6 con una golpiza de bienvenida parte de las otras adolescentes. Medio año después del inicio de su encierro, el 8 de marzo de 2017, viviría el peor día de su vida.

 3. 2017, el Hospital Roosevelt y el recuerdo de su amiga

Seis meses después de la tragedia, en octubre del año pasado, Kelli y Celia esperan en la Clínica Niño Sano en el Hospital Roosevelt. Se levantaron a las 4 de la mañana para salir de su casa a las 5 para llegar a tiempo a su cita a las 7 en la céntrica zona 11. Las dos ya están acostumbradas a esa rutina. Desde el 12 de mayo que Celia regresó a Guatemala del hospital de Shriners en Houston, donde pasó dos meses en tratamiento por las quemaduras, las idas a la capital a las diferentes citas para monitorear su recuperación física y emocional son casi semanales.

Por suerte aun habían dos sillas desocupadas en la sala de espera cuando Celia y Kelli llegaron. La sala se llena rápido. Entre las caras de cansancio, las mujeres se esfuerzan para mantener entretenidos a los niños para que no se desesperen.

Celia también está cansada. La adolescente casi no se mueve en su silla y habla poco. Pareciera que estuviera lejos. Su pelo negro corto sale debajo de su gorra negra. Su sudadero gris le protege del frío de la madrugada. Un efecto secundario de las pastillas antidepresivas que toma a diario es que la dejan apagada. Con una sonrisa tierna se activa cuando le hablan, y después vuelve a su universo.

El Hogar Seguro cambió la niña que quería cambiar. Su mamá asegura que siempre ha tenido carácter fuerte, activo. Pero triste nunca. Ahora sí.

– A veces se mira callada, y yo pienso, ¿dónde andará mi flaca? Le pregunto, ¿qué tenes?

– Es difícil de explicar. A veces me siento igual. Aunque la gente no lo pueda ver, pero solo yo sé. No sé. Me siento sola.

Celia dice que esa es como su segunda vida. Ponerle palabras a cómo la tragedia del Hogar Seguro le impactó su vida es imposible. Sólo ellas, las 15 niñas que sobrevivieron, lo saben. Lo que Celia tiene claro es que no le gusta cuando dicen que está quemada.

Mantiene sus manos hechas un nudo en sus piernas. Pasa un dedo encima de las letras que tiene tatuadas con tinta de lapiceros del Hogar Seguro en sus dedos. A pesar de la desaprobación obvia de Kelli por los tatuajes de su hija, Celia cuenta que son las iniciales de los miembros su familia. Una por su mamá y una por cada uno de sus hermanos. Y una por su mejor amiga, que murió en el hospital después del 8 de marzo.

Al hablar de su amiga Rosmery, su cara cambia.

– La R tatuada es por mi mejor amiga, que se murió. Rosmery. Tenía 16 años. Nos los hicimos juntas. Ella tenía una C por mí. Yo digo que no voy a tener a nadie idéntica a Rosmery. A nadie le voy a tomar ese aprecio. Yo sabía casi toda la vida de Rosmery. La extraño todo el tiempo.

Aquella noche entre el 7 y 8 de marzo, cuando las 56 niñas fueron encerradas en un aula de 7 metros cuadrados con 20 colchonetas, Celia durmió al lado de Rosmery. Cuando nadie abrió las puertas y las llamas invadieron el aula, Rosmery le pidió a Celia que si sobrevivía le dijera a su familia lo mucho que la quería.

La última vez que Celia la vio fue cuando despertó en una oficina adentro del Hogar. Celia estaba acostada y no podía levantarse. Rosmery estaba sentada, gritando del dolor. Horas después, en el hospital, Celia se enteró que Rosmery había fallecido.

– ¡Pase adelante, Celia!

Habían pasado 45 minutos cuando el grito de la enfermera nos jala de regreso a esta mañana fría de octubre, seis meses después del incendio. Mamá e hija se levantan.

