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8 de cada 10 mujeres trans han realizado trabajo sexual: estas son sus experiencias

Me di cuenta de que mi reflexión compartía este sesgo de académica (trans)feminista bienhechora que quiere resolver argumentativamente una situación que viven cotidianamente personas con las cuales una no se ha molestado en dialogar. Tanto las colegas prohibicionistas como una servidora queremos el bienestar de otras compañeras y nos arrogamos el privilegio de discutir y posteriormente decretar si son o no racionales. Al meditar sobre este punto me di cuenta de que necesitaba conversar con algunas amigas.

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Alianza Mexicana de Trabajadoras Sexuales, AMETS. Foto: nswp.org

Hace ya algunas semanas tuve la oportunidad de acudir a una conferencia que impartía la académica y activista argentina Mabel Burin. Para quienes no la conocen vale decir que ella es una feminista pionera en el cruce del psicoanálisis con la crítica de género y que tiene ya una trayectoria que se cuenta en décadas; es sin duda un referente en Argentina y América Latina. Para mí resultaba profundamente interesante tener la oportunidad de escucharla porque, de entre todas sus aportaciones y posicionamientos, tiene uno que me genera mucho ruido: es una prohibicionista del trabajo sexual y, de hecho, prefiere nombrarlo con el término de “prostitución”.

He de confesar que yo me considero partidaria de la dignificación y reglamentación del trabajo sexual y considero que la categoría de trabajo sí es aplicable para este tipo de actividad aunque aún sigo a la búsqueda de una teorización cabal de la misma. Considero, asimismo, que una posición transfeminista debe reflexionar sobre este tema y si bien no espero que todas estemos de acuerdo, sí creo que todo transfeminismo debe tener una posición meditada sobre este punto simplemente por el hecho de que 8 de cada 10 mujeres trans ha participado de esta actividad. De allí mi interés en escuchar sus argumentos.

Mabel expuso numerosos puntos pero podríamos resumir el centro de su argumentación al concentrarnos en dos argumentos interconectados. Por un lado, llevó a cabo una crítica del criterio de autonomía que usualmente se emplea para defender la libre elección que una mujer realiza cuando escoge ser trabajadora sexual. Para Burin hay un ideal liberal detrás de esta supuesta libre elección y ella sugiere distinguir entre la elección que se da sin coerción alguna y el hecho de optar de forma constreñida por cierta actividad. Su posición es que una mujer nunca elige el trabajo sexual sino que opta por realizarlo como resultado de constricciones y urgencias que, de otra forma, no podría resolver. Por ello mismo es que su posición consiste en sostener que el trabajo sexual no puede ser dignificado y tampoco defendido como una elección autónoma. Aclara, eso sí, que su prohibicionismo no busca traducirse en un punitivismo dirigido a las mujeres trabajadoras sexuales sino que buscaría concentrarse en penalizar a los clientes.

Por otro lado, Burin ofreció un segundo argumento en contra del trabajo sexual y su dignificación y reglamentación. Si el anterior abrevaba del feminismo filosófico, éste provenía del psicoanálisis. Ella señalaba que el trabajo sexual generaba una serie de afectaciones en el plano erótico y que, de hecho, podía resultar en un fuerte trastorno de la erogeneidad al convertir en mercancías zonas destinadas al placer. El costo final de esta mercantilización se traducía en una subjetividad afectada en su intimidad y goce lo cual dejaría a las mujeres alienadas de su propia sexualidad. En este segundo argumento el psicoanálisis se volvía una herramienta para visibilizar un tipo específico de violencia patriarcal cuyos costos no debían ignorarse y no podían evitarse por medio de la regulación.

Ante tales argumentos se despertó en mí un profundo escepticismo. Por un lado, la distinción entre elección y opción puede dar lugar a un fuerte paternalismo que infantiliza a las mujeres trabajadoras sexuales y que coloca a las feministas (sobre todo académicas) en la posición de madres bienhechoras que escogen en nombre de unos sujetos que, al no ser plenamente autónomos, son despojados incluso de la poca agencia de la que gozan. Y que no se me malentienda en este punto pues comprendo perfectamente que los ideales liberales de un sujeto que escoge en plena libertad poco tienen que ver con la vida del grueso de la población humana. Podríamos calificar a esta situación como la postulación de un ideal insatisfacible.

