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La pasta del Papa y los Peripatéticos

Fito pasea por la Antigua hasta encontrar "ese" restaurante. Esta vez, pasta con filosofía y suficiente salsa como para usar cuchara.

Gastro Opinión P369
Esta es una opinión

leyenda

la pasta del papa

Luego de algunas semanas de intenso trabajo, viajes que me hicieron perder la noción del ritmo de los días y algunas otras vicisitudes, tuve la oportunidad de sentarme nueva y tranquilamente a escribir, ahora acerca de dos de mis pasiones en la vida: la comida y la filosofía.

Una de mis actividades favoritas es ponerme a caminar en la Antigua hasta encontrar “ese” restaurante (pequeño o grande, caro o barato, feo o bonito, ordenado o desprolijo, famoso o incógnito), que encierre un pequeño tesoro de comida que haga que valgan la pena las cuadras recorridas hasta encontrarlo.

Pues hace unas semanas caminamos con mi familia hasta encontrar una pequeña joya, un poco lejos de las cuadras habituales de los restaurantes en la Antigua, justo a la par del Hotel Camino Real… la Osteria di Francesco.

Cuando consulté a la anfitriona… ¿francesa? acerca del tamaño de las banderas en la entrada, me gustó mucho su respuesta al indicarme que Italia era la patria de Francesco, pero Guatemala era el país que le había dado hospedaje, y por eso tenía el lugar más importante en la entrada… lección de agradecimiento y nacionalismo antes de ver el menú.

 

entrada

 

Luego de pasar por la entrada decorada con sombreros (segundo hit a favor), el espacio de una antigua granja se abrió hacia uno más generoso, con una forma diferente a la del tradicional claustro antigüeño. La construcción está rodeada de un pasillo-jardín que la separa de las otras construcciones y nos hizo pensar más que estábamos en una típica estancia toscana, que en una casa de claustro antigüeña. Agradecí especialmente la diferencia cuando mis hijas decidieron subirse al árbol de limas que estaba en la parte de atrás para cortar unas y degustarlas más tarde.

Al ver el menú y luego de ordenar la aburrida ensalada que mi esposa se suele comer junto con la económica pizza que comparten mis hijas cada vez que no hay menú de niños, encontré un plato que inmediatamente me llamó la atención por su descripción: pasta a la elección con crema, tocino y rayadura de lima. “¡Interesante!”, pensé, y luego de ver que era la favorita de mi Papa favorito decidí ordenarla en su variante de fetuccine.

Resultó ser una excelente elección. Hace algún tiempo, una amiga chapina, con muchos años de vivir en Italia, nos explicaba que el sentido que la pasta esté “al dente” es que debe absorber en todo su perímetro las salsas y los aceites con los cuales está cocinada. Por eso le daba rabia epiléptica cada vez que pasaban por agua fría la pasta luego de cocerla.

Pasada por agua fría no creo que estuviera, pues absorbió ingentes cantidades de crema y aceite (el que come con culpa, no come sabroso). Además permitió que el tocino frito se pegara a las paredes de la pasta e hiciera absolutamente indispensable comérsela con cuchara y tenedor, como manda la tradición.

la pasta del papa

La pequeña sorpresa estaba en la rayadura de lima, con la cual creo que no cabe punto intermedio. Meterle un sabor dulce-ácido, afrutado y astringente a un plato tan cremoso y aceitoso, me parece una apuesta muy arriesgada.  Salvando las distancias, es como eliminar las misas en latín, o dejar en tu lugar a un filósofo erudito luego de un papado tan mediático. En fin, creo que logré entender por qué era el plato favorito de Juan Pablo II.

¿Que si me gustó?  ¡Me encantó! Tanto como el postre más raro del mundo, que venden en la Antigua y cuya reseña escribiré en futuras entregas. Muestra de ello es el plato al final de la comida, aún con el poco de aceite que no se pudo pegar a la pasta.

el plato al final

Al final de un excelente almuerzo, con un costo menor a los Q75 por persona, me quedé pensando en los peripatéticos, esos griegos estudiantes de filosofía que creían que lo mejor para pensar y comunicarse era ponerse a caminar y dejar que las ideas fluyeran.

Pues para encontrar un buen restaurante, creo no hay mejor manera que ponerse a caminar. ¡Y dejar que el destino fluya! Lástima que la poco humana escala de nuestra ciudad no nos permita, como en la Antigua, hacer una excursión gastro-filosófica. Espero que esto cambie un poco cada vez más con las interesantes propuestas que aparecen en las zonas 1 y 4.

Esta reseña va para ti, mi peripatética Maria Ximen, y nuestras cada vez más interesantes conversaciones entre árboles.

Fito Andolini
/

Ni ingeniero por imitación, ni empresario por necesidad, ni hombre de familia por amor a mis mujeres, ni católico por cuestionador, ni crossfitero por masoquista, ni lector voraz por salud mental, ni bravo por catarsis, ni foodie por puro gusto, ni antigüeño adoptado por decisión propia, sino intentador de equilibrar todo eso en una sola vida para ser feliz.


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    José Solórzano /

    09/02/2017 7:11 AM

    Como quien dice pues que nuestro estado de ánimo siempre debe se "al dente" y no como que nos pasaron por agua fría.
    Saludos y gracias.

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Edgar /

    20/01/2017 1:27 PM

    Excelente descripcion

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!

    Beto Haeussler /

    19/01/2017 8:05 AM

    La comida y la lectura son un gran placer de la vida, la cual combinas tan bien que hace saborear cada platillo que describes en la mente y dan muchas ganas de probarlos en vivo y a todo sabor

    ¡Ay no!

    ¡Nítido!



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