– Desvestite, dice la enfermera con un tono cortante. A veces lo mezcla con palabras de cariño. Como una abuela estricta.

Regaña a las dos porque Celia se desespera de usar el traje de presión en sus cicatrices todo el tiempo. Porque no avisaron que el traje no le queda tan ajustado como debería. Porque Kelli, como la proveedora principal de la familia de cinco, no tiene posibilidad de echarle crema a su hija cuatro veces al día y por eso, bien intencionada, compró una crema en la farmacia que prometía hidratación durante 24 horas. Y regaña a Celia porque sin pensarlo se acostumbró a usar solo una mano para desvestirse.

– Ahora con este brazo tocá tu rodilla. Allí está, viste, entonces no tenés por qué quitarte la prenda solo así con una mano.

Quitarse la licra y el traje de presión que trae abajo con ambas manos estira la piel de la espalda de Celia y todavía le duele. La enfermera apacha suavemente con las dos manos la cicatriz de la adolescente. Celia es una adolescente tímida. La cicatriz es extrovertida. Recorre la parte baja de los hombros, la espalda baja, las piernas, los tobillos.

– Poco hidratada venís. ¿No te estás echando crema?
– Bien.

– ¿Cuantas veces al día?
– Solo una.

– Cuatro veces al día. Tenés muy reseca esa cicatriz. Entonces son cuatro veces al día porque nuestra piel necesita estar húmeda. Tiene que estar hidratada. Si no la piel va a sentir los jalones porque está reseca esa piel. Muy, muy reseca.

Kelli no la contradice, solo escucha. Se nota la angustia en su cara. Le echa crema a las cicatrices de su hija cada mañana antes de irse al trabajo. Para que no se sequen. Para que se curen bien. Las infecciones son su mayor miedo y las han evitado con el cuidado en la casa. Nunca recibió una capacitación en el tratamiento de recuperación de quemaduras. Nunca se imaginó que lo necesitaría. Pero aún así, no parece ser suficiente al llegar a las citas.

La terapia que recibía en el hospital en Houston era muy diferente, explica Celia.

– Me daban masaje en la piel. Me hacían curaciones. Me desinfectaban. Todos los días. Era muy diferente. Me sentía más cuidada, aquí no. Me da miedo que me vaya a dar una infección.

4. 2017, De Houston a Guatemala

Celia estaba dormida en la camilla del hospital en Houston cuando una enfermera la despertó. Eran alrededor de las 2 de la madrugada el viernes 12 de mayo de 2017.

– Se me hacía raro porque ví que estaban empacando mis cosas. Yo les pregunté a donde las llevaban. Es que ya te vas, me dijeron. Salimos como a las 3 de la mañana. Cuando vine me dijeron que me iba a ir para mi casa, que iba a estar con mi mamá. Pero cabal llegando al aeropuerto estaba la esposa de Jimmy Morales. Paty, creo que se llama. Ella me dijo que no iba a regresar a mi casa. Le dije que era injusto, y que por qué. Como enojada me dijo que no, porque todavía no tenía derecho a estar con mi mamá.

Del aeropuerto Celia fue llevada directamente al Refugio de la Niñez acompañada de representantes de la PGN y la PDH. No entendía porqué no la dejaron ver a su familia, si a la otra sobreviviente que vino con ella la dejaron ver a sus papás. Ellos vinieron en el mismo carro de la PGN en el que vino Kelli, hasta que de repente, sin razón, la sacaron.

Lea: La niña de Guatemala que sobrevivió en Boston

El día que Celia volaba de regreso a Guatemala, su mamá, Kelli, iba camino a una reunión en la capital. Recibió una llamada. “Le llamamos de la PGN Central. Le tenemos información sobre su hija, es urgente que venga acá a la oficina”.

No le informaron que Celia estaba entrando a Guatemala hasta que llegó a la sede de la PGN en la zona 13.

