Cómo Justo Rufino Barrios y los liberales controlaban los burdeles

Durante los gobiernos de la era liberal (1880-1920), el Estado de Guatemala tuvo participación activa y control de la explotación de mujeres en los burdeles del país.

De dónde venimos P258

Plaza de Armas, 1860.

Foto: Wikipedia

En una de las escenas más desgarradoras de El Señor Presidente, las mujeres del burdel de Pancha, la matrona, le arrancan a “la niña Fedina” el bulto hediondo de los brazos, y descubren horrorizadas que es su bebé muerto desde hace varios días. Fedina ha enloquecido. La versión novelezca no es la única de una mujer vendida al burdel por las autoridades ni la única que aparece en los registros de los burdeles como sufriendo de trastornos mentales. Durante los gobiernos de la era liberal, bajo Justo Rufino Barrios, José María Reyna Barrios y Manuel Estrada Cabrera (1880-1920), el Estado de Guatemala tuvo participación activa y control, a través de sus adláteres, de la explotación de mujeres en los burdeles de Guatemala.

Lectores de Miguel Ángel Asturias han observado que la historia de Fedina es metafórica o exageración; es, más bien, el resultado de las experiencias del escritor en la Calle de la Caballería (13 avenida y 5ª calle), en la cual nació y en donde se encontraban los burdeles de Francisca (Pancha) Aguilar, la matrona de la novela.

La realidad en Guatemala fue a menudo más cruel aún para muchas mujeres que el destino de Fedina; en efecto, historiadores/as han documentado cómo el gobierno legitimó la prostitución bajo una ideología liberal, que con el discurso de protección a la familia, devino en una herramienta para explotar a mujeres de bajos recursos. Para lograrlo, se estableció un sistema policial que recolectaba víctimas para los burdeles de la ciudad y erradicaba la competencia de prostitución clandestina.

A principio de los 1880, según lo documentado, Petrona Montis, matrona de los burdeles más cotizados de la ciudad, le propone al jefe político, a cambio de que se le otorgue el monopolio de los burdeles legales de la ciudad, financiar un hospital de sifilíticas para control de las pupilas del burdel, así como proporcionar los fondos para un departamento de policía que se encargara de mantener el orden. Por un tiempo, Montis –quien demostró ampliamente tener dotes de sociópata– es la regenta exclusiva de un monopolio de burdeles legales, con derecho a aprovechar los burdeles de segunda categoría regentados por otras matronas. Obvio es que las demás matronas pronto estuvieron descontentas con esta situación, que se prestaba a abusos por parte de Montis.

Como en todo monopolio, el Estado no logró mantener un control muy efectivo: durante más de una década Montis se queja de que las prostitutas se fugan con regularidad y del costo que esto le conlleva. Otro gasto es que las mujeres no duran mucho sin caer enfermas. Ya en los 1890, Montis se las ve difícil: tiene a 31 de sus pupilas internas en el Hospital para Sifilíticas y otras matronas se quejan ante las autoridades de las prácticas fraudulentas de Montis, al no proporcionarles a las mujeres que le “compraron” para sus casas. Una matrona, además, escribe solicitando a las autoridades capturar a prostitutas clandestinas del Barrio La Libertad—hoy los alrededores de la Avenida Bolívar– para llevarlas a su burdel, que se ve muy necesitado de mujeres para la clientela.

Presionados por la necesidad de abastecer a los burdeles, las autoridades arrestan a las mujeres por desorden en la vía pública, e internan en lupanares a las más atractivas de las acusadas de ebriedad o escándalo, que sufrían trastornos mentales o a quienes, tras haber sido revisadas forzosamente en el hospital de enfermedades venéreas, se les encontró infectadas. De hecho, el Hospital de Sifilíticas subvencionado por Montis era un lucrativo negocio, pues ingresadas a la fuerza, las pacientes –fueran prostitutas o no– ­incurrían en grandes deudas con ella. Tras ser dadas de alta –a pesar de que en la época no existía cura para la sífilis– muchas eran internadas en un burdel para devengar la deuda. Una de las mujeres sirviendo en el burdel, por una multa, rogó a las autoridades que la liberaran, pues “estaba constantemente en el hospital para sifilíticos”.

