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Feminismos en disputa: podemos luchar juntas al replantear nuestras rupturas

No es que aspire a una suerte de unidad y sororidad que esconda nuestras diferencias y desavenencias políticas y sin duda que no aspiro a un borramiento de un sector o el alineamiento de otros bajo el liderazgo de cierto grupo. Entiendo que hay muy numerosas formas de ser feminista y transfeminista y que, dentro de esa diversidad, se tejen también oposiciones no triviales. Pero creo que el sectarismo engendra puntos ciegos teóricos y políticos pues dejamos de leer otras voces y otras perspectivas y reemplazamos a esos otros por muñecos de paja que deseamos quemar.

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Foto: Elizabeth Sauno

Son ya muchos meses desde que no escribo nada en este espacio. Ello se ha debido a una mezcla de melancolía y decepción ante un escenario en el cual pareciera ser cada día más difícil el construir alianzas entre diversas corrientes y espacios feministas –y transfeministas–. Esta no es solamente una percepción propia y varias amigas, colegas y compañeras han coincidido conmigo en que hay cierta polarización y balcanización justo cuando las violencias arrecian, algo que se refleja en el aumento en el número de feminicidios y transfeminicidios en los últimos meses.

No es poco común, por ejemplo, encontrarnos en situaciones donde el feminismo académico es desestimado o considerado excesivamente institucional y poco crítico. Suele incluso verse presa de la misma crítica que gran parte de la academia, a saber, que se practican “extractivismos” con respecto a los problemas sociales de diversas comunidades y que, a través de esta práctica, lo único que se produce son textos que benefician a quienes los escriben y a nadie más.

Algo semejante ocurre con los feminismos cercanos a las Organizaciones No Gubernamentales que, de nuevo, suelen ser considerados acomodaticios y de fungir como trampolines políticos para unas cuantas voces educadas y bien conectadas. Ello cuando no se les acusa de vender “La Causa” a determinados grupos políticos.

Por el otro lado, muchas veces desde espacios académicos o institucionales se habla del activismo de banqueta, ese activismo que hace política en las explanadas y espacios públicos, de ser poco sofisticado o, incluso, carente de formación. Se le descalifica como si lo motivara la rabia y simplemente la rabia, sin reflexión, crítica o saber.

Y si esto es lo que ocurre entre diversos espacios, algo más grave nos encontramos entre diversas corrientes feministas. Los ejemplos que en este momento me resultan más claros son dos. Primero, la pugna entre ciertas feministas radicales –críticas de género, se dicen– y los activismos trans. Segundo, entre los feminismos liberales y básicamente cualquier otro tipo de feminismo.  Pareciera que el mayor problema que confrontamos en este mundo no proviniese de las violencias machistas sino de nosotras mismas.

Ahora bien, me queda claro que un eje fundamental de estas controversias radica en que hay corrientes que leen a otras corrientes justo así: como cabezas de playa del patriarcado, el capitalismo, el machismo, etc. No argumentaré aquí porque esto es muy simplista porque lo único que me interesa señalar en este momento es que el grueso de las violencias que vivimos no proviene de sujetos que se nombran y viven como feministas o transfeministas. Más allá de nuestras controversias, no deberíamos olvidar este hecho.

Ahora, no es que aspire a una suerte de unidad y sororidad que esconda nuestras diferencias y desavenencias políticas y sin duda que no aspiro a un borramiento de un sector o el alineamiento de otros bajo el liderazgo de cierto grupo. Entiendo que hay muy numerosas formas de ser feminista y transfeminista y que, dentro de esa diversidad, se tejen también oposiciones no triviales. Y, desde luego, tampoco romantizo el poder de la unidad ya que una unidad conseguida a costa de todo disenso puede de hecho empobrecernos política e intelectualmente.

Quizás, es cierto, soy presa de cierta melancolía porque cuando comenzaba mi formación me encontré siempre con espacios feministas que arropaban no solamente a los activismos LGBTIQ+ sino que cobijaban también reflexiones que nos abrían el pensamiento para reconocer los problemas y desafíos que otros colectivos enfrentaban. Quizás idealizo esos años, quizás conocía solamente un sector muy restringido del pensamiento político feminista, pero recuerdo esos años con cariño y cierta añoranza. Recuerdo un feminismo que cobijaba luchas que excedían a las construcciones más restrictivas de lo que puede ser el sujeto político feminista.