– Una persona de la PGN me dijo: usted va a ir a ver a su hija, viene de Estados Unidos. Yo me sentí súper emocionada. Estaba feliz. Me dio por reírme, nada más. Me llevaron en una panel con los papás de otra niña. Ya íbamos en camino cuando me dicen: usted ya no va para el aeropuerto, la van a bajar de la panel.

Tres meses después de la tragedia del 8 de marzo, 9 meses después de que un juez no le dio a su hija de vuelta cuando había regresado a su casa, la PGN ya no las iban a dejar abrazarse en el aeropuerto.

Otro funcionario de la PGN justificó el abuso diciéndole que a Celia le podía afectar ver a su mamá.

A pesar de haber tenido contacto frecuente por teléfono desde Houston, largas conversaciones casi a diario. Con cólera y desesperación Kelli pidió ayuda al Colectivo 8 Tijax, que ha apoyado a las familias de las 56 niñas desde la tragedia. La fueron a recoger y juntas se fueron para el aeropuerto.

– Estaba desesperada. Nos bajamos del carro, fui al portón y me puse enfrente a la camioneta de la PGN, y nos echaron la camioneta encima. Yo somataba las ventanas, porque yo quería ver cómo venía, quería saber si estaba bien. Y no me dejaron. Ese día fue muy largo. Todo fue de sorpresa. Yo no sabía que ella iba a venir. No había nadie. Nadie. Ni de la prensa. Prácticamente me la estaban secuestrando. Así le puse: secuestro. Porque no me decían dónde estaba, dónde iba, si estaba bien. No me decían nada. Solo: Quítese señora, no tiene nada que hacer aquí. Vaya al juzgado de su localidad y averigüe donde esta su hija.

5. 2017, la reintegración familiar

Un mes después de que Celia regresara a Guatemala, el 15 de junio, se realizó la primera audiencia después de la de aquel septiembre de 2016 cuando le quitaron a su hija.

Y fue horrible para Kelli. No había nada que quisiera más en el mundo que tener de vuelta a su Celia. Pero a Celia le salió una llaga en las heridas de su espalda y estaba propensa a una infección.

– El juez dijo que tenía que tener un cuarto especial, esterilizado, solo para ella. ¿Cómo voy a tener un cuarto esterilizado? Si donde duermo yo, dormimos todos. Le tuve que decir al juez que no accedía a llevármela aún. Fue difícil. Pero pensé en el bienestar de ella. No tenía un cuarto adecuado. No podía estar con ella todo el día por mi trabajo. Decidí que se quedara un mes más en el refugio. Y allí se programó una audiencia para el 17 de julio, que fue cuando me la llevé a casa. Ya estaba sana.

La llaga había sanado. Pero las condiciones de la atención que necesita Celia ya no son como cualquier otra adolescente. El proceso de recuperación de las quemaduras es complicado, tanto para la sobreviviente como para la mamá soltera que tiene miedo de perder su trabajo por las ausencias.

Hace siete años su casa también contaba con los ingresos del esposo de Kelli, el papá de sus primeros tres hijos, que fue asesinado el 12 de diciembre 2010. Fue un sábado. Él había sacado un ahorro para que la familia fuera en la noche a comprar los estrenos de ropa para navidad. Camino a la casa paró en una tienda. Fue secuestrado y asesinado. Encontraron su cadáver sin zapatos, sin cincho, sin dinero y con un disparo de atrás de cabeza. A pesar de la cantidad considerable de testigos, el caso nunca fue resuelto.

6. 2017, siete minutos en el Hospital San Juan de Dios

Es lunes en noviembre. Kelli y Celia se encuentran otra vez en una sala de espera. La pediatría del Hospital San Juan de Dios. Después de dos horas les toca el turno. Entran a las 9:07.

A las 9.14 salen de la consulta. Celia explica que es lo mismo cada vez. El psiquiatra le pregunta cómo se siente, ella contesta que bien. Le pregunta si está tomando su medicina de forma regular, ella dice que a veces. Le regaña y dice que tiene que tomar las pastillas todos los días.