Era tan común mantener a las mujeres en un burdel contra su voluntad, que estas se quejaban con las autoridades, como Antonia Beteta, quien reclama que Montis no la deja libre, a pesar de que no le adeuda ya nada. Otra reclama “muchas veces me he ido pero me capturan y me tienen a la fuerza”. A pesar de que devengaban más de lo que se ganaba fuera del lupanar, las mujeres pasaban años viendo sus deudas crecer sin fin.

¿Cómo eran las mujeres en los burdeles? Consideremos que en los años 1895-1900, menos del 20 por ciento de mujeres en Guatemala sabía leer y escribir. Esto impedía que muchas pudieran comprender la libreta de deudas que llevaba la matrona. Solamente tres de 43 mujeres entre 1913 y 1915 parecen haber logrado saldar su deuda con su matrona. Algunas eran casadas, como la niña Fidela, y habían sido vendidas al burdel para saldar su deuda con el Estado o alguna deuda de su esposo.

Una serie de factores sociales y económicos complican el panorama de la resistencia o aquiescencia de las mujeres en el burdel, pues había quienes entraban voluntariamente. La mayoría de prostitutas inscritas legalmente se identificaron con un oficio (costureras, tintoreras, cocineras, oficios domésticos). La prostitución no fue necesariamente la primera elección de quienes ingresaron voluntariamente al oficio; fue también el resultado de factores sociales y económicos de la industrialización en Guatemala.

Al ser desubicadas de sus comunidades tradicionales por la modernización, esta se convierte, para mujeres de pocos recursos, en una manera de suplementar ingresos o sobrevivir al desempleo, en particular cuando se ven sin apoyo familiar y sin las capacidades o educación requeridas por el mercado laboral moderno. De por sí, los empleos –sea formales o informales– a los que las mujeres podían optar en la época eran limitados y mal remunerados.

La expansión de la prostitución legal en Guatemala va de la mano con la creciente privatización de tierras e industrialización de la época liberal, la cual dejaba muy pocas opciones a las mujeres para sobrevivir y prosperar. Los roles femeninos en el ámbito laboral se limitaban a los enmarcados “biológicamente”: oficios domésticos, criar hijos o servir para satisfacer las necesidades sexuales de los hombres fuera del hogar.

Los burdeles ofrecían oportunidades a algunas mujeres, locales como extranjeras, para convertirse algún día en matronas. A finales de los 1890, algunas mujeres que comenzaron como prostitutas registradas, como la migrante italiana Amalia Vicari, habían ya logrado administrar su prostíbulo propio. La norteamericana Julia Bell llegó a dirigir el burdel Las Americanas en Quetzaltenango. Petrona Montis, de familia italiana, aparece como dueña de varios inmuebles en la ciudad, lo cual sugiere que regentar una casa de tolerancia podía ser un negocio sumamente lucrativo.

Algunas lograron que algún hombre saldara su deuda y las sacara del lupanar para hacer vida marital. Esta posible liberación, tristemente, era a menudo como salir de las llamas para caer en las brasas. Debido a sus antecedentes, procedían a estar a completa disposición de su cónyuge, ahora legalmente sus dueños. Uno de los convivientes se refiere a su mujer de la siguiente manera: “pasó a vivir maridablemente conmigo y ha permanecido en mi poder hace más de dos años”. Esperemos que la historia de algunas de estas mujeres haya tenido un final más feliz que el de La Niña Fidela.

Bibliografía:
Asturias, Miguel Ángel. El Señor Presidente. San José: Universidad de Costa Rica, 2000.
Ericastilla, Anna Carla. Sexualidad y Poder: Mujeres en el Siglo XIX. Centro de Investigaciones Interdisciplinarias de Ciencias y Humanidad de la Universidad Nacional Autónoma de México. 2003.
McCreery, David. Una vida de miseria y vergüenza: prostitución femenina en la ciudad de Guatemala, 1880-1920. Mesoamérica, 7/11, 1986. 35-59.