Crecí, lo confieso, bajo la creencia de que desde el feminismo podíamos pensar, sin colapsar las luchas ni los aparatos críticos, las muy diversas necesidades de todas, todos y todes. Era un espacio, así lo viví, de un pensamiento y una apuesta política radicalmente interseccional. Un espacio donde la imaginación política salvaba las distancias entre cuerpos, identidades y subjetividades, no para homologarlas sino para articular una defensa desde nuestras diferencias que no fuera chovinista ni excluyente.

Llegando a este punto, sin embargo, no quisiera que este texto fuera un mero lamento melancólico. Aquello no sería muy útil. Entiendo, o al menos creo que entiendo, que quizás la exacerbación de las violencias y la visibilización de la ineficacia del Estado para abordarlas –y de su machismo estructural– pueden ser responsables de la fragmentación de las viejas alianzas, de la denuncia en contra de la LGBTización del feminismo, de la creciente sospecha de que las personas trans somos una suerte de saboteadoras, etc.

Decía Martha Nussbaum que en los buenos tiempos es posible ampliar la esfera de nuestra preocupación moral y que, desafortunadamente, en los malos tiempos esta esfera se contrae. Quizás hay algo de eso en lo que vivimos, algo que ha resultado en la necesidad de buscar límites claros suponiendo que con ello tendremos un sujeto político más eficaz y con tareas más claras. Hay, desde luego, otras razones.

Creo que el sectarismo engendra puntos ciegos teóricos y políticos pues dejamos de leer otras voces y otras perspectivas y reemplazamos a esos otros por muñecos de paja que deseamos quemar. Y también creo que la rabia, que mueve, que moviliza y lleva a inundar las calles, no basta, sigue siendo importante formarnos pero en el entendido de que el feminismo, si puede caracterizársele de alguna forma, sería en cualquier caso un conjunto de interpretaciones en pugna sobre sí mismo. Leer a unas suponiendo que son las genuinas y desestimar a otras lleva a visiones maniqueas de su historia y a posiciones cuya falta de imaginación política las conduce a una generalizada falta de empatía ante otras subjetividades y posturas.

Dicho esto quiero comenzar a cerrar este texto transmitiendo un mensaje dirigido sobre todo al activismo trans pero cuyo contenido podría generalizarse. Es un llamado a no quemar los puentes de las alianzas, a no sobreestimar nuestra fuerza en solitario. Las personas trans somos el 0.6% de la población mundial, es decir, no somos ni el 1%. Hay más archi-millonarios que personas trans (dato que debiera llevar al feminismo crítico de género a replantear sus prioridades). Y explotando esta comparación, somos un 0.6% con muchas vulnerabilidades, no somos el 0.6% más empoderado del planeta.

Digo eso porque muy seguramente no podríamos aspirar a un cambio social si marchamos en solitario. De entrada porque no toda persona trans es militante pero, incluso si lo fuera, porque los números no son suficientes y porque no tenemos los capitales necesarios, al menos no en solitario, para cambiar el mundo. Las alianzas nos son necesarias.

Eso no quiere decir que aceptemos cualquier alianza y a cualquier costo y mucho menos quiere decir que no podamos ser críticas con quienes nos ofrecen sus apoyos. Pero lo que sí quiere decir es que es menester cultivar dichas alianzas. Pongo de ejemplo a la academia. Es verdad que muchos trabajos académicos sobre las poblaciones trans son extractivistas, es verdad que conducen a investigaciones y planteamientos que pocas veces retornan a las comunidades en que se basaron para comunicar sus hallazgos o incidir de alguna forma.

Pero dinamitar la alianza con la academia, en vez de replantearla y renegociarla para que no sea extractivista sino mucho más paritaria y fecunda, sería un error. La academia ha sido, y no solamente para la población trans sino para numerosas subalternidades, una caja de resonancia, una caja ecoica en la cual se amplifican voces que así logran tener más repercusión. Desde luego que esto no ocurre siempre pero es innegable que la academia ha jugado este papel.

Eso le queda claro a la derecha anti-derechos y de allí su vigoroso ataque a esas academias a las que descalifican como “ideología de género”. Buscan desactivar esas cámaras de eco, buscan desactivar esas resonancias.

De nuestra parte sería un error desestimar la importancia histórica que estos y otros espacios que han fungido como cámaras de eco han tenido. Quizás es hora de que los intercambios críticos no produzcan rupturas sino replanteamientos porque sin estos aliados lo que nos aguarda es el silencio.

Siobhan Guerrero Mc Manus
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Siobhan Guerrero Mc Manus (CDMX, 1981) es una mujer trans, bióloga y filósofa, e investigadora en el CEIICH de la UNAM. Es amante de la literatura de ficción y eterna voguera en ciernes. Transfeminista por vocación y convicción.


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