El psiquiatra le subió la dosis de los antidepresivos y cambió la frecuencia de las citas a cada dos semanas en vez de una por mes. Listas para salir, Kelli se da cuenta que la persona encargada de registrar las citas le puso mal la fecha de la consulta a principios de diciembre. Se tarda una hora con 15 minutos en cambiar el error. Ya son las 10:30 y les toca ir a la próxima cita.

Kelli trabaja en una maquila afuera de Guatemala de 7.30 a 18.30, seis días a la semana. Cada mes le pagan Q2,400. Q600 son para el alquiler de su casa de comedor, cocina y un dormitorio. Cada día que Kelli tiene que llevar a Celia al hospital o tiene que ir a una escuela para padres o a una audiencia, le restan Q80.

Aunque Celia pasa la mayor parte de su tiempo en la casa y goza las salidas con su mamá, el viaje de hora y media a la capital en los buses extraurbanos ,es doloroso por las cicatrices que cubren el 70% de su cuerpo. En taxi, el costo es de Q260. Dos días y medio de trabajo.

– Siento que vengo a gastar mi dinero en taxi por gusto, porque no recibe atención. La cargo en taxi porque en el bus le empujan a uno, una mochila, un codo. Sus quemaduras están en la espalda y le duelen todavía. Mi pesar es, que con eso que pido permiso para una cosa, para otra, siempre con el tema de ella, estoy poniendo en riesgo mi trabajo. Siento que ya no me dan el permiso como al principio. ¿Pero quién vela por lo que ella necesita, más que yo? Porque nadie más responde. Con ella soy solo yo, por eso trato de equilibrarlo todo para que se junten varias citas en el mismo día.

En términos de seguridad económica, la Secretaría de Bienestar Social debería cubrir los gastos necesarios para un transporte adecuado para las citas medicas de Celia, según el plan de seguimiento elaborado el 20 de noviembre 2017 por Francisco Javier Luna Mérida, trabajador social de la PGN. Después de todo, es culpa de la Secretaría de Bienestar y del Estado que Celia esté quemada y tenga que recibir terapia. Nunca se cumplió. “Se iba a gestionar”, le dijeron a Kelli.

La Secretaría de Bienestar Social ha brillado por su ausencia. Un juez le había ordenado a Kelli que inscribiera cuanto antes a Celia en la escuela. En octubre de 2017 ella pidió el diploma que se encontraba entre los archivos del Hogar Seguro en el que se acreditaba el grado de Celia. La Secretaría se tardó más de dos meses en conseguirle el diploma. La directora del instituto de Celia aceptó que empezara bajo la condición que Kelli le entregara el diploma a más tardar el 3 de febrero. Un día antes, y sólo porque Kelli puso presión, la SBS entregó el diploma. Por poco Celia no se inscribe para estudiar. Es probable que la PGN y la SBS hubieran echado la responsabilidad a Kelli.

7. 2018, el juez correcto versus el otro juez y la PGN

El lunes 26 de febrero 2018 Celia aún no aparecía. Ni en la casa, ni en la calle, ni por celular. Kelli estaba asustada, pero después del 8 de marzo 2017 le daba miedo volver a activar una alerta Alba Keneth.

– No quería que se la llevaron otra vez.

Decidió avisarle a la abogada del Bufete de Derechos Humanos que las ayuda en tribunales y al Colectivo 8 Tijax. En la noche este lunes día Celia apareció, la depresión la había hecho escapar y estaba arrepentida. Pidió que la fueran a recoger a un centro comercial cerca de la casa. Pero ya era demasiado tarde.

El mismo día, el Ministerio Público tenía programada una reevaluación de Celia e intentaron localizarla a través de la abogada. Tuvo que informar que la adolescente se había ido de su casa.

La alerta Alba Keneth se activó.

Todas, la abogada, Kelli, Celia y representantes del Colectivo 8 Tijax, fueron a levantar la alerta a la PGN. Celia no se encontraba bien emocionalmente, pero no quería volver a entrar a un Hogar Seguro.