No obstante esto, creo que es un error cancelar o negar la agencia acotada de un sujeto sólo porque no satisface los estándares liberales. Este movimiento, como he dicho, no sólo no promueve el fortalecimiento de la agencia de las mujeres sino que de facto agudiza una situación de opciones constreñidas al invalidar del todo la capacidad reflexiva –aunque acotada– de una persona. En epistemología hemos reconocido una situación muy similar en el estudio de la racionalidad humana y hoy por hoy se habla de racionalidades acotadas, mínimas o ecológicas para señalar que, si bien nadie es un razonador perfecto a la usanza del liberalismo clásico, ello no implica la inexistencia de una racionalidad que en sus horizontes constreñidos sea todavía capaz de elegir y ponderar diversas opciones que, si bien no son las ideales, sí que atienden a un mínimo de necesidades de los sujetos.

Empero, al llegar a este punto me di cuenta de que mi reflexión compartía este sesgo de académica (trans)feminista bienhechora que quiere resolver argumentativamente una situación que viven cotidianamente personas con las cuales una no se ha molestado en dialogar. Tanto las colegas prohibicionistas como una servidora queremos el bienestar de otras compañeras y nos arrogamos el privilegio de discutir y posteriormente decretar si son o no racionales.

Al meditar sobre este punto me di cuenta de que necesitaba conversar con algunas amigas. De manera casual se presentaron tres situaciones con tres amigas. Dos de ellas son mujeres trans y lx tercerx es unx chicx travesti. Generosamente las tres me compartieron sus reflexiones y vivencias después de que les comenté un poco sobre la platica de Mabel y sus dos argumentos principales. Lo que me transmitieron sin duda enriqueció mi punto de vista.

Y es que debo confesar que yo suelo sospechar de argumentos que emplean a las experticias psi (como el psicoanálisis) para decretar lo que debe hacer la política pública. Históricamente estos argumentos han patologizado vivencias o actos para racionalizar intervenciones y regulaciones sobre los cuerpos en detrimento no sólo de su autonomía sino de su dignidad. Sostener, en ese sentido, que el psicoanálisis permite hacer ver cómo el trabajo sexual genera daños psicológicos y que, por tanto, no puede dignificársele pues implicaría aceptar como legítimos a dichos daños me parece no sólo apresurado sino claramente heredero de una correctiva biopolítica contra la cual el propio feminismo ha luchado.

En cualquier caso la frontera misma entre el trabajo sexual y otras formas de trabajo no me parece tan clara. El propio Michael Hardt ha señalado que entre el trabajo sexual y otras formas de labor hay continuidades fuertes que quedan en evidencia cuando atendemos a los trabajos de corte afectivo que se realizan en el sector servicios y que no solamente mercantilizan los afectos sino al cuerpo mismo como mediador de dichos afectos. Este problema se incrementa si, además, reconocemos que la inmensa mayoría de trabajos bajo esquemas capitalistas resulta explotadores y muy seguramente nos afectan en diversos planos. Para colmo, tampoco parece que lo erótico se circunscriba a un conjunto de zonas corporales específicas y la idea misma del trabajo afectivo hace ver que las emociones se comercializan. Así que, ¿qué hacemos? ¿Abolimos toda forma de trabajo explotador? ¿Abolimos el trabajo afectivo? ¿Damos terapia a todxs para subsanar los costos del trabajo? O, quizás, reconocemos que la dignificación de todo trabajo implicaría dignificar también al trabajo sexual porque la porosidad entre éste y otras labores no permite de manera justificada prohibirlo únicamente a él.