 

Lea también: 19 años. Prostituta. Estas son todas sus historias.
Siete razones por las que debería legalizarse la prostitución

Trudy Mercadal
/

Investigadora, traductora y ermitaña. Con posgrados en algunas charadas de política, comunicación y humanidades, y un doctorado en ciencias sociales por la universidad Florida Atlantic University. Mi verdadera vocación son los libros, el queso, y mi huerta urbana.


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    Luis Paraiso /

    28/05/2018 7:12 AM

    Hola, lei tu articulo que escribistes en Pzp "Una mujer debe ..." comparto contigo una cultura popular basada en "los chistes" tambien fue mi base cultural Memin pinguin, vidas ilustres, Kaliman... aprendi a leer a los 4 años y una vez sentado sentado en un basurero salvaje de la avenida Petapa viendo una tira comica del Dr. Merengue comprendi lo que es leer. Todas las cosas que dices sobre leer y los libros y los autores me han sucedido. Para mi ha sido un largo viaje desde un basurero de Guatemala a La Costa Azul, nunca imagine que a un tipo como yo Guatemala le diera los medios de realizar un trabajo asi pues hice de la lectura mi trabajo. Entre Freud y la libertad de pensar escogi Michel Onfray. Lo mio no es escribir es mas que todo el libro, el objeto que soporta las palabras. Pienso a veces que Guatemala es como un libro pequeño donde te puedes quedar prisionero, algo asi como un cementerio.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Jesus /

    16/05/2018 7:38 PM

    En el primer párrafo: es novelesca, no novelezca.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Manuel Aler /

    14/05/2018 10:25 PM

    Sería interesante investigar sobre la existencia de la "China Hilaria" (la "chinilaria"), de quien se dice, regenteaba un burdel en las inmediaciones de la estación del ferrocarril, a principios del siglo XX. En muchos casos eran los propios padres quienes entregaban a los burdeles a sus hijas rebeldes, por deshonrarlos, al negarse a casar con el escogido por ellos, por haber escapado con su amado o por haber perdido la virginidad antes de casarse y ser devuelta por su esposo.

    P.D. Se le escapó un "novelezca", por novelesca.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

      Trudy Mercadal /

      15/05/2018 10:11 AM

      Gracias por la corrección. Me parece fascinante el tema propuesto. En lo personal me encantaría ver más investigación sobre estas temáticas, quizás entre estudiantes de historia haciendo sus tesis, etc. Yo seguiré escarbando por ahí en nuestros archivos históricos y nuevas fuentes, a ver que más aparece por ahí.

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!

    Carmen González Huguet /

    14/05/2018 5:07 PM

    Me parece que nadie es perfecto, solo Dios, y al mejor escribano se le va un borrón. De otra manera no me explico que alguien confunda al personaje de Fedina, de la novela "El Señor Presidente", escrita por Miguel Ángel Asturias, con una tal Fidela, que aparece en el párrafo ocho de este artículo, y reaparece en el párrafo trece (el último) del mismo. Por lo demás, interesante artículo e interesante y vigente el tema.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

      Trudy Mercadal /

      15/05/2018 10:14 AM

      Muchas gracias por la corre ción, me parece tiene usted la razón. Es un nombre poco comun y me equivoqué, pero igual debí haber verificado. :-) Tiene razón además con que el tema es vigente. Aún sufrímos graves problemas de trata, desafortunadamente. Como podrá ver, no es algo nuevo.

      ¡Ay no!

      ¡Nítido!

    Pimentel /

    14/05/2018 3:31 PM

    Gracias. Me encantaría leer más sobre este fenómeno social guatemalteco.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Juan Carlos /

    14/05/2018 12:34 PM

    Muy bueno! Sumamente interesante, lastima que fue can corto.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    ernesto garay /

    14/05/2018 11:59 AM

    gunisimo

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Tamara /

    14/05/2018 8:28 AM

    Wow! Super intereste!

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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