Fue en vano. Suilma Cano, la jefa de la Unidad Operativa de la Alerta Alba-Keneth de la PGN, no aceptó levantar la alerta. En la mañana el martes 27 de febrero, el juez de turno ordenó que Celia regresara a la custodia del Estado de Guatemala y fuera alojada en el Refugio de la Niñez.

En la audiencia, la PGN mintió y dijo que Kelli fue quien activó la alerta Alba Keneth.

Además, hay una denuncia en su nombre sobre la inseguridad en la colonia que vive. Ella asegura que nunca la presentó y que puede ser un argumento para que el juez pudiera volver a institucionalizar a Celia y quitarle la custodia, como lo hizo en 2016.

En cambio, cuando otro juez –Abraham Williams García– le ordenó a la PNC seguridad perimetral para Celia, esa orden no fue cumplida.

8. 2018, la incertidumbre

El comedor de la casa Kelli está lleno de preguntas. No comprenden qué le pasó a Celia para que se saliera de la casa. Y tampoco comprenden qué va a pasar ahora ante el juez.

– Yo me quedé extrañada porque todo iba bien. No sé qué pudo haber pasado. Yo pienso que tal vez por acercarse el aniversario empezó a recordar,. Dijo que andaba buscando irse con Rosmery. Pues yo pienso que psicológicamente está afectada. Por el aniversario quizás eso la motivó a ella a hacer un arranque y salirse de la casa. Había comentado que no se sentía segura en la colonia, entonces pienso que se le juntó todo.

Kelli acaba de regresar del instituto donde Celia estaba estudiando, a recoger la hoja de trabajo del trimestre y las tareas en las que se atrasó en estas últimas semanas, para que pueda seguir estudiando en el Refugio de la Niñez. Celia siempre se mantenía entre las mejores calificaciones.

Kelli habla del entusiasmo de Celia por la escuela y recuerda el propio.

– Mi materia favorita era la matemática. Si una vez me explicaban, se me quedaba. Nunca saqué una roja en mis exámenes. Pero una vez oí una platica entre mis papás que decían, que tanto dinero que perdían en la escuela. Entonces me quedé en cuarto primaria y tuve una infancia muy dura también. Desde los 10 años empecé a trabajar en el campo en Escuintla. Sembrando café, llenando bolsas para sembradillos, regando. Había una finca que se llamaba San Rafael donde trabajaba desde las 7 de la mañana. Me recuerdo que ganaba Q12 el día.

De los 10 hermanos, Kelli fue la única que no estudió.

– Pero tengo mi trabajo y ahora solo tengo que ver que mis hijos estudien y que salgan adelante. Yo ya soy segundo plano. Ya mi prioridad son mis hijos, que ellos luchen por ser alguien en la vida. Que algún día tengan su trabajo donde ganen bien. Que no pasen por lo que yo pasé.

Kelli es una mujer controlada. Solemne en su resignación. Por más que se oye en su voz el nudo en su garganta no llora. Se enfoca, y sigue contando. La vida dura.

Su falta de lágrimas quedó registrado en un informe de la PGN de 2016, cuando mandaron a Celia al Hogar Seguro, y la PGN lo tradujo como indiferencia. Después de siete días de angustia, la PGN registró que a Kelli no le interesaba su hija. La misma PGN que no evitó la tragedia en el Hogar Seguro en 2017.

A Kelli no le sorprende.

– En la institución que sea, si uno tuviera dinero, rapidito actúan. Porque hay cómo pagar un buen abogado y tantas cosas. Pero no, no tengo dinero. Nosotros, los pobres, tenemos que esperar. Ahorita con el caso, tenemos que esperar. A ver si logro ver la justicia en vida, porque al paso que vamos se ve difícil.

El próximo lunes, 16 de abril, será la próxima cita de Kelli y Celia con un juez, con el Estado de Guatemala, para que decidan sobre sus vidas.