Pero justamente toda esta reflexión la hacía desde la comodidad de mi cubículo. Y es allí donde los tres testimonios ya mencionados me enriquecieron profundamente. En particular, uno de estos testimonios me afectó mucho pues mi amigx me comunicó que no deseaba que yo le pensará así, como alguien que de manera ocasional practica el trabajo sexual. Sentía que eso era un estigma y que devaluaba la imagen y el cariño que le tenía. Le dije que desde luego eso no pasaría y que no era cierto, que mi cariño y admiración hacia su persona no se verían afectados por ello. Sin embargo, su testimonio sí me hizo ver que no deseaba practicarlo y que no se sentía bien ante sí mismx por haberlo hecho. Al escuchar el argumento psicoanalítico me dijo que, al menos en su caso, sí le ha afectado en su intimidad sexual pues tristemente ha sentido que ha perdido ese aire de gozo y cercanía que tenía anteriormente cuando todo el sexo era elegido y no comerciado.

Mis otras dos amigas contaron historias totalmente distintas. Sus experiencias refutan la tesis de que es una consecuencia general el sufrir daños psicológicos tras ejercer el trabajo sexual. Quizás las psicoanalistas feministas deberían recordar que el consultorio no ofrece una representación estadísticamente significativa el mundo. Allí va quien siente que requiere de escucha y acompañamiento pero no sabemos qué tan frecuente ocurre esto.

En cualquier caso, estos testimonios se combinaron con una anécdota que alguna vez me contó unx conocidx que también ejerce el trabajo sexual. En algunas ocasiones acude vestidx en atuendos masculinos y en otras acude con atuendos femeninos. Su experiencia es que cuando va con el segundo tipo de atuendos sufre muchas más violencias de parte de los clientes. Violencias físicas, simbólicas, lingüísticas. Ese dato es brutal porque implica que hasta en actividades estigmatizadas el género se impone para amplificar o acotar las violencias.

Tras todo esto que he contado mi horizonte de reflexión se ha hecho más complejo. Sigo pensando que la dignificación y reglamentación es urgente. Sigo pensando que muchos de los argumentos provenientes de las experticias psi no son estadísticamente robustos y que son claramente biopolíticos pero ahora me resulta inolvidable el hecho de que más allá de la teoría, hay personas que sí viven el ejercer trabajo sexual de una forma muy diferente a como viven el realizar toda otra labor. Para mí esto implica que toda reflexión en torno al trabajo sexual debe dejar detrás el afán teoreticista por analizarlo como si lo realizaran sujetos indistintos; en función de nuestras historias de vida lo significaremos de formas diversas. Esa reflexión habría que masticarla y ver qué implica.

Lo que sí me ha quedado claro es que resulta necesario ampliar, fortalecer y consolidar la agencia de las mujeres y otros sujetos feminizados. Si, como dice Burin, se opta mas no se elige el ejercer trabajo sexual, entonces la lucha debe ser por ir eliminando esas constricciones. Resistir la tentación bienhechora de infantilizar al otro para despojarle de la poca agencia que tiene. Multipliquemos nuestras opciones y una vez allí atrevámonos a respetar la elección ajena. Quizás para algunas de nosotras sí resultaría psíquicamente costoso el ejercer el trabajo sexual pero quizás para otras no. Hagamos pues que no sea un sendero que se escoge por necesidad. Pero en lo que ello ocurre reconozcamos también que los afectos, el cuerpo y lo erótico no sólo se juegan en el trabajo sexual sino en otras formas de labor afectivo. A esa labor y a cualquier otra también debemos dignificarla.

Y creo que esto es también una tesis (trans)feminista.

Siobhan Guerrero Mc Manus
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Siobhan Guerrero Mc Manus (CDMX, 1981) es una mujer trans, bióloga y filósofa, e investigadora en el CEIICH de la UNAM. Es amante de la literatura de ficción y eterna voguera en ciernes. Transfeminista por vocación y convicción.


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    César A /

    12/06/2019 7:37 PM

    En realidad debiese buscar ayuda.
    Es usted un hombre con muchos problemas psicológicos, la patología que sufre no debe pasarla hacia otros.
    Al parecer de biólogo solo tiene el nombre, al igual que de mujer.

    ¡Ay no!

    1

    ¡Nítido!



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