Pia Flores
/

Buscadora de las historias invisibles y experiencias con sentido. Antropóloga irreverente y amante de la diversidad, la noche, las auroras coloridas y los cuentos que tardan.


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    Lourdes R. /

    11/07/2018 8:26 AM

    Gracias Pía por perseguir estas historias y contárnoslo.
    Lamento mucho la situación de esta niña y su mamá, victimas de la desigualdad imperante en este país.
    Hay alguna forma de poder ayudar a esta familia ???

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Diego Ramirez /

    19/04/2018 10:10 AM

    La niña por lo que dice el reportaje ha escapado en varias ocasiones, lo que significa que no tiene supervisión adecuada de la propia madre, entiendo que trabaja, sin embargo lastimosamente un menor de edad necesita atención y supervisión, razón por la cual una vez más antes de traer niños al mundo es de pensarla 2 veces, y por lo que veo en el caso la señora ya va por su 4º hijo….. (su hijo de 17 años; Celia, de 15, la de 7 años y el bebé de 18 meses) obvio falta de educación.
    El problema que existe en Guatemala es que cuando se institucionaliza a un menor tendrían que existir hogares adecuados los cuales lastimosamente no existen. En conclusión el problema no se resolverá mientras en Guatemala no exista una educación “integral” adecuada, ya que:
    1. Le entregan a la menor a la madre y esta vuelve a escapar al no poder controlar y supervisar a la menor, ya que lastimosamente tiene que trabajar y atender a más niños, resultando en un círculo vicioso que se repetirá una y otra y otra vez.
    2. La niña queda institucionalizada en un seudo “hogar del estado” y se espera a su mayoría de edad.
    Es la de nunca acabar.

    ¡Ay no!

    3

    ¡Nítido!

    Erwin Pineda /

    18/04/2018 2:20 PM

    Lo que me causa mas coraje al leer esta triste situación es ver la total negligencia de parte de la SBS aún cuando ellos son los responsables directos de toda esta tragedia dejan en el abandono total a las pobres sobrevivientes, insto a las abogadas de ese colectivo Tijax o Refugio de la niñez que me parece que son organizaciones mas confiables, a que sigan apoyando estos casos y no las abandonen, porque con el estado ya perdimos las esperanzas.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Violeta M Quiñobez /

    18/04/2018 12:36 PM

    Una historia por demás, doloroscuanta verdad (porque esta fundamentada con el testimonio de las victimas), hay en todo eso. En su oportunidad y por violencia intrafamiliar necesite ayuda estatal, las alternativas que me presentaban se alejaban del diálogo entre los afectados, alguien estaría preso.... Y todo un sistema empresarial tirado en el suelo.... Pero una cita para manejo y reconciliación de las partes en tiempo breve no existió, la alternativa presentada no cubría las expectativas, muy muy parecido al Al Alba Keith.... Muy necesario replantear los proyectos institucionales de apoyo en nuestra sociedad, especialmente en el marco de regreso a los hogares al localizar a las personas dadas por extraviadas....

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Carlos Ovalle /

    16/04/2018 8:24 PM

    hay alguna manera en que la escritora tal vez pueda compartir un número de cuenta o algo para tratar de apoyar a "Kelli" y "Celia"? Algo que se pueda hacer por ellas?

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Luis /

    14/04/2018 8:34 AM

    El artículo está incompleto, no tiene final...

    ¡Ay no!

    2

    ¡Nítido!

    Jorge /

    13/04/2018 5:42 PM

    Escribo esto con un nudo en la garganta. Cómo un Chapín en el exterior, veo cómo el estado nos ha fallado a todos. Especialmente a gente como a Kelli y Celia. Aspiró regresar a una Guatemala soberana donde los derechos de todos; pobres y pobres sean velados. Donde la justicia reine suprema. No porque yo conozco a fulanito de tal o sea cuate de mengano. Guatemala, me doles.

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!



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